parte i: Uno

"Happy Ending" de Mika sonaba con tanta fuerza por los altavoces que sentía la cama temblar al ritmo de la canción bajo mía. Trataba de tranquilizarme con el sonido del piano y de la lentitud de la canción, de pensar en cualquier cosa menos en todo lo ocurrido el día anterior, tumbada en la cama y mirando el techo de mi habitación. Como si fuera lo único que podía hacer en esos momentos. Cerré los ojos y dramáticamente, respiré hondo unas cuantas veces seguidas. Como llevaba haciendo toda la mañana.
La verdad es que estar tumbada sin hacer nada escuchando una canción sobre una ruptura ayudaba mucho a que las imágenes y las grabaciones de su voz diciéndome todo lo que me había dicho se reprodujeran una y otra vez en la pantalla de mi mente. Me estaba autosaboteando. Lo peor de todo era que era consciente de ello.
La puerta se abrió del golpe y la figura de mi hermana mayor me miraba desde el marco de la puerta con el ceño fruncido y con las manos en las caderas, dispuesta de nuevo a hacer que mi vida fuera más miserable de lo que ya lo era.
Antes de que pronunciara palabra, yo ya estaba poniendo los ojos en blanco. Ella soltó un resoplido y apagó la música agresivamente.
—¡Eh! —grité incorporándome.
La miré con el ceño fruncido.
Mi hermana, Emma, que recién había cumplido los dieciocho, era una copia de mí; rubia, con ojos azules y delgada de constitución, aunque algo más alta que yo. Hacía unos años había llegado a envidiarla en más de una ocasión por poder llevar vestidos cortos, aunque con los años, mi autoestima creció a la par que mis pechos y mi pelo, que en esos momentos me llegaba hasta el ombligo. Todos mis problemas quedaron resueltos, básicamente. No me habían educado para ser superficial, pero la gente con la que me juntaba casi a diario, sumándole el estilo de vida que más tarde tendría, me enseñó lo contrario, y no podía evitarlo.
—¿No te cansas de escuchar siempre la misma música? Has escuchado esta canción cinco veces en una hora.
Me encogí de hombros y me dejé caer de nuevo sobre mi colchón.
—Esta canción me calma.
Hizo un gesto con la mano.
—Lo que sea. Te están llamando al móvil.
Fruncí el ceño y miré a mi lado, donde mi blackberry yacía sobre la cama sin hacer ningún ruido.
—¿Qué dices?
Emma se encogió de hombros.
—Me da igual, quiero que bajes y que lo hagas callar porque me está dejando la cabeza hecha polvo, ¿eh?
Suspiré y me levanté de la cama. Emma avanzó su camino hacia su habitación y yo con toda la curiosidad del mundo bajé las escaleras y fui directa al salón, de donde suponía que sonaba ese teléfono del que hablaba.
No habían pasado ni veinticuatro horas desde que Dan me había dejado y yo no había salido de casa desde entonces, si contabas el hecho de que había cogido un resfriado de caballo y que mi madre me había obligado a quedarme en la cama, por mucho que fuera sábado. Aquello me dio pista libre para seguir torturándome acerca de la ruptura con mi novio. Exnovio. Era difícil acostumbrarse.
Llegué al salón, y sin saber muy bien dónde empezar a buscar, comencé a enredar entre los cojines del sofá, cuando pude escuchar un sonido estridente que casi me da un infarto salir desde el armario. Con una mueca extrañada en la cara, caminé sin prisa y con algo de miedo hasta él, donde saqué la chaqueta que llevé el día anterior. Cuando metí la mano en uno de los bolsillos y pude sacar un vibrante iPhone de color negro, el número que hacía brillar la pantalla desapareció y de nuevo reinó la calma. Parpadeé un par de veces sin saber muy bien qué hacer, por lo que guardé mi cazadora y subí las escaleras en dos saltos.
Una vez en mi habitación de nuevo, sentada en la cama me permití analizar la pantalla del móvil desconocido con más calma. El número que antes aparecía en ella había llamado ya como treinta y siete veces, sin exagerar, y también pude leer un par de mensajes de hacía unas horas que no pude ignorar.

10: 34 🐰Yina 🐰: hey
10: 34 🐰Yina 🐰: te echo de menos
10: 36 🐰Yina 🐰: cuando volvías?

De nuevo, el sonido tan estridente hizo que diera un brinco y que el teléfono volara de entre mis manos del susto que me había dado. Me puse nerviosa, me mordí el dedo mientras lo veía vibrar encima de la cama. Después de unos segundos, sujeté el móvil y contesté.
—¿Hola? —dije algo vacilante, todavía con la uña del pulgar entre los dientes.
Hubo un silencio detrás del auricular por unos instantes, y justo cuando estaba a punto de colgar con alivio, una voz grave me contestó.
—¿Quién demonios eres?
—Um...
—¿Y qué haces con mi teléfono?
Titubeé por unos instantes.
—Eso me gustaría saber a mí. Ha aparecido en mi chaqueta y—
—Ya claro. ¿Cómo quieres que me crea eso? ¿O es que ahora existen abrigos que fabrican teléfonos de otras personas en los bolsillos?
Qué sarcasmo más raro, fue lo primero que pensé. Era lo más raro que alguien me había dicho nunca.
—¿Qué? —respondí extrañadísima.
—Me has robado el teléfono.
Me puse una mano en la cadera y alcé una ceja, a pesar de ser perfectamente consciente de que no era capaz de verme. Comencé a enfadarme por alguna razón; no estaba de humor para bromitas de mal gusto. Me aclaré la garganta.
—Mira, yo no quiero tu maldito teléfono, ¿de acuerdo? No sé siquiera quién eres y qué mierda hace esto en mi casa —casi lo grité, y cuando quise contenerme ya era demasiado tarde.
Tardó algo en contestar, probablemente intimidado con mi mal genio tan repentino.
—Bueno, yo sólo—
—Por el amor de dios, infórmate antes de acusar a las personas.
—Sólo quería de vuelta mi teléfono.
Traté de tranquilizarme contando hasta diez.
—Pues yo no te lo he cogido.
—Está bien. Dame la dirección de tu casa e iré a buscarlo.
—No pienso hacer eso.
Suspiró exasperado.
Era una cría, posiblemente nada hubiese pasado si hubiese venido a buscar el maldito teléfono, pero ya te he dicho que me encanta el drama.
—Bueno, pues quedamos en algún lado y ya está —él también parecía estar exasperado conmigo, aunque no me podía importar menos.
Suspiré y me tumbé en la cama frotándome los ojos tratando de dejar a un lado los prejuicios, pero me era imposible fiarme al no saber absolutamente nada de él. No podía quedar con él sin más.
Enredé mi mano en el pelo y cerré los ojos exasperada antes de soltar un gruñido.


