{Narra Yina}
-Escucha, Yina... ¿puedo llamarte así?
Miré al suelo con una sonrisa tonta.
-Por favor.
-Bien. Me resultará raro llamarla así, pero me adapto.
Él andaba de un lado a otro enfrente mía, como si estuviera nervioso, mientras yo estaba apoyada en la pared negra del pub en el que nos encontrábamos hacía unos minutos. En el poco rato en el que estábamos fuera él siempre se mostraba formal y sobre todo muy seguro de sí mismo. Ése era el primer signo de nerviosismo que dejaba ver en toda la noche.
Me agradaba estar con él, aunque eran mínimas las palabras que nos intercambiamos. Él me miraba la mayoría del tiempo, con ojos penetrantes y tentadores.
Dejó de dar vueltas y se acercó a mí decidido, ensombreciendo su mirada y sonriéndome pícaro y con levedad.
-No sé qué habrás leído sobre mí. No me espero nada bueno. No tengo de los pasados más favorecedores. Pero puedo asegurarte de que no llegué a mayores con ninguna de las chicas, si es eso lo que te preocupa -parpadeé perpleja. No por sus palabras, so no por la confianza que me estaba ofreciendo y por la proximidad entre nosotros. Casi podía sentir su aliento sobre mis labios cuando hablaba.
Bajé la mirada.
-¿Todas esas chicas? Sólo he leído un caso... no pensé que..
-No fue sólo una. Fueron cuatro. “Maté” supuestamente a cuatro personas. Cuando nunca fue así.
Mi boca se abrió casi automáticamente.
Quise dar un paso atrás, pero me tropecé con la pared a mis espaldas. Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que temía que Christian lo pudiera oír.
-¿Cuatro? -susurré como pude.
-Eran todas de tu misma edad -era la primera vez de la noche que me hablaba de “tú”-. Dieciséis, diecisiete... diecinueve incluso. Durante el curso me fui amigando con ellas como con cualquier alumno. Nunca tuve una relación más allá de la relación profesor-alumno. Nunca. Aunque muchos digan lo contrario. Y, tengo que añadir, que esas chicas, desafortunadamente, no fueron las únicas que murieron en el South West High. No quiero que se asuste de mí.
-¿Era eso lo que quería decirme?
Odiaba usar la tercera persona, pero, a pesar de todo, seguía siendo un profesor.
Ladeó la cabeza y me sonrió, como si lo que acababa de decir no lo hubiera mencionado nunca.
Y, en cierto modo, así me sentí. Le devolví la sonrisa.
-Más o menos...
Se había alejado un poco, y odiaba que lo hubiera hecho.
Fruncí el ceño, desconcentrada.
-Pues sigue... siga -me corregí a mi misma al instante.
Él, mientras se pasaba una mano por el pelo, soltó una carcajada, haciéndole parecer más joven y sobre todo muy sexy.
-Me encantas -dijo, esbozando una pequeña sonrisa y mirándome a los ojos con ternura.
Reí bajo.
-Lo que te quería decir es que yo puedo hacerte muy feliz. Más de lo que te imaginas. Pero para ello tienes que confiar en mí -su voz sensual bajaba de volumen cada vez, hasta convertirse en un susurro, sin dejar de mirarme a los ojos y acercándose cada vez más.
-Confío en ti -susurré yo también.
Nuestros labios apenas se rozaban.
-Bien -sonrió y se apartó bruscamente.
Ah.
Fruncí los labios y aparté la mirada.
Nunca iba a suceder. Era un profesor, y esto no era una película. Jamás pasaría nada entre nosotros.
-Mañana a las doce en la farola. No hace falta que vengas si no quieres.
La farola. Adoraba cómo lo decía.
-Estaré ahí.
-Quiero mostrarte algo.
Sonreí, mientras la curiosidad corrompía mis entrañas y cada una de mis venas. Asentí.
Me devolvió la sonrisa y me dio un beso muy suave y despacio en la mejilla, acercándose de nuevo y apretando su cuerpo contra el mío. Después, me miró a los ojos y se alejó de nuevo.
-Debo irme. Métase dentro andes de que su amiguito se preocupe demasiado -vi cómo se quitaba la máscara de persona misteriosa y se volvía a colocar la de profesor de Literatura.
-Lo haré.
-No vuelva demasiado tarde, señorita Wilde.
-No se preocupa, profesor Forrest. Volveré a la hora establecida.
{Narra Jane}
-Es muy muy lejana. Dudo de que seamos de sangre siquiera.
-Entonces, Harry, si no sois primos de sangre, podríais salir juntos, ¿cierto?
-Hm... bueno, podría, sí. Pero me resultaría muy difícil, no tengo otra manera de verla. Técnicamente, sí podría, pero no creo que dé el caso...
Coloqué el último plato húmedo en su sitio y me sequé las manos con un trapo de cocina. Miré sin entusiasmo la pantalla pixelada de la pequeña televisión de la cocina. Al final no lo aguanté más, y apagué el cacharro con brusquedad.
Antes de que pudiera hacer ningún otro movimiento, el timbre de la puerta sonó. Me acerqué a ella con curiosidad, ya que no esperaba ninguna visita.
Probablemente, tendría una pinta horrible: ojos rojos, ojeras de llorar y dormir poco, el pelo recogido en una coleta mal hecha y ropa vieja y de tallas superiores a la mía.
Pero, realmente, me daba igual, abrí la puerta a pesar de aquello.
-Jane. Hola. ¿Puedo pasar? Gracias.
Y entró sin que yo pudiera decirle nada o hacerle nada, ni detenerle ni saludarle. Simplemente, entró.
Me pasé el dorso de la mano por la frente y suspiré.
-¿Qué quieres, Ethan?
En vez de molestarse, me sonrió.
-Qué guapa estás.
En ese mismo momento se me borró por completo de la mente lo que me había advertido Ellen la última noche. Lo miré como si todo esto no estuviera pasando y como si mi mejor amigo me estuviera visitando como cualquier otro día normal.
-Ya. Ha-Ha -reí con sarcasmo. -No estoy para bromas.
-Ya lo sé. Bueno, Jane, cuéntame.
Se sentó en el sofá y se puso cómo, con los brazos sobre el respaldo y con aires de superioridad.
Me crucé de brazos y resoplé.
-¿Contarte el qué?
Rió bajo.
-¿Cómo es eso de tener de primo a uno de los chicos más deseados de Inglaterra?
Me mordí el labio y me revolví nerviosa.
-Ethan, si vas a ser cabezón te pido que...
-Jane -me interrumpió con brusquedad-. Sabes que yo te quiero mucho y que nunca te haría daño. Pero es que me lo has puesto en bandeja -se levantó con suavidad y se acercó a mí con pasos suaves y largos.
Sentía el miedo galopar sobre mis nervios tanto que se me puso la piel de gallina.
Aparté la mirada cuando me cogió la barbilla, deshaciéndome de sus dedos. Sonrió y luego me volvió a agarrar, solo que ahora con mucha más fuerza. Me obligó a mirarle a los ojos.
-¿Eres consciente de que puedo hacer todo lo que quiera contigo?
-Eso es chantaje.
-Llámalo como quieras, pero en el fondo te hago un favor.
-¿Un favor con qué -escupí con rabia, esbozando una mueca de dolor al notar su mano apretar con fuerza mi cadera.
-Piénsalo. Si las estúpidas fans de tu estúpido novio se enteran de que su supuesta prima tiene un novio, se callarán todos los rumores. Sólo será un rumor y sabrán que no es cierto. Es lógico, ¿no?
-No saldría contigo por nada en el mundo.
-Puede. Pero ellas no lo saben. Sólo tienes que fingir.
-Estoy harta de fingir.
Se encogió de hombros.
-Tú misma. Pero tengo algo que quizás te pueda interesar.
Sacó el móvil del bolsillo de su pantalón pitillo. Tocó botones antes de enseñarme la pantalla de su teléfono. Me estremecí. Era de esperar. Harry y yo juntos en un beso. En foto.
-¿Sabes lo qué me cuesta a mí subir esta foto y arruinarte todo el plan?
Rápidamente se me anudó el nudo en la garganta.
-¿De dónde la has sacado?
-¿De verdad de importa? No lo creo. Mucho no te va a ayudar.
Tragué saliva con fuerza y parpadeé seguidamente, intentando aguantar las lágrimas como fuera.
No delante de él.
-Pensaba que éramos amigos. Tú siempre me has apoyado en todo, he confiado en ti siempre. ¿Por qué te empeñas en hacerme daño ahora?
-Me parece fatal lo que estás haciendo, Jane. Estás mintiendo a toda Inglaterra, ¿te parece bonito? Ese tío te corrompe. Tú no eres así.
-He madurado.
-¿Madurado? -resopló riendo-. ¿Piensas que se madura mintiendo? Llámalo como quieras. Sinceramente, a mí me da igual como lo quieras llamar. Tú no eres la Jane que conocí hace dos años.
Aparté la mirada, intentando deshacerme de sus cautivadores ojos, pero él me volvió a sujetar.
-¿Qué quieres? -dije procurando que no se me notaran las inmensas ganas de llorar.
-Si no ha quedado claro, te harás pasar por mi novia hasta que yo lo decida, ¿de acuerdo? -me sonrió con falsedad-. Si no quieres que desvele tu bonito secreto, claro.
Apreté el puño.
