49~


Capítulo 49:
{Narra Jane}
Cerré la puerta detrás mía con cuidado para no hacer demasiado ruido y poder subir tranquilamente a mi habitación. Al pasar por el salón, descubrí a mi hermana tirada en el sofá, así que pasé de largo, intentando no llamar la atención.
-Tú, ¿a dónde vas?
Puse los ojos en blanco al pararme para mirarla.
-¿A mi habitación?
Emma sonrió de oreja a oreja.
-Tienes un chupetón como tu mano de grande -dijo señalando mi cuello.
Sentí cómo mis mejillas ardían al llevarme la mano al cuello. Soltó una carcajada.
-Era broma, tonta.
Fruncí los labios, algo avergonzada.
-Serás puta -murmuré, y me senté a su lado en el sofá. Rió de nuevo.
-¿Qué te piensas? ¿Que soy tonta? Me doy cuenta de las cosas -sonrió.
Resoplé, intentando no sonreír también.
Estuvimos en silencio durante un rato, mirando sin prestar atención a la televisión.
-¿Dónde has estado?
-He estado un rato corriendo con Lena. Ya sabes, necesitaba hablar.
-¿A estas horas?
Me encogí de hombros.
-¿Su loquero la sigue visitando?
Me mordí el labio.
Decidí que Emma no era la mejor persona en la que confiar, así que decidí no contarle nada al respecto. Asentí.
Otro silencio.
-Hace un rato han hablado de ti.
Volteé mi cabeza hacia ella rápidamente, asustada por lo que me acababa de facilitar.
-¿En serio? ¿Dónde?
-En esa cosa de Xtra Factor. No lo veo nunca, pero estaba buscando una cosa buena para mirar cuando he visto a ese novio tuyo en la tele. Y han estado hablando de ti.
Me mordí el dedo. Realmente ese tema me inquietaba mucho.
-No han escogido la mejor foto para presentarte. Realmente, han escogido la peor. Con lo mona que sales en tu foto de twitter...
-¿Decían algo malo? -dije cortante, interrumpiendo.
Me daba exactamente igual qué foto hayan publicado.
-Qué va. No pueden hacer eso. Este.... el Eduardo este... ¿cómo se llamaba?
-Harry.
-Harry. Pues ha intentado no hablar mucho, pero lo que ha dicho ha sido muy cauteloso. Como muy medidas las palabras. No sé si me explico.
-No lo haces, pero da igual.
-Tampoco te lo iba a repetir.... Ah, sí. Jane. Ha llamado Ellen, tenía que hablar contigo de no sé qué cosa. Llámala, ¿vale?
-Lo haré.
-Canta muy bien. Él, digo.
-Sí. Sí lo hace -sonreí casi inconscientemente.
Emma dejó escapar un berrido.
-Mira qué cara de boba se te ha puesto. +
Agarré un cojín y le pegué en el abdomen.
Soltó una carcajada.
Me levanté.
-Me voy. Tú sigue mirando esta mierda, y te irá bien -le guiñé un ojo.
-¡Adiós, puta!
-¡Shh!
-Que no hay nadie en casa, mongola.
Relajé los hombros y volví a poner los ojos en blanco.
-Venga pues -hice un gesto con la mano y me di la vuelta, dispuesta a subir las escaleras.
-Jane -me interrumpió.
Yo me asomé y la miré. Descubrí que tenía su mirada clavada en mí, no como había hecho en toda la noche, que lo único que había hecho era evitar mi mirada.
-Dime.
-¿Usasteis protección?
-¿A qué viene eso ahora? -pregunté ceñuda.
-Escucha, Jane. Aunque a veces no lo parezca, me preocupo por ti. Después de todo, eres mi hermana pequeña, y lo último que quiero es verte arrastrada por las órdenes de un chico, ¿de acuerdo? Ahora, responde a la pregunta.
Bajé la mirada, con la sonrisa más tonta que había podido esbozar en toda la noche. Había conseguido ablandarme.
A pesar de todo, tal vez, no era tan mala hermana, tal vez no era tan pasiva como todo el mundo la veía. Y tal vez, no era tan egoísta como pensaba que en realidad era.
Era mi hermana, y la quería con toda mi alma.
-Puedes estar tranquila -sonreí.
Ella sonrió también.
-Bien. Espero poder confiar en ese tío. Ya sabes lo que pienso de la gente famosa -me guiñó un ojo.
Siempre tan irónica.


