{Narra
Yina}
Un
agudo dolor de cabeza me atravesó la frente. Me daba miedo abrir los
ojos, ya que sentía los parpados demasiado pesados y temía que
podría no poder abrirlos. Antes de nada, me pasé la mano por la
cara y me froté los ojos, antes de abrirlos. Recorrí la habitación
con la mirada, y no reconocía nada de ella. Yacía en una cama
doble, pero estaba tumbada sola; no había nadie a mi lado. La
habitación era grande y elegante, como de persona adulta. Las
sábanas eran grises y así las paredes. Sólo había una ventana,
que estaba en la pared de al lado de la cama, que ofrecía la mayoría
de la luz que entraba en la sala. La única, mejor dicho; la lámpara
que colgaba elegante del techo estaba apagada, y la puerta cerrada.
Ceñí. Luego trasladé la mirada a mí misma. Me asusté bastante,
ya que estaba completamente desnuda. Completamente. ¿De quién
demonios era esa habitación y qué estaba haciendo ahí desnuda? De
repente entré en pánico. No sabía qué hacer, si moverme de ahí y
hacer como si nada pasado, o pedir una explicación a quien quiera
que fuera el dueño de la casa.
Me
envolví con la sedosa sábana gris y me vestí con mi ropa, que
estaba perfectamente doblada en una silla al lado de un tocador.
Busqué la puerta en la habitación que podría dar a un baño, pero
sólo encontré la de un armario. Pensé que quizás eso podría
darme pistas del dueño -o dueña- de la habitación. Abrí la puerta
con mucho cuidado por miedo a que podría hacer ruido y revolví un
poco por la ropa. No era ropa de chico.
Era
ropa de hombre.
Me
llevé las uñas a la boca, realmente asustada.
-Mierda
-murmuré.
Miré
por la ventana y se me cruzó la idea de que podría salir por ahí,
pero estaba demasiado alto y podría romperme algo con la caída.
Estábamos en un séptimo piso seguro. Y cerca del centro de la
ciudad, ya que circulaban muchos coches ahí abajo.
Maldije
en voz baja. Me hice a la idea de tener que salir por la puerta y
tener que enfrentarme con el hombre que me tenía desnuda en su cama.
Deseé que no estuviera en casa y no tener que verle la cara.
Respiré
hondo y abrí la puerta, otra vez con miedo. Me encontré con un
pasillo largo y luminoso, con suelo de madera y paredes blancas
adornadas con algunos cuadros, y algunas puertas aleatorias, también
de madera. Avancé por el pasillo y tuve que bajar escaleras para
encontrar la salida. En la planta de abajo, un amplio salón tomaba
sitio. Estaba todo muy ordenado y limpio. Me paralicé al ver a un
hombre de mediana edad, de espaldas ante la barra de la cocina
preparando algo. De espaldas no pude reconocerle.
Sonreí
cuando vi la puerta que parecía dar a la calle nada lejos de mí, y
ya empezaba a trazar un plan mental para llegar hasta ahí sin ser
descubierta.
Di
varios pasos sigilosamente hasta ella, y justo cuando iba a alcanzar
la puerta, la madera del suelo crujió bajo mis pies. Maldije en voz
baja.
El
hombre de a cocina se dio la vuelta sobresaltado y unos ojos azules
se clavaron en los míos. Un escalofrío demasiado marcado me
recorrió la espalda.
Me
sonrió. Yo no pude mover un músculo.
-¿Christian?
-sólo pude hacer sonar un mínimo susurro, que apenas yo escuché.
-Buenos
días. ¿Todo bien?
Tuve
que hacer un gran esfuerzo para no desencajar la mandíbula. Me
acerqué a él sin apartar la mirada de él. No parecía muy
afectado, ya que me miraba con mirada penetrante y insinuante, con
una pequeña sonrisa torcida presente en su rostro.
Estaba
desconcentrante. Sabía perfectamente qué había pasado, aunque con
su mirada lo estaba empezando a dudar. Yo no quería mencionarlo. Y
esperaba que él no lo hiciera, aunque sabía que tendría que
hacerlo.
