39~


Capítulo 39:
{Narra Yina}
-¡Brooke! ¡Despierta que llegamos tarde! -grité por tercera vez, sacudiendo fuertemente su hombro y perdiendo por completo cualquier paciencia, haciendo que la chica gruña y suspirara de nuevo. 
Chasqueé la lengua. 
-¿Qué hora es? -murmuró, frotándose los ojos. 
-Las 7:45. Así que o espabilas, o llegarás tarde de nuevo . Yo no pienso esperarte más veces -dije, cepillándome el pelo. 
-Vale, vale. Pero relájate un poco que estas alterada -se levantó de la cama. 
Suspiré.
-Tienes razón. Lo siento. Es que ayer me encontré a Nathan por el pasillo y prácticamente, me ignoró. 
-¿Te ignoró? Qué cabrón. 
-Eso digo yo -me pasé una vez más la plancha por el pelo y la desenchufé. Me recogí el pelo en una coleta alta. 
-Yi, ¿cuántas veces voy a tener que decirte que no te planches el pelo? Tienes unos rizos preciosos. 
-Pues a mí no me gustan y punto. Y date prisa que las clases empiezan en 10 minutos. 
-¿Y el desayuno? 
-Habértelo pensado mejor antes de estar ayer a la noche hasta las tantas viendo la película. 
-¡Pero era gratis! ¿Cuántas veces más van a poner una peli gratis en el Max? 
-Nunca más.
-Pues eso. Tenía que aprovechar -se acercó, agarró el cepillo y comenzó a cepillarse el pelo.
-Vete buscando a Leo o volveremos a llegar tarde por no encontrar su maldito zapato. 
Rodeé los ojos. 
-Está bien. Pero date prisa. 
Cogí las llaves de la habitación y salí al pasillo, donde las alumnas ya salían de sus habitaciones listas para una nueva sesión se clases intensivas, con los libros de estudio en los brazos y la mayoría con ojeras de tanto estudiar. 
Apresuré el paso para llegar a la habitación de Leo . Llamé sin vacilación alguna golpeando la puerta con fuerza para que me escuchara bien desde el interior. 
-¡Leo! ¡Date prisa o llegaremos tarde! 
Suspiré.
Se ve que yo era la única puntual decente. 
-¡Ya voy! -gritó de vuelta. La puerta se abrió enseguida. 
-Por fin. Vamos. 
Leo, con los libros en los brazos, me siguió a nuestra habitación, en donde Brooke todavía estaba peinándose el pelo. Chasqueé la lengua de nuevo acercándome a ella, le arranqué el peine de las manos y la obligué a acompañarnos. 
Una vez de camino hacia el edificio de estudio, ya caminábamos las tres más tranquilas y relajadas, siguiendo a toda la gente que se dirigía al mismo. 
-¿Habéis oído lo de la profesora de Literatura? -preguntó retórica Leo, tan cotilla como sus rachas marcaban. 
Así era Leo. A veces, le daban rachas de cotilleo extremo y deseaba  enterarse de las cosas que sucedían en el centro. Y, otras veces y más usuales, no le interesaba en absoluto y, básicamente, las odiaba. 
Se podría decir, que era un poco bipolar. 
Los ojos de Brooke se abrieron de curiosidad. 
-¿Qué ha pasado?
-Ha cogido la baja por depresión. 
-¡Depresión!
-¿En serio?
Leo asintió. 
-Por lo visto, hace dos semanas, Fred McEldry....
Volví a rodear los ojos y suspiré, haciendo ademán de no escucharlas. No era lo que más me interesaba en estos momentos. 
-¿Y ahora quién va a darnos Literatura? -pregunté centrándome en lo más importante. 
-Empollona -murmuró Brooke. 
-Y yo que sé. Supongo que pondrán alguna profesora de guardia o lo que sea. Pero espera que sea tarde. No me gusta Literatura ni un solo poco. 