{Narra Lena}
Paredes blancas, techo bajo, una simple bombilla adornada y vomitivos sillones verdes, duros como la roca. El sonido del reloj rebotaba en cada una de las paredes, dándo la ilusión que la sala era gris y triste. Sin vida. Muerta. Ni siquiera la respiración agitada de mis padres, sentados al otro lado del sofá para alejarse lo más posible de mí, ahogaban los constantes tics que emitía el maldito reloj.
Tic. Tac.
Miraba al frente, intentando mantener la calma. La paciencia. Intentar demostrarles que todo eso no tenía ningún sentido. Un desperdicio de tiempo.
La pared blanca que se regía en mi frente, con un triste cuadro diminuto colgando justo en medio, parecía que cambiara de color cuanto más tiempo la miraba, casi sin parpadear. El blanco chocante, casi fosforito, empezaba a tintarse poco a poco de un color gris apagado. Cuando parpadeaba, volvía aquel blanco tan fuerte. Bajé la mirada y miré mis zapatos, tratando de tranquilizar mi respiración.
Jane era una de las mejores personas que conocía. Salir a correr con ella hace unos minutos había sido una de las mejores decisiones que había tenido. Podías hablar con ella y tener seguridad de que te guardará la palabra. La apreciaba mucho. Cuando le comenté lo del psiquiatra, lo único que hizo fue reírse. Reírse con su voz tan bajita y dulce que tenía. Se rió. La mayoría de las personas se hubieran alejado, o se hubiera asustado. Pero nunca reído. No era una risa de burla. Ni de “mierda-qué-hago-ahora”. Era de lo más sincera siempre. Si algo no le gustaba, lo decía. Si algo le parece incómodo, lo decía. Y si algo le parecía gracioso, se reía. Supongo que para ella este tema era cómico. O, de alguna manera, absurdo. Hizo que yo también me riera aunque no le había encontrado el doble sentido hasta ahora. Siempre te hacía pensar con doble sentido.
-Aceptar y comportarte. Enséñales que no tienen nada por lo qué preocuparse. Eso les dará que pensar.
Eso me dijo.
-No creo que eso ayude. Piensan que estoy loca de verdad. Enferma.
Soltó un discreto resoplido.
-Están haciendo una montaña de un grano de arena. No te preocupes. Pronto pasará.
Fue una de las mejores conversaciones que tuve con ella. Después de todo, un psiquiatra no era muy diferente a un psicólogo. Según lo que Jess me contó acerca de esos oficios, la única diferencia era que un psiquiatra podía recetarte medicamentos, y meterte interna en un manicomio. Pero por el resto, nada diferente.
Aunque, tengo que admitir, que estaba más nerviosa que nunca. Las manos me sudaban y tenía el dedo meñique más rojo de lo normal, por mordérmelo tanto. Nunca me había chupado el dedo, o tenido un chupete. Siempre me había mordido el dedo meñique. De alguna manera, era tranquilizador.
Pero entonces no lo era. Dirigí una mirada rápida a mis padres, arrinconados en el sofá, mirando al frente. Prácticamente, estaban uno encima de otro. Tal vez fuera yo la que me alejaba de ellos y no al revés. Mi madre giró la cabeza al sentir mi mirada clavada en ella. Esbozó una sonrisa tan falsa que apareció tan rápido como desapareció.
Aparté la mirada rápidamente.
Cada día los odiaba más.
No esperaba más para el día que cumpliera los dieciocho y así poder irme lejos de ellos. No podía esperar.
Al levantar la mirada, me encontré con una chica muy joven con su largo pelo castaño recogido en una coleta alta. Sujetaba un folio con sus largos dedos morenos. Su sonrisa era radiante, como tratando de olvidar que esto era un psiquiátrico, y no un parque para niños.
-¿Lena Werther? -preguntó, dejando a la vista blancos y rectos dientes.
Me levanté con un suspiro.
Ni que fuera esto un dentista.
-Soy yo.
-Encantadísima de conocerte. Ahora mismo os la traigo y os comento, ¿de acuerdo? -dijo dirigiéndose a mis padres y sin dejar de sonreír.
Mis padres asintieron y no me dirigieron ni una sola mirada cuando salí de la habitación.
Sus tacones negros resonaban en las baldosas blancas al andar hacia no sé dónde. Andaba delante mía, con la espalda rectísima y con la coleta balaceándose de un lado para otro continuamente. Crucé los brazos sobre el pecho cuando abrió una puerta de madera y me invitó a entrar.
La estancia era mucho más cálida de lo que era la sala de espera -si podía llamarse así-, y que todo el espacio en general. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenos de pesados libros y de figuras de todas las formas y colores. Cuadros y carteles colgaban de la pared de tal forma que casi no se podía ver el color original de ésta. El suelo estaba cubierto de alfombras de colores vivos de esquina a esquina impidiendo saber lo qué había bajo éstas. En medio de la sala, un sofá grande verde oscuro y enfrente otro del mismo color, y una pequeña mesilla de madera al lado de éste último.
Casi me agradaba ese lugar.
Pero no dejaba de ser una celda para locos.
La joven me invitó a sentarme en el sofá, mucho más cómodo que el otro, y ella se sentó enfrente mía. Cruzó las piernas nada más sentarnos.
Primero no dijo nada. Mantuvo la mirada fija en mis ojos, mirando dentro de ellos, como si quisiera inspeccionarme.
Rompió el silencio diciendo:
-Tienes un nombre muy bonito.
Bajé la mirada, incómoda.
Fue la primera vez que me dijeron eso.
-Yo voy a ser tu doctora de aquí en adelante y tendremos las sesiones que yo crea necesarias. Soy Amanda Sheifield. Llámame como quieras -sonrió una vez más-. Hoy no hablaremos mucho al ser la primera sesión. ¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis. Cumplo diecisiete en enero.
Garabateó algo con rapidez sobre el papel.
-Eres muy joven -sonrió.
Por muy bonita que fuera su sonrisa, la empezaba a odiar.
-Tú lo eres más para ser psiquiatra.
-Acabé la carrera hace pocos años, sí.
Amanda se incorporó y se dejó apoyar en el respaldo del sillón.
-¿Por qué piensas que estás aquí, Lena? -preguntó deslizando la punta de su boli por el labio inferior, sin dejar de mirarme a los ojos.
Aparté la mirada y me encogí de hombros.
-No lo sé. No me pasa nada. Todo el mundo piensa que estoy loca. Hasta mis propios padres. Nadie sabe lo que tengo. Mi psicólogo me tenía miedo.
Esbozó una ligera sonrisa.
-El señor Paxton me ha hablado de ti. Y tranquila, no eres el peor caso que tratamos aquí.
Lo dijo con todo tranquilizador, pero yo me revolví en mi sillón, incómoda bajo su atenta mirada. Me volví a encoger de hombros.