Al
final me obligué a hablar para romper el incómodo silencio que se
estaba empezando a formar:
-¿Qué...
qué pasó anoche?
Bajó
la mirada y sonrió al suelo, tratando de ocultarla. Alcé las cejas
y me crucé de brazos.
Parte
de mí estaba dando saltos de alegría al verme a mí misma en la
casa de Christian Forrest, el profesor con el que fantaseaba. Pero
otra parte de mí estaba aterrorizada. No sabía si estaba lista para
aquello. Él no parecía incómodo.
-¿Quieres
algo para comer?
Me
llevé la mano a la frente.
-Christian.
-¿En
serio quieres hablar sobre eso? ¿Quieres un dibujo?
Me
estaba tratando como a una niña pequeña. No me sentí a gusto.
Levanté
las palmas y le di la espalda.
-Está
bien. Ten un buen día -hice ademán de dirigirme a la puerta, y me
sobresalté cuando noté su mano chocar con la mía. Me dio la vuelta
e hizo que le mirara a la cara.
-Lo
siento -me dijo, sus ojos centellando.
-Me
usaste. Era vulnerable, y en vez de cuidar de mí, me usaste. ¿Quién
me trajo?
Me
dolía demasiado la cabeza para discutir, y no tenía ganas. Y mucho
menos con un profesor que supuestamente debería darme clase y no
pasar la noche conmigo en su casa.
Apartó
la mirada y tensó la mandíbula.
-Tú
quisiste venir. Pensé que estabas mejor. Y tú empezaste -me amenazó
con el dedo.
-¿Que
yo empecé el qué?
Alzó
las cejas.
-¿Quieres
otro dibujo?
Resoplé
y me zafé de su mano para dirigirme a la puerta de nuevo. Y el me
detuvo otra vez.
-Yina,
escucha. Tengo... -esta vez fui yo la que alzó las dejas. Nunca
había visto a un profesor dudar-. Tengo que contarte una cosa.
Ahí
me picó la curiosidad. Pero lo lo dejé ver demasiado. Dejé soltar
una risotada.
-Oh
vamos. No lo vas a conseguir, Forrest.
Puedo
jurar de que pude ver una pequeña sonrisa pícara asomar por su
rostro, pero enseguida la borró para que no lo notara. Se puso serio
de nuevo.
-Es
serio, Yina. De verdad.
Decía
eso con su mirada sincera, con la que me miró ayer a la noche cuando
me sacó de la barra, cuando me prohibió beber más. Y cuando yo no
le hice caso.
Al
final acabé por ceder bajo su atenta mirada, que me pedía a gritos
que le escuchara, que confiara en él, en silencio. Suspiré y le
seguí de vuelta a la cocina, donde me hizo sentarme enfrente suya,
en la encimera de la cocina.
-¿Qué
pasa?
Suspiró.
Desplazó su mirada de la mía, vacilando, y luego la volvió a
clavar en mis ojos.
-Es...
es sobre tu padre. El por qué lo conozco.
Alcé
las cejas. No me esperaba aquello. Bajó la mirada y miró sus manos,
que jugaban con un trozo de papel, nervioso.
-¿Recuerdas
tu primer día aquí?
Lo
recorrí rápidamente con la memoria, intentando pararme en algo que
podría ser importante para todo eso, pero no encontré nada
interesante. Algo alarmante.
-¿Qué
pasa con él?
-Yo
me encargué de que tuvieras las mayores comodidades. Sabía que ibas
a venir, conocía a tu padre aquí. En el recinto. ¿Y sabes por qué
le metieron en donde está actualmente?
Todo
eso era absurdo. No me importaba el pasado de mi padre. No sabía por
qué él intentaba decirme aquello ni de por qué él intentaba
ayudarme. No sabía nada.
Algo
de lo que decía no encajaba, de nuevo. Recordaba perfectamente cómo
mi madre me había dicho que se conocieron en la editorial. Alguien
de los dos me estaba mintiendo.
-No
te creo.
Alzó
la mirada y me miró a los ojos. Sonrió levemente.
-Me
lo temía. Bien. Sé por qué es. Crees más a tu madre, ¿no es
cierto?