-Pues no te confíes. En universidades como estas los cambios suelen ser rápidos. No suelen permitir que los alumnos pasen mucho tiempo sin dar clase si es por culpa del profesor o del mismo centro. 
Las tres entramos en el edificio, ya alborotado, en donde enseguida nos encontramos con las cotorras, que, como siempre, estaban radiantes. 
-Adivina qué -preguntó Saddie emocionada.
-¿Qué? -dijo Leo, suspirando y restándole importancia.
-¡Soy la encargada de la decoración del baile de invierno! -exclamó emocionada-. ¿No es genial?
-¡Sí, es chupi guay! -se burló Brooke, imitando su voz. 
-Eres mala -murmuró Fer-. Eso lo ha deseado desde que llegó aquí.
-¿Baile de invierno? Estamos en noviembre todavía. 
-Hay que hacer presupuestos, Yina. Todavía hay mucho que hacer. 
-Y ha cambiado las reglas; ahora no serán los chicos quien nos pidan a nosotras. Será al revés. 
-¿Qué dices? ¡Te pego! A mí me encantaba verles arrastrándose. ¡Y yo no me arrastro por un chico!
-Chicas, tenemos que correr si no queremos llegar tarde. Otra vez. 
-Qué más da. El profesor de guardia no me conoce. 
-¡Qué corras!
Con un gruñido, agarré a Leo y a Brooke de los brázos y prácticamente las arrastré hasta el aula que nos correspondía.
Al entrar a clase, por suerte, el profesor aún no había llegado. Avanzamos en la clase y fuimos directas al final, ya que suponíamos que la profesora habitual no iba a venir. Adam, que hablaba tranquilamente con una de las compañeras, sonrió al vernos y vino hacia nosotras. 
-¿Os habéis enterado? -preguntó, sentándose en la mesa. 
-Sí, qué fuerte. 
-¿Fuerte? Voy a hacerle a ese McEldy un altar. Odiaba a esa profesora. Me tenía manía. 
-Ya me he dado cuenta, la tía te echaba unas miradas que matan.
-Cambiando de tema, a que no sabéis quién me ha pedido para el baile. 
-¡Anya! -explotó Brooke, oprimiendo una risa. 
-Qué vergüenza... he tenido que decirle que no a la chavala. 
-¿Por qué?
-Yina, es gay. 
-Ah, es verdad. 
Los tres siguieron a conversación sin callar ni un momento, con temas encima de la mesa que no me interesaban lo más mínimo.
Las cosas con Brooke mejoraron con el tiempo, al día siguiente de lo que ocurrió con Nathan, apenas le dirigía la palabra. Ella me pedía casi de rodillas que la perdonada y que tuvo que haber pensado más en mí. Y con el tiempo no tuve otro remedio, ya que compartíamos habitación y la veía todos los días. Siempre conseguía arrancarme una sonrisa de la cara, por muy oscuro que estuviera el día. 
Y, con respecto a Nathan, simplemente, me ignoraba. Desde esa noche sólo me esquivaba por los pasillos y no hacía ni saludar. Y, aunque en este caso Brooke era la mala por hacerle eso a su novio, él no tenía ningún derecho a reprocharle nada. 
Había pasado un mes y medio desde lo ocurrido y aunque quedara más de un mes para Navidades, el baile ya estaba organizándose. Y no tenía pensado ir. Y, sinceramente, no tenía excusas y ganas no me faltaban. El problema era que era obligado ir acompañado por una pareja. Y así eran las cosas. No me apetecía en absoluto encontrar a más cerdos que sólo pretendían usarme. 
-Madre mía -murmuró Leo a mi lado, sumergiéndome de nuevo en el mundo-. Qué bueno está -balbuceó, mirando fijamente al frente. 