🔮🐬🌻


Ellen me esperaba como siempre sentada en la acera enfrente de nuestro instituto con las piernas abiertas y el móvil entre las manos. Me senté a su lado cuando llegué y me miró con sorpresa.
—Jane, qué pronto has venido.
Me encogí de hombros en respuesta. Me dio un beso en la mejilla.
—¿Qué tal estás, cielo? —me preguntó apartando un mechón de su pelo corto castaño de delante de sus ojos.
Me encogí de hombros de nuevo y preferí no responder a la pregunta. No valía la pena mentir y menos a mi mejor amiga. Ellen lo entendió y se limitó a abrazarme. Me acarició la mejilla y esbozó una pequeña sonrisa.
Desde el momento en el que la alarma de mi teléfono móvil había sonado esa mañana había tenido unas ganas inmensas de llorar. Y bla, bla, bla, todo ese rollo. Lo estaba pasando muy mal. Realmente tendría que haber tenido mejor cara, ya que era el último lunes de clases, y la semana que viene ya empezaríamos las vacaciones de verano. Pero cuando pisé el terreno del instituto, todo parecía estar de nuevo en mi contra. Demasiados recuerdos se dibujaban en cada rincón del edificio después de posar mi mirada aunque fuera por tan sólo unos segundos. Después de todo, dos años eran dos años.
Negué con la cabeza borrando los pensamientos que se estaban formando sin permiso en mi cabeza.
Traté de distraerme con algo, con cualquier cosa. Busqué entre la multitud de gente que esperaba fuera a que abrieran las puertas alguna cara familiar que pudiera distraerme, y sonreí cuando encontré a la persona adecuada.
Dejé que Ellen fuera delante mía y fuera la primera en saludar. Como era de esperar, Dan y Ethan se encontraban hablando el uno con el otro en uno de los bancos en frente del edificio de la escuela. Me obligué a mí misma a inspirar con fuerza y a hacer todo lo posible por no romper a llorar ahí mismo.
Ellen se sentó en el banco junto a Dan y saludó débilmente.
Yo me quedé callada de pie con las manos unidas delante mía.
Antes de que pudiera reaccionar, dos brazos fuertes me rodeaban y me apretaban contra su pecho. Sonreí. Se apartó y me agarró la barbilla con los dedos, me obligó a mirar sus ojos verdes claros.
—¿Qué tal estás?
Ethan era mi mejor amigo. Por encima de todo el mundo, incluso de Ellen. Él me había ayudado en todo en lo que le había pedido. Siempre había estado ahí desde que me mudé a ese país que en esos momentos era desconocido para mí, me había ayudado con mi inglés y nunca dejó de contar conmigo en todo. Su piel era morena a pesar haber nacido en Inglaterra, por los genes latinoamericanos de su madre. Sus ojos eran grandes, de un color verde que parecían dar luz en la oscuridad.
Era excepcionalmente guapo.
Las chicas de mi clase no entendían la razón por la que Ethan y yo no habíamos tenido nada más allá de una relación de amistad. Yo tampoco lo entendía, para ser sincera. Sabía que Ethan me había gustado desde siempre, y antes de conocer a Dan estaba loca por él, hasta tenía planeado contárselo dado un momento. Hubo momentos que me ponía nerviosa a su lado, porque era muy cariñoso conmigo y me daba miedo no poder disimular mis sentimientos hacia él. Cuando Dan me pidió salir, a mí ni siquiera me gustaba, simplemente lo vi como una oportunidad para olvidarme de él y distraerme un poco al darme cuenta de que no tenía posibilidades con Ethan, ya que probablemente él me veía como una buena amiga. Es más, prácticamente el primer año que salimos juntos yo todavía estaba muy colada por él, aunque pareció que Dan fue una excelente distracción, ya que con todo lo que estaba pasando a mi alrededor, conseguí olvidarme de él prácticamente del todo, aunque a veces me seguía quedando embobada con lo guapo que era, como en esos momentos. Lo peor de todo era que lo hacía sin esforzarse ni un poquito, se peinaba el flequillo hacia arriba durante dos segundos frente al espejo, se ponía una gorra y el resto sucedía sólo.
Sonreí y me encogí de hombros.
—Ya sabes.
Me acarició suavemente la barbilla y no dejó de sonreírme ni un momento. En el momento que Ethan me soltó, sentí el fuerte agarre de Dan en mi brazo, que ya me arrastraba lejos de ojos curiosos como eran los de Ellen.
Me solté en cuanto pude. Cuando lo hice, me abrazó con fuerza.
—¿Qué tal estás?
Al principio no quería devolverle el abrazo por pura precaución. Pero era demasiado blanda y me recordé a mí misma que se estaba realmente bien en sus brazos. Rodeé su cintura con mis brazos y hundí mi cara en su pecho, cerrando suavemente los ojos.
Luego la realidad me dio una bofetada en la cara.
Me encogí de hombros y me aparté de él.
—Perfectamente —mentí.
Sonreí. Suspiró.
—Me alegro, Jane. De verdad. No quiero que esto estropee nuestra amistad.
La verdad era que yo no quería perder el contacto con él y mucho menos sentirme enfadada o molesta por lo que había hecho. Él tenía sus razones, y para mí eran más que suficientes como para poder ser respetadas. Dan era un buen amigo, por lo menos lo había sido en todo ese tiempo. O eso me hacía creer cruelmente mi mente.
Aunque no dije ni una palabra. Simplemente traté de no mirarle a los ojos demasiado y de no centrarme en los detalles de su camisa, de cómo se ajustaban a los músculos de su pecho y el corte de su cuello, donde estaba la peca que tanto me gustaba. Aparté la mirada con rapidez. Me rodeó los hombros con el brazo y me besó la cabeza cuando nos dirigimos de nuevo a donde Ellen y Ethan se entretenían jugando a algún tipo de juego con una moneda.
Quise soltarme de nuevo, pero otra vez esa sensación de calidez y de hormigueo en el estómago me gustaba más de lo que debería. La ruptura estaba tan reciente que aún no había encontrado la manera de poder deshacerme de ellas. Aunque estaba claro que debía hacerlo, y pronto. Iba a ser una tarea difícil, si venía de mi parte.
Después de todo, no se deja de querer a alguien de un día para otro.
Eso hizo que mis ganas de llorar solo fueran en aumento.
Realmente no soy capaz de poner en palabras lo mal que lo estaba pasando en esos momentos. Ese primer día que le volví a ver después de dos años mirándole con ojos distintos, al final cayendo en su trampa mientras conseguía que me enamorase de él por sorpresa. Algo que yo no había esperado hacer con tan sólo quince años. Completamente inesperado. Y era tan doloroso como intentar sacar una daga del pecho perfectamente bien enterrada. Lo doloroso era el tratar de sacarla.