-Sal de mi casa.
-Está bien. Ah. Una cosita más. A tu novio ni una sola palabra. Que se entere él solito -volvió a sonreír.
-He dicho que salgas -abrí la puerta con agresividad, una vez libre de sus afiladas garras.
Se detuvo en el umbral de la puerta, mirando la acera opuesta de mi casa.
-Aw. Si tienes fotógrafos esperándote ahí. Ven aquí -se dio la vuelta y me sujetó la cintura con mucha dulzura y ternura y me dio un beso en los labios.
No me eché atrás. No podía echarme atrás. Pero no le respondí el beso.
-Hasta mañana -me sonrió.
Forcé una sonrisa. Se alejó con superioridad y fingiendo que no había visto la maldita cámara.
Al cerrar la puerta, derramé la primera de muchas lágrimas de aquella noche.
Era un gran actor.
{Narra Jess}
Cerré la puerta de mi habitación y me tumbé en la cama mirando al techo con una sonrisa tonta. Me mordí el labio.
Cada día me gustaba más.
Después de varios minutos mirando embobada mi techo blanco, agarré mi móvil y empecé a enredar con él. Releí al menos cinco veces las conversaciones que manteníamos casi todas las noches y tardes. No me cansaba de leerlas.
Tuve una tentación fuerte de contárselo a las chicas de una vez por todas, pero al final me limité a no hacerlo. De todos modos, aún no quería alertar, ni siquiera estaba segura al cien por cien de lo qué sentía exactamente. Y lo último que quería era que Ellen pensara con segundas y que se fuera de la lengua. Pensé con contárselo a Jane, solo que tal vez no fuera el mejor momento. No lo estaba pasando bien.
Suspiré y rodé hasta quedar boca abajo. Cerré los ojos.
Hoy no le había visto, ni ayer, ni anteayer. Pero aún así, las conversaciones que compartíamos las veces que quedamos aún seguían incrustadas en mi mente.
Sonrí al recordar cómo me salpicó con el refresco y corrimos alrededor de casi toda una manzana y acabamos rendidos en un pequeño parque marginado y acogedor.
Y, después, mi mente quedó en blanco.
Tenía que conseguirlo.
49~
Capítulo
49:
{Narra
Jane}
Cerré
la puerta detrás mía con cuidado para no hacer demasiado ruido y
poder subir tranquilamente a mi habitación. Al pasar por el salón,
descubrí a mi hermana tirada en el sofá, así que pasé de largo,
intentando no llamar la atención.
-Tú,
¿a dónde vas?
Puse
los ojos en blanco al pararme para mirarla.
-¿A
mi habitación?
Emma
sonrió de oreja a oreja.
-Tienes
un chupetón como tu mano de grande -dijo señalando mi cuello.
Sentí
cómo mis mejillas ardían al llevarme la mano al cuello. Soltó una
carcajada.
-Era
broma, tonta.
Fruncí
los labios, algo avergonzada.
-Serás
puta -murmuré, y me senté a su lado en el sofá. Rió de nuevo.
-¿Qué
te piensas? ¿Que soy tonta? Me doy cuenta de las cosas -sonrió.
Resoplé,
intentando no sonreír también.
Estuvimos
en silencio durante un rato, mirando sin prestar atención a la
televisión.
-¿Dónde
has estado?
-He
estado un rato corriendo con Lena. Ya sabes, necesitaba hablar.
-¿A
estas horas?
Me
encogí de hombros.
-¿Su
loquero la sigue visitando?
Me
mordí el labio.
Decidí
que Emma no era la mejor persona en la que confiar, así que decidí
no contarle nada al respecto. Asentí.
Otro
silencio.
-Hace
un rato han hablado de ti.
Volteé
mi cabeza hacia ella rápidamente, asustada por lo que me acababa de
facilitar.
-¿En
serio? ¿Dónde?
-En
esa cosa de Xtra Factor. No lo veo nunca, pero estaba buscando una
cosa buena para mirar cuando he visto a ese novio tuyo en la tele. Y
han estado hablando de ti.
Me
mordí el dedo. Realmente ese tema me inquietaba mucho.
-No
han escogido la mejor foto para presentarte. Realmente, han escogido
la peor. Con lo mona que sales en tu foto de twitter...
-¿Decían
algo malo? -dije cortante, interrumpiendo.
Me
daba exactamente igual qué foto hayan publicado.
-Qué
va. No pueden hacer eso. Este.... el Eduardo este... ¿cómo se
llamaba?
-Harry.
-Harry.
Pues ha intentado no hablar mucho, pero lo que ha dicho ha sido muy
cauteloso. Como muy medidas las palabras. No sé si me explico.
-No
lo haces, pero da igual.
-Tampoco
te lo iba a repetir.... Ah, sí. Jane. Ha llamado Ellen, tenía que
hablar contigo de no sé qué cosa. Llámala, ¿vale?
-Lo
haré.
-Canta
muy bien. Él, digo.
-Sí.
Sí lo hace -sonreí casi inconscientemente.
Emma
dejó escapar un berrido.
-Mira
qué cara de boba se te ha puesto. +
Agarré
un cojín y le pegué en el abdomen.
Soltó
una carcajada.
Me
levanté.
-Me
voy. Tú sigue mirando esta mierda, y te irá bien -le guiñé un
ojo.
-¡Adiós,
puta!
-¡Shh!
-Que
no hay nadie en casa, mongola.
Relajé
los hombros y volví a poner los ojos en blanco.
-Venga
pues -hice un gesto con la mano y me di la vuelta, dispuesta a subir
las escaleras.
-Jane
-me interrumpió.
Yo
me asomé y la miré. Descubrí que tenía su mirada clavada en mí,
no como había hecho en toda la noche, que lo único que había hecho
era evitar mi mirada.
-Dime.
-¿Usasteis
protección?
-¿A
qué viene eso ahora? -pregunté ceñuda.
-Escucha,
Jane. Aunque a veces no lo parezca, me preocupo por ti. Después de
todo, eres mi hermana pequeña, y lo último que quiero es verte
arrastrada por las órdenes de un chico, ¿de acuerdo? Ahora,
responde a la pregunta.
Bajé
la mirada, con la sonrisa más tonta que había podido esbozar en
toda la noche. Había conseguido ablandarme.
A
pesar de todo, tal vez, no era tan mala hermana, tal vez no era tan
pasiva como todo el mundo la veía. Y tal vez, no era tan egoísta
como pensaba que en realidad era.
Era
mi hermana, y la quería con toda mi alma.
-Puedes
estar tranquila -sonreí.
Ella
sonrió también.
-Bien.
Espero poder confiar en ese tío. Ya sabes lo que pienso de la gente
famosa -me guiñó un ojo.
Siempre
tan irónica.
{Narra
Lena}
Paredes
blancas, techo bajo, una simple bombilla adornada y vomitivos
sillones verdes, duros como la roca. El sonido del reloj rebotaba en
cada una de las paredes, dándo la ilusión que la sala era gris y
triste. Sin vida. Muerta. Ni siquiera la respiración agitada de mis
padres, sentados al otro lado del sofá para alejarse lo más posible
de mí, ahogaban los constantes tics que emitía el maldito reloj.
Tic.
Tac.
Miraba
al frente, intentando mantener la calma. La paciencia. Intentar
demostrarles que todo eso no tenía ningún sentido. Un desperdicio
de tiempo.
La
pared blanca que se regía en mi frente, con un triste cuadro
diminuto colgando justo en medio, parecía que cambiara de color
cuanto más tiempo la miraba, casi sin parpadear. El blanco chocante,
casi fosforito, empezaba a tintarse poco a poco de un color gris
apagado. Cuando parpadeaba, volvía aquel blanco tan fuerte. Bajé la
mirada y miré mis zapatos, tratando de tranquilizar mi respiración.
Jane
era una de las mejores personas que conocía. Salir a correr con ella
hace unos minutos había sido una de las mejores decisiones que había
tenido. Podías hablar con ella y tener seguridad de que te guardará
la palabra. La apreciaba mucho. Cuando le comenté lo del psiquiatra,
lo único que hizo fue reírse. Reírse con su voz tan bajita y dulce
que tenía. Se rió. La mayoría de las personas se hubieran alejado,
o se hubiera asustado. Pero nunca reído. No era una risa de
burla. Ni de “mierda-qué-hago-ahora”. Era de lo más sincera
siempre. Si algo no le gustaba, lo decía. Si algo le parece
incómodo, lo decía. Y si algo le parecía gracioso, se reía.
Supongo que para ella este tema era cómico. O, de alguna manera,
absurdo. Hizo que yo también me riera aunque no le había encontrado
el doble sentido hasta ahora. Siempre te hacía pensar con doble
sentido.
-Aceptar
y comportarte. Enséñales que no tienen nada por lo qué
preocuparse. Eso les dará que pensar.
Eso
me dijo.
-No
creo que eso ayude. Piensan que estoy loca de verdad. Enferma.
Soltó
un discreto resoplido.
-Están
haciendo una montaña de un grano de arena. No te preocupes. Pronto
pasará.
Fue
una de las mejores conversaciones que tuve con ella. Después de
todo, un psiquiatra no era muy diferente a un psicólogo. Según lo
que Jess me contó acerca de esos oficios, la única diferencia era
que un psiquiatra podía recetarte medicamentos, y meterte interna en
un manicomio. Pero por el resto, nada diferente.