Levanté la mirada para mirar al profesor que acababa de entrar, y así lo hicieron Adam y Brooke. 
Adam se levantó de un brinco y se fue directo al pupitre libre de primera fila. 
De pie, observando la clase e iluminándola con sus ojos azules y los brazos cruzados, estába él. 
Juntó sus manos y sonrió a la clase. 
-Buenos días. Soy Christian Forrest, para vosotros Christian o señor Forrest, y soy vuestro nuevo profesor de Literatura hasta que la querida profesora Madelaide se recupere por completo. ¿Alguna pregunta?
La clase se quedó muda. 
-Muy bien. Pues empecemos la clase -cogió su libro de Literatura y lo sostuvo en brazos.
-Espera -le interrumpió Leo-. ¿Vamos a dar clase? 
Christian levantó la mirada y miró a Leo.
-¿Qué prefieres que hagamos,  señorita...?
-Leo. Leo Joyce. 
-...Joyce?
-No sé... Podríamos... conocernos más.
-¿Y cómo habría pensado en ponerla en práctica?
Leo puso la mirada en blanco. 
-Pues... cada uno podría contar un poco de su vida.. lo básico... tampoco hace falta más... podríamos empezar por usted -una sonrisa se formó en sus labios y se apartó un rizo naranja que le caía por la cara. 
-Muy bien. Pero mañana clase intensiva -apartó la mirada y enseguida la descansó en mis ojos. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro y dejó el libro de texto encima de la mesa. 
-Señorita Joyce, usted es la primera.
-¿Yo porqué?
-Tú has dado la idea, tonta -murmuró Brooke. 
El profesor sonrió de nuevo, se quitó la chaqueta y se sentó en la silla. 
Leo cerró los ojos y soltó un pequeño gemido, más parecido a un suspiro.
-A ver. Nací en Canadá, más concretamente en Calgary pero me mudé aquí a Vancouver cuando tenía 14 años, cuando mi madre se divorció de mi padre. Soy hija única y desde entonces no veo a mi padre. 
-Suficiente -le dedicó una bonita sonrisa, lo que hizo que Leo se sonrojara y se mordiera el labio. Asintió.
-Ahora le toca a usted, señor Forrest -dijo Brooke, intentando contactar con sus ojos. 
-Esta bien. Tengo 28 años, nací en Vancouver, tengo seis hermanas mayores y vivo en las afueras de la ciudad. Y ya vale. 
-¿Tiene novia?
-¿Está casado?
Bajé la mirada ante esas preguntas que algunas compañeras habían soltado sin pensar, que ahora ocultaban la boca bajo sus manos, con las mejillas ardiendo.
-No. 
Leo y Brooke suspiraron aliviadas. 
-Me lo pido -susurró Leo.
-¡Qué huevos! 
-¡Es un profesor, burras! -susurré al respecto, mirándolas con el ceño fruncido. 
-Señorita Wilde, su turno -levanté la mirada y me tropecé de nuevo con sus ojos azules. No pude evitar sonrojarme.
Las dos me miraban con las bocas abiertas.
-S-sí -carraspeé-. Nací en Cheshire, Inglaterra. Tengo un hermano mayor. No veo a mi padre desde... -resoplé-. No he visto a mi padre en mi vida y apenas conozco a mi madre, que nunca está en casa. He vivido en mi casa sola toda mi vida y...
-Ya vale -me sonrió con ternura y yo fruncí el ceño, extrañada y aliviada a la vez.
No había nada más intimidante que contar mi pasado en medio de la clase, a pesar de que la mayoría ya lo conocía al ser seguidor de los libros de mi madre.
Su mirada seguía clavada en mí y la mía era casi imposible apartarla de él. 