La semana pasó despacio, cada día era más doloroso volver a clase y verle empezar a despedirse de la gente, preparándose para marcharse el siguiente mes. Mi mente no podía evitar contar los días que me quedaban con él, por mucho que ni siquiera pasaría tanto tiempo a su lado como habría esperado. Me costaba mucho no volver a casa llorando después de cada día lectivo, por mucho que fuera la última semana. Las vacaciones no se me antojaban tanto si sabía que aquello supondría no volver a verle rutinariamente, sin ningún tipo de excusa. Sabía en el fondo que tal vez él estaría ya empezando a olvidarme, si es que no lo había hecho ya, y la idea de quedar conmigo no se le hacía atractiva si así se diera el caso. Empezaban a crearse sutilmente pensamientos en mi cabeza que tal vez tendría que empezar a hacer lo mismo, pero aquello era tan doloroso de siquiera pensar, que tenía que deshacerme de ellos antes de que tuviesen siquiera fundamento. Ni siquiera quería saber en lo doloroso que resultaría superarle, si no podía ni pensar en ello.
Cuando llegué a casa después de ese último día de clase, donde de nuevo estaba aprendiendo a dejar de mirarle con brillo en los ojos, lo único que quería era tumbarme en mi cama lo que quedaba de tarde y con suerte quedarme dormida pronto, si no quería pasarme la noche llorando.
—Jane, ¿puedes venir un segundo a la cocina? —me llamó mi madre, justo cuando atravesé el umbral de la puerta de casa.
Suspiré.
Me senté en la mesa con una manzana en la mano y esperé a que mi madre se acomodara el pelo y se cruzara de brazos con dramatización. Mi padre se aclaró la garganta.
—Jane, sabes que el domingo que viene es el cumpleaños de tu abuela —comenzó él.
Asentí, aunque realmente no tenía ni idea.
—Bueno, habíamos pensado ir hasta allí y pasar el fin de semana. ¿Qué te parece? Emma aún no sabe nada.
Cada vez que mis padres planeaban ir de vacaciones a algún lado o organizaban cualquier tipo de evento, primero me pedían la opinión para así convencer más fácilmente a Emma, y si yo no estaba de acuerdo, el plan se cancelaba automáticamente. Si no lo conseguían conmigo, no lo iban a conseguir con Emma ni en un millón de años.
—¿Vamos a ir hasta ahí? —pregunté, intentando recoger más información acerca de las vacaciones repentinas. Aunque sobre todo fue para enterarme de qué abuela me estaban hablando.
—Bueno, tampoco está tan lejos, unas dos horas en tren hasta Cheshire y luego media hora en autobús para llegar a su pueblo —mi madre se encogió de hombros.
Asentí.
O sea, mi abuela paterna. Casi me decepcioné un poco al enterarme de que no íbamos a volver al sur tampoco ese verano. De todas formas, vacaciones eran vacaciones.
—Me parece bien.
—Bien. Saldremos el viernes por la mañana. Avisa a Emma.
Mi madre me lanzó una mirada de súplica, casi obligándome a que avisara a mi hermana de nuestro repentino viaje a las montañas y al campo, el cual a ella no le haría ni pizca de gracia. Como siempre, yo me tenía que tragar los marrones de la familia, y mi hermana era uno de los principales de la casa. Esa vez no iba a ser diferente.
Suspiré en rendición y bajé de la mesa de un salto, para no tratar de contradecir a mi madre, ya que si no, empezaría a reprocharme cosas que realmente no tenía ganas que me reprochara.
Me fui de la cocina sin dedicarles nada más que una mirada enfadada y subí las escaleras pisando fuerte y haciendo todo el ruido posible.
Me acerqué rápido a la puerta de la habitación de Emma, abrí la puerta y dije apresurada:
—Nos vamos al monte, haz las maletas —y cerré la puerta lo más rápido que pude.
En cuanto llegué a la puerta de mi habitación para intentar refugiarme de ella, se pudieron escuchar los típicos gritos suyos a este tipo situaciones:
—¿QUÉ?
La puerta de su habitación se abrió con tanta fuerza que chocó contra la pared, haciendo que un golpe fuerte atravesara el pasillo. Suspiré, y supe que mi plan de escaquearme de sus quejidos había resultado un mero sueño. Me di la vuelta y me preparé para enfrentarme a su habitual rabieta.
—¿CÓMO QUE NOS VAMOS AL MONTE?
—Es el cumpleaños de la abuela, nos vamos a Cheshire el viernes que viene.
Su mirada fruncida me recorrió de arriba a abajo y su mirada se fue ablandando poco a poco, aunque seguía siendo indignada y enfadada, sujetaba el móvil con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó, más relajada, pero sin dejar de fruncir el ceño.
—Volveremos el domingo, así que el fin de semana entero. Tampoco es para tanto.
Dejó salir un gruñido de indignación y bajó las escaleras sin dejar de sujetar el móvil con la misma fuerza que antes, mientras gritaba:
—MAMÁAAA.
Normalmente las discusiones entre mi hermana y mi madre sobre cualquier otro tema —como chicos, o métodos anticonceptivos— me resultaban realmente irrelevantes y poco interesantes. No sé el qué me hizo cambiar de opinión, pero antes de que pude siquiera darme cuenta, ya estaba bajando las escaleras y siguiendo a Emma hacia la cocina.
Mi madre ya estaba con la mirada encima del marco de la puerta esperando a que apareciera Emma para quejarse.
—¿Cómo que nos vamos a Chesiold?
—Cheshire —la corregí rápidamente—. Dios, ¿no te han dado nunca geografía?
Si me escuchó, me ignoró completamente, y se dirigió a mi madre en su lugar.
—¿La abuela no estará mejor sola? Quiero decir... su casa es pequeña, no vamos a caber todos. No hay suficientes habitaciones para todos y no quiero obligarla a dormir en el sofá...
—No te preocupes por ello, cielo —mi madre hacía como que no la escuchaba, continuando fregando los platos y ahora secándose las manos—. Ya hemos arreglado eso con la abuela. Tú y Jane dormiréis en la habitación de invitados, y papá y yo iremos a—
—¿Tengo que compartir habitación con Jane? —la interrumpió poniendo de la mejor mueca de asco que sabía esbozar.
Mi madre asintió, y mi padre hacía rato que se había escaqueado de la situación.
Emma me miró con las cejas alzadas en señal de indignación, y yo la sonreí pervertidamente, jugando con mis cejas.
Realmente esas situaciones eran de las que más me divertían. A mí tampoco me hacía gracia tener que compartir habitación con ella, pero en realidad me daba lo mismo.
—Pero, ¿por qué? —se quejó nuevamente, apartando la mirada y volviéndola a mi madre, mirándola con ojitos de cachorrito, mientras mi madre colocaba los platos en su sitio.
—Porque, como tú has dicho, no queremos que la abuela tenga que dormir en el sofá —dije yo por ella.
En cuestión de segundos, la mirada angelical que le dirigía a mi madre cambió a una asesina cuando me la dirigió a mí, para luego volver a su pena fingida al mirar a mi madre.
Y justo por eso Emma conseguía aprobar por los pelos: era una actriz excelente, algo que yo, desgraciadamente, no tenía entre mi sangre.
Emma continuó insistiendo varios minutos, hasta que mi madre perdió la paciencia y nos mandó a ambas a hacer nuestras maletas.
—Sólo será un fin de semana —se apresuró a decir mi madre antes de que Emma volviera a empezar la discusión.
No sé por qué razón, pero Emma dejó de darme la vara durante toda la noche.