En la corta charla que tuvimos no me apartó los ojos de encima, como si tuviera miedo a que saliera corriendo en cualquier momento. Y deseaba hacerlo. Ella me preguntaba cosas irrelevantes y muy concretas, como si mi periodo era regular, con qué frecuencia comía, las horas que dormía, y si me había autolesionado alguna vez.
Durante toda mi estancia ahí, pensaba en que esa chica sólo estaba haciendo su trabajo. Intentaba ayudarme. Sólo deseaba que ella supiera cómo callar las voces que eran cada vez más abundantes. Nunca lo había deseado más que en ese momento.
Aún así, la consulta se me hizo eterna.
-Acompáñenme, por favor -dijo con ese matiz de seguridad en su voz, y con sus ojos achinados al sonreír como sonreía.
Entré en la sala blanca con los brazos colgando. La sala estaba vacía, exceptuando a un niño pequeño, que estaba sentado enfrente mía y con la mirada perdida. Acariciaba un oso de peluche sobre su regazo, pero no parecía estar atento a sus movimientos.
Pasé de largo y reemplacé el asiento que mis padres habían abandonado, y bajé la mirada a mi regazo, sin saber qué hacer y esperando a que todo aquella terminara pronto y poder volver a casa.
Sentí los ojos vacíos del niño clavados en mi como dos estacas.
Lo miré y fruncí el ceño.
-¿Puedo ayudarte? -le pregunté.
Él siguió mirándome mientras acariciaba su peluche.
No me respondió.
-Eh
Nada. Ni siquiera abría la boca, y su pecho estaba completamente quieto, ni parpadeaba. Sólo deslizaba sus dedos sobre el pelaje suave de su peluche. Sus ojos eran verdes como la hierba, pero no parecían albergar nada. Estaban vacíos.
-¿Te pasa algo? -pregunté tierna. Me preocupaba.
Apartó la mirada con tal brusquedad que pegué un brinco en mi asiento.
Por muy curioso que fuera, parecía que estaba sacado de una foto de época. Piel pálida, pantalones cortos, camisa y chaleco a cuadros.
Pero no sonreía. Sus labios eran una línea muy fina y blanca sobre su rostro, como si estuviera dibujada con una tiza.
Luego, me miró con los ojos muy abiertos.
-Está herido -murmuró, sin apenas separar los labios.
Lo había escuchado perfectamente, pero aún así, fruncí el ceño y susurré con la voz rota:
-¿Qué?
Me estremecí.
La puerta de la sala se abrió derrepente y di un salto, poniéndome de pie. Sonreí falsamente, intentando ocultar el miedo que empezaba a corroer mis venas.
-Vamos, cielo -decía mi madre mientras aguantaba la puerta-, ¿con quién hablabas?
Dirigí mi mirada a mi frente, pero me encontré con una silla completamente vacía.
-Eh -volví mi mirada hacia la puerta, mi madre me miraba indiferente y con una expresión triste -, con nadie mamá-. Tragué saliva y amplié la sonrisa.
Miraba por el rabillo del ojo la silla vacía.


{Narra Ellen}
-¡Como se te ocurra hacer alguna estupidez, vamos a acabar mal, eh!
Los pitidos de la línea ocupada ya sonaban al otro lado del teléfono.
Solté un gruñido y casi tiré el móvil al suelo.
Miré la pantalla. Jane aún no me había devuelto la llamada, y las cosas estaban cada vez más feas.
La había cagado. Realmente, la había cagado.
-¡Mierda!
Rápidamente, agarré mi abrigo y salí de casa apresurada.
Afuera hacía un frío helador. El cielo estaba encapotado con espesas nubes negras, que amenazaban con lluvias. Enterré mi cara en la bufanda de lana al sentir el frío viento susurrándome en el rostro.
Tenía que contárselo. Era muy tarde por la noche, pero realmente me daba igual. Y no había forma de que me cogiera el teléfono.
Caminé lo más rápido que pude hacia su casa, que por suerte estaba relativamente cerca.
Llamé a la puerta efusiva y pocos minutos después, Emma me abrió la puerta con completa indiferencia.
-¿Está Jane? -pregunté, entrando a su casa sin pedir permiso.
No estaba de humor.
-Sí. Acaba de llegar. Le dije que te llamara.
-Gracias.
Ni siquiera me quité el abrigo cuando subí las escaleras con la mayor rapidez. Entré a su habitación sin llamar siquiera. Estaba tumbada boca abajo en su cama con un libro entre las manos.
-¡Ellen! -exclamó, sonriendo- Qué sorpresa -apartó el libro y lo dejó encima de la colcha.
-Ya -respondí pasiva, deshaciéndome del abrigo y de la bufanda-. ¿Qué hacías?
-Leer.
-¿Otra vez?
Puso los ojos en blanco.
Avancé y me senté en la cama, a su lado.
-¿A qué has venido tan tarde? ¿No me has podido llamar?
-Bueno, tal vez si hubieras cogido tu maldito móvil, no te hubiera molestado -sonreí sarcástica.
Se incorporó y se sentó con las piernas cruzadas, sin dejar de mirarme con el rostro preocupado.
-¿Ocurre algo?
Aparté la mirada y me morí la uña.
-Ethan.
Soltó un suspiro.
-¿Qué le pasa?
-A él, nada.
-¿Entonces?
Me giré y la miré. Ella mostraba pasividad. Me levanté pesadamente y recorrí la habitación pensativa, tratando de pensar en cómo decírselo sin demasiada agresividad.
-Sabe lo de tú y Harry.
-Sabe, ¿el qué?
-Ya sabes. Lo de su prima y toda esa mierda.
Jane me miró unos segundos en silencio, tratando de descifrar lo qué significaba eso realmente.
-Pero, ¿qué sabe, exactamente?
-Sabe que vosotros dos salís juntos. Que él es famoso. Que su estúpido mentor necesita que ganen. Sabe que todo esto es un montaje.
La cara de Jane en esos momentos, era todo un poema.
-Bueno, pero no pasa nada, ¿no? Quiero decir...
-El caso es que ahora mismo puede hacer cualquier tontería. Y sabes cómo es Ethan.
Me volví a sentar en la cama, ésta vez más cerca de ella. Durante un buen rato no dijimos nada y compartimos un silencio de lo más cómodo. Estaba pensativa, se le veía en los ojos, que no paraba de moverlos de un lado para otro.
Tal vez no fuera nada grave para mí, pero entendía que para ella sí. Él ahora mismo podía hacer cualquier cosa, o decir cualquier cosa para mandarlo todo a paseo y hacer que todo el esfuerzo sería en vano. Y lo veía muy capaz de hacerlo.
-Si te digo la verdad, Jane, has sido bastante tonta en aceptar eso.
Ella me miró incrédula, saliendo de su nube y prestándome atención.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que podrías haber roto con él, y después, cuando todo esto hubiera pasado, volver a salir. Ahora ya no se puede hacer nada. Ya ni siquiera puedes tocarle en público o estallas las sospechas.
Ella negó tímidamente con la cabeza.
-No lo entiendes, Ellen. Yo no puedo romper con él. Me es imposible -pronunció la palabra romper como si la fuera a vomitar.
Tardé un rato en responder cuando dije:
-Pues, ahora mismo, es lo mejor que puedes hacer.