{Narra Ellen}
Recogí la ropa de la silla nerviosa, doblando la limpia y tirando al cesto la sucia. 
Estaba nerviosa e impaciente, y no podía dejar de mirar el móvil cada minuto. 
¿Cuántas llamadas le habría dejado? Muchas. Eso estaba claro. Tampoco quería agobiarle demasiado. Estaría muy liado y no quería ser una carga más para él. 
Agarré la cesta y me dirigí a la terraza para poner la lavadora. Me volví a la habitación y descubrí que más recogida no podía estar. 
Se veía que estaba más nerviosa que nunca. Ya que no quedaba ningún rincón de la casa que recoger o limpiar. 
Sabía que lo que estaba a punto de hacer estaba mal. Y muy mal. Pero lo hacía por el bien de todos y sobre todo de ella. Si no lo hacía, puede que ella nunca se diera cuenta de las cosas y que no todo era un cuento de hadas. Y, puede que ella me diera las gracias después de todo. 
Sólo si tenía suerte. 
Inquieta como estaba, me paseaba por la casa mordisqueando mis dedos con el móvil pegado a mí. Cuando escuché la familiar melodía procedente de él, vibrando entre mis dedos, mi corazón comenzó a latir con fuerza y las piernas temblaban más que antes. 
Opté por sentarme antes de descolgar el teléfono. 
-Harry.
-Hola, Ellen, ¿me has llamado?
-Sí, varias veces. 
-Perdona. He estado ocupado. 
-Tranquilo, lo entiendo. 
-¿Por qué me llamabas? 
Tragué saliva.
-Es... no es nada importante... es sobre Jane. 
No lo tuve que pensar más veces. Tenía que hacer esto y no había vuelta atrás.
Respiré hondo. 
-¿Le pasa algo?
-Oh, no, no. Está... está perfectamente, como siempre.
-Ah... ¿qué ocurre, entonces?
-Harry, quiero que la presiones. 
-¿Qué?
-Ya me has oído. 
-Ellen, sabes que yo no puedo hacer eso. 
-Yo no te lo pediría si no fuera por su bien. Tiene que aprender que no todo es un cuento y que ese momento tiene que llegar y cuanto antes mejor. 
-Yo sólo... -suspiró-. Si ella no está preparada yo no puedo obligarla a nada. Es su decisión y no la mía. 
-Harry, Jane te quiere. Y estoy segura de que ella quiere hacerlo contigo, solo tienes que empezar y ella se dejará hacer. Hazme caso. 
-¿Y si no es así? ¿Y si sale mal y piensa mal de mí? No quiero eso, Ellen. 
-No pasará eso. Créeme, ella me lo ha dicho. 
Suspiró y silencio. 
Oh, Dios, se lo estaba pensando. 
-¿Y cuándo? ¿Donde? Por que aquí en la casa no....
-Hmm.. ¿no os dejan salir?
-Sí, pero de vez en cuando y solo para hacer la compra y tomar un poco el aire. 
-Pues ya está. Algún día de estos, quedas con ella y ¡zas!
-No sé, Ellen...
-Prométemelo. 
-No. 
-¡Oh, vamos! Sabes que ella no sabrá dar el paso.
-No puedes hacer..
-Sí puedo. Es mi mejor amiga. 
-Y mi novia. 
Suspiré.
Tenía razón y toda la del mundo. 
-Vale. Estoy de acuerdo contigo. Pero tienes que entenderme. 
Suspiró de nuevo.
-Está bien. Pero no voy a prometerte nada.