🔮🐬🌻


Una de las mejores distracciones que más aprovechaba para pausar mi mente de sólo pensar en Dan era pasar la tarde con mis amigos en cualquier cafetería de Londres.
Ellen sacudía la bolsita de azúcar entre sus dedos.
—¿Has hablado más con el Harry ese?
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
Recorrí mentalmente mis recuerdos y lista de nombres para averiguar de qué Harry estaba hablando, aunque por más que buscase, yo no conocía a nadie que se llamara así
—Ya sabes. El chico del móvil. Te acompañé hace unas semanas para devolvérselo. ¿No te acuerdas?
Negué con la cabeza y traté de no poner los ojos en blanco cuando recordé el momento.
—No, no he hablado más con él. Posiblemente me odie.
Ellen se encogió de hombros. Ethan se aclaró la garganta.
—Chica, era mono.
Mejoré mi mueca extrañada y me pasé una mano por el pelo.
—No..., no era mono.
Ethan me pellizcó la mejilla.
—Mira, si se está poniendo roja y todo.
Le miré con las cejas alzadas por encima de las carcajadas de Ellen. Él me devolvía una sonrisa picarona con los brazos cruzados encima de la mesa.
—Literalmente, el tío me ponía de los nervios. Su forma de hablar me pone nerviosa.
Por fin Ellen dejó de sacudir la maldita bolsita de azúcar para abrirla y vaciarla en el vaso de té.
—Si Ellen dice que era mono, yo la creo.
—Era monísimo.
Puse los ojos en blanco.
—Lo que sea. En unas horas me voy a Cheshire —dije, cambiando de tema por fin.
—¡Qué guay! Me han dicho que en Cheshire hay buen ambiente de fiesta.
—De fiesta con las vacas —dijo Ethan, levantando la mirada y soltando una carcajada, chocando su puño con el mío, mientras yo también me reía.
—Jane, esto te interesa —a Ellen nunca le hacían gracia nuestras bromas—. Estoy intentando salvarte del aburrimiento, ¿vale?
Puse los ojos en blanco y Ethan resopló.
—Qué más me da, Ellen, voy a estar con mi abuela. Mis padres ni de broma me van a dejar irme de fiesta en una ciudad—
—Pueblo —me corrigió Ethan.
—Pueblo que no conozco. Además, eso de que hay ambiente de fiesta no me lo creo. Quiero decir, ese pueblo está en mitad de la nada.
—Pues vale. Sólo te intentaba ayudar —me reprochó con tono ofendido.
Ese era uno de los principales hobbies de Ellen; reprochar cosas.
Intenté arreglarlo, pero Ethan me dijo con la mirada que no lo intentara y que cambiara de tema.
—¿Conocéis a alguien que sea de Cheshire?
Ellen levantó la mirada de las uñas para mirarme con el ceño fruncido mientras Ethan rodeaba los ojos en señal de rendición.
—No, ¿por qué?
—¿A qué viene eso, Jane?
Dudé un segundo, pensando en cómo era que me sonaba tanto aquel nombre.
—Es que me suena muchísimo, pero no sé quién vive ahí que yo conozca.
—¿Tu abuela, igual? —preguntó irónicamente Ethan.
Pensé por un segundo y al final decidí que era por eso por lo que tanto me sonaba. Me reí.
No tenía ni idea.

Prólogo


No sé muy bien cómo comenzar esta historia. No soy escritora ni nada de eso, ni sé nada de lo qué es poner al lector en situación, ni cualquier otro tipo de las reglas básicas de narración. Ojalá tener un comienzo que te deje en el borde de tu asiento y poder dejarte con ganas de más, pero he de decir que es bastante dramático y repetitivo. Por lo menos el principio. Aunque prometo que intentaré hacerlo llevadero y llegar al centro de esta historia lo antes que pueda.

Para empezar, esta historia comienza en una habitación en una casa no demasiado grande en el este de Londres. Ni siquiera había cumplido los dieciséis años, y ya podía decir que había experimentado muchas más cosas que la mayoría de las chicas de mi edad. Puedes pensar que es petulante hablar así de uno mismo, pero realmente era así. Quiero recordar que eran finales de junio y por mucho que tan sólo fueran las malditas siete de la tarde, el cielo estaba como la boca de un lobo gracias a las espesas nubes que cubrían el cielo. Me imagino que estaría estudiando, porque era una chica "buena" y todo eso. Por lo menos, así tenía que aparentarlo para mis padres y los profesores del instituto al que acudía, demasiado caro como para jugar con mis notas. Pero, en secreto, no era algo que odiara demasiado hacer.

