Prólogo

Se aparta una lágrima de la cara y entra en casa, con una sonrisa falsa pegada al rostro. Pasa por el salón y saluda con debilidad a sus padres, que están tirados en el sofá sumergidos en algún programa estúpido que está siendo televisado. Sólo la responden con un murmuro suave. 
Sube las escaleras apresurada y trata de borrar las conversaciones y las risas de su cabeza. Su hermana sigue en la calle, con la gente con la que la acaba de insultar, haberla llamado “asocial” y “fea”. No a la cara, está claro. Pero la chica siempre se da cuenta cuando la gente se ríe de ella. Y su hermana es uno de ellos, pero no sabe ni siente lo que ella. Ella misma sabe que todos esos insultos son ciertos. No es guapa -o eso decía ella-, y se pasa horas enfrente de la pantalla de su ordenador porque sabe que la gente de internet siempre estarán ahí para apoyarla, y que la gente de ahí es como ella. Y adora inventar historias nuevas cada noche, nuevos personajes y nudos en la historia que sean difíciles de desenredar para que la historia no se quede aburrida. Ella se siente afortunada por una parte al ver a dónde ha llegado. Tiene lectores, gente que acude a sus blogs y redes para leer los relatos que escribe. 
Su padre más de una vez la ha visto mal, la ha visto entrar en casa llorando. Su padre siempre le preguntaba qué le ocurría, y ella siempre se negaba a responderle. Hasta que un día se armó de valor y le dijo: 
-Papá, ¿tú piensas que soy fea? -la verdad es que era una pregunta estúpida para un padre. 
Tu padre siempre te va a decir que eres hermosa, aunque no lo seas, a él siempre le va a parecer que eres hermosa. Porque eres su hija y porque te quiere. Y él no ve más que hermosura. 
El padre no da crédito a lo que escucha. 
-Es la tontería más grande que he escuchado. 
-Todo el mundo lo dice. 
-Pues entonces, el mundo está ciego. Delante de mí tengo a la hija más tierna que podía haber deseado. Talentosa y dulce. No siempre es el exterior lo que cuenta. Y, el exterior, no está nada mal. Si alguien dijo que eres fea, es que no te conoce, o que no se digna a hacerlo. No se merece hacerlo. Escucha una cosa. Tú, no sabes lo hermosa que eres, pero eso es exactamente lo que te hace hermosa. 
La chica no le creyó. 
La chica tiene amigas, y las mejores. Las conoce desde primero de primaria y siempre han estado ahí para apoyarla. Nunca la han defraudado, y sabe que nunca lo harán. Les da miedo el futuro, está claro. Ella va por la rama de las letras, y el resto por las ciencias. Lo que significa que en un futuro no tan lejano se separarán y puede que no se vuelvan a encontrar en mucho tiempo. 
Ella vive en un pequeño pueblo, con menos de 200 habitantes y están a mitad de verano. Como cada noche, la chica sale junto a su hermana para pasar “un buen rato” como ella dice. Claro, ella se lo pasaba bien con esos chicos, que eran los únicos de su edad, aunque eran uno o dos años menor que la protagonista. Ellos son los típicos chicos que van a las doce de la noche sin camiseta por la calle, que fuman para poder encajar. El sentimiento es mutuo. Ella les odia a ellos, y ellos le odian a ella. Ellos son dos. 
Cierra la puerta de su habitación y se apoya en ella y las palabras y risas recorren su mente. Las lágrimas vuelven a resbalar por su cara y lo único que se le pasa por la cabeza es ahogar sus llantos contra su almohada. Cuenta mentalmente las veces que vuelve a casa así. Casi todas las noches que sale con ellos. No se da cuenta que ellos le quitan las ganas de vivir. Ellos aniquilan los últimos gramos de autoestima que ella tiene y la hacen sentirse vulnerable y despreciable. Después recorre los momentos en la que ella quiso suicidarse y acabar ya con su vida de una vez por todas. Total, ¿quién la echaría de menos? Nadie. Nadie en absoluto. Tal vez sus padres, y sus amigas. Sus amigas son las únicas que la hacen impulsarse hacia delante. 
Respira hondo y se levanta de la cama. Decide saludar a sus amigos en internet. Abre el buscador y da golpecitos con los dedos en la mesa impaciente. Siempre que enciende el ordenador se repite que algún día lo tirará por la ventana. Es el peor ordenador que hubiera pasado por sus manos. Al ver que sus redes sociales estan muertas, y como su necesidad de animarse es infinita, abre You Tube y recorre la página de recomendaciones. Antes de escoger un vídeo que pueda levantarle e ánimo, enchufa sus auriculares en el cacharro y los coloca en sus oídos. 
Pasan los minutos y piensa de darse por vencida, pero un uno aparece en sus notificaciones y decide darle. En el título aparece un nombre extraño del que nunca ha escuchado hablar, parece que es una boyband inglesa nueva.
-¿Boyband? -dice ella en voz baja. A ella no suele gustarle las boybands. Es más, siempre las ha odiado. Siempre son cuatro o más chicos que piensan que tienen el mundo a sus pies, que son los mejores y que hacen la mejor música del mundo cuando sólo es sucio pop comercial. No les gusta nada. 
De todas formas, decide darle al play y música de Coldplay suena en sus auriculares. Es una cover, se da cuenta. Resopla al ver que son cinco, y que están sobre un escenario de algún tipo de programa que da a conocer a los artistas. Enseguida lo reconoce. Es el escenario del Factor X. Nunca lo ha seguido, pero sus amigas hablaban a menudo sobre ello y en las redes sociales era bastante conocido. 
A las voces se da cuenta de que acaban de comenzar sus carreras, ya que aún no conseguían armonizar demasiado, pero no le disgustaba. 
Como está demasiado aburrida y no tiene nada mejor que hacer, ve más videos con ese nombre, y descubre una cara de esos chicos que no le disgusta en absoluto. Ellos son divertidos y se ve que son humildes, que no hablan de ganar, ni de llegar lejos. Sólo estan sentados en unas escaleras y hablan de cualquier cosa que no fuera del propio concurso o del futuro. Nada de eso. La chica no tarda en aprenderse sus nombres. 
Esa misma noche ve que los chicos han quedado terceros y que ya han comenzado una carrera oficial y famosa, con fans inglesas que les persiguen por la calle. Parece que aquí en España aún no han llegado. 