Estaba
intentando contarme algo, pero sin ser directo. Quería que yo misma
supiera de qué hablaba. Comenzaba a sentirme incómoda.
Reflexioné
unos minutos en silencio.
-¿A
tu madre? ¿Esa madre que te dejó tirada en Inglaterra, y que apenas
de visitaba?
-Para.
No tienes derecho a decirme eso.
-Tengo
derecho a protegerte.
-¡No
lo tienes! Sólo eres mi profesor de Literatura, nada más. Mi madre
es mi madre y la creo más a ella.
-Bien.
¿Cómo te contó que se conocieron ellos?
Parecía
saber la respuesta.
-En...
en la editorial en la que iba a publicar su libro.
-Exacto.
-Sonrió-. Se equivoca de persona.
Fruncí
el ceño. Me había desconcentrado.
-¿Qué
quieres decir?
-Escucha.
Yo soy el que trabajaba en la editorial. Yo soy el quien editó su
portada. Y tu padre es un asesino.
-Eso
es totalmente incoherente.
-Tu
madre se enamoró de mí, pero tuvo el error de tener un primer hijo
con él. No quería que sus hijos tomaran a su padre como un asesino,
por lo que me pidió que le cambiara los papeles. Ahora yo soy el
malo. Y luego naciste tú.
Me
quedé sin habla. Realmente tenía lógica, pero no quise admitirlo.
-No
te creo.
-Tu
madre me matará si se entera que me he acostado contigo.
-¡Cállate!
¡No te creo, tú no eres nadie para decirme eso!
Sin
darme cuenta me había levantado de la silla y había empezado a
gritar. Él se levantó también , y me sujetó de las muñecas, para
intentar tranqulizarme.
-Yina.
Si piensas que te lo he dicho para hacerte daño estás muy
equivocada. Tú me importas, ¿de acuerdo? Me gustas, incluso.
Cuando
me pasó el pulgar por la cara fue cuando me di cuenta que estaba
llorando a lágrima viva. Tenía la cara empapada por el sudor y las
lágrimas.
Mi
padre era un asesino.
Me
soltó las muñecas y rodeó mi cintura con sus brazos, obligándome
a abrazarlo. Y se lo agradecí más tarde. Se apartó escasos
centímetros de mí para que pudiera mirarme a los ojos y colocó sus
labios en los míos.
{Narra
Jess}
-¿Segura
que lo quieres hacer?
Jane
me miró extrañada.
-Claro.
Es la pregunta más estúpida que me has podido hacer -volvió a
poner su mirada en frente suya.
Aparté
la mirada con los labios fruncidos y también me concentré en el
camino. Durante todo el camino hasta la casa no dijimos nada más.
Jane
me había pedido que la acompañara hasta los chicos porque
necesitaba contarle a Harry unas cuantas cosas. Sobre todo lo de
Ethan, pero el resto no me quiso contar.
La
casa ese día estaba especialmente vacía. Sólo quedaban otros dos
concursantes, ya que ese sábado se emitiría la final en directo, y
se notaba la tensión en el aire. Probablemente estarían ensayando
como locos.
El
único visible en esos momentos era Zayn, que estaba sentado en el
sofá con el móvil entre las manos.
-A
esto lo llamo yo una cálida bienvenida -dijo Jane con sarcasmo, que
me hizo recordar a las cosas que Ellen decía en esos casos.
Zayn,
por lo visto, se asustó y nos miró espantado. Luego apartó la
mirada y respiró tranquilo.
-Joder,
me has asustado un demonio.
-Pero
si hemos llamado a Harry de que íbamos a venir -dije yo, bajo.
-¿Dónde
está el resto? -preguntó Jane.
-Jane...
no... no te había visto -dijo, e intentó sonreír, pero no resultó
muy convincente.
Ella
también sonrió. Parecía muy feliz de estar aquí. Añadió una
pequeña risita.
-No
importa. ¿Dónde están?
-Niall
y Liam están comprando no-sé-en-dónde, y Louis.... Louis y Harry
están arriba.
Le
hice un gesto a Jane para que subiera y en seguida su rostro de
descompuso. Asintió y subió las escaleras.
Miré
a Zayn.
-¿Quieres
sentarte?