Te he avisado, no sé hacer nada de esto. El caso es que tuve que dejar de estudiar porque mi maldita blackberry no dejaba de sonar encima de la cama.

Me levanté de un brinco de la silla y con una sonrisa demasiado grande en la cara, y con la voz más cursi que te puedas imaginar, contesté con brillo en mis ojos.

—Hola.

—Hey, Jane.

Tuve que morderme el labio y rodé por la cama, llevándome un dedo al pelo.

—Hola, Dan.

Tenía novio y llevábamos saliendo alrededor de dos años, o algo así. No me acuerdo demasiado bien, pero sí recuerdo que estaba loca por él. Literalmente, estaba obsesionada con todo lo que tuviera que ver con él. El noventa por ciento del tiempo hablaba de él y el otro diez estaba esperando a que alguien me preguntara por él para que pudiera hablar de él todavía más. Ni siquiera estoy exagerando. Estaba convencida en su momento que él iba a ser el padre de mis hijos. Estaba completamente enamorada de él. O por lo menos, así lo creía.

—Quiero verte, ¿podemos quedar esta tarde?

—Claro, mi casa está vacía. Puedes pasarte cuando quieras —respondí sonriendo como una estúpida.

Titubeó.

—La verdad es que quiero pasar algo de tiempo contigo fuera de esa habitación tan bonita que tienes.

Me reí por unos segundos y me puse una mano en la cara, con una sonrisa de idiota siempre presente.

Tenía una relación perfecta, quería pensar. Teníamos nuestras peleas casi todos los días, pero justo ese día éramos capaces de arreglar esas diferencias que a mí tanto me gustaban de él. Una pareja no es una pareja sin discusiones, así como que no puede haber luz si no hay oscuridad y toda esa mierda. Ese tipo de leyes eran las que había aprendido durante esos años enteros que había pasado a su lado. No siempre era sano, pero siempre valía la pena.

—Paso a recogerte a las ocho.

Me había mudado a la capital inglesa hacía entonces cuatro años, justo el verano que yo cumplía los doce, desde un pequeño pueblo en el norte de España. Fue bastante raro al principio, nunca se me había dado bien hacer amigos y se me hizo todavía más difícil si se trataba de usar una lengua que no era la mía. Aunque todo fue bastante más rápido y sencillo de lo que pensé.

Yo era una niña tímida que se hundía en lo más profundo de la sala, y dejaba que la clase continuara deseando que nadie le prestara atención. Pero un niño bastante alto para tener doce años, con una mata de pelo castaño claro y con los ojos más verdes que había visto nunca, se acercó a mi mesa y simplemente pidió mi nombre. Al principio no le entendí, porque tenía un acento tan marcado y hablaba tan deprisa que tuve que pedirle que repitiera lo que acababa de decir. Su nombre era Ethan. Nos hicimos amigos casi al instante. En la actualidad, él era uno de mis mejores amigos, por no decir el mejor. Más tarde conocí a Ellen, mi otra mejor amiga, y a Dan, mi novio en esos momentos.

Lo mejor que puedo hacer es no entrar en detalles acerca de todo lo que pasó esa tarde. Lo único que necesitas saber es que me llevó a donde nos conocimos por primera vez, y rompió conmigo. Así, de la nada. Fue como si me abofetearan la cara con un trapo mojado; doloroso e inesperado.

—Jane, no llores por favor —decía mientras llevaba una mano hacia mi mejilla.

La aparté de un manotazo.

—¿Es lo único que se te ocurre decir? —me quedé sorprendida al escuchar lo estable que estaba mi voz, cuando en ese momento mi cuerpo parecía que iba a colapsar en cualquier segundo.

Tomé una larga bocanada de aire cerrando los ojos y traté de secarme la cara con las manos, cosa que fue inútil. Estaba llorando muchísimo.

—No entiendo por qué haces esto. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no podemos disfrutar—

Me interrumpió sacudiendo la cabeza y mirando hacia el techo.

—No podemos alargar esto más cuando sabemos que tiene un final. Cuando antes termine, mejor.

Traté de evitarlo, pero un sollozo subió por mi garganta y salió lo antes que pudo.

Su excusa era que ese año tendría que ir a la universidad, y que casi no tendría tiempo para mí con todo lo que tendría que estudiar.

Ah sí, casi se me olvida decirlo.

Dan cumpliría veinte años ese año, lo que lo hacía cuatro años mayor que yo. ¿Se te han puesto los pelos ya de punta? Deberían.

Me tapé la cara con las manos, y miles de pensamientos inundaron mi mente, buscando desesperadamente algún momento en el que podría haberlo estropeado, un momento clave y decisivo que le hiciera cambiar de opinión hacia sus sentimientos y hacia mí. Una ola de imágenes pasaron al vuelo con tanta rapidez que era imposible concentrarse en uno solo.

—¿Hay otra? ¿Es esa chica de la que siempre hablas? —le miré a los ojos.

Apartó la mirada rápidamente y vaciló por unos instantes. Más tarde negó la cabeza mirando hacia el suelo, evitando mirarme a los ojos; con miedo a que le analizara.

—No, no es nada de eso. Jane, entiende que yo no he sentido nada hacia otra persona lo más parecido a lo que siento por ti.

—Entonces, ¿por qué me dejas? —casi grité.

Traté de calmarme, pero lo único que conseguí fue frustrarme más todavía.

—Ya te lo he dicho, no quiero alargar esto y luego pasar por el mismo momento meses más tarde.

Me levanté del suelo y me sacudí el pantalón.

—Me voy a mi casa —dije comenzando a andar hacia la puerta entre las penumbras del gimnasio.

Sí, nos habíamos conocido en el gimnasio de mi instituto. Esa es la razón por la que no te he querido dar detalles, porque es vergonzoso.

Sentí su mano rodear mi brazo con rapidez.

—Deja que te lleve. Está lloviendo muchísimo, no quiero que te pongas enferma.

Tiré de mi brazo para que me soltara y empujé la puerta con fuerza para salir a la calle.

—Me vendrá bien un pequeño paseo —dije lo más cortante que pude y dejando nuestra pequeña "discusión" completamente a medias, con el ceño fruncido y moqueando.

El suspiro que soltó quedó camuflado por el sonido de la puerta, rápidamente reemplazado por el sonido de la lluvia golpear la acera y mi pelo al mismo tiempo.