Meses más tarde, ella ya se ha olvidado más o menos de ellos. Ya ha escuchado todas sus covers en el concurso y visto todos sus video diarios. Ahora ya no hay rastro de ellos. 
Esa noche vuelve a engancharse al ordenador y ve que los chicos de los que hace unos meses casi se había enamorado de ellos, han publicado su primera canción original. La chica corre hasta YouTube para poder ver el video y vuelve a maldecir por el cacharro que tuvo que comprarse un año atrás. Le da al play contenta de volver a escuchar sus voces ahora en una canción original. En el vídeo se enseña la letra de la canción. Las lágrimas se apresuran por caer por su cara, pero esta vez no era por dolor, si no de felicidad. Al momento entiende la letra de la canción. Su mensaje. 
Las palabras de su padre enseguida se vuelven a escribir delante de ella. 
La canción decía exactamente lo que su padre le decía a ella cuando volvía a casa mal, con el corazón roto, con el alma por los suelos y con la autoestima aniquilada. Las palabras eran  las mismas, iguales, solo que disfrazadas con música y ritmos, lo que hacía que fuera aún más llamativo. 

Tres años más tarde, esos chicos han llegado a lo más alto. Han ganado más de 60 premios y  más de 10 millones de fans por todo el mundo.  Tienen récords y ya tienen dos discos, a punto de sacar su tercer disco pronto. Esos chicos, han salvado la vida de esa chica. La han salvado. Ella no hubiera podido seguir viviendo con ese sufrimiento. La noche que primera vez escuchó la canción, esa misma noche, decidió que no saldría más con esos chicos. Que nunca más saldría con gente que la hiciera daño, que le faltaba al respeto y que no la quería. 
Esa misma noche, esos chicos le salvaron la vida.

Segunda temporada!

Hola lectoras/es!
Después de varias semanas, pensándolo mucho, he decidido que voy a seguir con la novela. Pero no quiero volver a pasarlo mal, como lo hacía escribiendo la primera. Sí, lo pasaba mal. Tenía miedo, miedo de que si taraba demasiado en subir capítulo perdería lectoras, la gente se olvidaría de esta novela, y por eso me daba prisa en escribir, y acabé por odiar algo que en realidad amo con toda mi alma, que es el escribir. Y sé que no soy la única a la que le ha pasado -conozco a gente que también le ha ocurrido-, y sé que esta es sólo una novela más. Pero para mí es muy importante, porque cuando la empecé a escribir jamás pensé que iba a llegar hasta aquí, con más de 50.000 visitas al blog. Igual para otras personas no es nada, pero yo ya estaba dando saltos con 3.000. No sabéis lo mucho que significa esta novela para mí.
Por eso voy a cambiar de táctica. No quiero pasarme el día avisando a gente cuando resulta que no lee ni la mitad. Tengo dos opciones.
Primero, a todos los lectores, os recomiendo que os creéis una cuenta en wattpad y me sigáis en mi cuenta. Las razones son dos: Una de ellas es porque no sólo encontraréis mi novela, si no otras que voy a ir subiendo y que no subiré a blog {para mí es mucho más cómodo} y también muchas otras historias que son MUY buenas -mucho mejores que esta-. Y la segunda es porque así yo no necesitaré avisaros con cada capítulo que suba, ya que él mismo os mandará un mensaje a vuestro correo electrónico.
Y la segunda opción es avisar por twitter y tuenti -prefiero twitter- pero SÓLO avisaré a gente que SÉ que leen. Yo misma lo decidiré.
El caso, el prólogo ya está escrito, y lo subiré el 7 de Agosto, posiblemente por la mañana, aunque avisaré también para el prólogo.
Bueno, pues eso es todo. ¡Gracias por leer esto!