Sonreí.
Me moví hasta su lado y me dejé caer a su lado en el sofá verde
oscuro y apagado.
Suspiró.
-¿Sabes,
J? No sé si estoy listo.
-Listo,
¿para qué? -pregunté incorporándome en el sofá para poder
mirarle a la cara.
-Para
la fama. Para tener... fans. No soy el chico más ligón que puedas
encontrar. No soy seguro de mi mismo en ningún aspecto y temo a que
lo pueda hacer mal.
-Claro
que no lo vas a hacer mal. Es más, tú y los chicos lo vais a hacer
perfectamente bien. Sé que podéis conseguirlo. Y no lo digo como
una amiga, ni como nada de eso. Lo digo como conocida, sinceramente.
Confío en vosotros.
Pasaron
escasos segundos en los que me miraba a los ojos, en los que yo le
miraba a los suyos, en cómo resplandecían bajo la luz de la
bombilla. Parecían dar luz propia.
Luego
apartó la mirada bruscamente, como si no supiera lo que había hecho
segundos más tardes.
-No
soy como tú piensas -espetó de repente, sin mirarme.
-¿Y
cómo se supone que tengo que pensar cómo eres?
-Como
Harry. Como Liam. Yo no soy de esos chicos que consiguen ligarse a la
primera chica que les gusta. No soy capaz.
Sonrío
levemente.
-Yo
no quiero que seas como Harry, ni como Liam. A mí me gusta como eres
-dije convecida de lo que decía, asintiendo levemente.
Él
seguía sin mirarme.
-No
lo creo.
-¿Por
qué eres tan negativo? ¿Piensas que si a mí me gustaran los chicos
como ellos estaría aquí contigo hablando? He pasado por muchas
cosas malas en mi vida, y quiero elegir bien esta vez.
Fue
entonces cuando me miró y sonrió.
Y
antes de que pudiera hacer nada más, me incliné hacia él y le besé
en los labios. Pude sentir su sonrisa a través del beso, de cómo
enredaba los dedos entre mi pelo y cómo colocaba su mano en mi
mejilla.
Me
aparté de él y le miré a los ojos de nuevo.
-Sabes
que esto es muy empalagoso, ¿cierto? -me dijo con una sonrisa -.
Pensaba que odiabas las cosas empalagosas. -Reí- ¿Ves? Yo te
hubiera besado días antes, meses incluso. Pero no podía. Soy
demasiado inseguro.
-Pues
es hora de cambiar eso, ¿no crees?
{Narra
Jane}
Jess
me hizo un gesto con la cabeza para que subiera. Y en ese instante me
entraron unas ganas terribles de llorar. El nudo en la garganta casi
no me dejaba respirar. De hecho, senté que me faltaba el aire
mientras subía las escaleras, y cómo el corazón me bombardeaba con
mucha fuerza en el pecho.
Había
entrado con la mayor seguridad allí, segura de lo que hacía. Pero
me entró mucho miedo de repente, y no sabía por qué. A lo mejor ya
lo sabía. Sólo esperaba que no.
¿Y
por qué Zayn estaba tan frío conmigo? No entendía nada.
Llamé
muy suave a la puerta, y casi temí que no lo hubieran escuchado.
Abrí, intentando sonreír y parecer tranquila y normal. No asustada
y preocupada. +
La
habitación estaba oscura, pero se oían susurros en alguna parte de
ella. Ceñí, sonriendo ahora de verdad.
-¿Se
puede? -pregunté, quedándome en la puerta.
Perfecto.
Me temblaba la voz muchísimo.
-Pasa,
pasa -era Louis quien me hablaba, pero no lograba verle.
-¿Por
qué estáis a oscuras? -encendí la luz.
Louis
estaba apoyado en la cama y tenía el cuerpo dirigido a detrás de
ella, pero la mirada oscura clavada en mí. En el suelo, sólo pude
ver unos vaqueros y unas converse blancas.
No
pude evitar soltar una pequeña sonrisa.
Louis
apartó la mirada.
-Oh.
Hola, eh.... Jane ,-carraspeó y se incorporó, quedando enfrente
mía, pero seguía estando lejos- bueno. No me quiero meter en....
todo esto. Yo me voy.