Cosas que no pasaban usualmente en España a una puta semana de julio: que lloviese como si no hubiese un maldito mañana. Pero en realidad ni siquiera me importaba, dejé que las lágrimas se camuflaran con el agua, y comencé a andar con rapidez.

Pantallas enormes se construían a mis lados conforme caminaba, mostrándome diferentes episodios del que pensaba que era el amor de mi vida, recuerdos felices que parecían no querer abandonar mi mente y que escasos minutos antes había deseado que jamás lo hicieran, memorias que apuñalaban con fuerza dolorosa mi pecho sin pudor y sin detenerse ni un sólo segundo para verificar si ya estaba completamente derrumbada.

Qué bien lo hacía para que ni siquiera en los tiempos malos me acordara de lo malo, y que tan sólo lo bueno se amontonara en mis recuerdos. Una y otra vez.

Todo había ocurrido tan rápido que aún no me podía creer que acababa de suceder, el día que más había temido y que jamás pensé que llegaría tan pronto.

La lluvia ya había conseguido mojarme hasta la ropa interior, pero realmente eso era lo que menos me preocupaba en ese momento. Sólo quería tumbarme en algún lado y esperar a despertarme y darme cuenta de que todo lo que había dicho era sólo un sucio sueño con el que el destino había decidido perturbarme. Momentos después, no sólo la tristeza se hacía cargo de mis impulsos, sino también el enfado, y de pronto me sentí extremadamente identificada con la lluvia, enfadada pisando el suelo y apretando los puños con fuerza, queriéndome unir a las baldosas mojadas como estaba haciendo ella, y poco a poco convertirme en piedra.

Mi plan era caminar hasta casa y cogerme una pulmonía, pero justo en ese momento pasé por una parada con un autobús esperando, que parecía conducir cerca de mi casa.

Llegué justo a tiempo. Pagué mi billete con la luz blanca del vehículo sacando mis inseguridades a flor de piel. No quería ni pensar en las pintas que llevaría en esos momentos. El conductor me miraba indiferente.

Suerte que llovía.

Me arrepentí mucho de no haber cogido la cartera para no tener que pagar lo que tuve que pagar, aunque me imagino que me acuerdo tan bien de aquello como modo de autodefensa.

Busqué desesperadamente un sitio libre en donde poder hundirme y llorar en silencio hasta llegar a mi casa, pero todos los asientos con ventanilla estaban ocupados, por lo que tendría que compartir un asiento. Suspiré y me senté en el sitio más cercano, ya que no me veía capaz de aguantar el sollozo que me amenazaba con el dedo por mucho más tiempo.

Me senté y tan pronto como lo hice, me tapé la cara con las manos y ahogué el sollozo con ellas.

El chico a mi lado no dejaba de mirarme.

Suspiré y apoyé mi cabeza en el asiento, cerrando los ojos con fuerza. Comencé a temblar, y supe que era por algo más que por el frío.

Así empieza esta historia. Prometo que es así de dramática.

presenting myself

¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
omg, espero que sí, si no, ¿a quién estoy escribiendo? Podría estar escribiendo a la nada, no es nada raro, lo hago todo el tiempo pero... oh, well, centrémonos en lo importante. 
ESTE ES MI BLOG, y estoy suuuuper emocionada por volver a ponerlo en marcha. Me explico; algunxs de vosotrxs me conocéis o simplemente soy un recuerdo vago en un rinconcito de vuestra mente (ahora es el momento de recordarme en un rincón con una lámpara dándome en la cara y con una camiseta de fuerza puesta y con ojos de loca pero SOY AMIGABLE NO ME OLVIDES). Tenía un blog, allá por el 2011 en donde escribía una historia que me sigue persiguiendo hasta estos mismos días, cuando POR FIN he sido capaz de terminar de editarla y VOLVER A PUBLICARLA YAS. 
Además de aquella historia que me encantó escribir y que me trajo de vuelta a aquella época en la que sólo había un hueco en mis sueños, charlas conmigo misma y bailes en mi habitación con una sola banda sonora, voy a subir aquí todas las historias que he estado escribiendo/traduciendo a lo largo de mi corta vida que llevo, y espero poder subir todas (que espero que sean muchas) las que escriba en el futuro. 
ANYWAYS, no me enrollo más, cualquier duda no dudéis en escribirme dónde queráis, todas mis redes sociales están en la barrita lateral (incluídas mis personales si lo que quieres es seguir mi día a día aunque prometo que va a ser aburrido), incluído mi correo elecrónico si se trata de cosas un pelín más formales. Espero que disfrutéis de este viaje como yo lo estoy pilotándolo. NO OLVIDÉIS COMENTAR, AUNQUE SEA UN EMOJI (porfa).

lov ya x
-luna.