56~

{Narra Yina}
Un agudo dolor de cabeza me atravesó la frente. Me daba miedo abrir los ojos, ya que sentía los parpados demasiado pesados y temía que podría no poder abrirlos. Antes de nada, me pasé la mano por la cara y me froté los ojos, antes de abrirlos. Recorrí la habitación con la mirada, y no reconocía nada de ella. Yacía en una cama doble, pero estaba tumbada sola; no había nadie a mi lado. La habitación era grande y elegante, como de persona adulta. Las sábanas eran grises y así las paredes. Sólo había una ventana, que estaba en la pared de al lado de la cama, que ofrecía la mayoría de la luz que entraba en la sala. La única, mejor dicho; la lámpara que colgaba elegante del techo estaba apagada, y la puerta cerrada. Ceñí. Luego trasladé la mirada a mí misma. Me asusté bastante, ya que estaba completamente desnuda. Completamente. ¿De quién demonios era esa habitación y qué estaba haciendo ahí desnuda? De repente entré en pánico. No sabía qué hacer, si moverme de ahí y hacer como si nada pasado, o pedir una explicación a quien quiera que fuera el dueño de la casa.
Me envolví con la sedosa sábana gris y me vestí con mi ropa, que estaba perfectamente doblada en una silla al lado de un tocador. Busqué la puerta en la habitación que podría dar a un baño, pero sólo encontré la de un armario. Pensé que quizás eso podría darme pistas del dueño -o dueña- de la habitación. Abrí la puerta con mucho cuidado por miedo a que podría hacer ruido y revolví un poco por la ropa. No era ropa de chico.
Era ropa de hombre.
Me llevé las uñas a la boca, realmente asustada.
-Mierda -murmuré.
Miré por la ventana y se me cruzó la idea de que podría salir por ahí, pero estaba demasiado alto y podría romperme algo con la caída. Estábamos en un séptimo piso seguro. Y cerca del centro de la ciudad, ya que circulaban muchos coches ahí abajo.
Maldije en voz baja. Me hice a la idea de tener que salir por la puerta y tener que enfrentarme con el hombre que me tenía desnuda en su cama. Deseé que no estuviera en casa y no tener que verle la cara.
Respiré hondo y abrí la puerta, otra vez con miedo. Me encontré con un pasillo largo y luminoso, con suelo de madera y paredes blancas adornadas con algunos cuadros, y algunas puertas aleatorias, también de madera. Avancé por el pasillo y tuve que bajar escaleras para encontrar la salida. En la planta de abajo, un amplio salón tomaba sitio. Estaba todo muy ordenado y limpio. Me paralicé al ver a un hombre de mediana edad, de espaldas ante la barra de la cocina preparando algo. De espaldas no pude reconocerle.
Sonreí cuando vi la puerta que parecía dar a la calle nada lejos de mí, y ya empezaba a trazar un plan mental para llegar hasta ahí sin ser descubierta.
Di varios pasos sigilosamente hasta ella, y justo cuando iba a alcanzar la puerta, la madera del suelo crujió bajo mis pies. Maldije en voz baja.
El hombre de a cocina se dio la vuelta sobresaltado y unos ojos azules se clavaron en los míos. Un escalofrío demasiado marcado me recorrió la espalda.
Me sonrió. Yo no pude mover un músculo.
-¿Christian? -sólo pude hacer sonar un mínimo susurro, que apenas yo escuché.
-Buenos días. ¿Todo bien?
Tuve que hacer un gran esfuerzo para no desencajar la mandíbula. Me acerqué a él sin apartar la mirada de él. No parecía muy afectado, ya que me miraba con mirada penetrante y insinuante, con una pequeña sonrisa torcida presente en su rostro.
Estaba desconcentrante. Sabía perfectamente qué había pasado, aunque con su mirada lo estaba empezando a dudar. Yo no quería mencionarlo. Y esperaba que él no lo hiciera, aunque sabía que tendría que hacerlo.
Al final me obligué a hablar para romper el incómodo silencio que se estaba empezando a formar:
-¿Qué... qué pasó anoche?
Bajó la mirada y sonrió al suelo, tratando de ocultarla. Alcé las cejas y me crucé de brazos.
Parte de mí estaba dando saltos de alegría al verme a mí misma en la casa de Christian Forrest, el profesor con el que fantaseaba. Pero otra parte de mí estaba aterrorizada. No sabía si estaba lista para aquello. Él no parecía incómodo.
-¿Quieres algo para comer?
Me llevé la mano a la frente.
-Christian.
-¿En serio quieres hablar sobre eso? ¿Quieres un dibujo?
Me estaba tratando como a una niña pequeña. No me sentí a gusto.
Levanté las palmas y le di la espalda.
-Está bien. Ten un buen día -hice ademán de dirigirme a la puerta, y me sobresalté cuando noté su mano chocar con la mía. Me dio la vuelta e hizo que le mirara a la cara.
-Lo siento -me dijo, sus ojos centellando.
-Me usaste. Era vulnerable, y en vez de cuidar de mí, me usaste. ¿Quién me trajo?
Me dolía demasiado la cabeza para discutir, y no tenía ganas. Y mucho menos con un profesor que supuestamente debería darme clase y no pasar la noche conmigo en su casa.
Apartó la mirada y tensó la mandíbula.
-Tú quisiste venir. Pensé que estabas mejor. Y tú empezaste -me amenazó con el dedo.
-¿Que yo empecé el qué?
Alzó las cejas.
-¿Quieres otro dibujo?
Resoplé y me zafé de su mano para dirigirme a la puerta de nuevo. Y el me detuvo otra vez.
-Yina, escucha. Tengo... -esta vez fui yo la que alzó las dejas. Nunca había visto a un profesor dudar-. Tengo que contarte una cosa.
Ahí me picó la curiosidad. Pero lo lo dejé ver demasiado. Dejé soltar una risotada.
-Oh vamos. No lo vas a conseguir, Forrest.
Puedo jurar de que pude ver una pequeña sonrisa pícara asomar por su rostro, pero enseguida la borró para que no lo notara. Se puso serio de nuevo.
-Es serio, Yina. De verdad.
Decía eso con su mirada sincera, con la que me miró ayer a la noche cuando me sacó de la barra, cuando me prohibió beber más. Y cuando yo no le hice caso.
Al final acabé por ceder bajo su atenta mirada, que me pedía a gritos que le escuchara, que confiara en él, en silencio. Suspiré y le seguí de vuelta a la cocina, donde me hizo sentarme enfrente suya, en la encimera de la cocina.
-¿Qué pasa?
Suspiró. Desplazó su mirada de la mía, vacilando, y luego la volvió a clavar en mis ojos.
-Es... es sobre tu padre. El por qué lo conozco.
Alcé las cejas. No me esperaba aquello. Bajó la mirada y miró sus manos, que jugaban con un trozo de papel, nervioso.
-¿Recuerdas tu primer día aquí?
Lo recorrí rápidamente con la memoria, intentando pararme en algo que podría ser importante para todo eso, pero no encontré nada interesante. Algo alarmante.
-¿Qué pasa con él?
-Yo me encargué de que tuvieras las mayores comodidades. Sabía que ibas a venir, conocía a tu padre aquí. En el recinto. ¿Y sabes por qué le metieron en donde está actualmente?
Todo eso era absurdo. No me importaba el pasado de mi padre. No sabía por qué él intentaba decirme aquello ni de por qué él intentaba ayudarme. No sabía nada.
Algo de lo que decía no encajaba, de nuevo. Recordaba perfectamente cómo mi madre me había dicho que se conocieron en la editorial. Alguien de los dos me estaba mintiendo.
-No te creo.
Alzó la mirada y me miró a los ojos. Sonrió levemente.
-Me lo temía. Bien. Sé por qué es. Crees más a tu madre, ¿no es cierto?
Estaba intentando contarme algo, pero sin ser directo. Quería que yo misma supiera de qué hablaba. Comenzaba a sentirme incómoda.
Reflexioné unos minutos en silencio.
-¿A tu madre? ¿Esa madre que te dejó tirada en Inglaterra, y que apenas de visitaba?
-Para. No tienes derecho a decirme eso.
-Tengo derecho a protegerte.
-¡No lo tienes! Sólo eres mi profesor de Literatura, nada más. Mi madre es mi madre y la creo más a ella.
-Bien. ¿Cómo te contó que se conocieron ellos?
Parecía saber la respuesta.
-En... en la editorial en la que iba a publicar su libro.
-Exacto. -Sonrió-. Se equivoca de persona.
Fruncí el ceño. Me había desconcentrado.
-¿Qué quieres decir?
-Escucha. Yo soy el que trabajaba en la editorial. Yo soy el quien editó su portada. Y tu padre es un asesino.
-Eso es totalmente incoherente.
-Tu madre se enamoró de mí, pero tuvo el error de tener un primer hijo con él. No quería que sus hijos tomaran a su padre como un asesino, por lo que me pidió que le cambiara los papeles. Ahora yo soy el malo. Y luego naciste tú.
Me quedé sin habla. Realmente tenía lógica, pero no quise admitirlo.
-No te creo.
-Tu madre me matará si se entera que me he acostado contigo.
-¡Cállate! ¡No te creo, tú no eres nadie para decirme eso!
Sin darme cuenta me había levantado de la silla y había empezado a gritar. Él se levantó también , y me sujetó de las muñecas, para intentar tranqulizarme.
-Yina. Si piensas que te lo he dicho para hacerte daño estás muy equivocada. Tú me importas, ¿de acuerdo? Me gustas, incluso.
Cuando me pasó el pulgar por la cara fue cuando me di cuenta que estaba llorando a lágrima viva. Tenía la cara empapada por el sudor y las lágrimas.
Mi padre era un asesino.
Me soltó las muñecas y rodeó mi cintura con sus brazos, obligándome a abrazarlo. Y se lo agradecí más tarde. Se apartó escasos centímetros de mí para que pudiera mirarme a los ojos y colocó sus labios en los míos.