Aunque,
tengo que admitir, que estaba más nerviosa que nunca. Las manos me
sudaban y tenía el dedo meñique más rojo de lo normal, por
mordérmelo tanto. Nunca me había chupado el dedo, o tenido un
chupete. Siempre me había mordido el dedo meñique. De alguna
manera, era tranquilizador.
Pero
entonces no lo era. Dirigí una mirada rápida a mis padres,
arrinconados en el sofá, mirando al frente. Prácticamente, estaban
uno encima de otro. Tal vez fuera yo la que me alejaba de ellos y no
al revés. Mi madre giró la cabeza al sentir mi mirada clavada en
ella. Esbozó una sonrisa tan falsa que apareció tan rápido como
desapareció.
Aparté
la mirada rápidamente.
Cada
día los odiaba más.
No
esperaba más para el día que cumpliera los dieciocho y así poder
irme lejos de ellos. No podía esperar.
Al
levantar la mirada, me encontré con una chica muy joven con su largo
pelo castaño recogido en una coleta alta. Sujetaba un folio con sus
largos dedos morenos. Su sonrisa era radiante, como tratando de
olvidar que esto era un psiquiátrico, y no un parque para niños.
-¿Lena
Werther? -preguntó, dejando a la vista blancos y rectos dientes.
Me
levanté con un suspiro.
Ni
que fuera esto un dentista.
-Soy
yo.
-Encantadísima
de conocerte. Ahora mismo os la traigo y os comento, ¿de acuerdo?
-dijo dirigiéndose a mis padres y sin dejar de sonreír.
Mis
padres asintieron y no me dirigieron ni una sola mirada cuando salí
de la habitación.
Sus
tacones negros resonaban en las baldosas blancas al andar hacia no sé
dónde. Andaba delante mía, con la espalda rectísima y con la
coleta balaceándose de un lado para otro continuamente. Crucé los
brazos sobre el pecho cuando abrió una puerta de madera y me invitó
a entrar.
La
estancia era mucho más cálida de lo que era la sala de espera -si
podía llamarse así-, y que todo el espacio en general. Las paredes
estaban cubiertas por estanterías llenos de pesados libros y de
figuras de todas las formas y colores. Cuadros y carteles colgaban de
la pared de tal forma que casi no se podía ver el color original de
ésta. El suelo estaba cubierto de alfombras de colores vivos de
esquina a esquina impidiendo saber lo qué había bajo éstas. En
medio de la sala, un sofá grande verde oscuro y enfrente otro del
mismo color, y una pequeña mesilla de madera al lado de éste
último.
Casi
me agradaba ese lugar.
Pero
no dejaba de ser una celda para locos.
La
joven me invitó a sentarme en el sofá, mucho más cómodo que el
otro, y ella se sentó enfrente mía. Cruzó las piernas nada más
sentarnos.
Primero
no dijo nada. Mantuvo la mirada fija en mis ojos, mirando dentro de
ellos, como si quisiera inspeccionarme.
Rompió
el silencio diciendo:
-Tienes
un nombre muy bonito.
Bajé
la mirada, incómoda.
Fue
la primera vez que me dijeron eso.
-Yo
voy a ser tu doctora de aquí en adelante y tendremos las sesiones
que yo crea necesarias. Soy Amanda Sheifield. Llámame como quieras
-sonrió una vez más-. Hoy no hablaremos mucho al ser la primera
sesión. ¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis.
Cumplo diecisiete en enero.
Garabateó
algo con rapidez sobre el papel.
-Eres
muy joven -sonrió.
Por
muy bonita que fuera su sonrisa, la empezaba a odiar.
-Tú
lo eres más para ser psiquiatra.
-Acabé
la carrera hace pocos años, sí.
Amanda
se incorporó y se dejó apoyar en el respaldo del sillón.
-¿Por
qué piensas que estás aquí, Lena? -preguntó deslizando la punta
de su boli por el labio inferior, sin dejar de mirarme a los ojos.
Aparté
la mirada y me encogí de hombros.
-No
lo sé. No me pasa nada. Todo el mundo piensa que estoy loca. Hasta
mis propios padres. Nadie sabe lo que tengo. Mi psicólogo me tenía
miedo.
Esbozó
una ligera sonrisa.
-El
señor Paxton me ha hablado de ti. Y tranquila, no eres el peor caso
que tratamos aquí.
Lo
dijo con todo tranquilizador, pero yo me revolví en mi sillón,
incómoda bajo su atenta mirada. Me volví a encoger de hombros.
En
la corta charla que tuvimos no me apartó los ojos de encima, como si
tuviera miedo a que saliera corriendo en cualquier momento. Y deseaba
hacerlo. Ella me preguntaba cosas irrelevantes y muy concretas, como
si mi periodo era regular, con qué frecuencia comía, las horas que
dormía, y si me había autolesionado alguna vez.
Durante
toda mi estancia ahí, pensaba en que esa chica sólo estaba haciendo
su trabajo. Intentaba ayudarme. Sólo deseaba que ella supiera cómo
callar las voces que eran cada vez más abundantes. Nunca lo había
deseado más que en ese momento.
Aún
así, la consulta se me hizo eterna.
-Acompáñenme,
por favor -dijo con ese matiz de seguridad en su voz, y con sus ojos
achinados al sonreír como sonreía.
Entré
en la sala blanca con los brazos colgando. La sala estaba vacía,
exceptuando a un niño pequeño, que estaba sentado enfrente mía y
con la mirada perdida. Acariciaba un oso de peluche sobre su regazo,
pero no parecía estar atento a sus movimientos.
Pasé
de largo y reemplacé el asiento que mis padres habían abandonado, y
bajé la mirada a mi regazo, sin saber qué hacer y esperando a que
todo aquella terminara pronto y poder volver a casa.
Sentí
los ojos vacíos del niño clavados en mi como dos estacas.
Lo
miré y fruncí el ceño.
-¿Puedo
ayudarte? -le pregunté.
Él
siguió mirándome mientras acariciaba su peluche.
No
me respondió.
-Eh
Nada.
Ni siquiera abría la boca, y su pecho estaba completamente quieto,
ni parpadeaba. Sólo deslizaba sus dedos sobre el pelaje suave de su
peluche. Sus ojos eran verdes como la hierba, pero no parecían
albergar nada. Estaban vacíos.
-¿Te
pasa algo? -pregunté tierna. Me preocupaba.
Apartó
la mirada con tal brusquedad que pegué un brinco en mi asiento.
Por
muy curioso que fuera, parecía que estaba sacado de una foto de
época. Piel pálida, pantalones cortos, camisa y chaleco a cuadros.
Pero
no sonreía. Sus labios eran una línea muy fina y blanca sobre su
rostro, como si estuviera dibujada con una tiza.
Luego,
me miró con los ojos muy abiertos.
-Está
herido -murmuró, sin apenas separar los labios.
Lo
había escuchado perfectamente, pero aún así, fruncí el ceño y
susurré con la voz rota:
-¿Qué?
Me
estremecí.
La
puerta de la sala se abrió derrepente y di un salto, poniéndome de
pie. Sonreí falsamente, intentando ocultar el miedo que empezaba a
corroer mis venas.
-Vamos,
cielo -decía mi madre mientras aguantaba la puerta-, ¿con quién
hablabas?
Dirigí
mi mirada a mi frente, pero me encontré con una silla completamente
vacía.
-Eh
-volví mi mirada hacia la puerta, mi madre me miraba indiferente y
con una expresión triste -, con nadie mamá-. Tragué saliva y
amplié la sonrisa.
Miraba
por el rabillo del ojo la silla vacía.
{Narra
Ellen}
-¡Como
se te ocurra hacer alguna estupidez, vamos a acabar mal, eh!
Los
pitidos de la línea ocupada ya sonaban al otro lado del teléfono.
Solté
un gruñido y casi tiré el móvil al suelo.
Miré
la pantalla. Jane aún no me había devuelto la llamada, y las cosas
estaban cada vez más feas.
La
había cagado. Realmente, la había cagado.
-¡Mierda!
Rápidamente,
agarré mi abrigo y salí de casa apresurada.
Afuera
hacía un frío helador. El cielo estaba encapotado con espesas nubes
negras, que amenazaban con lluvias. Enterré mi cara en la bufanda de
lana al sentir el frío viento susurrándome en el rostro.
Tenía
que contárselo. Era muy tarde por la noche, pero realmente me daba
igual. Y no había forma de que me cogiera el teléfono.
Caminé
lo más rápido que pude hacia su casa, que por suerte estaba
relativamente cerca.
Llamé
a la puerta efusiva y pocos minutos después, Emma me abrió la
puerta con completa indiferencia.
-¿Está
Jane? -pregunté, entrando a su casa sin pedir permiso.
No
estaba de humor.
-Sí.
Acaba de llegar. Le dije que te llamara.
-Gracias.
Ni
siquiera me quité el abrigo cuando subí las escaleras con la mayor
rapidez. Entré a su habitación sin llamar siquiera. Estaba tumbada
boca abajo en su cama con un libro entre las manos.
-¡Ellen!
-exclamó, sonriendo- Qué sorpresa -apartó el libro y lo dejó
encima de la colcha.
-Ya
-respondí pasiva, deshaciéndome del abrigo y de la bufanda-. ¿Qué
hacías?
-Leer.
-¿Otra
vez?
Puso
los ojos en blanco.