48~


Capítulo 48:
{Narra Yina}
Luces de todos los colores parpadeaban y bailaban sobre las paredes oscuras y negras del local. La música galopaba y chocaba contra los cuerpos en movimiento, y atronaban en los tímpanos, que vibraban a causa del alto volumen que soportaban los altavoces.
Era difícil hacerse paso entre la multitud que abarrotaba el bar, alguna que otra bebida aterrizaba en tu vestimenta al pasar por su lado, y era realmente molesto.
La comunicación entre nosotras era todavía peor, chillando lo más alto que podíamos, pero no había forma de que nos entendiéramos. Tuvimos que recurrir a sacar los móviles.
-¿A dónde ha ido Leo? -le chillaba a Brooke, que frunció el ceño, acercándose a mí para escucharme mejor.
-¿Qué?
-Que a dónde ha ido Leo.
Se apartó y negó con la cabeza.
-Yo tampoco veo nada.
Puse los ojos en blanco y gruñí.
Le mandé un mensaje diciendo exáctamente eso.
-¡Ah! -soltó una carcajada- Supongo que estará con alguno por ahí, o si no habrá ido a por algunas bebidas. Pero no sé.
-¿Qué?
-Supongo que... ¿Sabes? Déjalo.
Me encogí de hombros.
-Pues ok.
-Borde.
-¿Qué?
Alguien empujó mi espalda, por lo que tuve que avanzar unos cuantos pasos hacia delante para no caerme al suelo. Brooke volvió a fruncir el ceño.
-¿Qué coño...? ¡A ver si tenemos más cuidadito!
El chico de atrás resopló y volvió la mirada a la chica que estaba enfrente suya, que me miraba con las cejas alzadas y con mucha superioridad en su mirada.
Yo resoplé también y me di la vuelta.
-Mírala, como te mira.
-Paso de líos -dije, haciendo un gesto con la mano.
-¡Niñas! ¡Ya estoy aquí! -chillaba Leo, con sus preciosos rizos rojos resbalándole por la cara- Vamonos, que dicen que están haciendo revisión de alcohol entre los menores y que vienen hacia aquí.
Agarró las manos de ambas y nos llevó a la salida. Brooke, antes de abandonar el local, le lanzó un beso con la mano a la chica junto a la pared, que abrió la boca indignada.
Brooke sonrió satisfecha.
-¡Oh! ¡Aire! -chillé nada más salir, abriendo los brazos y dejando que el frescor de la noche me recorriera el cuerpo.
Sentí la mano de Brooke hundirse entre mis rizos, que por primera vez me los había dejado sueltos y sin alisar.
Sonreí al volverme.
-Tengo una cosa en el oído, que hace..... piiiiiiiiiiii -decía Leo mientras gestionaba una mueca de dolor.
Solté una risita.
-Bueno -Brooke puso los puños en sus caderas-, ¿a dónde vamos?
Aunque aún quedaba más de un mes para las Navidades, las luces rojas, blancas, verdes y azules ya adornaban los balcones de los pisos particulares y las fachadas de las tiendas, que a esas horas ya estaban cerradas. Las luces parpadeantes se clavaban en mis ojos y hacían que el pelo de Brooke brillara más todavía, y le daban un aspecto azul.
Sonreí.
-¡Eh! Que a dónde vamos.
Me encogí de hombros y me volví de nuevo para volver a mirar el gran copo de nieve azul que colgaba encima nuestra.
Casi podía escuchar cómo ponía los ojos en blanco.
Leo se puso a mi lado y miró conmigo el adorno navideño. Brooke suspiró leve y se sentó en la escalera de un porche de detrás nuestra, mirando hacia otro lado. Aburrida.
Leo y yo no quedamos en silencio unos segundos, mirando embobadas a la parpadeante luz azul, como si no hubiéramos visto jamás una, o como si fuera un tesoro que acabáramos de desenterrar. Como hipnotizadas.
Leo rompió el silencio de una tajada:
-Echas de menos tu casa, ¿eh? -su voz era hogareña y cálida.
Bajé la mirada y la clavé en mis dedos, que jugaban entre ellos nerviosos. Asentí en silencio, sintiéndome sorprendida al notar el nudo en la garganta.
¿Por qué lo echaba de menos? No tenía razones. Ni una sola.
Todas las Navidades eran horribles. Aiden sólo se pasaba una vez en todas las vacaciones y siempre que lo hacía, me invitaba a un helado, y después íbamos al parque para jugar con la nieve o íbamos a ver una película al cine. Así de raros éramos; nada de cenas ni comidas familiares. Era el mejor día de todas las vacaciones. Pero el resto eran horribles. Mi madre nunca venía, lo único que encontraba era un pequeño paquetito debajo del árbol todos los 26 de diciembre. Ni siquiera me molestaba en abrirlo. Cada vez que veía el estúpido paquetito en el mismo sitio de todos los años, lo tiraba instantáneamente o a la hoguera o por la ventana. Me ponía de muy mal humor.
Las tiré todas, menos uno.
Cuando era más pequeña, y Aiden aún estaba viviendo conmigo, me hizo mucha ilusión. No sabía lo que estaba ocurriendo. Fue el primer paquete que recibí y yo tenía sólo 10 años. Y lo único que había en la cajita era una cadena muy fina de plata. Y junto a ella, estaba la letra P en mayúscula. Pequeña también.
Y desde entonces siempre la llevaba.
Acaricié la letra con el dedo índice.
No sabía lo qué significaba, ni por qué lo llevaba. Pero nunca había tenido el valor de quitármelo ni de romperlo contra el suelo.
No me atrevía.
-Yo odio la Navidad -la voz segura de Leo me sobresaltó-. Nunca me he llevado bien con mi familia, y siempre he deseado que me metieran interna para poder deshacerme de las malditas cenas familiares. Prefiero cenar con la profesora de latín que con la loca de mi madre. De verdad.
Giré la mirada y sonreí con tristeza. Ella me devolvió la sonrisa.
Brooke se levantó con brusquedad.
-¿Habéis terminado? Quiero ir a algún lado antes de que suene la estúpida alarma del móvil.
El centro nos permitía salir los viernes por la noche, ya que mucha gente regresaba a sus casas ese fin de semana, o por el mero hecho de la ausencia de clases al día siguiente. Si la gente volvía a su casa, debía de comunicarlo con 24 horas de antelación. Pero si te quedabas en el SW, tenían que estar como muy tarde a las 3 de la madrugada en sus camas. Todo era cuestión de seguridad.
-Brooke tiene razón, vamos -me agarró de la mano y me arrastró a lo largo de la calle.
-¿Y a dónde se supone que vamos? -pregunté soltando mi mano y poniéndome a su altura.
-Al fondo de la calle hay un buen pub en el que ponen música bailable. No esa cani que ponían en aquel otro.
-Y como está algo apartadico del resto, la policía no lo suele registrar. Están demasiado obsesionados con la estúpida seguridad -se quejó Brooke, pasándose una mano por el pelo y colocándose bien el sujetador.
Probablemente fuera la calle más larga por la que había caminado nunca.
Hacía mucho frío y era por eso por lo que las calles estaban desiertas y silenciosas; todo el mundo estaba metido en los bares. Los zapatos de tacón de Leo resonaban en la acera helada, que se oían tanto que parecía que estaba pisando un parquet recién pulido.
Las heladas ráfagas de viento se mezclaban con nuestros mechones de pelo, echándolos hacia atrás y desnudando nuestros hombros y pecho. El viento era tan frío y directo, que transpasaba nuestras ropas y se clavaban como cuchillas hirviendo en nuestra piel.
Como deseaba llegar a ese maldito bar.
-Pero míralas a las tres. Parecen los Ángeles de Charlie -dijo uha voz masculina a nuestra espalda.
A mí, así como tenía el cuerpo, se me heló la sangre.
Me paré en seco.
Leo, sin cortarse un pelo, se dio la vuelta con violencia y puso su mejor cara de prepotencia que tenía. Brooke no fue menos. Yo vacilé algo más en darme la vuelta, con un asqueroso nudo en el estómago.
-Nathan, ¿por qué nos sigues?
Sentí mi corazón dar un vuelco al verle, y mis tripas revolverse. No fue desagradable la sensación.
El chico bajó la mirada, cerró los ojos y rió entre dientes. Se acercó a nosotras con pasos lagos y potentes.
-¿Quién ha dicho que os esté siguiendo? Da la casualidad que vamos al mismo bar. Punto. Deja de creerte el centro del mundo porque te va a ir mal, Brooke -y sonrió con falsedad.
Brooke le miraba con la boca abierta.
Nathan agarró el pomo de la puerta y la abrió. Una ola cálida de música martilleando en el pecho arrastró el ambiente al abrir la puerta. Hizo un gesto con la mano para que pasáramos.
-Señoritas -murmuró.
-Nathan -le respondí al pasar por su lado, sin mirarle.
Cerró la puerta pesada de caucho tras suya con un sordo golpe.
Avancé entre la multitud, que, como en la mayoría de los locales, estaba atestado de gente. Solo que en éste, que tan famoso parecía ser, había muchísima menos gente en comparación con el otro. Por lo menos había algo de espacio entre cuerpo y cuerpo.
Brooke y Leo avanzaban con rapidez, y yo traté de seguirles como pude. Algunas caras familiares se interpusieron en mi camino.
Me paré en seco al notar dos manos en mis caderas, acercando mi cuerpo al suyo.
-¿Me dejas que te invite a algo? -la voz de Nathan se filtraba entre mis rizos.
Tenía el corazón en la boca y la piel de gallina.
Tensé la mandíbula y me di la vuelta con las manos cerradas en puños. Crucé los brazos sobre el pecho.
-¿Estás borracho? -dije seca.
La música estaba alta, pero no tan alta como para tener que chillar para poder entendernos.
En vez de sentirse ofendido, dibujó una bonita sonrisa torcida en su rostro.
-Vamos, no seas tonta -agarró mi mano y entrelazó sus dedos con los míos, me guió hasta la barra, que estaba en el fondo del bar.
Solo esperaba que ellas no notaran demasiado mi ausencia. O, que por lo menos, no se preocuparan.
Todo el local estaba a oscuras salvo algunas luces ultravioletas en cada esquina, y algún que otro foco aleatorio por las paredes. El bar, en cambio, estaba discretamente iluminado, con luces neón de colores verdes y rosas que permitían a los camareros ver dónde servían sus bebidas.
Era bastante acogedor.
-¿Qué quieres? -me preguntó, atrayéndome de nuevo hacia él, poniéndome la mano en la espalda.
-Eh, una tónica. Por favor.
Alzó una ceja.
-¿En serio?
-En serio.
Se encogió de hombros y murmuró algo al camarero que aguardaba detrás del mostrador. Asintió y se marchó.
-¿Por qué haces esto?
-¿El qué?
-Esto.
-Me gusta invitar a la gente que me importa.
Resoplé.
-Ya.
-Vaya, vaya. Es un placer coincidir con usted, señorita Wilde.
Fruncí el ceño.
Esa voz.
Di media vuelta y ahí estaba él, impecable como siempre, con su fiel gabardina negra y su camisa blanca asomando por debajo. De sus caderas caían informales vaqueros desgastados. Impecablemente sin afeitar y con su pelo color cobre en su peinado natural. Sus ojos azules y penetrantes me miraban sonrientes.
-Profesor Forrest... qué sorpresa -noté cómo mis mejillas se encendían, por lo que bajé la mirada tímida, tras colocar un mechón de pelo tras la oreja.
-Aléjese de ella, Forrest -gruñía Nathan a mi lado, con la expresión más seria que le había visto.
-También me alegro de evrle, señor Golding -decía con máxima tranquilidad, mientras le tendía la mano y se incorporaba, quedando a la misma altura que él.
Él se la estrechó con demasiada fuerza, pero él no pareció darse cuenta, y le devolvió el apretón.
Yo carraspeé, intentando evaporar la tensión que se había instalado entre ellos.
-No sabía que saliera por este tipo de bares -espeté, intentando tomar contacto con sus ojos.
Él, en cambio, con una sonrisa, bajó la mirada hacia su vaso mientras daba vueltas con la pajita negra en el líquido transparente.
Agua, seguramente, no era.
-Me lo suelen decir.
El camarero nos interrumpió al poner dos vasos de plástico con un líquido negro en ellos.
-Aquí tienes, señor Golding.
-Gracias. Ya sabe -hizo un gesto con la mano y el camarero asintió.
Nathan me tendió el vaso.
-Hm... te he pedido una tónica, no... esta cosa negra-
-Te va a gustar, confía en mí.
Christian apartó con gentileza el vaso. Ahora vacío, y me tendió la mano.
-Señorita Wilde, ¿sería tan amable de acompañarme a la calle? Necesito hablar con usted de un tema bastante delicado.
Yo le miré entusiasmada a los ojos, moridéndome el labio y mirando embobada a su sonrisa.
-Claro que sí, pero sólo si estoy yo delante -Nathan paso su brazo por mis hombros.
Le miré.
-Nathan, creo que soy mayorcita para hacer mis propias decisiones. No necesito a nadie que decida por mí, ni que me proteja, gracias. -Volví mi mirada hacia él y le cogí de la mano- Estaré encantada de acompañarle.
-Perfecto.
-Yina. ¿estás segura de querer hacerlo? -Nathan volvió a hundir su nariz en mis rizos, y me susurraba con la voz entrecortada.
-No va a pasar nada, teatrero.
-Realmente, lo deseo con toda mi alma.
Puse mis ojos en blanco y agarré la bebida que me habían servido y acompañé a Christian a la salida, mientras él entrelazaba sus dedos con los míos, lo que hizo que me volviera completamente loca.
-Déjeme que le lleve esto -dijo, mientras cogía le vaso con su mano libre.
Cerró la puerta detrás suya y dejé una vez más que la frescura de la noche me envolviera de nuevo.