{Narra Jess}
-¿Segura que lo quieres hacer?
Jane me miró extrañada.
-Claro. Es la pregunta más estúpida que me has podido hacer -volvió a poner su mirada en frente suya.
Aparté la mirada con los labios fruncidos y también me concentré en el camino. Durante todo el camino hasta la casa no dijimos nada más.
Jane me había pedido que la acompañara hasta los chicos porque necesitaba contarle a Harry unas cuantas cosas. Sobre todo lo de Ethan, pero el resto no me quiso contar.

La casa ese día estaba especialmente vacía. Sólo quedaban otros dos concursantes, ya que ese sábado se emitiría la final en directo, y se notaba la tensión en el aire. Probablemente estarían ensayando como locos.
El único visible en esos momentos era Zayn, que estaba sentado en el sofá con el móvil entre las manos.
-A esto lo llamo yo una cálida bienvenida -dijo Jane con sarcasmo, que me hizo recordar a las cosas que Ellen decía en esos casos.
Zayn, por lo visto, se asustó y nos miró espantado. Luego apartó la mirada y respiró tranquilo.
-Joder, me has asustado un demonio.
-Pero si hemos llamado a Harry de que íbamos a venir -dije yo, bajo.
-¿Dónde está el resto? -preguntó Jane.
-Jane... no... no te había visto -dijo, e intentó sonreír, pero no resultó muy convincente.
Ella también sonrió. Parecía muy feliz de estar aquí. Añadió una pequeña risita.
-No importa. ¿Dónde están?
-Niall y Liam están comprando no-sé-en-dónde, y Louis.... Louis y Harry están arriba.
Le hice un gesto a Jane para que subiera y en seguida su rostro de descompuso. Asintió y subió las escaleras.
Miré a Zayn.
-¿Quieres sentarte?
Sonreí. Me moví hasta su lado y me dejé caer a su lado en el sofá verde oscuro y apagado.
Suspiró.
-¿Sabes, J? No sé si estoy listo.
-Listo, ¿para qué? -pregunté incorporándome en el sofá para poder mirarle a la cara.
-Para la fama. Para tener... fans. No soy el chico más ligón que puedas encontrar. No soy seguro de mi mismo en ningún aspecto y temo a que lo pueda hacer mal.
-Claro que no lo vas a hacer mal. Es más, tú y los chicos lo vais a hacer perfectamente bien. Sé que podéis conseguirlo. Y no lo digo como una amiga, ni como nada de eso. Lo digo como conocida, sinceramente. Confío en vosotros.
Pasaron escasos segundos en los que me miraba a los ojos, en los que yo le miraba a los suyos, en cómo resplandecían bajo la luz de la bombilla. Parecían dar luz propia.
Luego apartó la mirada bruscamente, como si no supiera lo que había hecho segundos más tardes.
-No soy como tú piensas -espetó de repente, sin mirarme.
-¿Y cómo se supone que tengo que pensar cómo eres?
-Como Harry. Como Liam. Yo no soy de esos chicos que consiguen ligarse a la primera chica que les gusta. No soy capaz.
Sonrío levemente.
-Yo no quiero que seas como Harry, ni como Liam. A mí me gusta como eres -dije convecida de lo que decía, asintiendo levemente.
Él seguía sin mirarme.
-No lo creo.
-¿Por qué eres tan negativo? ¿Piensas que si a mí me gustaran los chicos como ellos estaría aquí contigo hablando? He pasado por muchas cosas malas en mi vida, y quiero elegir bien esta vez.
Fue entonces cuando me miró y sonrió.
Y antes de que pudiera hacer nada más, me incliné hacia él y le besé en los labios. Pude sentir su sonrisa a través del beso, de cómo enredaba los dedos entre mi pelo y cómo colocaba su mano en mi mejilla.
Me aparté de él y le miré a los ojos de nuevo.
-Sabes que esto es muy empalagoso, ¿cierto? -me dijo con una sonrisa -. Pensaba que odiabas las cosas empalagosas. -Reí- ¿Ves? Yo te hubiera besado días antes, meses incluso. Pero no podía. Soy demasiado inseguro.
-Pues es hora de cambiar eso, ¿no crees?