Avancé
y me senté en la cama, a su lado.
-¿A
qué has venido tan tarde? ¿No me has podido llamar?
-Bueno,
tal vez si hubieras cogido tu maldito móvil, no te hubiera molestado
-sonreí sarcástica.
Se
incorporó y se sentó con las piernas cruzadas, sin dejar de mirarme
con el rostro preocupado.
-¿Ocurre
algo?
Aparté la mirada y me morí la uña.
Aparté la mirada y me morí la uña.
-Ethan.
Soltó
un suspiro.
-¿Qué
le pasa?
-A él, nada.
-A él, nada.
-¿Entonces?
Me giré y la miré. Ella mostraba pasividad. Me levanté pesadamente y recorrí la habitación pensativa, tratando de pensar en cómo decírselo sin demasiada agresividad.
Me giré y la miré. Ella mostraba pasividad. Me levanté pesadamente y recorrí la habitación pensativa, tratando de pensar en cómo decírselo sin demasiada agresividad.
-Sabe
lo de tú y Harry.
-Sabe,
¿el qué?
-Ya
sabes. Lo de su prima y toda esa mierda.
Jane
me miró unos segundos en silencio, tratando de descifrar lo qué
significaba eso realmente.
-Pero,
¿qué sabe, exactamente?
-Sabe
que vosotros dos salís juntos. Que él es famoso. Que su estúpido
mentor necesita que ganen. Sabe que todo esto es un montaje.
La
cara de Jane en esos momentos, era todo un poema.
-Bueno,
pero no pasa nada, ¿no? Quiero decir...
-El
caso es que ahora mismo puede hacer cualquier tontería. Y sabes cómo
es Ethan.
Me
volví a sentar en la cama, ésta vez más cerca de ella. Durante un
buen rato no dijimos nada y compartimos un silencio de lo más
cómodo. Estaba pensativa, se le veía en los ojos, que no paraba de
moverlos de un lado para otro.
Tal
vez no fuera nada grave para mí, pero entendía que para ella sí.
Él ahora mismo podía hacer cualquier cosa, o decir cualquier cosa
para mandarlo todo a paseo y hacer que todo el esfuerzo sería en
vano. Y lo veía muy capaz de hacerlo.
-Si
te digo la verdad, Jane, has sido bastante tonta en aceptar eso.
Ella
me miró incrédula, saliendo de su nube y prestándome atención.
-¿Qué
quieres decir?
-Quiero
decir que podrías haber roto con él, y después, cuando todo esto
hubiera pasado, volver a salir. Ahora ya no se puede hacer nada. Ya
ni siquiera puedes tocarle en público o estallas las sospechas.
Ella
negó tímidamente con la cabeza.
-No
lo entiendes, Ellen. Yo no puedo romper con él. Me es imposible
-pronunció la palabra romper como si la fuera a vomitar.
Tardé
un rato en responder cuando dije:
-Pues,
ahora mismo, es lo mejor que puedes hacer.
48~
Capítulo
48:
{Narra
Yina}
Luces
de todos los colores parpadeaban y bailaban sobre las paredes oscuras
y negras del local. La música galopaba y chocaba contra los cuerpos
en movimiento, y atronaban en los tímpanos, que vibraban a causa del
alto volumen que soportaban los altavoces.
Era
difícil hacerse paso entre la multitud que abarrotaba el bar, alguna
que otra bebida aterrizaba en tu vestimenta al pasar por su lado, y
era realmente molesto.
La
comunicación entre nosotras era todavía peor, chillando lo más
alto que podíamos, pero no había forma de que nos entendiéramos.
Tuvimos que recurrir a sacar los móviles.
-¿A
dónde ha ido Leo? -le chillaba a Brooke, que frunció el ceño,
acercándose a mí para escucharme mejor.
-¿Qué?
-Que
a dónde ha ido Leo.
Se
apartó y negó con la cabeza.
-Yo
tampoco veo nada.
Puse
los ojos en blanco y gruñí.
Le
mandé un mensaje diciendo exáctamente eso.
-¡Ah!
-soltó una carcajada- Supongo que estará con alguno por ahí, o si
no habrá ido a por algunas bebidas. Pero no sé.
-¿Qué?
-Supongo
que... ¿Sabes? Déjalo.
Me
encogí de hombros.
-Pues
ok.
-Borde.
-¿Qué?
Alguien
empujó mi espalda, por lo que tuve que avanzar unos cuantos pasos
hacia delante para no caerme al suelo. Brooke volvió a fruncir el
ceño.
-¿Qué
coño...? ¡A ver si tenemos más cuidadito!
El
chico de atrás resopló y volvió la mirada a la chica que estaba
enfrente suya, que me miraba con las cejas alzadas y con mucha
superioridad en su mirada.
Yo
resoplé también y me di la vuelta.
-Mírala,
como te mira.
-Paso
de líos -dije, haciendo un gesto con la mano.
-¡Niñas!
¡Ya estoy aquí! -chillaba Leo, con sus preciosos rizos rojos
resbalándole por la cara- Vamonos, que dicen que están haciendo
revisión de alcohol entre los menores y que vienen hacia aquí.
Agarró
las manos de ambas y nos llevó a la salida. Brooke, antes de
abandonar el local, le lanzó un beso con la mano a la chica junto a
la pared, que abrió la boca indignada.
Brooke
sonrió satisfecha.
-¡Oh!
¡Aire! -chillé nada más salir, abriendo los brazos y dejando que
el frescor de la noche me recorriera el cuerpo.
Sentí
la mano de Brooke hundirse entre mis rizos, que por primera vez me
los había dejado sueltos y sin alisar.
Sonreí
al volverme.
-Tengo
una cosa en el oído, que hace..... piiiiiiiiiiii -decía Leo
mientras gestionaba una mueca de dolor.
Solté
una risita.
-Bueno
-Brooke puso los puños en sus caderas-, ¿a dónde vamos?
Aunque
aún quedaba más de un mes para las Navidades, las luces rojas,
blancas, verdes y azules ya adornaban los balcones de los pisos
particulares y las fachadas de las tiendas, que a esas horas ya
estaban cerradas. Las luces parpadeantes se clavaban en mis ojos y
hacían que el pelo de Brooke brillara más todavía, y le daban un
aspecto azul.
Sonreí.
-¡Eh!
Que a dónde vamos.
Me
encogí de hombros y me volví de nuevo para volver a mirar el gran
copo de nieve azul que colgaba encima nuestra.
Casi
podía escuchar cómo ponía los ojos en blanco.
Leo
se puso a mi lado y miró conmigo el adorno navideño. Brooke suspiró
leve y se sentó en la escalera de un porche de detrás nuestra,
mirando hacia otro lado. Aburrida.
Leo
y yo no quedamos en silencio unos segundos, mirando embobadas a la
parpadeante luz azul, como si no hubiéramos visto jamás una, o como
si fuera un tesoro que acabáramos de desenterrar. Como hipnotizadas.
Leo
rompió el silencio de una tajada:
-Echas
de menos tu casa, ¿eh? -su voz era hogareña y cálida.
Bajé
la mirada y la clavé en mis dedos, que jugaban entre ellos
nerviosos. Asentí en silencio, sintiéndome sorprendida al notar el
nudo en la garganta.
¿Por
qué lo echaba de menos? No tenía razones. Ni una sola.
Todas
las Navidades eran horribles. Aiden sólo se pasaba una vez en todas
las vacaciones y siempre que lo hacía, me invitaba a un helado, y
después íbamos al parque para jugar con la nieve o íbamos a ver
una película al cine. Así de raros éramos; nada de cenas ni
comidas familiares. Era el mejor día de todas las vacaciones. Pero
el resto eran horribles. Mi madre nunca venía, lo único que
encontraba era un pequeño paquetito debajo del árbol todos los 26
de diciembre. Ni siquiera me molestaba en abrirlo. Cada vez que veía
el estúpido paquetito en el mismo sitio de todos los años, lo
tiraba instantáneamente o a la hoguera o por la ventana. Me ponía
de muy mal humor.
Las
tiré todas, menos uno.
Cuando
era más pequeña, y Aiden aún estaba viviendo conmigo, me hizo
mucha ilusión. No sabía lo que estaba ocurriendo. Fue el primer
paquete que recibí y yo tenía sólo 10 años. Y lo único que había
en la cajita era una cadena muy fina de plata. Y junto a ella, estaba
la letra P en mayúscula. Pequeña también.
Y
desde entonces siempre la llevaba.
Acaricié
la letra con el dedo índice.
No
sabía lo qué significaba, ni por qué lo llevaba. Pero nunca había
tenido el valor de quitármelo ni de romperlo contra el suelo.
No
me atrevía.
-Yo
odio la Navidad -la voz segura de Leo me sobresaltó-. Nunca me he
llevado bien con mi familia, y siempre he deseado que me metieran
interna para poder deshacerme de las malditas cenas familiares.
Prefiero cenar con la profesora de latín que con la loca de mi
madre. De verdad.
Giré
la mirada y sonreí con tristeza. Ella me devolvió la sonrisa.
Brooke
se levantó con brusquedad.
-¿Habéis
terminado? Quiero ir a algún lado antes de que suene la estúpida
alarma del móvil.