{Narra Lena}
-Mierda -murmuré.
La sangre corría por mi muñeca e inundaba la palma de mi mano, y se deslizaba con mi antebrazo, coloreando de rojo mi blanca piel, creando dibujos alargados y siniestros sobre el lienzo, más pálido que comunmente. No sabía qué hacer. La herida que me acababa de abrir yo sola me dolía horrores y no sabía qué hacer para que dejara de sangrar.
Ni siquiera sabes cortarte las venas con decencia. Porque ten claro que muerta, no estás.
Arranqué un pañuelo de su bolsa y lo presioné fuerte contra la herida, gestionando una mueca de dolor e intentando no mirar la sangre que salpicaba mi antebrazo izquierdo.
Después de varios minutos esperando a que dejara de sangrar, cogí todas mis pulseras que tenía esparcidas por mi joyero y me las puse todas. No quería que los demás vieran la gran estupidez que acababa de cometer.
Traté de despejar la mente. Aparté las lágrimas que corrían por mis mejillas ardiendo y soplé, mirando por la ventana e intentando tranquilizarme. Me vestí con ropa deportiva. Decidí que lo mejor para despejarme era salir a correr aunque sólo fuera por pocos minutos. Necesitaba que me diera el aire.
Bajé las escaleras con el iPod y los auriculares en mano, haciendo ademán de salir por la puerta, sin tener que cruzarme con mis padres y tener que darles una explicación. Pero estaban los dos sentados en el sofá, esperando mi llegada.
A mi madre se le iluminó la cara al verme tan animada como intentaba mostrarme.
-Lena, cielo, ven -daba palmaditas en el sofá, a su lado.
Yo fruncí el ceño al esperarme otra charla de “cómo-controlar-a-tu-hija-loca”.
Me senté donde me había indicado mi madre con cuidado e intentando no ponerme demasiado nerviosa.
Pero a mi madre sí se le notaba nerviosa. Inquieta.
-Lena, espero que sepas que nosotros dos te queremos y que sólo deseamos ayudarte para que estrés lo mejor posible. Y lo último que queremos es verte mal. Y por eso queremos comunicarte algo que es bastante delicado para ti. -dijo mi padre, con su voz siempre segura.
Yo asentí despacio, totalmente desconcentrada.
-El señor Paxton nos ha dicho que ya no va a ser necesario que venga más a visitarte.
-¿Qué? -prácticamente, chillé de la emoción.
No ver nunca más a ese señor probablemente eran lo mejor que me haya ocurrido en todo el mes.
-Escucha, aún no hemos terminado.
-Nos ha comentado que -siguió mi padre- todo lo que le has contado acerca de tu vida privada, hacía mucho que no escuchaba una historia como la tuya, que ya no trataba pacientes de tu gravedad. Y él, desgraciadamente, no puede hacer nada más para ayudarte. Él ya ha visto suficiente para creerlo.
-Espera, espera. ¿Qué estáis intentando decirme?
-En vez de ir a ver a un psicólogo, vas a ir a ver a un psiquiatra.


{Narra Harry}
-Recordad chicos que estáis aquí para responder preguntas sobre la competición. Si os preguntan algo personal, a cualquiera de vosotros, tomároslo con humor y no la respondáis directamente. Los cotilleos no son nada buenos para estas alturas.
Los cinco asentimos con energía, atendiendo a cada una de las palabras que Simon nos recomendaba. Los nervios se podían acariciar sólo con alzar la mano en el aire.
-Bien. Suerte chicos. Y sobre todo, mostrad seguridad -con eso último, nos guiñó un ojo y nos sonrió.
Abandonó el lugar, después de darme unas suaves palmaditas en el hombro.
Louis se sentó a mi lado en el sofá de la sala de espera. Chocó su hombro contra el mío, para llamar la atención.
-Eh, seguro que todo sale bien.
La forma en la que Niall se mordía las uñas me ponía nervioso.
-Eso espero -murmuré, sin mirar a un punto en concreto.
-Además, no van sólo a por ti. A Liam también lo tienen fichados. Nosotros intentaremos cubriros como sea -intentó tranquilizarnos Zayn.
-¿A mí? ¿Por qué?
-Por lo visto se ha puesto una mata de rizos en tu camino -dijo irónico Louis.
Liam puso los ojos en blanco.
-Ya están pesados con el tema. Entre Danielle y yo no hay nada. Somos buenos amigos, nada mas.
-Decías lo mismo de Lena, y estuviste todo un verano dándome la lata con la chavalilla. Así que esa escusa, no vale.
-Con Lena fue distinto, no vayamos a comparar.
-Mejor.
Liam le pegó en el hombro a Zayn, que soltó una pequeña carcajada.
-Les puedes decir lo que quieras, pero con eso de “sólo somos amigos” no les vas a convencer -declaró Niall.
Tenía toda la razón del mundo.
Eso era lo que tanto odiaba de todo ese mundo de la presa; una vez que tienen algo en la cabeza, y tienen una foto que lo medio demuestre, no hay manera de hacerles cambiar de opinión. Por muchas veces que les repetía algo, fuera verdad o no, siempre difundían la respuesta que a ellos les interesaba.
Una chica joven, con el pelo recogido en una coleta y con una carpeta en la mano, entró en la sala.
-One Direction, entráis en dos minutos -hizo un gesto con la mano para que la acompañáramos.
Nos condujo por pasillos estrechos, que ya conocíamos por visitarlos todas las semanas tras la actuación de los sábados, y tras los resultados del domingo.
Nos detuvimos delante de una puerta de cristal y esperamos a que la chica nos indicara nuestra entrada.
Liam me indicó una última sonrisa de complicidad antes de que la puerta se abriera y los focos de la cabina se centraran en nosotros.
Los dos presentadores se acercaron a nosotros e intercambiamos dos besos en las mejillas antes de sentarnos apretujados en el sofá de cuero blanco.
-Bienvenidos otra semana al Xtra Factor, One Direction -decía la presentadora, con su largo pelo castaño recogido de medio lado, mientras sonreía de esa forma que tan nervioso me ponía.
-Gracias -respondimos los cinco, sonriendo también e intentando ocultar la inquietud que compartíamos.
-Bien. La semana que viene es la final y queremos saber un poco cómo os habéis visto a lo largo de estas semanas, y sobre todo si so veis capaces de llegar a la final de la semana que viene.
-Realmente hemos tenido el tiempo de nuestras vidas -empezó Liam-, creo que ninguno de nosotros hemos vivido algo parecido; el fenómeno fan es increíble y todo ese apoyo que nos están dando es muy importante y nos ha ayudado mucho cuando hemos dudado sobre los resultados..
La estúpida luz blanca de todas las cámaras que nos enfocaban me estaban poniendo más nervioso de lo que ya estaba.
Liam seguía respondiendo a la pregunta que nos hacían prácticamente todas las semanas; la respuesta ya la conocía más que de sobra.
No veía el momento en el que todas esas luces se apagaran y que nos pudiéramos marchar sin que nada sucediera. Pero las posibilidades eran mínimas. Los mentores de todos hablaban todas las semanas con los presentadores del programa para que no preguntaran nada demasiado personal, pero ellos, por muchos “no te preocupes” que decían, lo seguían haciendo. Siempre hacían alguna preguntilla personal aunque sólo fuera para bromear.
Siempre. ¿Por qué esta vez iba a ser distinto? Ya bastante polémica había en la calle como para ignorarlo, tanto de mi parte, como de Liam, como de Louis.
Suerte que a Zayn no le habían pillado, o ahora mismo estaría en nuestra misma situación.
-Louis, ya lo siento -el presentador escondió sus labios y le puso una mano en la rodilla, dándole suaves golpecitos-. Son cosas que pasan. Hay muchas chicas, no te estanques.
Louis frunció los labios, intentando sonreír.
-No necesito a una chica -dijo, poniendo su brazo sobre mis hombros-, tengo a Harry.
Solté una carcajada.
-Estamos muy enamorados -concluí yo, sonriendo.
Todos sonrieron y por unos minutos la tensión se pareció disuadir.
-Harry. Ésta chica -ésta vez, fue la presentadora invitada la que habló, señalando una pantalla agarrada a la pared. Se me formó un nudo en la garganta al ver la foto-, es muy guapa. Jane, ¿no?
Mi turno.
Bajé la mirada, intentando sonreír.
-Gracias.
-Se ve que la belleza viene de familia.
Eso me hizo gracia.
-Ya, ya.
-Tiene gracia, porque no se parece en nada. ¿Es muy lejana?
-Casi ni de sangre -bromeó Zayn.
Le di un codazo.
-Le tengo mucho cariño, es muy especial para mí, así que... es más como una hermana.
-Incesto -murmuró Louis tan bajito que sólo nosotros dos lo escuchamos.
Reí de nuevo, frotándome los ojos.
-Nos alegramos que tengas una relación tan cercana con una prima tan lejana -decía la castaña, mirando sus papeles sobre su regazo.
Prima. Vaya. Me dejó sin habla.
Volví a bajar la mirada. Nunca me había sentido tan incómodo.
-Liam, ¿cómo van tus clases de baile?
-Muy bien, muy bien -repetía mientras el resto soltaba una carcajada.
Muy buena.
-¿Tampoco hay nada entre vosotros?
Negó con la cabeza.
-No, por desgracia -bromeó.
-Bien, chicas, ya habéis oído que estos cinco guapos están completamente libres, así que nunca se sabe. One Direction, ha sido un placer hablar con vosotros otra noche más. Suerte mañana.
-Gracias, Caroline -agradeció Liam con una sonrisa.
Caroline. Nunca me acordaba del nombre.
Nos levantamos del sofá y, después de los dos besos, abandonamos el lugar y le dimos paso al siguiente aritsta.
Simon nos esperaba en su despacho, como cada sábado por la noche.
Me miraba como la mirada vacía, como si estuviera preocupado. Suspiró, se incorporó y me volvió a mirar. Luego me dijo la frase que más podía temer en esos momentos:
-No ha colado.