{Narra Jane}
Jess me hizo un gesto con la cabeza para que subiera. Y en ese instante me entraron unas ganas terribles de llorar. El nudo en la garganta casi no me dejaba respirar. De hecho, senté que me faltaba el aire mientras subía las escaleras, y cómo el corazón me bombardeaba con mucha fuerza en el pecho.
Había entrado con la mayor seguridad allí, segura de lo que hacía. Pero me entró mucho miedo de repente, y no sabía por qué. A lo mejor ya lo sabía. Sólo esperaba que no.
¿Y por qué Zayn estaba tan frío conmigo? No entendía nada.
Llamé muy suave a la puerta, y casi temí que no lo hubieran escuchado. Abrí, intentando sonreír y parecer tranquila y normal. No asustada y preocupada. +
La habitación estaba oscura, pero se oían susurros en alguna parte de ella. Ceñí, sonriendo ahora de verdad.
-¿Se puede? -pregunté, quedándome en la puerta.
Perfecto. Me temblaba la voz muchísimo.
-Pasa, pasa -era Louis quien me hablaba, pero no lograba verle.
-¿Por qué estáis a oscuras? -encendí la luz.
Louis estaba apoyado en la cama y tenía el cuerpo dirigido a detrás de ella, pero la mirada oscura clavada en mí. En el suelo, sólo pude ver unos vaqueros y unas converse blancas.
No pude evitar soltar una pequeña sonrisa.
Louis apartó la mirada.
-Oh. Hola, eh.... Jane ,-carraspeó y se incorporó, quedando enfrente mía, pero seguía estando lejos- bueno. No me quiero meter en.... todo esto. Yo me voy.
Pasó por mi lado y me dedicó una de las miradas más sucias que había compartido conmigo, como si hubiera matado a su mascota o algo así. Me sentí realmente mal, y lo peor de todo es que no terminaba de entender por qué me trataba todo el mundo tan fríamente.
Harry se levantó del suelo y me miró a los ojos, pero sin acercarse tampoco. Los tenía rojos.
-Harry...
-¿Qué? -me interrumpió cortante.
Me dolió como una patada en el estómago.
Me acerqué a él y aparté uno de sus rizos de delante de sus ojos mientras él seguía con la mirada fría. Me mordí el labio. Había estado llorando.
Podría jurar que lo vi sonreír por un sólo segundo. Una sonrisa muy pequeña y muy corta.
-Para -me dijo. Aparté la mano.
-¿Se puede saber qué te pasa?
No se había acercado como siempre hacía. Ni me había apartado el pelo de la cara ni me había besado. Nada de eso.
Apartó la mirada y resopló muy bajo, casi ni lo escuché.
-Explícamelo tú.
-Harry, de verdad que...
Se apartó y me dio la espalda, aparentando hacer algo más importante que hablar conmigo. Como enredar en los papeles de encima de la mesa.
-Yo confiaba en ti.
-¿Qué?
-¡Mierda, Jane!
Entonces se aceró a mí más de las anteriores veces y me miró directamente a los ojos. Tuve que dar varios pasos atrás para que no me tirara al suelo. Estaba enfadado.
-¿Cuánto tiempo has estado mintiéndome, eh? ¿Cuánto tiempo has estado jugando conmigo? -susurró.
-¿Qué? No estoy entendiendo nada.
-Por favor, no me mientas más -tensó la mandíbula y negó.
-¡Harry! ¡Explícamelo, no sé de qué hablas!
-Puedes preguntárselo a tu amiguito Ethan, que parece saber mucho más de ti que yo. Dime, Jane -pronunció mi nombre como si lo fuera a escupir-, ¿cuánto tiempo me has estado utilizando? ¿Cuánto? ¿Desde cuándo? ¿Te ha gustado la experiencia de la fama? Por el amor de Dios, ni siquiera estoy seguro de si eras virgen o no. Lo del retraso, ¿era real o era también una mentira?
Me llevé una mano a la frente y di un paso hacia atrás.
Ethan.
-Mierda -susurré-. Harry, puedo explicarlo, lo juro. Sólo...
-Puedes ahorrártelo, de verdad. No quiero hacer que te esfuerces demasiado para idear una excusa convincente -dijo, y se dirigió a la puerta.
Me di la vuelta.
-¡Pausa! -grité sollozando.
El nudo de la garganta se había soltado con demasiada rapidez, y las lágrimas no dejaban de caer y de caer. Notaba el cuello de mi camiseta mojada, pero en ese momento no me importó lo más mínimo.
Él se detuvo, me miró y suspiró.
-¿Para qué quieres una pausa ahora?
No lo pude remediar, me lancé a su cuello y lo besé como si fuera la última vez que lo haría.
Y él, no me detuvo.