El
centro nos permitía salir los viernes por la noche, ya que mucha
gente regresaba a sus casas ese fin de semana, o por el mero hecho de
la ausencia de clases al día siguiente. Si la gente volvía a su
casa, debía de comunicarlo con 24 horas de antelación. Pero si te
quedabas en el SW, tenían que estar como muy tarde a las 3 de la
madrugada en sus camas. Todo era cuestión de seguridad.
-Brooke
tiene razón, vamos -me agarró de la mano y me arrastró a lo largo
de la calle.
-¿Y
a dónde se supone que vamos? -pregunté soltando mi mano y
poniéndome a su altura.
-Al
fondo de la calle hay un buen pub en el que ponen música bailable.
No esa cani que ponían en aquel otro.
-Y
como está algo apartadico del resto, la policía no lo suele
registrar. Están demasiado obsesionados con la estúpida seguridad
-se quejó Brooke, pasándose una mano por el pelo y colocándose
bien el sujetador.
Probablemente
fuera la calle más larga por la que había caminado nunca.
Hacía
mucho frío y era por eso por lo que las calles estaban desiertas y
silenciosas; todo el mundo estaba metido en los bares. Los zapatos de
tacón de Leo resonaban en la acera helada, que se oían tanto que
parecía que estaba pisando un parquet recién pulido.
Las
heladas ráfagas de viento se mezclaban con nuestros mechones de
pelo, echándolos hacia atrás y desnudando nuestros hombros y pecho.
El viento era tan frío y directo, que transpasaba nuestras ropas y
se clavaban como cuchillas hirviendo en nuestra piel.
Como
deseaba llegar a ese maldito bar.
-Pero
míralas a las tres. Parecen los Ángeles de Charlie -dijo uha voz
masculina a nuestra espalda.
A
mí, así como tenía el cuerpo, se me heló la sangre.
Me
paré en seco.
Leo,
sin cortarse un pelo, se dio la vuelta con violencia y puso su mejor
cara de prepotencia que tenía. Brooke no fue menos. Yo vacilé algo
más en darme la vuelta, con un asqueroso nudo en el estómago.
-Nathan,
¿por qué nos sigues?
Sentí
mi corazón dar un vuelco al verle, y mis tripas revolverse. No fue
desagradable la sensación.
El
chico bajó la mirada, cerró los ojos y rió entre dientes. Se
acercó a nosotras con pasos lagos y potentes.
-¿Quién
ha dicho que os esté siguiendo? Da la casualidad que vamos al mismo
bar. Punto. Deja de creerte el centro del mundo porque te va a ir
mal, Brooke -y sonrió con falsedad.
Brooke
le miraba con la boca abierta.
Nathan
agarró el pomo de la puerta y la abrió. Una ola cálida de música
martilleando en el pecho arrastró el ambiente al abrir la puerta.
Hizo un gesto con la mano para que pasáramos.
-Señoritas
-murmuró.
-Nathan
-le respondí al pasar por su lado, sin mirarle.
Cerró
la puerta pesada de caucho tras suya con un sordo golpe.
Avancé
entre la multitud, que, como en la mayoría de los locales, estaba
atestado de gente. Solo que en éste, que tan famoso parecía ser,
había muchísima menos gente en comparación con el otro. Por lo
menos había algo de espacio entre cuerpo y cuerpo.
Brooke
y Leo avanzaban con rapidez, y yo traté de seguirles como pude.
Algunas caras familiares se interpusieron en mi camino.
Me
paré en seco al notar dos manos en mis caderas, acercando mi cuerpo
al suyo.
-¿Me
dejas que te invite a algo? -la voz de Nathan se filtraba entre mis
rizos.
Tenía
el corazón en la boca y la piel de gallina.
Tensé
la mandíbula y me di la vuelta con las manos cerradas en puños.
Crucé los brazos sobre el pecho.
-¿Estás
borracho? -dije seca.
La
música estaba alta, pero no tan alta como para tener que chillar
para poder entendernos.
En
vez de sentirse ofendido, dibujó una bonita sonrisa torcida en su
rostro.
-Vamos,
no seas tonta -agarró mi mano y entrelazó sus dedos con los míos,
me guió hasta la barra, que estaba en el fondo del bar.
Solo
esperaba que ellas no notaran demasiado mi ausencia. O, que por lo
menos, no se preocuparan.
Todo
el local estaba a oscuras salvo algunas luces ultravioletas en cada
esquina, y algún que otro foco aleatorio por las paredes. El bar, en
cambio, estaba discretamente iluminado, con luces neón de colores
verdes y rosas que permitían a los camareros ver dónde servían sus
bebidas.
Era
bastante acogedor.
-¿Qué
quieres? -me preguntó, atrayéndome de nuevo hacia él, poniéndome
la mano en la espalda.
-Eh,
una tónica. Por favor.
Alzó
una ceja.
-¿En
serio?
-En
serio.
Se
encogió de hombros y murmuró algo al camarero que aguardaba detrás
del mostrador. Asintió y se marchó.
-¿Por
qué haces esto?
-¿El
qué?
-Esto.
-Me
gusta invitar a la gente que me importa.
Resoplé.
-Ya.
-Vaya,
vaya. Es un placer coincidir con usted, señorita Wilde.
Fruncí
el ceño.
Esa
voz.
Di
media vuelta y ahí estaba él, impecable como siempre, con su fiel
gabardina negra y su camisa blanca asomando por debajo. De sus
caderas caían informales vaqueros desgastados. Impecablemente sin
afeitar y con su pelo color cobre en su peinado natural. Sus ojos
azules y penetrantes me miraban sonrientes.
-Profesor
Forrest... qué sorpresa -noté cómo mis mejillas se encendían, por
lo que bajé la mirada tímida, tras colocar un mechón de pelo tras
la oreja.
-Aléjese
de ella, Forrest -gruñía Nathan a mi lado, con la expresión más
seria que le había visto.
-También
me alegro de evrle, señor Golding -decía con máxima tranquilidad,
mientras le tendía la mano y se incorporaba, quedando a la misma
altura que él.
Él
se la estrechó con demasiada fuerza, pero él no pareció darse
cuenta, y le devolvió el apretón.
Yo
carraspeé, intentando evaporar la tensión que se había instalado
entre ellos.
-No
sabía que saliera por este tipo de bares -espeté, intentando tomar
contacto con sus ojos.
Él,
en cambio, con una sonrisa, bajó la mirada hacia su vaso mientras
daba vueltas con la pajita negra en el líquido transparente.
Agua,
seguramente, no era.
-Me
lo suelen decir.
El
camarero nos interrumpió al poner dos vasos de plástico con un
líquido negro en ellos.
-Aquí
tienes, señor Golding.
-Gracias.
Ya sabe -hizo un gesto con la mano y el camarero asintió.
Nathan
me tendió el vaso.
-Hm...
te he pedido una tónica, no... esta cosa negra-
-Te
va a gustar, confía en mí.
Christian
apartó con gentileza el vaso. Ahora vacío, y me tendió la mano.
-Señorita
Wilde, ¿sería tan amable de acompañarme a la calle? Necesito
hablar con usted de un tema bastante delicado.
Yo
le miré entusiasmada a los ojos, moridéndome el labio y mirando
embobada a su sonrisa.
-Claro
que sí, pero sólo si estoy yo delante -Nathan paso su brazo por mis
hombros.
Le
miré.
-Nathan,
creo que soy mayorcita para hacer mis propias decisiones. No necesito
a nadie que decida por mí, ni que me proteja, gracias. -Volví mi
mirada hacia él y le cogí de la mano- Estaré encantada de
acompañarle.
-Perfecto.
-Yina.
¿estás segura de querer hacerlo? -Nathan volvió a hundir su nariz
en mis rizos, y me susurraba con la voz entrecortada.
-No
va a pasar nada, teatrero.
-Realmente,
lo deseo con toda mi alma.
Puse
mis ojos en blanco y agarré la bebida que me habían servido y
acompañé a Christian a la salida, mientras él entrelazaba sus
dedos con los míos, lo que hizo que me volviera completamente loca.
-Déjeme
que le lleve esto -dijo, mientras cogía le vaso con su mano libre.
Cerró
la puerta detrás suya y dejé una vez más que la frescura de la
noche me envolviera de nuevo.
{Narra
Lena}
-Mierda
-murmuré.
La
sangre corría por mi muñeca e inundaba la palma de mi mano, y se
deslizaba con mi antebrazo, coloreando de rojo mi blanca piel,
creando dibujos alargados y siniestros sobre el lienzo, más pálido
que comunmente. No sabía qué hacer. La herida que me acababa de
abrir yo sola me dolía horrores y no sabía qué hacer para que
dejara de sangrar.
Ni
siquiera sabes cortarte las venas con decencia. Porque ten claro que
muerta, no estás.
Arranqué
un pañuelo de su bolsa y lo presioné fuerte contra la herida,
gestionando una mueca de dolor e intentando no mirar la sangre que
salpicaba mi antebrazo izquierdo.
Después
de varios minutos esperando a que dejara de sangrar, cogí todas mis
pulseras que tenía esparcidas por mi joyero y me las puse todas. No
quería que los demás vieran la gran estupidez que acababa de
cometer.
Traté
de despejar la mente. Aparté las lágrimas que corrían por mis
mejillas ardiendo y soplé, mirando por la ventana e intentando
tranquilizarme. Me vestí con ropa deportiva. Decidí que lo mejor
para despejarme era salir a correr aunque sólo fuera por pocos
minutos. Necesitaba que me diera el aire.