Capítulo 11

Ahora.
{Narra Jess}
Cuantas más vueltas das a un pensamiento, más remoto te parece. Empiezas a pensar que el pensamiento es absurdo e incoherente. A mí me ha pasado mucho, y me limito a apartarlo de mi mente, cuanto antes mejor. El pensamiento puede ser cualquiera, por muy insignificante que pueda ser. Y mi curiosidad por conocer si soy la única a la que le ocurre esto acaba afectándome, y lo único que he conseguido compartiéndolo es que el resto me mire con ojos eclipsados.
Mucha gente dice que he cambiado, que los hechos que protagonizan mi pasado han tomado venganza, y que me han convertido en lo que soy ahora. Tantas veces me lo han dicho que ya no me molesto cuando me lo dicen. Antes me afectaba de una forma u otra, pero ahora las palabras corren por un rincón de mi mente que trato de ignorar.
Mi círculo de amistades se ha ampliado gracias a la carrera que estoy estudiando, y a ellos mi pasado no parece importarle, ya que ellos me conocieron así, no como era antes. La gente que me rodea ahora no conoce a la Jess rubia, con los ojos brillantes y siempre alegres, y no a la Jess morena, que sólo sonríe si es necesario y que viste con ropas oscuras y anchas la mayoría del tiempo. Se podría decir que están acostumbrados a mis respuestas no siempre amables, pero aún así me aprecian de la misma manera, ya que, todos mis amigos, son como yo.
Probablemente, si la gente de mi pasado me conociera ahora, no me reconocería. No sólo por el aspecto, si no también por mi forma de vida de ahora. Y me dirían que estoy yendo por el lado equivocado, que ya tenía mi futuro escrito y que lo estoy arruinando con mis actos. Es lo que pretendo; cambiar mi futuro, porque el pasado no puedo.
Ahora vivo con otras cuatro personas. Dos chicas y dos chicos, y no nos conocemos el uno al otro mucho, pero coincidimos en una cosa: el pasado no nos marca y tratamos ser libre de él. Sólo compartimos unos minutos de la mañana y tarde por la tarde, ya que tres de ellos madrugan para ir a trabajar y así pagar el alquiler del piso que compartimos. Yo y el chico que queda, seguimos estudiando. Mi madre, aún por el poco contacto que tenemos, me sigue mandando dinero mensual. Ese es nuestro pequeño trato; ella paga los dos primeros años del piso, y a cambio yo no bajo del siete en mi nota media.
Eso es algo que mis compañeros de piso no saben. No saben que mantengo esta relación tan estrecha con mi madre, ya que todos no tienen ninguna con la suya. Ellos son distantes, pero a la vez son amables. Sobre todo al principio. Me trataban como si me podrían romper. Pero se ablandó en confianza al cabo de dos meses, y la relación ahora está bien amueblada.
El piso en el que vivimos es pequeño, pero suficiente para los cinco. Tengo suerte de que no tengo que compartir habitación con nadie, ya que hay tres habitaciones, una pequeña cocina, un salón medianamente amplio y dos baños. Suficiente para mí. Lo que sí me mantiene despierta algunas noches, son los contantes crujidos de la madera vieja estremeciéndose con el viento, y el gemido de éste colándose por las rendijas sin cerrar. El bloque de pisos es muy viejo, y se cae a cachos. Mis compañeros dicen que no debo preocuparme, que lleva en mal estado veinte años, pero eso sólo consigue que me preocupe más.
El chico que no trabaja, como yo, pasa mucho tiempo conmigo, y es con el que más confianza tengo, ya que fue él quien me introdujo a sus compañeros y el que me pidió que viviera con ellos. No es que tengamos la relación más sólida de todas. Tampoco es la mejor amistad, y casi incluso dudo que lo sea. Es solo que con él paso la mayoría de mi tiempo. Ninguno sabe del pasado del otro, y sé que ambos pensamos que es lo mejor y que carece de importancia.
¿Para qué recordar el pasado, si lo que voy a compartir con él es el presente?
Creo recordar que su nombre es John, aunque por una u otra razón, el resto de compañeros lo llaman Kepper. Desconozco el por qué, pero sólo he escuchado a los profesores llamarle por su nombre de pila, y su reacción es siempre un gruñido de desaprobación. Al final del curso, todos acaban llamándole por su apellido. Su aspecto es oscuro, nunca he visto vestirse con ropas de colores claros, exceptuando el blanco. Su pelo es corto y negro. Tan negro como el azabache, y, dependiendo de cómo le de la luz, surgen algunos reflejos azul eléctrico. Claro que, si no te fijas bien, no lo ves. Su piel es blanca como la de cualquier otro inglés, y sus ojos grandes y rasgados, grises oscuros como el de las nubes de las tormentas más oscuras. Podría decirse que es guapo.
Parece casualidad justo cuando él abre la puerta de mi habitación y se asoma por ella, sonriéndome débilmente. Aunque sé a qué viene, me sobresalto incómoda cuando veo que permanece parado en la puerta, esperando a que reaccione.
-¿Estás lista? -opta por decir cuando ve que no me muevo de mi sitio.
Me doy una palmada en la frente mentalmente por ser tan tonta y asiento, devolviendole la sonrisa. Aparto el portátil de encima mía y me levanto de la cama para ponerme las zapatillas.
Kepper espera paciente en la puerta y me mira de soslayo, no queriendo meterme prisa.
Atravesamos el estrecho pasillo hasta llegar al vestíbulo. La puerta está abierta y la chica con el pelo rojo está hablando con alguien al otro lado de la puerta. Sólo puedo ver su pelo y escuchar su voz grave. Se ríe.
Con el ceño fruncido, avanzo hasta donde está ella y lanzo una mirada expectante.
La pelirroja se gira y me mira con una sonrisa de oreja a oreja.
-Jess, Kepper, hay alguien a quien me gustaría presentaros.
Alzo las cejas. Una chica no muy alta y muy muy delgada con aspecto vulnerable entra en el vestíbulo con una sonrisa tímida. Sus finísimas piernas parecen dos palos cubiertos con una tela negra, y el cuerpo lo tiene cuierto con una sudadera tres tallas más grande que la suya gris y muy desgastada. El pelo liso y moreno le cae por la cara, pálida y escondida por su pelo. Se agarra las mangas de la sudadera con fuerza.
Intento sonreír, y me acerco a ella para darle dos besos.
-Encantada, soy Jess.
Sus ojos se posan en los míos por escasos dos segundos. Marrones y profundos. Me resultan horriblemente familiares. Los aparta con rapidez y sus movimientos se convierten en torpes y nerviosos.
-Squizz -dice con voz temblorosa y apenas en un susurro.
Un sobrenombre. Otro sobrenombre. Voy a preguntarle de dónde viene el nombre cuando me recuerdo a mí misma la norma de la casa.
Nada de preguntas.
Kepper se presenta también, y la chica con el pelo rojo me mira.
-Es la chica nueva que os dije que vendría. Ha venido antes de lo esperado -añade una risa.
Lo que significa, adiós libertad y hola compañera de cuarto.
-Perfecto. ¿Cuándo te instalarías? -pregunto sonriéndole.
Sus ojos vacilan y se pone más nerviosa todavía. Me mira sin mirarme a los ojos.
-Hoy.
-¿Hoy? -decimos Kepper y yo a la vez.
La chica pelirroja nos interrumpe.
-Está todo arreglado, chicos. No os preocupéis.
Asiento.
-Está bien. Esperame aquí.
Me doy la vuelta y voy hasta mi habitación. Pongo mi cama contra la pared y recojo todo lo que hay bajo la cama. La caja que tanto he guardado bajo la cama está todavía en su sitio bajo una gruesa capa de polvo blanco. La recogo del suelo y cuando voy a ponerla encima de la mesa, tropiezo con la pata de la cama y la caja cae al suelo, tirando todo su contenido al suelo.
Maldigo en voz baja cuando me levanto a recogerlo con prisa, metiendo las cosas de nuevo dentro y asegurándome que nadie ha visto los papeles que hay dentro. Son fotos, principalmente, de mi antigua vida. Fotos con amigos, fotos de mí misma, fotos con familiares. Las cuento rápidamente y me doy cuenta que falta una. Paso la mirada por el suelo de la habitación buscando la foto casi con desesperación. Sonrío de alivio cuando la veo en el umbral de la puerta. Gateo hasta ella y cuando llego, una mano del cielo baja y la recoge. Subo la mirada para saber quién la ha cogido con miedo, y veo que la chica nueva estudia la imagen con el ceño fruncido, con pánico en los ojos.
Me levanto del suelo y tiendo mi mano para que la chica me devuelva la foto. La mira unos segundos más y me la deja en la mano. No miro la foto demasiado; los recuerdos que me produce esa foto son demasiado dolorosos para poder soportarlos.
Abre la boca para preguntarme, pero yo le corto:
-Mi mejor amiga. Se suicidó hace dos años.
Y sin añadir nada más, meto la foto dentro de la caja y la empujo debajo de la cama. La chica me mira apenada, sin saber muy bien qué añadir y sin mirarme a los ojos todavía. Salgo de la habitación con una lágrima en el rabillo del ojo, que no dejo que salga.