{Narra Ellen}
Llovía como si no hubiera llovido en años. Las calles estaban desiertas y el cielo estaba oscuro como la boca de un lobo. Ni siquiera se veía el reflejo de las farolas contra las nubes negras. El único sonido que se escuchaba en ese momento era el salpiqueteo de la lluvia contra los charcos formados a causa de ésta, y mis pasos apresurados contra la acera. Estaba mojada de arriba a abajo y hacía muchísimo frío. Tanto, que la lluvia podría convertirse en nueve en cualquier momento.
Maldita sea, de noche parecía que su casa estaba aún más lejos. No la había visto desde aquella mañana. No quería molestarla, pero necesitaba hablar con ella con mucha urgencia.
Por fin, llegué a la fachada de su casa, y la maldita verja blanca estaba tan mojada que me costó mucho abrirla. Me detuve un segundo y suspiré.
El porche estaba iluminado, pero, aún así, el pequeño patio ajardinado, estaba tan oscuro como el cielo, así también las ventanas estaban negras. Probablemente estaría sola en casa.
Antes de que me dirigiera al porche, distinguí una figura sentada abrazando sus piernas, justo al lado de las escaleras. No me asusté, simplemente me acerqué, casi enfadada.
-Jane... -murmuré.
Me miró por un segundo, y luego apartó la mirada.
Estaba incluso más mojada que yo. El pelo empapado se le pegaba a la cara, y el agua hacia que su pelo rubio casi resultara negro. De su cara caían gotas de agua como si estuviera en la ducha. Tenía los labios oscuros y entreabiertos. No parecía tener frío, pero de todos modos al día siguiente tendría una pulmonía.
Tenía muchísimas ganas de gritarle para que se metiera dentro de casa, que se pusiera un abrigo, o lo que fuera, como hubiera hecho una madre.
Pero, al contrario, me senté a su lado en la mojada hierba. En seguida apoyó su cabeza en mi hombro.
-Podrías... ¿Podrías quedarte esta noche aquí? -me preguntó. No lloraba, pero su voz temblaba, probablemente por el frío.
Yo no dije nada y me limité a asentir.
De reojo pude ver cómo jugaba con la pulsera que seguía colgando de su muñeca.
-No ha querido escucharme.
Fruncí los labios y seguí sin decir nada. Apoyé mi cabeza en la suya.
-Será mejor que vayamos dentro, Jane. Vamos a...
-Me da igual.
Estaba realmente frágil. No quería llevarle la contraria, y muchísimo menos ahora. Era mi mejor amiga, y por delante de todo la tenía que apoyar pasara lo que pasara. La quería.
Finalmente, ella se armó de valor para quitarse la pulsera y me la tendió entre sus dedos pálidos y mojados. Yo la acepté.
-¿Se la devolverás?
-Claro -murmuré, asintiendo y escondiendo los labios.
Pasaron unos segundos en silencio, ambas escuchábamos la lluvia caer.
Al final, me obligué a mí misma para romper el silencio.
-Jane, quiero que sepas, que te quiero, ¿de acuerdo? -dije mientras me levantaba y la miraba desde arriba.
Levantó la mirada y me miró a los ojos. Aún por la poca luz que había, sus ojos brillaban de una forma peculiar. Tenía los ojos vidriosos, y, por lo tanto, muy, muy brillantes.
-Se acabó, Ellen.


{Narra Lena}
Meredith no volvió. En dos semanas no la había visto. Por lo que deducí que no volvería.
Volvía a estar encerrada en la habitación, y me aburría demasiado, por lo que estaba contando las pastillas que ya tenía ahorradas. Me cansé demasiado rápido, pero me quedé en una cifra de 362 pastillas.
No estaba nada mal.
Había pasado una semana desde el incidente. Un esparadrapo me cubría todo el vientre, cuando en realidad no me dolía en absoluto. Mis muñecas también estaban vendadas.
Me sobresalté cuando la puerta de metal se abrió un vaso de plástico se asomó por la ventanilla de la puerta. Momentos antes había pedido un vaso de agua. Me acerqué a ella y le di las gracias cuando tomé el recipiente.
Había llegado la hora.
Cuando estaba contando las pastillas se me había ocurrido la idea.
Me senté en frente de la mesilla, en el suelo, donde estaban todas las pastillas estaban esparcidas por la mesa. Hice hueco para apoyar el vaso y volví a guardar las pastillas en el vaso original. Estaba segura de lo que quería hacer.
Me aseguré dos o tres veces de que la puerta no se abriría una segunda vez antes de tomar el ladrillo de la pared entre la mano derecha. Saqué la primera pastilla del vaso y la dejé cuidadosamente en la mesa. Después, con el menor ruido posible para no llamar la atención, estampé el ladrillo contra la pastillita, haciendo que se hiciera polvo. Lo atrapé como pude, y lo eché en el vaso de agua. Y así con todas.
¿Mi plan? Fácil. ¿Qué ganaría yo, estando allí por el resto de mi vida, sufriendo y sabiendo que lo mío no tenía remedio? Estaría toda mi vida loca.
Lo mejor es que la voz seguía ahí dándome el coñazo, pero ya no le prestaba atención. Ya no le escuchaba.
Con más de 500 pastillas estaba segura de que tendría una sobredosis. Además de que el polvo de ellas no se disolvía en el agua.
Después de más de una hora aplastando la medicación, el agua ya no era agua. Era una pasta líquida blanca granulosa. Al principio me dio demasiado asco, pero luego recordé que era mucho peor estar loca de por vida.
Simplemente, me quería morir. Y eso iba a hacer.
Suicidarme.
Estuve a punto de pedir otro vaso de agua, pero seguramente no tendría el mismo efecto que yo quería con más agua.
Tomé el vaso entre mis manos y lo miré con miedo.
No vas a acojonarte ahora, ¿verdad? 
-¿Te vas a callar, o tengo que volver a hacer un numerito? -dije con tranquilidad, sin apartar la mirada del vaso blanco.
Mi estómago se revolvió.
Sin pensarlo más veces, me tomé el agua de un trago, y enseguida me sentí mareada. Sentí cómo penetraba en mis venas, en mi hígado, en todos los rincones de mi cuerpo, y sentí un puntiagudo dolor en mi cabeza y en las heridas que me había hecho al rededor de mi piel.
Me tumbé en el suelo y dejé que la muerte viniera sola. Me sentí adormilada, y cada vez sentía más dolor, aunque uno sordo y de fondo. Más que dolor, era impotencia.
Mi última visión fue a la pared, en la que momentos antes había conseguido escribir con sangre nueva que me había provocado un mensaje en la pared.
Cerré los ojos.

Gracias, Meredith. Eres mi heroína. Te quiero.



Gracias, pero no necesito ayuda. Puedo morir por mí sola. 