Pasó
por mi lado y me dedicó una de las miradas más sucias que había
compartido conmigo, como si hubiera matado a su mascota o algo así.
Me sentí realmente mal, y lo peor de todo es que no terminaba de
entender por qué me trataba todo el mundo tan fríamente.
Harry
se levantó del suelo y me miró a los ojos, pero sin acercarse
tampoco. Los tenía rojos.
-Harry...
-¿Qué?
-me interrumpió cortante.
Me
dolió como una patada en el estómago.
Me
acerqué a él y aparté uno de sus rizos de delante de sus ojos
mientras él seguía con la mirada fría. Me mordí el labio. Había
estado llorando.
Podría
jurar que lo vi sonreír por un sólo segundo. Una sonrisa muy
pequeña y muy corta.
-Para
-me dijo. Aparté la mano.
-¿Se
puede saber qué te pasa?
No
se había acercado como siempre hacía. Ni me había apartado el pelo
de la cara ni me había besado. Nada de eso.
Apartó
la mirada y resopló muy bajo, casi ni lo escuché.
-Explícamelo
tú.
-Harry,
de verdad que...
Se
apartó y me dio la espalda, aparentando hacer algo más importante
que hablar conmigo. Como enredar en los papeles de encima de la mesa.
-Yo
confiaba en ti.
-¿Qué?
-¡Mierda,
Jane!
Entonces se aceró a mí más de las anteriores veces y me miró directamente a los ojos. Tuve que dar varios pasos atrás para que no me tirara al suelo. Estaba enfadado.
Entonces se aceró a mí más de las anteriores veces y me miró directamente a los ojos. Tuve que dar varios pasos atrás para que no me tirara al suelo. Estaba enfadado.
-¿Cuánto
tiempo has estado mintiéndome, eh? ¿Cuánto tiempo has estado
jugando conmigo? -susurró.
-¿Qué?
No estoy entendiendo nada.
-Por
favor, no me mientas más -tensó la mandíbula y negó.
-¡Harry!
¡Explícamelo, no sé de qué hablas!
-Puedes
preguntárselo a tu amiguito Ethan, que parece saber mucho más de ti
que yo. Dime, Jane -pronunció mi nombre como si lo fuera a escupir-,
¿cuánto tiempo me has estado utilizando? ¿Cuánto? ¿Desde cuándo?
¿Te ha gustado la experiencia de la fama? Por el amor de Dios, ni
siquiera estoy seguro de si eras virgen o no. Lo del retraso,
¿era real o era también una mentira?
Me
llevé una mano a la frente y di un paso hacia atrás.
Ethan.
-Mierda
-susurré-. Harry, puedo explicarlo, lo juro. Sólo...
-Puedes
ahorrártelo, de verdad. No quiero hacer que te esfuerces demasiado
para idear una excusa convincente -dijo, y se dirigió a la puerta.
Me
di la vuelta.
-¡Pausa!
-grité sollozando.
El
nudo de la garganta se había soltado con demasiada rapidez, y las
lágrimas no dejaban de caer y de caer. Notaba el cuello de mi
camiseta mojada, pero en ese momento no me importó lo más mínimo.
Él
se detuvo, me miró y suspiró.
-¿Para
qué quieres una pausa ahora?
No
lo pude remediar, me lancé a su cuello y lo besé como si fuera la
última vez que lo haría.
Y
él, no me detuvo.
{Narra
Ellen}
Llovía
como si no hubiera llovido en años. Las calles estaban desiertas y
el cielo estaba oscuro como la boca de un lobo. Ni siquiera se veía
el reflejo de las farolas contra las nubes negras. El único sonido
que se escuchaba en ese momento era el salpiqueteo de la lluvia
contra los charcos formados a causa de ésta, y mis pasos apresurados
contra la acera. Estaba mojada de arriba a abajo y hacía muchísimo
frío. Tanto, que la lluvia podría convertirse en nueve en cualquier
momento.
Maldita
sea, de noche parecía que su casa estaba aún más lejos. No la
había visto desde aquella mañana. No quería molestarla, pero
necesitaba hablar con ella con mucha urgencia.