47~


Capítulo 47:
{Narra Jane}
Fotos y más fotos de Harry y mías empapaban la mayoría de las páginas de la revista, que Jess había traído hace algunos minutos. Por  suerte, ninguna de estas eran demasiado sospechosas.
-¿De dónde la has sacado, dices? -preguntó Harry, tras haberla ojeado.
Yo seguía con la mirada fija en la página, con el ceño fruncido y la boca entreabierta, sin saber cómo reaccionar ante aquello.
-En un quiosco cerca de mi casa. Pasamos por ahí todos los días al ir al instituto. El dependiente nos conoce y todo -respondió Jess, emocionada y con una sonrisa en la cara.
Ellen saltó del sofá dando palmas, contenta también. Me abrazó con fuerza.
-¡Qué guay, Jane! ¡Eres famosa!
Yo simplemente la miré, con el rostro inexpresivo.
Su sonrisa desapareció.
-¿Ocurre algo? -preguntó, mirándome a mí y a Harry, que apartó la mirada. Ellen se mordió el labio.
Jess miró a los chicos, que bajaron las cabezas, sin querer entrometerse en el tema. Todos excepto Louis, que miró a Jess directamente a los ojos. Jess torció la sonrisa, frunciendo el ceño confusa.
Suspiré y me miré los dedos, mucho más nerviosa, incluso, que antes.
-Jane -insistió Ellen, buscando mis ojos con la mirada.
En vez de mirarla, me volví y me acerqué a Harry.
-Esta bien -dije, cerrando los ojos y suspirando, aún sin saber realmente lo que estaba a punto de hacer, le miré a los ojos-. Haré lo que sea -casi susurré.
Su sonrisa fue leve. Asintió.


{Narra Yina}
No sabía lo que estaba haciendo ni por qué, pero yo le seguí el beso que él había comenzado. Y tampoco sabía ni por qué ni como, pero lo estaba disfrutando.
Una vez nuestros labios se separaron, le volví a mirar a esos ojos claros que tan nerviosa me ponía.
-¿Se puede saber qué coño has hecho? -dije subiendo de tono a la vez que hablaba.
-¿Yo? -Nathan, rió- Esperar tu reacción. Ahora lo tengo todo más claro.
Resoplé y le di un empujón en su pecho, obligandole a separarse de mí.
-Eres un idiota.
Dicho esto, abrí la puerta de mi habitación mientras él me dedicaba una última sonrisa y se alejaba satisfecho.
Puse los ojos en blanco y entré en la habitación.
-¿Qué quería? -preguntó Brooke desde su cama, con una sonrisa y un libro entre sus manos.
Cerré la puerta nerviosa.
-Eh, nada. Sin más, ya conoces las estupideces de Nathan. Siempre exagera las cosas -dije después de una pequeña risita nerviosa.
-Ah, vale -y bajó la mirada de nuevo.
Avancé por la habitación hasta llegar al lugar donde había tirado el bolso. Lo recogí del suelo y saqué el folio que había imprimido en la biblioteca.
Me senté en la cama y miré a Brooke, sin saber realmente lo qué hacer con el tema de Christian.
Ella se dio cuenta y volvió su mirada para clavarla en mí.
-¿Pasa algo?
-Brooke, ¿tú cuánto tiempo llevas en SW?
Cerró el libro y lo dejó en la mesilla de noche.
-No mucho más tiempo que tú. Si tú llegaste en agosto, yo llegué en mayo. Así que no conozco este sitio tampoco mucho. ¿Por qué lo preguntas?
-No. Por nada. Simplemente, curiosidad. ¿Y todo lo que pasó con Nathan pasó en tan poco tiempo?
Rió.
-Sí, la verdad. He tenido un verano movidito.
Sonreí, bajando la mirada.
-Si buscas a alguien que sepa del centro es el mismo Nathan. Lleva aquí ya tres años.
-¿Cuántos años tiene?
-Diecinueve, recién cumplidos.
-Parece más joven.
-Ya. O si lo prefieres, también está Saddie, que tiene su misma edad. Es más, creo que llegó el mimo año que Nathan.
-¿Saddie cuál es?
-La pija, Fer es la rubia.
Las dos nos reímos.
-No las distingo.
Rió de nuevo.
-A mí también me costó.
Con Brooke era capaz de abrirme como nunca lo había hecho con nadie. Ella me permiría ser yo misma y reírme tranquilamente, decir tonterías sin que nadie me juzgara por mis ideas. Era como con Ellen. Solo que con ella era distinto. Ellen simplemente apartaba los prejuicios y defectos de manotazo y te trataba como su mejor amiga, aún te había conocido ese mismo día.
Brooke me había dado a conocer la sensación de tener una mejor amiga y realmente de lo agradecía con toda mi alma, ya que nunca antes había experimentado esa sensación de confianza con otra persona.
Ni siquiera con Harry.
Abrió la boca para hablar, pero yo la corté mostrándole los papeles que había imprimido momentos antes, a lo que ella frunció el ceño. Aceptó las hojas y empezó a ojearlas. Le expliqué lo que había pasado con el profesor Forrest, desde el primer día de verano que me encontró en el campus en mitad de la noche, hasta la noche anterior, con ello la advertencia de Nathan.
Mi estómago se estremeció nada más recordar su nombre.
Ella releyó el artículo.
-La verdad es que he oído hablar de él,  pero no de este caso. No de una fecha tan lejana. -Subió la mirada y me miró- ¿Y por qué me enseñas a mí esto?
-Puede que suene estúpido, o infantil, o llámalo como quieras. Pero creo que me gusta. Un poco.
-¿Quién? ¿Nathan?
-¡No! Chris.. eh, el profesor Forrest.
-¡¿Qué dices?! ¿Sabes en el lío que te puedes meter?
-Lo sé -me dejé caer y miré el techo. Me froté los ojos.
Brooke se levantó y se sentó a mi lado.
-Pero a ver, ¿gustar en qué sentido? Te hace tilín o simplemente te gusta mirarle. Porque he de admitir que es muy guapo.
-No.. no sé. Sonrío cuando lo veo -sonreí como acto reflejo.
Puso los ojos en blanco, con una pequeña sonrisa.
-Bueno, -cogió las hojas- ya sabes cómo es Nathan, siempre queriendo exagerar las cosas. Tú tranquila, seguro que esto se aclaró -dijo señalando el artículo- y no es más que una pequeña mancha.
-Lo que tengo que hacer es investigar un poco más acerca del tema. Necesito saber cómo termina esto -me levanté de un brinco.
-¿Ahora? -miró su reloj-, es viernes, Leo y yo habíamos pensado que quizás podríamos salir todas a cenar y pasar un buen rato. Olvidarnos un poco de los exámenes, ¿vienes?

~

-Pero bueno, Yina, ¿te has vuelto completamente loca?
-¿Por qué? -protesté- Aquí dice que es inocente.
Saddie resopló mientras daba otra vuelta a la habitación y Fer miraba hacia otro lado nerviosa, queriéndose mantener al margen de la situación.
Abrí la boca para hablar, pero la cerré en seguida, por miedo a su reacción al descubrir esta.
Saddie respiró con fuerza y se sentó a mi lado en la cama, y con la mayor simpatía que ella podía, sonrió y puso una mano en mi rodilla.
-Cielo, sólo te voy a aconsejar una cosa: aléjate de él. Nathan tiene razón.
Ésta vez, fui yo quien resopló.
-Sois todas unas exageradas. Aquí dice claramente “La compañera de habitación de Heather White, la joven hallada muerta en su dormitorio, ha sido declarada culpable del asesinato”. Nada del profesor Forrest -dije golpeando con el reverso de la mano el papel.
-Yi, el asesinato de esa Heather fue sólo la primera muerte de una estudiante en el centro. Y da la casualidad, que Forrest siempre era cercano a las chicas, aunque luego resultara que él no era el culpable.
-Oh, vamos. Si él hubiera tenido algo que ver, ya no trabajaría en este centro, ¿no es así?
-No tienen pruebas suficientes para echarlo -dijo Fer esta vez, sin mirarnos.
Saddie asintió y me alzó las cejas.
-No te encapriches con él como hiciste con Harry, en serio. Y es un consejo de amiga.
Suspiré, mirando al vacío.
-Vale, vale. Está bien. Intentaré alejarme de él.
Saddie sonrió aliviada, y me abrazó cariñosa.
-Menos mal. No quería perderte a ti también.