+-+-+-+-+-+-
Hola lector, lectora, o cualquier otro ser mágico que pasa casualmente por este blog, y se ha parado para leer esto. Tal vez te resulta un poco raro verme aquí comentar después de este capítulo; a mí también se me hace raro. No lo haría si no sería importante. Lo primero que quiero decir es que este ha sido el último capítulo de 'Same Mistakes', y que probablemente no haya más. Digo probable porque puede que continúe la historia, pero por ahora, no. 
No quiero dar las gracias a nadie en especial -no por no tener a nadie, pero porque no quiero dejar a nadie sin un hueco en este blog- , pero sí a cada una de las persona que comenta y que me da a saber que lee la novela, y que no es otro florero que sólo está ahí, acumulando mis comentarios. En serio, gracias. Y si no comentas, pero sí lees, hm.. no sé qué decirte. Pero no te doy las gracias.
No quiero dejar aquí un mega comentario, porque sé que la mayoría de las personas que ha leído el capítulo, no está leyendo esto realmente. Y sé que podría aburrirte. 
Voy a volver al probable de la continuación de la historia. No sé si quiero seguirla, más que nada porque me paso más de media hora avisando a 167 personas, para sólo recibir los comentarios de 50 personas, si tengo suerte. Así que, si la sigo, sólo avisaré a las personas que sé que leen, y que no me responden sólo con "Siguiente" o  "me ha gustado este cap" o con un "ME ENCANTA". No quiero sonar borde, pero no me hace gracia este tema. Y, si continúo la historia, quiero saber si tú realmente quieres que la siga. Dejando un comentario. NO VALE EN TUENTI. Tiene que ser en el blog. El máximo de comentarios que he recibido en este blog ha sido de cinco, así que me gustaría que me dejaras un comentario, y así llegar a cinco. Vuelvo a repetir. LOS COMENTARIOS EN LOS QUE PONGA "SIGUIENTE" SERÁN AUTOMÁTICAMENTE ELIMINADOS. Si me dejas un comentario, pon por qué te gustaría que la siguiera, y todo eso. Quiero saber si todavía me quedan lectoras/es, o si escribo para mí misma. En serio lo quiero saber. Y, por favor, si ya hay cinco comentarios, no dejes de comentar. Porque para lo mismo no subo una segunda parte. El número de comentarios no depende de eso, es sólo que si hay menos de cinco comentarios no subo de seguro. 
Eso ha sido todo. Ha sido un placer para todas, de verdad me ha gustado mucho. Y, si esta es la última vez que entro en este blog -voy a seguir subiendo historias en Wattpad-, te quiero, y gracias por soportarme, por leerme y por estar aquí. Te quiero. te echaré de menos. 