Por
fin, llegué a la fachada de su casa, y la maldita verja blanca
estaba tan mojada que me costó mucho abrirla. Me detuve un segundo y
suspiré.
El
porche estaba iluminado, pero, aún así, el pequeño patio
ajardinado, estaba tan oscuro como el cielo, así también las
ventanas estaban negras. Probablemente estaría sola en casa.
Antes
de que me dirigiera al porche, distinguí una figura sentada
abrazando sus piernas, justo al lado de las escaleras. No me asusté,
simplemente me acerqué, casi enfadada.
-Jane...
-murmuré.
Me
miró por un segundo, y luego apartó la mirada.
Estaba
incluso más mojada que yo. El pelo empapado se le pegaba a la cara,
y el agua hacia que su pelo rubio casi resultara negro. De su cara
caían gotas de agua como si estuviera en la ducha. Tenía los labios
oscuros y entreabiertos. No parecía tener frío, pero de todos modos
al día siguiente tendría una pulmonía.
Tenía
muchísimas ganas de gritarle para que se metiera dentro de casa, que
se pusiera un abrigo, o lo que fuera, como hubiera hecho una madre.
Pero,
al contrario, me senté a su lado en la mojada hierba. En seguida
apoyó su cabeza en mi hombro.
-Podrías...
¿Podrías quedarte esta noche aquí? -me preguntó. No lloraba, pero
su voz temblaba, probablemente por el frío.
Yo
no dije nada y me limité a asentir.
De
reojo pude ver cómo jugaba con la pulsera que seguía colgando de su
muñeca.
-No
ha querido escucharme.
Fruncí
los labios y seguí sin decir nada. Apoyé mi cabeza en la suya.
-Será
mejor que vayamos dentro, Jane. Vamos a...
-Me
da igual.
Estaba
realmente frágil. No quería llevarle la contraria, y muchísimo
menos ahora. Era mi mejor amiga, y por delante de todo la tenía que
apoyar pasara lo que pasara. La quería.
Finalmente,
ella se armó de valor para quitarse la pulsera y me la tendió entre
sus dedos pálidos y mojados. Yo la acepté.
-¿Se
la devolverás?
-Claro
-murmuré, asintiendo y escondiendo los labios.
Pasaron
unos segundos en silencio, ambas escuchábamos la lluvia caer.
Al
final, me obligué a mí misma para romper el silencio.
-Jane,
quiero que sepas, que te quiero, ¿de acuerdo? -dije mientras me
levantaba y la miraba desde arriba.
Levantó
la mirada y me miró a los ojos. Aún por la poca luz que había, sus
ojos brillaban de una forma peculiar. Tenía los ojos vidriosos, y,
por lo tanto, muy, muy brillantes.
-Se
acabó, Ellen.
{Narra Lena}
Meredith no volvió. En dos semanas no la había visto. Por lo que deducí que no volvería.
Volvía a estar encerrada en la habitación, y me aburría demasiado, por lo que estaba contando las pastillas que ya tenía ahorradas. Me cansé demasiado rápido, pero me quedé en una cifra de 362 pastillas.
No estaba nada mal.
Había pasado una semana desde el incidente. Un esparadrapo me cubría todo el vientre, cuando en realidad no me dolía en absoluto. Mis muñecas también estaban vendadas.
Me sobresalté cuando la puerta de metal se abrió un vaso de plástico se asomó por la ventanilla de la puerta. Momentos antes había pedido un vaso de agua. Me acerqué a ella y le di las gracias cuando tomé el recipiente.
Había llegado la hora.
Cuando estaba contando las pastillas se me había ocurrido la idea.
Me senté en frente de la mesilla, en el suelo, donde estaban todas las pastillas estaban esparcidas por la mesa. Hice hueco para apoyar el vaso y volví a guardar las pastillas en el vaso original. Estaba segura de lo que quería hacer.
Me aseguré dos o tres veces de que la puerta no se abriría una segunda vez antes de tomar el ladrillo de la pared entre la mano derecha. Saqué la primera pastilla del vaso y la dejé cuidadosamente en la mesa. Después, con el menor ruido posible para no llamar la atención, estampé el ladrillo contra la pastillita, haciendo que se hiciera polvo. Lo atrapé como pude, y lo eché en el vaso de agua. Y así con todas.