~

-Es rara -digo por fin.
Kepper pone los ojos en blanco.
-Eso es justo lo que pensé de ti cuando te vi entrar por la puerta.
Intenta hacer que me sienta mal por decir eso de la chica nueva, pero no puedo evitarlo. Es rara.
-Eso no quira que lo sea. No me ha mirado a los ojos ni una sola vez. No ha pronunciado una palabra en voz alta. Es como si... quisiera esconderse de algo -sacudo la cabeza-. Por lo menos no tengo que preocuparme si habla mucho.
Se ríe ante mi comentario y no puedo evitar unirme a él.
Escogemos una mesa para sentarnos. Es un chico majo, muy amable a pesar de las apariencias oscuras, aunque el tiempo ya me ha enseñado que no se deben juzgar a las personas por las apariencias.
-Jess, déjala en paz. Seguro que tiene sus motivos para estar así.
Suspiro.
-Está bien. La dejaré en paz.
Me dedica una sonrisa y se la devuelvo. La camarera recoge nuestros pedidos en un trozo de papel con una sonrisa falsa y constante en su cara. Cuando se marcha, Kepper y yo no podemos evitar reírnos de su aspecto y de su trato hacia nosotros. No lo hacemos con mala intención, no tenemos nada en contra de ella, pero su aspecto aniñado y sus vestidos con tonos rosas nos producen risas sin poder evitarlo.
Aunque en el fondo, la camarera me recuerda tanto a mí que me parece ridículo. Antes yo era así, iba por la calle siempre con una sonrisa en la cara aunque estuviera al borde de las lágrimas aunque fuera por una tontería, vestía siempre como si fuera a un evento muy importante, siempre arreglada y bien vestida, con tonos siempre claros. Me importaba demasiado lo que los demás pensaran sobre mí, y eso hizo que me diera cuenta de en dónde me estaba metiendo realmente.
Sacudo la cabeza intentando borrar los trazos de mi pasado que me colorean la mente, y para distraerla, paso a pensar que mi relación con Kepper no es tan mala como en realidad pensaba que lo era. En realidad, ámbos nos lo pasamos muy bien juntos, y cada vez que salía con él a algún lado me sentía protegida y en buenas manos. Aunque él es un chico muy reservado y no le gusta decir las cosas que le pasan por la cabeza en alto, sé que le gusta mi compañía, ya que no se mostraba así de abierto con el resto de compañeros, aunque con ellos ha pasado más tiempo que conmigo. Varios años, incluso. Y aún así, de alguna forma conmigo es diferente.
Creo que no puedo evitar ser amable con la gente. Cuando intenté evadirme de la gente de mi pasado, creé un segundo yo para que no me pasara como me había pasado. Uno de los errores que cometí fue ser demasiado buena y flexible, y ahora estoy intentando cambiar eso, pero parece que no puedo evitarlo.
Aunque no me molesta ser amable con Kepper como me molesta serlo con la chica pelirroja, también compañera mía de la que siempre se me olvida el nombre. Cada vez que la busco siempre la encuentro sin tener que llamar su nombre, o sobrenombre. En el piso soy la única que no ha sido capaz de idear un sobrenombre decente, aunque tampoco es que haya dedicado demasiado tiempo a ello. No tengo nada en contra de mi mente ni quiero esconderme de nadie, así que decidí dejar mi nombre como está.
-Igual es el uniforme del trabajo. Creo que no hay nada más rosa que lo que lleva puesto -dice Kepper, mirando de reojo a la barra, donde la chica está preparando nuestros batidos.
Sigo su mirada, y me doy cuenta que lleva un vesido hasta las rodillas pomposo rosa fucsia y con un delantal amarillo pálido cubriendo la parte delantera de él. Más que fucsia parece una luz de discoteca. Aparto la mirada.
-Espero que lo sea. No puedo mirarlo dos segundos seguidos sin que me duelan los ojos.
Ambos reímos ante mi comentario. Vemos a la susodicha acercarse con la estúpida sonrisa en la cara y con una bandeja plateada sobre su mano. Se agacha y pone los dos vasos de cristal en la mesa más una bandejita de metal con un trozo de papel encima. Nos sonríe una última vez y se va.
-Pagas tú -decimos los dos a la vez.
-Yo pagué la última vez. Te toca a ti -dice él, levantando las manos.
-¡Eso es mentira! Yo he pagado siempre que venimos porque dices que aún no has cobrado tu sueldo.
Suspira.
-Es que ún no he cobrado mi sueldo.
-Me da iguaaaal. Te toca pagar a ti. Si hace falta prostitúyete, pero ésta vez yo no pago.
Suspira de nuevo y saca un degado fajo de billetes de su bolsillo. Mirándome con una sonrisa juguetona, deja un arrugado y sucio billete de cinco en la bandejita.
-Pero la próxima pagas tú.
-Eso ya veremos -digo, con una sonrisa triunfante en la cara y dando un sorbo a mi batido de chocolate con nada montada.
Miro la puerta del local cuando escucho una campanita cuando se abre la y mi sonrisa se desvanece cuando veo a la última persona que quiero ver entrar en él con una carcajada de alegría.




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No sé si podré subir el miércoles que viene porque me voy a Madrid para el concierto entonces no sé si voy a tener tiempo de terminar el capítulo 12, veré si lo subo o no :) 
Gracias por leer <3
-mau