{Narra Jane}
Me odian por salir con un miembro de la banda 

Suspiro. Vuelta. 

¿Podrías poner en peligro One Direction?

Suspiro. Gemido. Otra vuelta.

¿Vais en serio o eres un rollo más?

Me daba por vencida. No podría volver a conciliar el sueño. 
Ya habían pasado otras dos largas semanas y todo marchaba bien. Los chicos cada vez actuaban mejor y recibían más votos y atención. Y lo mismo ocurría con las fans. Cada vez había más gente fuera de los estudios día y noche aguardándoles. 
Y eso hacía que cada noche durmiera menos, rondándome por la cabeza esas malditas frases. Desde entonces no había ocurrido mucho, seguía entrando a mi cuenta de twitter con normalidad y nunca había pasado nada que valiera la pena mencionar. 
Exhalé un nuevo suspiro y decidí encender la luz. 
Me levanté torpemente de la cama y dando tumbos, bajé a la cocina en silencio y volví a la habitación con una manzana en la mano. 
Abrí la ventana, apagué la luz y me senté en el alféizar, observando la ciudad a lo lejos. 
Eran mitades de noviembre y hacía frío, pero realmente me daba igual, solo me centraba en ver todas esas pequeñas luces danzantes de la ciudad manchando las nubes, tan bajas que, sólo levantando la mano, podía casi acariciarlas, tintadas de un tono anaranjado por la contaminación lumínica, lo que hacía imposible ver a las estrellas y a la luna. 
Descubrí que estando sentada cruzada de brazos no me mantendría entretenida, por lo que opté por conectarme un rato al ordenador. 
Esperé los minutos necesarios para entrar pacientemente. Me sorprendí bastante al ver el número de seguidores, que me había subido muchísimo desde la última vez. Me alegré bastante al ver la preciosa V azul en cada una de las cuentas de los chicos, que verificaba que era la real. 
No podía estar más orgullosa. 
Esa sensación de felicidad y tranquilidad se esfumó casi al instante cuando leí mis menciones, que cada vez eran más y más. La mayoría de ellas no se cortaban. Había insultos, amenazas, intimidaciones y mucho desprecio presente en cada una de las frases. Gritos y exclamaciones. Y muy de vez en cuando, unos muy bien camuflados que expresaban todo lo contrario, aunque mis ojos no se fijaban en esos. 
Me arrepentí al segundo de haberme despertado y haber cogido el portátil. Deseaba que no hubiera visto aquello. Y, lo más importante, deseaba que no me importara todo lo que decían. 
Hannah tenía razón; todas esas chicas me odiaban. 
Y no tenía ni idea de la razón. 
Cerré el portátil de golpe y puse los ojos en blanco, con un nudo en la garganta. Me obligaba a mí misma borrar esas imágenes, las frases que seguramente no cesarían en breve. 
Pero sabía muy bien que eso era imposible. 
Cerré la ventana y volví a la cama, sabiendo que por el resto de la noche no volvería a dormir ni una sola hora seguida. 
¿Por qué me odiaban? Yo no les había echo nada. Sólo salía con uno de sus ídolos y nada más. Puede que yo les quitaba toda esperanza de que se fijaran en ellas, y que él sólo tendría ojos para mí. Sabía que en parte podían tener razón, pero, después de todo, ellas eran las seguidoras y la razón por la que ellos estaban en donde estaban, por lo que ahora ellos estaban tan alto. 
Y, aunque ellas me odiaban a muerte, yo las quería por ello. Ellas eran la razón de todo esto y no solo por que ellas me odiaban, yo tendría que sentir lo mismo por ellas.
Yo sería incapaz de odiarlas. 

Comentarios

  1. INCREÍBLE. Una palabra, seis letras, tu capítulo. SÍ. Joder, es que más no me puede encantar. ¿Tú sabes lo pocito que me gusta que me dejes con la intriga? Te diré algo que deberías saber. Me encantas tú, me encanta tu novela, me encanta la historia, me encanta tu forma de escribir, me encanta que haya gente como nosotras, apoyando incondicionalmente a los chicos. Te diré algo más. Ahí arriba. Donde ahora mismo pone: 22325, ahí, está todo tu trabajo en forma de números que representan las visitas que tu blog tiene pero no las que se merece. Por favor, tu blog merece más de 5 escasos números. Merece 9999999999999999999999999 veces más ese número. Pero espera, baja la mirada, justo debajo pone: 31 Miembros. Ahí estoy yo ¿sabes? Pero conmigo ahí hay personas que realmente valoran el gran talento que tienes para escribir. Aunque en realidad, debería haber más personas pero en fin, no le daré más vueltas a eso. Que quiero el siguiente ya de ya, porque este capítulo es la jodida perfección. Gracias por avisarme, el domingo te cuento como me ha parecido el 40 porque te aseguro que no se me va a olvidar que has publicado.
    Ale nena, que te quiero mucho no, muchísimo. Sigue escribiendo así por favor.

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  2. Solo una palabra: PERFECTO.
    Es igual de perfecto que siempre :') en serio cielo, sigue asi por favor! me encanta mucho mucho muchisimo :3 tienes muchísimo talento en serio, ojala esta novela no acabe nunca, pero se que va a acabar por mucho que me duela.. Eso si, tienes que hacer otra en el momento que esta acabe eh? pero espero que eso sea dentro de mucho! xD
    Te quiero mucho cielo <3

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