Bajé
las escaleras con el iPod y los auriculares en mano, haciendo ademán
de salir por la puerta, sin tener que cruzarme con mis padres y tener
que darles una explicación. Pero estaban los dos sentados en el
sofá, esperando mi llegada.
A
mi madre se le iluminó la cara al verme tan animada como intentaba
mostrarme.
-Lena,
cielo, ven -daba palmaditas en el sofá, a su lado.
Yo
fruncí el ceño al esperarme otra charla de
“cómo-controlar-a-tu-hija-loca”.
Me
senté donde me había indicado mi madre con cuidado e intentando no
ponerme demasiado nerviosa.
Pero
a mi madre sí se le notaba nerviosa. Inquieta.
-Lena,
espero que sepas que nosotros dos te queremos y que sólo deseamos
ayudarte para que estrés lo mejor posible. Y lo último que queremos
es verte mal. Y por eso queremos comunicarte algo que es bastante
delicado para ti. -dijo mi padre, con su voz siempre segura.
Yo
asentí despacio, totalmente desconcentrada.
-El
señor Paxton nos ha dicho que ya no va a ser necesario que venga más
a visitarte.
-¿Qué?
-prácticamente, chillé de la emoción.
No
ver nunca más a ese señor probablemente eran lo mejor que me haya
ocurrido en todo el mes.
-Escucha,
aún no hemos terminado.
-Nos
ha comentado que -siguió mi padre- todo lo que le has contado acerca
de tu vida privada, hacía mucho que no escuchaba una historia como
la tuya, que ya no trataba pacientes de tu gravedad. Y él,
desgraciadamente, no puede hacer nada más para ayudarte. Él ya ha
visto suficiente para creerlo.
-Espera,
espera. ¿Qué estáis intentando decirme?
-En
vez de ir a ver a un psicólogo, vas a ir a ver a un psiquiatra.
{Narra
Harry}
-Recordad
chicos que estáis aquí para responder preguntas sobre la
competición. Si os preguntan algo personal, a cualquiera de
vosotros, tomároslo con humor y no la respondáis directamente. Los
cotilleos no son nada buenos para estas alturas.
Los
cinco asentimos con energía, atendiendo a cada una de las palabras
que Simon nos recomendaba. Los nervios se podían acariciar sólo con
alzar la mano en el aire.
-Bien.
Suerte chicos. Y sobre todo, mostrad seguridad -con eso último, nos
guiñó un ojo y nos sonrió.
Abandonó
el lugar, después de darme unas suaves palmaditas en el hombro.
Louis
se sentó a mi lado en el sofá de la sala de espera. Chocó su
hombro contra el mío, para llamar la atención.
-Eh,
seguro que todo sale bien.
La
forma en la que Niall se mordía las uñas me ponía nervioso.
-Eso
espero -murmuré, sin mirar a un punto en concreto.
-Además,
no van sólo a por ti. A Liam también lo tienen fichados. Nosotros
intentaremos cubriros como sea -intentó tranquilizarnos Zayn.
-¿A
mí? ¿Por qué?
-Por
lo visto se ha puesto una mata de rizos en tu camino -dijo irónico
Louis.
Liam
puso los ojos en blanco.
-Ya
están pesados con el tema. Entre Danielle y yo no hay nada. Somos
buenos amigos, nada mas.
-Decías
lo mismo de Lena, y estuviste todo un verano dándome la lata con la
chavalilla. Así que esa escusa, no vale.
-Con
Lena fue distinto, no vayamos a comparar.
-Mejor.
Liam
le pegó en el hombro a Zayn, que soltó una pequeña carcajada.
-Les
puedes decir lo que quieras, pero con eso de “sólo somos amigos”
no les vas a convencer -declaró Niall.
Tenía
toda la razón del mundo.
Eso
era lo que tanto odiaba de todo ese mundo de la presa; una vez que
tienen algo en la cabeza, y tienen una foto que lo medio demuestre,
no hay manera de hacerles cambiar de opinión. Por muchas veces que
les repetía algo, fuera verdad o no, siempre difundían la respuesta
que a ellos les interesaba.
Una
chica joven, con el pelo recogido en una coleta y con una carpeta en
la mano, entró en la sala.
-One
Direction, entráis en dos minutos -hizo un gesto con la mano para
que la acompañáramos.
Nos
condujo por pasillos estrechos, que ya conocíamos por visitarlos
todas las semanas tras la actuación de los sábados, y tras los
resultados del domingo.
Nos
detuvimos delante de una puerta de cristal y esperamos a que la chica
nos indicara nuestra entrada.
Liam
me indicó una última sonrisa de complicidad antes de que la puerta
se abriera y los focos de la cabina se centraran en nosotros.
Los
dos presentadores se acercaron a nosotros e intercambiamos dos besos
en las mejillas antes de sentarnos apretujados en el sofá de cuero
blanco.
-Bienvenidos
otra semana al Xtra Factor, One Direction -decía la presentadora,
con su largo pelo castaño recogido de medio lado, mientras sonreía
de esa forma que tan nervioso me ponía.
-Gracias
-respondimos los cinco, sonriendo también e intentando ocultar la
inquietud que compartíamos.
-Bien.
La semana que viene es la final y queremos saber un poco cómo os
habéis visto a lo largo de estas semanas, y sobre todo si so veis
capaces de llegar a la final de la semana que viene.
-Realmente
hemos tenido el tiempo de nuestras vidas -empezó Liam-, creo que
ninguno de nosotros hemos vivido algo parecido; el fenómeno fan es
increíble y todo ese apoyo que nos están dando es muy importante y
nos ha ayudado mucho cuando hemos dudado sobre los resultados..
La
estúpida luz blanca de todas las cámaras que nos enfocaban me
estaban poniendo más nervioso de lo que ya estaba.
Liam
seguía respondiendo a la pregunta que nos hacían prácticamente
todas las semanas; la respuesta ya la conocía más que de sobra.
No
veía el momento en el que todas esas luces se apagaran y que nos
pudiéramos marchar sin que nada sucediera. Pero las posibilidades
eran mínimas. Los mentores de todos hablaban todas las semanas con
los presentadores del programa para que no preguntaran nada demasiado
personal, pero ellos, por muchos “no te preocupes” que decían,
lo seguían haciendo. Siempre hacían alguna preguntilla personal
aunque sólo fuera para bromear.
Siempre.
¿Por qué esta vez iba a ser distinto? Ya bastante polémica había
en la calle como para ignorarlo, tanto de mi parte, como de Liam,
como de Louis.
Suerte
que a Zayn no le habían pillado, o ahora mismo estaría en nuestra
misma situación.
-Louis,
ya lo siento -el presentador escondió sus labios y le puso una mano
en la rodilla, dándole suaves golpecitos-. Son cosas que pasan. Hay
muchas chicas, no te estanques.
Louis
frunció los labios, intentando sonreír.
-No
necesito a una chica -dijo, poniendo su brazo sobre mis hombros-,
tengo a Harry.
Solté
una carcajada.
-Estamos
muy enamorados -concluí yo, sonriendo.
Todos
sonrieron y por unos minutos la tensión se pareció disuadir.
-Harry.
Ésta chica -ésta vez, fue la presentadora invitada la que habló,
señalando una pantalla agarrada a la pared. Se me formó un nudo en
la garganta al ver la foto-, es muy guapa. Jane, ¿no?
Mi
turno.
Bajé
la mirada, intentando sonreír.
-Gracias.
-Se
ve que la belleza viene de familia.
Eso
me hizo gracia.
-Ya,
ya.
-Tiene
gracia, porque no se parece en nada. ¿Es muy lejana?
-Casi
ni de sangre -bromeó Zayn.
Le
di un codazo.
-Le
tengo mucho cariño, es muy especial para mí, así que... es más
como una hermana.
-Incesto
-murmuró Louis tan bajito que sólo nosotros dos lo escuchamos.
Reí
de nuevo, frotándome los ojos.
-Nos
alegramos que tengas una relación tan cercana con una prima
tan lejana -decía la castaña,
mirando sus papeles sobre su regazo.
Prima.
Vaya. Me dejó sin habla.
Volví
a bajar la mirada. Nunca me había sentido tan incómodo.
-Liam,
¿cómo van tus clases de baile?
-Muy
bien, muy bien -repetía mientras el resto soltaba una carcajada.
Muy
buena.
-¿Tampoco
hay nada entre vosotros?
Negó
con la cabeza.
-No,
por desgracia -bromeó.
-Bien,
chicas, ya habéis oído que estos cinco guapos están completamente
libres, así que nunca se sabe. One Direction, ha sido un placer
hablar con vosotros otra noche más. Suerte mañana.
-Gracias,
Caroline -agradeció Liam con una sonrisa.
Caroline.
Nunca me acordaba del nombre.
Nos
levantamos del sofá y, después de los dos besos, abandonamos el
lugar y le dimos paso al siguiente aritsta.
Simon
nos esperaba en su despacho, como cada sábado por la noche.
Me
miraba como la mirada vacía, como si estuviera preocupado. Suspiró,
se incorporó y me volvió a mirar. Luego me dijo la frase que más
podía temer en esos momentos:
-No
ha colado.
47~
Capítulo 47:
{Narra Jane}
Fotos y más fotos de Harry y mías empapaban la mayoría de las páginas de la revista, que Jess había traído hace algunos minutos. Por suerte, ninguna de estas eran demasiado sospechosas.