{Narra Lena}
Dos semanas. Cinco veces a la semana. Dos horas al día.
El señor Paxton, cuyo nombre de pila no merecía la pena recordar, me sonrió una vez más y cerró su pequeño cuaderno de cuero marrón de golpe.
-Bien, Lena, eso ha sido todo por hoy. Ha sido un placer -se levantó de la silla y me tendió la mano. Yo, desganada, se la estreché con una falsa sonrisa.
-Ya -murmuré.
Me sonrió de nuevo y se dirigió a la cocina para hablar con mis padres, como hacía siempre después de cada visita.
El señor Paxton era un señor que rondaba los cincuenta años, pequeño y relleno, con unas gruesas garfas negras adornando su cara. Completamente distinto a mis expectativas de un psicólogo alto y joven.
Tal vez debería de bajar el listón.
Yo seguía sentada en el sofá de mi casa, abrazando mis piernas en silencio y tratando de escuchar la conversación entre mis padres y ese señor, al que cada vez odiaba más.
No sabía por qué todo eso era necesario. No sabía por qué todo el mundo pensaba que estaba loca, y sobre todo no sabía por qué no tenían el valor de decírmelo a la cara. Pensaba que era tirar el dinero, y lo era. Puse los ojos en blanco.
Yo no tenía por qué contarle mi vida a un señor al que no conocía y al que no le interesaba. Me ponía enferma. Saqué el móvil del bolsillo al escuchar un pitido que indicaba un mensaje entrante. Miré la pantalla, pero en ella no aparecía ninguna notificación. Fruncí el ceño. El pitido volvió a sonar. Y otra vez.
¿Por qué suenas, maldito móvil?
-¿Por qué suenas, maldito móvil? -repetí, intentando ahogar la voz como fuese.
El móvil no dejaba de dar pitiditos y de vibrar, con cada vez más intensidad, pero en la pantalla no aparecía nada. Sólo mostraba el fondo de las chicas y yo en el verano pasado, en Cheshire, el primer día.
Me puse muy nerviosa, no sabía cómo reaccionar, ni qué hacer para que parara de una vez.
-¡Cállate! -chillé con fuerza y lancé el móvil contra la pared.
¿Qué hostias te pasa? ¿La locura te estorba?
-¡Yo no estoy loca! -grité de nuevo, levantándome del sofá, apretando los puños.
En seguida mis padres y mi evaluador, como yo lo llamaba, aparecieron en el salón asustados, mirándome con preocupación.
Mi madre tragó con fuerza y se acercó a mí poco a poco, como si yo fuera una bomba a punto de explotar que debía de desconectar, me sonrió lo mejor que pudo y trató de ser amable:
-¿Ocurre algo, cielo?
Mi respiración agitada se tranquilizaba poco a poco, miraba al suelo con los ojos inquietos, son saber a dónde mirar. Me pasé la mano por el pelo y traté de explicarme a mí misma lo que estaba ocurriendo.
Con tranquilidad fingida, levanté la mirada y miré a mi madre con otra sonrisa falsa.
-¿A mí? Nada, ¿qué iba a ocurrirme?
-No sé... acabas de gritar...
-Sí... a veces me pasa... -y sonreí de nuevo.
Ella asintió, tratando de notarse aliviada.
-Ah, entonces todo bien.
El señor Paxton escribía algo con mucha rapidez sobre un papel y se lo entregó a mi padre mientras murmuraba algo apresurado, como si corriera prisa lo que tenía que decirle, y sobre todo hacía todo lo posible para que yo no lo oiría.
Él asintió con energía.
-Que pasen un buen día -sonrió y salió de la casa con su maletín en la mano.
Una vez que hubiera abandonado la casa, mi padre se acercó a donde estaba mi móvil, en el suelo. Lo recogió y me lo tendió.
-Que sea la última vez que lo lances de esa manera, ¿de acuerdo?
Yo asentí sin mirarle a los ojos y cogiendo el teléfono, que aún funcionaba.

~

El timbre de la puerta sonó, otra vez con el volumen excesivamente alto, y bajé corriendo para abrir.
Era de noche y mis padres habían decidido salir de casa para cenar, y, posiblemente, llegarían a las tantas de la noche. Dejándome a mí completamente sola.
-Muy inteligente por su parte. Eso de dejar a su hija sola en casa.
Reí para mis adentros.
Pero me encantaba estar sola. Podía disfrutar de la casa y hacer lo que quisiera. Hasta podía hincharme a chocolate viendo cualquier basura americana en la tele sin que me digan a qué hora debía acostarme. Y como era viernes, lo aprovecharía al máximo.
Y lo mejor de todo es que todo volvía a la normalidad. Era extraño, pero me sentía bien de nuevo, no tan bien como feliz, pero sí viva. Como si la presencia de mis padres hacía que me sienta mal o inútil.
Como si ellos fueran los culpables de lo que me estaba ocurriendo.
Algo más animada que otras veces, abrí la puerta. Se me desencajó la mandíbula al ver lo que estaba viendo.
Sonrió.
-Hola -dijo, con esa media sonrisa que me volvía loca.
-¡Byron! -chillé y me lancé a su cuello, besándole como nunca hice.
Y él siguió mi beso, algo que me extrañó mucho. Notaba su sonrisa a través de mis labios.
Cerró la puerta tras él.
-¿Qué haces aquí? -casi susurré, sin aliento.
Él rió bajito, volviéndome a besar y llevándome al sofá, tras cogerme en brazos. Me senté a su lado.
-En realidad he venido a ver a mi hermana, pero veo que tienes otros planes.
Bajé la mirada, entristecida. Apoyé mi cabeza en su hombro mientras él jugueteaba con mi pelo, ahora ligeramente rizado.
-Odio todo esto.
-Yo también -se encogió de hombros-. Pero no hay nada que nosotros podamos hacer al respecto. Ésta es la realidad y hay que enfrentarla tal y como es.
Me aparté y le miré a los ojos.
-Eres real, ¿verdad?
Él frunció el ceño mientras reía de nuevo.
-¿Qué? ¿Qué te hace pensar que no lo sea?
-No sé -murmuré, volviendo a hundir mi cabeza en su hueco del cuello-. Últimamente no confío mucho en lo que veo o escucho.
-¿Qué quieres decir?
-Eso. Que no todo lo que escucho es real. Es como si me lo imaginara todo. Oigo voces que en realidad no están y veo cosas que no existen.
-Qué guay -dijo al respecto.
-¿Guay? ¿No piensas que estoy loca? -me separé de nuevo y ésta vez miré en sus ojos más profundamente.
-¿Loca? -rió- Por supuesto que estas loca. Eres vivaz y energética. Te ríes por todo y puedes llegar a decir las mayores tonterías que te ocurran. Y eso es precisamente lo que me encanta de ti.
Torcí los labios.
-Últimamente no soy así. Últimamente es como si todo fuera gris. O negro algunos días. Estoy apagada.
-Pues no lo estés. Vive la vida como tú sabes y hazle sonreír al mundo con esa preciosa sonrisa tuya. Que se derritan todos. Sólo es una mala racha que estás pasando. Se te pasará. -Besó mi cabeza.
-Odio no poder tenerte.
-A veces me gustaría darle una patada a todo. Hacer todo lo que la ley nos prohíbe. Perseguir mi sueño hasta atraparlo con la palma de la mano. Y, sobre todo, mandar a la mierda a la sociedad, sólo para poder tenerte.
Yo sonreí levemente y bajé la mirada.
Y de pronto un enorme foco de luz nos apuntó a los dos. Cerré los ojos con fuerza al notar la fuerte luz que me envestía. Intenté refugiarme con los brazos, pero no podía. Era demasiado potente. Cuando quise darme cuenta, Byron había desaparecido de mi lado, como si nunca hubiera estado allí.