-Dreamer {mauri}
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55~

Capítulo 55:
{Narra Lena}
La luz se reflejaba en el espejo y me daba directamente en los ojos, lo que resultaba realmente molesto.
Gracias al tiempo, me había acostumbrado bastante rápido a eso de vivir en un centro para locos. Para gente como yo. Ya era mi tercera semana ahí, y las pastillas se iban acumulando en el hueco de la pared. No me importaba demasiado, no me sentía diferente. Me sentía como siempre.
Mi reflejo seguía reflejado en la lisa superficie del espejo.
Me alejé de él y ordené las pocas cosas que tenía en la habitación entre la poca luz que había. La única luz que entraba era gris y apagada.
Era la hora de la comida, por lo que me moví por el edificio hasta el gran comedor, probablemente la sala que más odiaba del lugar. Busqué a Meredith con la mirada al recoger mi bandeja, pero luego recordé que le dieron el alta hacía dos días. Me acordaba de la manera en la que me guiñó el ojo en cuanto me lo dijo. “Se lo han vuelto a creer estos bobos. Y sólo por engordar tres kilos. En cuanto llegue a casa me los vuelvo a quitar. Nos vemos pronto” Esa chica era un fenómeno.
Ese día era tarde de visitas. La idea no me agradaba demasiado; no me apetecía nada volver a ver a mis padres. Dudaba que ellos quisieran verme a mí.
Al terminar de comer, me coloqué las estúpidas pastillas y esperé mi turno como una buena internada. Estaba intentando cambiar y tratar de dar a entender que había cambiado, y que estaba mucho mejor de cuando entré. Todo fingido, claro. No había ningún cambio en absoluto. Intentaba imitar a Meredith. Ella era mi gran ídolo ahora.
Las voces seguían en mi cabeza. Tal vez era porque no me tomaba las pastillas, pero no le di demasiada importancia. Por lo menos las voces me ayudaba a no sentirme tan sola como lo hacía. Eso eran las partes buenas que me gustaba creer, cuando en realidad no habían partes buenas en ser esquizofrénica.
Mientras esperaba, veía cómo el resto de los chicos engullían la comida como si fuera la primera vez que lo hacían; impacientes de ver a sus seres queridos.
Seres queridos. Eso es algo que tú no tienes.
Trataba de ignorarlo, pero notaba cómo mi respiración se volvía más violenta y rápida, y mis ojos no se estaban quietos. Aguanté la respiración unos segundos y traté de tranquilizarme. “Aquí no, Lena. No delante de todos. Sé normal” -me dije a mí misma.
La voz no dijo nada, pero una risa aguda me taladró el cerebro. Me tapé los oídos y cerré los ojos con fuerza. Me mordí la lengua, evitando la salida de un grito contra mi garganta.
La mujer de la mascarilla me miraba indiferente, con los ojos opacos.
Y justo cuando pensé que había terminado, algo sucedió muy mal. Todo sucedió demasiado deprisa.
Sabes que esto no puede durar para siempre, ¿verdad? Algún día te pillarán, y tendrás que medicarte para siempre. Estarás loca para siempre.
Chillé, no soportándolo más.
-¡Yo no estoy loca! -chillé, tapándome los oídos otra vez.
Las pastillas se movieron de su sitio.
La mujer me juntó las muñecas en mi espalda, inmovilizándome.
Chillé de nuevo, dando patadas e intentando zafarme de ella.
Enseguida vinieron más mujeres a ayudar a la primera, sujetándome de donde podían. Hasta tuvieron que agarrarme de los tobillos y llevarme a otro lado, mientras yo todavía intentaba deshacerme de sus manos llenas de fuerza superior a la mía. Yo seguía chillando como una loca descontrolada.
Me llevaron a una sala mucho más oscura que el resto, donde un gran espejo se elevaba desde el suelo hasta el techo. Una de las chicas me soltó del tobillo y se acercó a un teléfono amarrado a la pared.
Sonreí por un segundo. Me había soltado el tobillo.
Con las fuerzas que me quedaban, le di una patada a otra de las psiquiatras, por lo que me soltó el brazo y así pude deshacerme de ella por un sólo segundo.
Estaba segura que entre ellas también se gritaban entre ellas, solo que entonces sólo escuchaba un murmullo ahogado en mi cabeza.
Me acerqué al espejo y con los puños cerrados, golpeé el cristal, donde se dibujaron varias grietas leves. Pegué una segunda vez, y esta vez un gran trozo se cayó al suelo.
No sabía que tenía tanta fuerza.
Cuando me agaché a por el cristal, me di cuenta de que estaba llorando. Con la mano llena de pequeños cortes, de los que ya empezaba a salir pequeñas gotitas de sangre, me aparté las lágrimas.
Apreté el cristal contra mi muñeca, haciendo que todas las guardias se paralizaran, y dieran varios pasos atrás.
-¡Como os acerquéis me rajo! ¡Os juro que me rajo!
¿Y con eso qué ganas? Nada. Nada en absoluto. Sólo una cicatriz más.
-¡Cállate, joder! ¡Cállate! -chillé.
Me volví para mirar a la mujer que sostenía el teléfono, que lo sujetaba con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Me miraba espantada.
-Deja el teléfono. ¡Yo no estoy loca! No merezco estar aquí, vosotras no podéis ayudarme. ¡Suéltalo!
No me hizo caso.
Una. Dos. Tres. Cuatro tajadas en la piel. Seguidas. Se estaban acercando demasiado, y la del teléfono no parecía hacer ningún ademán de hacerme caso.
La sangre ya corría por mi piel, así como las lágrimas por mis mejillas.
De pronto me sentí agotada. Cansada de todo.
Escuché pasos. Primero pensé que podrían ser imaginaciones mías, pero percibí la inquietud del resto ante los insinuantes sonidos que se acercaban. La inquietud fue disuelta enseguida, y fue reemplazada por alivio y gratitud. Todas sabían, incluida yo, lo que eso significaba.
Se acercaban mis padres.
Enseguida me puse alerta de nuevo. Me levanté la camiseta y apunté el cristal contra mi vientre, tan fuerte que la punta se hundía en la carne.
Por la esquina apareció una pareja, ambos con rostros asustados y miradas inquietas.
No eran mis padres. Sus miradas se posaron en mi, y sus ojos se abrieron más de lo que ya lo estaban.
Eran Jess y Liam los que me miraban sin dar crédito. Sentí la mirada de ambos recorrer mi brazo pálido contrastar contra la oscura escarlata de mi sangre, que manchaba también el suelo con pequeñas manchas.
-¿Qué...? -me interrumpí para tragar saliva- ¿Qué hacéis aquí?
Jess apartó la mirada, conteniendo las lágrimas. Liam me miraba con dureza, e intentó acercarse a mí, pero yo hundí más el cristal en la piel.
-No te acerques. Tú eres el causante de que esté aquí -dije, poniendo empeño en sonar tranquila.
La voz en mi cabeza volvió a reír.
Qué ingenua eres. Byron no tiene nada que ver con esto; tú naciste así. Loca.
-¡Cállate, cállate! -chillé, levantando la cabeza, mirando al techo y gritando al aire- ¡Yo no estoy loca!
Lo ignoré lo mejor que pude, pero podía jurar que había dicho Byron y no Liam.
Jess dio un paso adelante.
-Lena, estamos aquí para visitarte. Para verte. No queremos verte mal. Byron se ofreció para venir.
Liam asintió.
Mi mirada vacilaba entre ambos.
Estaba totalmente desconcentrada. ¿Por qué hablaban de Byron, cuando era Liam quien me miraba de soslayo?
Retrocedí varios pasos, ejerciendo la misma presión contra mi vientre. Me choqué contra el espejo rasgado, y confié en él para apoyarme. Las mujeres ya no estaban tan alerta como lo estaban antes, pero seguían en la sala por si ocurría algo mayor.
-No entiendo nada...
-Escucha Lena. Yo... te quiero y siento haber desaparecido así. Pensé que era lo mejor -Liam me habló, pero no era su voz la que escuchaba.
Parpadeé varias veces, intentando disolver el dolor de cabeza que empezaba a hacer acto de presencia. Volví a mirar a Liam.
No era él. Era Byron.
¿Ves como estás loca? No sabes ni diferenciar a las personas a las que quieres.
Chillé con todas mis fuerzas y deslicé el cristal sobre mi vientre.
Las manos de Byron fueron veloces. Se acercó a mí con sutilidad y me agarró las dos manos, haciendo que el arma cayera al suelo.
-¿No lo entiendes, Lena? ¡Estás cometiendo los mismos errores de nuevo! No hace falta que te cortes para mejorar.
Su aliento chocaba contra mi piel y me sentí agradecida de volver a tener esos ojos cerca de nuevo.
-Te he echado tanto de menos -susurré.
Oprimí una sonrisa.
Él si me sonrió.
-Te quiero.
Esperé sus labios, pero en cambio la presión de sus manos se aflojó hasta que dejé de sentirla, y sentí un pinchazo en el hombro.
Volví la mirada al epicentro del dolor y vi una enorme jeringuilla clavada en mi piel.

Mi vista se nubló mientras la voz de Byron rebotaba en mi cabeza.