-¿De dónde la has sacado, dices? -preguntó Harry, tras haberla ojeado.
Yo seguía con la mirada fija en la página, con el ceño fruncido y la boca entreabierta, sin saber cómo reaccionar ante aquello.
-En un quiosco cerca de mi casa. Pasamos por ahí todos los días al ir al instituto. El dependiente nos conoce y todo -respondió Jess, emocionada y con una sonrisa en la cara.
Ellen saltó del sofá dando palmas, contenta también. Me abrazó con fuerza.
-¡Qué guay, Jane! ¡Eres famosa!
Yo simplemente la miré, con el rostro inexpresivo.
Su sonrisa desapareció.
-¿Ocurre algo? -preguntó, mirándome a mí y a Harry, que apartó la mirada. Ellen se mordió el labio.
Jess miró a los chicos, que bajaron las cabezas, sin querer entrometerse en el tema. Todos excepto Louis, que miró a Jess directamente a los ojos. Jess torció la sonrisa, frunciendo el ceño confusa.
Suspiré y me miré los dedos, mucho más nerviosa, incluso, que antes.
-Jane -insistió Ellen, buscando mis ojos con la mirada.
En vez de mirarla, me volví y me acerqué a Harry.
-Esta bien -dije, cerrando los ojos y suspirando, aún sin saber realmente lo que estaba a punto de hacer, le miré a los ojos-. Haré lo que sea -casi susurré.
Su sonrisa fue leve. Asintió.
{Narra Yina}
No sabía lo que estaba haciendo ni por qué, pero yo le seguí el beso que él había comenzado. Y tampoco sabía ni por qué ni como, pero lo estaba disfrutando.
Una vez nuestros labios se separaron, le volví a mirar a esos ojos claros que tan nerviosa me ponía.
-¿Se puede saber qué coño has hecho? -dije subiendo de tono a la vez que hablaba.
-¿Yo? -Nathan, rió- Esperar tu reacción. Ahora lo tengo todo más claro.
Resoplé y le di un empujón en su pecho, obligandole a separarse de mí.
-Eres un idiota.
Dicho esto, abrí la puerta de mi habitación mientras él me dedicaba una última sonrisa y se alejaba satisfecho.
Puse los ojos en blanco y entré en la habitación.
-¿Qué quería? -preguntó Brooke desde su cama, con una sonrisa y un libro entre sus manos.
Cerré la puerta nerviosa.
-Eh, nada. Sin más, ya conoces las estupideces de Nathan. Siempre exagera las cosas -dije después de una pequeña risita nerviosa.
-Ah, vale -y bajó la mirada de nuevo.
Avancé por la habitación hasta llegar al lugar donde había tirado el bolso. Lo recogí del suelo y saqué el folio que había imprimido en la biblioteca.
Me senté en la cama y miré a Brooke, sin saber realmente lo qué hacer con el tema de Christian.
Ella se dio cuenta y volvió su mirada para clavarla en mí.
-¿Pasa algo?
-Brooke, ¿tú cuánto tiempo llevas en SW?
Cerró el libro y lo dejó en la mesilla de noche.
-No mucho más tiempo que tú. Si tú llegaste en agosto, yo llegué en mayo. Así que no conozco este sitio tampoco mucho. ¿Por qué lo preguntas?
-No. Por nada. Simplemente, curiosidad. ¿Y todo lo que pasó con Nathan pasó en tan poco tiempo?
Rió.
-Sí, la verdad. He tenido un verano movidito.
Sonreí, bajando la mirada.
-Si buscas a alguien que sepa del centro es el mismo Nathan. Lleva aquí ya tres años.
-¿Cuántos años tiene?
-Diecinueve, recién cumplidos.
-Parece más joven.
-Ya. O si lo prefieres, también está Saddie, que tiene su misma edad. Es más, creo que llegó el mimo año que Nathan.
-¿Saddie cuál es?
-La pija, Fer es la rubia.
Las dos nos reímos.
-No las distingo.
Rió de nuevo.
-A mí también me costó.
Con Brooke era capaz de abrirme como nunca lo había hecho con nadie. Ella me permiría ser yo misma y reírme tranquilamente, decir tonterías sin que nadie me juzgara por mis ideas. Era como con Ellen. Solo que con ella era distinto. Ellen simplemente apartaba los prejuicios y defectos de manotazo y te trataba como su mejor amiga, aún te había conocido ese mismo día.
Brooke me había dado a conocer la sensación de tener una mejor amiga y realmente de lo agradecía con toda mi alma, ya que nunca antes había experimentado esa sensación de confianza con otra persona.
Ni siquiera con Harry.
Abrió la boca para hablar, pero yo la corté mostrándole los papeles que había imprimido momentos antes, a lo que ella frunció el ceño. Aceptó las hojas y empezó a ojearlas. Le expliqué lo que había pasado con el profesor Forrest, desde el primer día de verano que me encontró en el campus en mitad de la noche, hasta la noche anterior, con ello la advertencia de Nathan.
Mi estómago se estremeció nada más recordar su nombre.
Ella releyó el artículo.
-La verdad es que he oído hablar de él, pero no de este caso. No de una fecha tan lejana. -Subió la mirada y me miró- ¿Y por qué me enseñas a mí esto?
-Puede que suene estúpido, o infantil, o llámalo como quieras. Pero creo que me gusta. Un poco.
-¿Quién? ¿Nathan?
-¡No! Chris.. eh, el profesor Forrest.
-¡¿Qué dices?! ¿Sabes en el lío que te puedes meter?
-Lo sé -me dejé caer y miré el techo. Me froté los ojos.
Brooke se levantó y se sentó a mi lado.
-Pero a ver, ¿gustar en qué sentido? Te hace tilín o simplemente te gusta mirarle. Porque he de admitir que es muy guapo.
-No.. no sé. Sonrío cuando lo veo -sonreí como acto reflejo.
Puso los ojos en blanco, con una pequeña sonrisa.
-Bueno, -cogió las hojas- ya sabes cómo es Nathan, siempre queriendo exagerar las cosas. Tú tranquila, seguro que esto se aclaró -dijo señalando el artículo- y no es más que una pequeña mancha.
-Lo que tengo que hacer es investigar un poco más acerca del tema. Necesito saber cómo termina esto -me levanté de un brinco.
-¿Ahora? -miró su reloj-, es viernes, Leo y yo habíamos pensado que quizás podríamos salir todas a cenar y pasar un buen rato. Olvidarnos un poco de los exámenes, ¿vienes?
~
-Pero bueno, Yina, ¿te has vuelto completamente loca?
-¿Por qué? -protesté- Aquí dice que es inocente.
Saddie resopló mientras daba otra vuelta a la habitación y Fer miraba hacia otro lado nerviosa, queriéndose mantener al margen de la situación.
Abrí la boca para hablar, pero la cerré en seguida, por miedo a su reacción al descubrir esta.
Saddie respiró con fuerza y se sentó a mi lado en la cama, y con la mayor simpatía que ella podía, sonrió y puso una mano en mi rodilla.
-Cielo, sólo te voy a aconsejar una cosa: aléjate de él. Nathan tiene razón.
Ésta vez, fui yo quien resopló.
-Sois todas unas exageradas. Aquí dice claramente “La compañera de habitación de Heather White, la joven hallada muerta en su dormitorio, ha sido declarada culpable del asesinato”. Nada del profesor Forrest -dije golpeando con el reverso de la mano el papel.
-Yi, el asesinato de esa Heather fue sólo la primera muerte de una estudiante en el centro. Y da la casualidad, que Forrest siempre era cercano a las chicas, aunque luego resultara que él no era el culpable.
-Oh, vamos. Si él hubiera tenido algo que ver, ya no trabajaría en este centro, ¿no es así?
-No tienen pruebas suficientes para echarlo -dijo Fer esta vez, sin mirarnos.
Saddie asintió y me alzó las cejas.
-No te encapriches con él como hiciste con Harry, en serio. Y es un consejo de amiga.
Suspiré, mirando al vacío.
-Vale, vale. Está bien. Intentaré alejarme de él.
Saddie sonrió aliviada, y me abrazó cariñosa.
-Menos mal. No quería perderte a ti también.
{Narra Lena}
Dos semanas. Cinco veces a la semana. Dos horas al día.
El señor Paxton, cuyo nombre de pila no merecía la pena recordar, me sonrió una vez más y cerró su pequeño cuaderno de cuero marrón de golpe.
-Bien, Lena, eso ha sido todo por hoy. Ha sido un placer -se levantó de la silla y me tendió la mano. Yo, desganada, se la estreché con una falsa sonrisa.
-Ya -murmuré.
Me sonrió de nuevo y se dirigió a la cocina para hablar con mis padres, como hacía siempre después de cada visita.
El señor Paxton era un señor que rondaba los cincuenta años, pequeño y relleno, con unas gruesas garfas negras adornando su cara. Completamente distinto a mis expectativas de un psicólogo alto y joven.
Tal vez debería de bajar el listón.
Yo seguía sentada en el sofá de mi casa, abrazando mis piernas en silencio y tratando de escuchar la conversación entre mis padres y ese señor, al que cada vez odiaba más.
No sabía por qué todo eso era necesario. No sabía por qué todo el mundo pensaba que estaba loca, y sobre todo no sabía por qué no tenían el valor de decírmelo a la cara. Pensaba que era tirar el dinero, y lo era. Puse los ojos en blanco.