-Vamos, L, despierta. Ya son las doce, vas a fastidiar todo tu sábado -mi madre hablaba rápida y con energía, subiendo la persiana de mi habitación.
Froté mis ojos con los puños cerrados, y hundí mi cara en la almohada, con un gemido.
Me di cuenta al instante de escuchar la voz de mi madre. Todo era ficticio.
Mi madre me sonrió y se apartó de la ventana, dejando que los débiles rayos de luz invernal bañaran la habitación.
-Venga. Arriba -y salió de ella.
Oculté mi cara con las manos y deseé con todas mis fuerzas desaparecer. Evaporarme. Salir corriendo de allí y no volver nunca.
Me di cuenta de que todo lo que acababa de suceder era un sueño.
Un puto sueño.
Byron nunca iba a volver. Nunca iba a volver poder abrazarle, ni besarle. No volvería a verle nunca más.
Intenté con fuerza que las lágrimas no resbalaran de nuevo por mis mejillas, aunque no pude pararlo. Ya era demasiado tarde para retenerlas.
Aparté de un manotazo las lágrimas que caían y me levanté de la cama con rabia, furiosa. Tenía ganas de gritar, chillar, romperlo todo. Las lágrimas ahora ya estaban descontroladas, rodaban cada vez más y con más intensidad por mis mejillas sonrosadas por la rabieta.
Me acerqué con paso fuerte a mi mesa, y busqué algo con la mirada que ni yo sabía el qué. Necesitaba un punto de mira fijo para que mi mirada pudiera descansar.
Papeles, folios, hojas del instituto, bolígrafos, tijeras, lápices, tirados por mi mesa.
Tijeras.
Vamos, ¿a qué esperas? Acaba ya de una vez con todo
Miré esperanzada hacia la puerta, pero como siempre, no había nadie. Como siempre.
Ésta vez, sí que grité y aguanté las tijeras entre mis manos.
-¡Déjame de una vez en paz! -grité mirando al techo, parpadeando con fuerza para facilitar la caída de las lágrimas.
Abrí las tijeras con manos temblorosas.
Nadie te va a echar de menos. Nadie. No mereces la pena
-¡Déjame! -tensé la mandíbula y sujeté una de las cuchillas de las tijeras contra mi muñeca izquierda- ¡No eres nadie para mandarme! -gruñí, y miré mi muñeca, de la que ya brotaban algunas gotas de sangre, a causa de la fuerza con la que apretaba la cuchilla contra mi piel.
Sabía muy bien que en realidad tenía razón. ¿Quién iba a echarme de menos si no estaba? No servía para nada. Estorbaba en el camino de muchas personas.
No perderían nada.
Cobarde.
Cerré los ojos con fuerza mientras deslizaba  la cuchilla por mi pequeña muñeca.

Lectoras!

Hola cielos, chicos, chicas y otros seres mágicos que leen mi novela, esta es la primera vez que publico algo que no sea capítulo. Puede que os resulte raro o lo que sea, pero la verdad es que no lo escribiría si no es urgente.
Esto es exclusivamente para le gente de tuenti, ya que a las chicas de twitter no os afecta. Aunque eso no signifique que os quiera menos <3
En fin, que me han quitado el tueni. Mi anterior tuenti, como todas sabéis, era Lena Loves One Direction, y eso, que me lo han quitado y ya no puedo avisaros cuando suba capítulo. Para mi esto es muy triste, ya que ahí están la mayoría de lectores/as. En mi lista habían 98 personas apuntadas y ahora mismo hay 30. Lo que significa que he perdido a más de 70.
Por eso escribo esto, para mandaros mi nuevo tuenti {que es este: Dreamer And Fearless}, y con una ligera esperanza de volver a recuperaros a todas, o por lo menos, a la mayoría.
Esto, como muchas sabéis, es mi puto sueño, y gracias a esto lo he mandado todo a la mierda. Y realmente espero que lo leáis y que me agregéis y todo eso, porque es muy muy importante para mí, y espero que lo entendáis.
Y ya que escribo esto, voy a aporvechar a dar las gracias a algunas personitas que me están ayudando tanto con todo esto y a las que jamás voy a poder agradecerles todo lo que hacen por mí.
Bueno, sois varias, así que no sé muy bien por quién empezar, ya que sois todas igual de importantes para mí y no sería capaz de elegir entre vosotras.
Primero, a Patricia Ranea, porque sí, porque a mí me da la gana, ella siempre está ahí cuando yo lo necesito, siempre está conectada al WA cuando yo quiero o necesito hablar, y en cambio yo no puedo hacer lo mismo, ya que el internet me va como una mierda. Así que, Patri, que sepas que te quiero, que sepas que agradezco todo esto que estás haciendo por mí, estás cumpliendo mi puto sueño, que lo sepas, y aunque pienses que soy yo la que te ha ayudado, eso es mentira. Eres un amor de persona y no tienes que pensar como estas pensando ahora mismo de ti misma, porque vales mucho, P, y sigue siendo la persona que eres porque la gente realmente lo aprecia. Yo y muchas otras. Te quiero y realmente espero que lo sepas.
Next, Raquel {no gorda, no tú, Raquel la de Granada, que a ti ya te puedo ver y abrazar todos los días}. Bff, ¿qué puedo decir de ti? Aunque sé que lo odias, voy a volver a darte las gracias por TODO lo que haces por mí, por tus comentarios en el WA y aquí en el blog, por madarme la invitación, por ser una de las lectoras más hdsfgsdfjh que tengo en mi lista. Y sé que ahora mismo estarás resoplando porque sé que no te gusta, pero es lo que pienso y si no te gusta te jodes. Y me encanta la confianza que he cogido contigo, que aunque estés a 435769475km de mí, como todas las lectoras, ya te siento como una de mis mejores amigas, a las que puedo contarle todo lo que quiera, mis problemas, situaciones cómicas sin pensar si me van a juzgar o no. De verdad lo aprecio mucho y que sepas que eres lo MEJOR y que te mereces esto que tienes con tu novela y MUCHO MÁS, porque tienes futuro amor, solo que estás ciega, o eres demasiado humilde para admitirlo. Y te quiero tal y como eres, y lo sabes. GRACIAS UNA VEZ MÁS.
A mis niñas del Watsapp. Experimentioners, sois las mejores chicas que he conocido, y aunque no leáis la novela, me habéis ayudado mucho con este tema y de verdad que lo valoro un montón. Sois unos amores!
IRENE, MI NIÑA. Sí, otra chica que vive a 475343km de mí, otra chica con un talento increíble, que ahora mismo está pasando por un mal tramo, por desgracia mucho peor que mi sitación. No me pidáis qué le pasa, porque yo tampoco lo sé, per sé que es un chica fuerte y luchadora, y sé que si está ella así de mal, tiene que ser grave. Y si no lo es demasiado, pues ahora mismo se estrá riendo de mi cara JAJAJAJA, ocya. Eso, esta chica es la primera de mi lista. La primera chica que me mandó un mensaje diciendo "hey, que me encanta tu novela", aunque sólo tenía 3 capítulos. Y la verdad es que la aprecio mucho, y que dentro de poco hace un año de que la conozco. Y la quiero con toda mi alma y aunque no hable con ella todos los días, sé que ella está ahí, y ella siempre será la primera de mi lista. teamo<3
A UNA TWITTERA MU LOCA MU LOCA, @noregret1D ES ES VASCA PRIMI! Y la quiero mucho, sus comentarios me matan, es una chica adorable en todos los sentidos y sé que algún día la voy a ver. Lo sé y punto. La conozco desde hace muy poco, pero ya me hace reír con sus comentarios en twitter. Y ella me está apoyando mucho también en todo esto. Es un amor de chica <3
OTRA TWITTERA! @PayneLover_ Tequiero, aunque te tenga to abandonada :) ERES MIS OJITOS ACHINADOS! MUAK MUAK, que te quiero, aunque no lo creas! xx
También un gracias especial a: Malena, Andrea Valverde {tengo muchas muchas Andreas en mi lista}, Carmen, HELENA, Alicia Poynter, Ainara, Lena<3, Rakelita. Sois unos amores, gracias por todo.
Un beso, y espero no haberos molestado demasiado con esto. Necesito que alguna gente se entere de esto, y es la única forma que puedo intentar para que la gente se entere.
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Att- M, Directioner&Tributo