¿Mi plan? Fácil. ¿Qué ganaría yo, estando allí por el resto de mi vida, sufriendo y sabiendo que lo mío no tenía remedio? Estaría toda mi vida loca.
Lo mejor es que la voz seguía ahí dándome el coñazo, pero ya no le prestaba atención. Ya no le escuchaba.
Con más de 500 pastillas estaba segura de que tendría una sobredosis. Además de que el polvo de ellas no se disolvía en el agua.
Después de más de una hora aplastando la medicación, el agua ya no era agua. Era una pasta líquida blanca granulosa. Al principio me dio demasiado asco, pero luego recordé que era mucho peor estar loca de por vida.
Simplemente, me quería morir. Y eso iba a hacer.
Suicidarme.
Estuve a punto de pedir otro vaso de agua, pero seguramente no tendría el mismo efecto que yo quería con más agua.
Tomé el vaso entre mis manos y lo miré con miedo.
No vas a acojonarte ahora, ¿verdad?
-¿Te vas a callar, o tengo que volver a hacer un numerito? -dije con tranquilidad, sin apartar la mirada del vaso blanco.
Mi estómago se revolvió.
Sin pensarlo más veces, me tomé el agua de un trago, y enseguida me sentí mareada. Sentí cómo penetraba en mis venas, en mi hígado, en todos los rincones de mi cuerpo, y sentí un puntiagudo dolor en mi cabeza y en las heridas que me había hecho al rededor de mi piel.
Me tumbé en el suelo y dejé que la muerte viniera sola. Me sentí adormilada, y cada vez sentía más dolor, aunque uno sordo y de fondo. Más que dolor, era impotencia.
Mi última visión fue a la pared, en la que momentos antes había conseguido escribir con sangre nueva que me había provocado un mensaje en la pared.
Cerré los ojos.
Gracias, Meredith. Eres mi heroína. Te quiero.
Gracias, pero no necesito ayuda. Puedo morir por mí sola.
{Narra Lena}
Meredith no volvió. En dos semanas no la había visto. Por lo que deducí que no volvería.
Volvía a estar encerrada en la habitación, y me aburría demasiado, por lo que estaba contando las pastillas que ya tenía ahorradas. Me cansé demasiado rápido, pero me quedé en una cifra de 362 pastillas.
No estaba nada mal.
Había pasado una semana desde el incidente. Un esparadrapo me cubría todo el vientre, cuando en realidad no me dolía en absoluto. Mis muñecas también estaban vendadas.
Me sobresalté cuando la puerta de metal se abrió un vaso de plástico se asomó por la ventanilla de la puerta. Momentos antes había pedido un vaso de agua. Me acerqué a ella y le di las gracias cuando tomé el recipiente.
Había llegado la hora.
Cuando estaba contando las pastillas se me había ocurrido la idea.
Me senté en frente de la mesilla, en el suelo, donde estaban todas las pastillas estaban esparcidas por la mesa. Hice hueco para apoyar el vaso y volví a guardar las pastillas en el vaso original. Estaba segura de lo que quería hacer.
Me aseguré dos o tres veces de que la puerta no se abriría una segunda vez antes de tomar el ladrillo de la pared entre la mano derecha. Saqué la primera pastilla del vaso y la dejé cuidadosamente en la mesa. Después, con el menor ruido posible para no llamar la atención, estampé el ladrillo contra la pastillita, haciendo que se hiciera polvo. Lo atrapé como pude, y lo eché en el vaso de agua. Y así con todas.
¿Mi plan? Fácil. ¿Qué ganaría yo, estando allí por el resto de mi vida, sufriendo y sabiendo que lo mío no tenía remedio? Estaría toda mi vida loca.
Lo mejor es que la voz seguía ahí dándome el coñazo, pero ya no le prestaba atención. Ya no le escuchaba.
Con más de 500 pastillas estaba segura de que tendría una sobredosis. Además de que el polvo de ellas no se disolvía en el agua.