Yo no tenía por qué contarle mi vida a un señor al que no conocía y al que no le interesaba. Me ponía enferma. Saqué el móvil del bolsillo al escuchar un pitido que indicaba un mensaje entrante. Miré la pantalla, pero en ella no aparecía ninguna notificación. Fruncí el ceño. El pitido volvió a sonar. Y otra vez.
¿Por qué suenas, maldito móvil?
-¿Por qué suenas, maldito móvil? -repetí, intentando ahogar la voz como fuese.
El móvil no dejaba de dar pitiditos y de vibrar, con cada vez más intensidad, pero en la pantalla no aparecía nada. Sólo mostraba el fondo de las chicas y yo en el verano pasado, en Cheshire, el primer día.
Me puse muy nerviosa, no sabía cómo reaccionar, ni qué hacer para que parara de una vez.
-¡Cállate! -chillé con fuerza y lancé el móvil contra la pared.
¿Qué hostias te pasa? ¿La locura te estorba?
-¡Yo no estoy loca! -grité de nuevo, levantándome del sofá, apretando los puños.
En seguida mis padres y mi evaluador, como yo lo llamaba, aparecieron en el salón asustados, mirándome con preocupación.
Mi madre tragó con fuerza y se acercó a mí poco a poco, como si yo fuera una bomba a punto de explotar que debía de desconectar, me sonrió lo mejor que pudo y trató de ser amable:
-¿Ocurre algo, cielo?
Mi respiración agitada se tranquilizaba poco a poco, miraba al suelo con los ojos inquietos, son saber a dónde mirar. Me pasé la mano por el pelo y traté de explicarme a mí misma lo que estaba ocurriendo.
Con tranquilidad fingida, levanté la mirada y miré a mi madre con otra sonrisa falsa.
-¿A mí? Nada, ¿qué iba a ocurrirme?
-No sé... acabas de gritar...
-Sí... a veces me pasa... -y sonreí de nuevo.
Ella asintió, tratando de notarse aliviada.
-Ah, entonces todo bien.
El señor Paxton escribía algo con mucha rapidez sobre un papel y se lo entregó a mi padre mientras murmuraba algo apresurado, como si corriera prisa lo que tenía que decirle, y sobre todo hacía todo lo posible para que yo no lo oiría.
Él asintió con energía.
-Que pasen un buen día -sonrió y salió de la casa con su maletín en la mano.
Una vez que hubiera abandonado la casa, mi padre se acercó a donde estaba mi móvil, en el suelo. Lo recogió y me lo tendió.
-Que sea la última vez que lo lances de esa manera, ¿de acuerdo?
Yo asentí sin mirarle a los ojos y cogiendo el teléfono, que aún funcionaba.
~
El timbre de la puerta sonó, otra vez con el volumen excesivamente alto, y bajé corriendo para abrir.
Era de noche y mis padres habían decidido salir de casa para cenar, y, posiblemente, llegarían a las tantas de la noche. Dejándome a mí completamente sola.
-Muy inteligente por su parte. Eso de dejar a su hija sola en casa.
Reí para mis adentros.
Pero me encantaba estar sola. Podía disfrutar de la casa y hacer lo que quisiera. Hasta podía hincharme a chocolate viendo cualquier basura americana en la tele sin que me digan a qué hora debía acostarme. Y como era viernes, lo aprovecharía al máximo.
Y lo mejor de todo es que todo volvía a la normalidad. Era extraño, pero me sentía bien de nuevo, no tan bien como feliz, pero sí viva. Como si la presencia de mis padres hacía que me sienta mal o inútil.
Como si ellos fueran los culpables de lo que me estaba ocurriendo.
Algo más animada que otras veces, abrí la puerta. Se me desencajó la mandíbula al ver lo que estaba viendo.
Sonrió.
-Hola -dijo, con esa media sonrisa que me volvía loca.
-¡Byron! -chillé y me lancé a su cuello, besándole como nunca hice.
Y él siguió mi beso, algo que me extrañó mucho. Notaba su sonrisa a través de mis labios.
Cerró la puerta tras él.
-¿Qué haces aquí? -casi susurré, sin aliento.
Él rió bajito, volviéndome a besar y llevándome al sofá, tras cogerme en brazos. Me senté a su lado.
-En realidad he venido a ver a mi hermana, pero veo que tienes otros planes.
Bajé la mirada, entristecida. Apoyé mi cabeza en su hombro mientras él jugueteaba con mi pelo, ahora ligeramente rizado.
-Odio todo esto.
-Yo también -se encogió de hombros-. Pero no hay nada que nosotros podamos hacer al respecto. Ésta es la realidad y hay que enfrentarla tal y como es.
Me aparté y le miré a los ojos.
-Eres real, ¿verdad?
Él frunció el ceño mientras reía de nuevo.
-¿Qué? ¿Qué te hace pensar que no lo sea?
-No sé -murmuré, volviendo a hundir mi cabeza en su hueco del cuello-. Últimamente no confío mucho en lo que veo o escucho.
-¿Qué quieres decir?
-Eso. Que no todo lo que escucho es real. Es como si me lo imaginara todo. Oigo voces que en realidad no están y veo cosas que no existen.
-Qué guay -dijo al respecto.
-¿Guay? ¿No piensas que estoy loca? -me separé de nuevo y ésta vez miré en sus ojos más profundamente.
-¿Loca? -rió- Por supuesto que estas loca. Eres vivaz y energética. Te ríes por todo y puedes llegar a decir las mayores tonterías que te ocurran. Y eso es precisamente lo que me encanta de ti.
Torcí los labios.
-Últimamente no soy así. Últimamente es como si todo fuera gris. O negro algunos días. Estoy apagada.
-Pues no lo estés. Vive la vida como tú sabes y hazle sonreír al mundo con esa preciosa sonrisa tuya. Que se derritan todos. Sólo es una mala racha que estás pasando. Se te pasará. -Besó mi cabeza.
-Odio no poder tenerte.
-A veces me gustaría darle una patada a todo. Hacer todo lo que la ley nos prohíbe. Perseguir mi sueño hasta atraparlo con la palma de la mano. Y, sobre todo, mandar a la mierda a la sociedad, sólo para poder tenerte.
Yo sonreí levemente y bajé la mirada.
Y de pronto un enorme foco de luz nos apuntó a los dos. Cerré los ojos con fuerza al notar la fuerte luz que me envestía. Intenté refugiarme con los brazos, pero no podía. Era demasiado potente. Cuando quise darme cuenta, Byron había desaparecido de mi lado, como si nunca hubiera estado allí.
-Vamos, L, despierta. Ya son las doce, vas a fastidiar todo tu sábado -mi madre hablaba rápida y con energía, subiendo la persiana de mi habitación.
Froté mis ojos con los puños cerrados, y hundí mi cara en la almohada, con un gemido.
Me di cuenta al instante de escuchar la voz de mi madre. Todo era ficticio.
Mi madre me sonrió y se apartó de la ventana, dejando que los débiles rayos de luz invernal bañaran la habitación.
-Venga. Arriba -y salió de ella.
Oculté mi cara con las manos y deseé con todas mis fuerzas desaparecer. Evaporarme. Salir corriendo de allí y no volver nunca.
Me di cuenta de que todo lo que acababa de suceder era un sueño.
Un puto sueño.
Byron nunca iba a volver. Nunca iba a volver poder abrazarle, ni besarle. No volvería a verle nunca más.
Intenté con fuerza que las lágrimas no resbalaran de nuevo por mis mejillas, aunque no pude pararlo. Ya era demasiado tarde para retenerlas.
Aparté de un manotazo las lágrimas que caían y me levanté de la cama con rabia, furiosa. Tenía ganas de gritar, chillar, romperlo todo. Las lágrimas ahora ya estaban descontroladas, rodaban cada vez más y con más intensidad por mis mejillas sonrosadas por la rabieta.
Me acerqué con paso fuerte a mi mesa, y busqué algo con la mirada que ni yo sabía el qué. Necesitaba un punto de mira fijo para que mi mirada pudiera descansar.
Papeles, folios, hojas del instituto, bolígrafos, tijeras, lápices, tirados por mi mesa.
Tijeras.
Vamos, ¿a qué esperas? Acaba ya de una vez con todo
Miré esperanzada hacia la puerta, pero como siempre, no había nadie. Como siempre.
Ésta vez, sí que grité y aguanté las tijeras entre mis manos.
-¡Déjame de una vez en paz! -grité mirando al techo, parpadeando con fuerza para facilitar la caída de las lágrimas.
Abrí las tijeras con manos temblorosas.
Nadie te va a echar de menos. Nadie. No mereces la pena
-¡Déjame! -tensé la mandíbula y sujeté una de las cuchillas de las tijeras contra mi muñeca izquierda- ¡No eres nadie para mandarme! -gruñí, y miré mi muñeca, de la que ya brotaban algunas gotas de sangre, a causa de la fuerza con la que apretaba la cuchilla contra mi piel.
Sabía muy bien que en realidad tenía razón. ¿Quién iba a echarme de menos si no estaba? No servía para nada. Estorbaba en el camino de muchas personas.
No perderían nada.
Cobarde.
Cerré los ojos con fuerza mientras deslizaba la cuchilla por mi pequeña muñeca.
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