Después de más de una hora aplastando la medicación, el agua ya no era agua. Era una pasta líquida blanca granulosa. Al principio me dio demasiado asco, pero luego recordé que era mucho peor estar loca de por vida.
Simplemente, me quería morir. Y eso iba a hacer.
Suicidarme.
Estuve a punto de pedir otro vaso de agua, pero seguramente no tendría el mismo efecto que yo quería con más agua.
Tomé el vaso entre mis manos y lo miré con miedo.
No vas a acojonarte ahora, ¿verdad?
-¿Te vas a callar, o tengo que volver a hacer un numerito? -dije con tranquilidad, sin apartar la mirada del vaso blanco.
Mi estómago se revolvió.
Sin pensarlo más veces, me tomé el agua de un trago, y enseguida me sentí mareada. Sentí cómo penetraba en mis venas, en mi hígado, en todos los rincones de mi cuerpo, y sentí un puntiagudo dolor en mi cabeza y en las heridas que me había hecho al rededor de mi piel.
Me tumbé en el suelo y dejé que la muerte viniera sola. Me sentí adormilada, y cada vez sentía más dolor, aunque uno sordo y de fondo. Más que dolor, era impotencia.
Mi última visión fue a la pared, en la que momentos antes había conseguido escribir con sangre nueva que me había provocado un mensaje en la pared.
Cerré los ojos.
Gracias, Meredith. Eres mi heroína. Te quiero.
Gracias, pero no necesito ayuda. Puedo morir por mí sola.
+-+-+-+-+-+-
Hola lector, lectora, o cualquier otro ser mágico que pasa casualmente por este blog, y se ha parado para leer esto. Tal vez te resulta un poco raro verme aquí comentar después de este capítulo; a mí también se me hace raro. No lo haría si no sería importante. Lo primero que quiero decir es que este ha sido el último capítulo de 'Same Mistakes', y que probablemente no haya más. Digo probable porque puede que continúe la historia, pero por ahora, no.
No quiero dar las gracias a nadie en especial -no por no tener a nadie, pero porque no quiero dejar a nadie sin un hueco en este blog- , pero sí a cada una de las persona que comenta y que me da a saber que lee la novela, y que no es otro florero que sólo está ahí, acumulando mis comentarios. En serio, gracias. Y si no comentas, pero sí lees, hm.. no sé qué decirte. Pero no te doy las gracias.
No quiero dejar aquí un mega comentario, porque sé que la mayoría de las personas que ha leído el capítulo, no está leyendo esto realmente. Y sé que podría aburrirte.
Voy a volver al probable de la continuación de la historia. No sé si quiero seguirla, más que nada porque me paso más de media hora avisando a 167 personas, para sólo recibir los comentarios de 50 personas, si tengo suerte. Así que, si la sigo, sólo avisaré a las personas que sé que leen, y que no me responden sólo con "Siguiente" o "me ha gustado este cap" o con un "ME ENCANTA". No quiero sonar borde, pero no me hace gracia este tema. Y, si continúo la historia, quiero saber si tú realmente quieres que la siga. Dejando un comentario. NO VALE EN TUENTI. Tiene que ser en el blog. El máximo de comentarios que he recibido en este blog ha sido de cinco, así que me gustaría que me dejaras un comentario, y así llegar a cinco. Vuelvo a repetir. LOS COMENTARIOS EN LOS QUE PONGA "SIGUIENTE" SERÁN AUTOMÁTICAMENTE ELIMINADOS. Si me dejas un comentario, pon por qué te gustaría que la siguiera, y todo eso. Quiero saber si todavía me quedan lectoras/es, o si escribo para mí misma. En serio lo quiero saber. Y, por favor, si ya hay cinco comentarios, no dejes de comentar. Porque para lo mismo no subo una segunda parte. El número de comentarios no depende de eso, es sólo que si hay menos de cinco comentarios no subo de seguro.
Eso ha sido todo. Ha sido un placer para todas, de verdad me ha gustado mucho. Y, si esta es la última vez que entro en este blog -voy a seguir subiendo historias en Wattpad-, te quiero, y gracias por soportarme, por leerme y por estar aquí. Te quiero. te echaré de menos.
-Dreamer {mauri}
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