51~

Capítulo 51:
{Narra Yina}
Miré mi reloj una vez más. Resoplé y me volví a cruzar de brazos. 12:27. Llegaba tarde.
Diez minutos más y me voy -pensé.
Tenía demasiada curiosidad y me estaba poniendo muy nerviosa. Demasiado, quizás.
Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de que igual jugaba conmigo. Que no le importaba. Que sólo quería ver qué impacto tenía sobre mí. Cómo actuaría ante sus proposiciones.
Resoplé, indignada, de nuevo y miré al frente, con una mano sobre el vientre y con otra agarrando con fuerza mi mochila.
Había conseguido de casualidad escaquearme para ir hasta el campus sin que las chicas me dispararan con preguntas, y estaba segura de que ahora me estarían buscando. Y si esperaba un poco más, probablemente, me encontrarían pronto si se lo proponían.
Me sobresalté cuando sentí una mano cálida sujetando la mía. Me alivié mucho.
Miré atrás y Christian me miraba con una pequeña sonrisa. Hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera, sin decirme nada.
Me abrió la puerta de su coche y lo arrancó.
-Puede que te asustes un poco cuando lleguemos. Pero, por favor, confía en mí. Lo hago porque creo que te gustará. Si quieres que te traiga de vuelta, me lo dices, y lo hago, ¿de acuerdo?
~

-Síganme, por favor. Alejaos de las paredes. No queremos problemas.
De vez en cuando miraba de reojo a Christian a mi lado, que miraba al frente con mucha serenidad y valentía. Yo no podía hacer lo mismo. Estaba muy agradecida de que los guardias de seguridad nos acompañaran, en realidad. Parte de mí deseaba agarrar su brazo para dejar de temblar como lo hacía, pero no me sentiría del todo cómoda.
No me gustaba ese sitio ni un sólo poco. No había ventanas en ninguna de las salas que había en el edificio, la mayoría de las luces blancas parpadeaban, si no estaban apagadas del todo, y las paredes, blancas también, no parecían muy estables sobre sus cimientos.
Nos habían revisado como tres veces, por si llevábamos armas o lo que fuese. Y odiaba que lo hicieran.
-Relájate. No te vas a pasar nada -me susurró.
Lo único que consiguió fue que me pusiera más nerviosa todavía.
Llegamos a una sala con una fila de mesas paralelas a las paredes con una vitrina que las atravesaba. No era como lo imaginaba. Para nada. Parecía mucho más traquilo.
Sabía qué estábamos haciendo ahí, y aún no me podía creer que mi madre me habçia contado la verdad desde el principio.
De repente Christian se detuvo en mi frente, y me sujetó los hombros.
-Yina. No tienes por qué hacerlo. Me acabo de dar cuenta de que no puedo obligarte a hacer nada. Es tu decisión.
-Lo que más miedo me daba era entrar en este lugar. Y ahora que ya estoy dentro.... no creo que me importe hablar con él.
Frunció los labios y asintió.
-Bien. Quédate ahí, ahora vuelvo, ¿vale? Cuando te indiquen, tú les sigues y punto. Yo estaré aquí cuando termines.
Tenía el vientre lleno de subidas y bajadas por los nervios y del miedo. No lo conocía para nada. Iba a hablar con alguien que no conocía. Respiré hondo y asentí.
-Christian -le llamé antes de que se diera la vuelta-. Gracias.
Creo que esa fue una de las primeras veces que le vi sonreír de verdad. No me dijo nada más, y desapareció al dar la vuelta a la esquina.
Me quedé apoyada en la pared sin saber qué hacer, por lo que me quedé mirando a las parejas que hablaban juntos a través de los cristales. No era como en las películas. La sala era amplia y era la única en la que había visto una ventana, aunque no fuera demasiado grande. Las luces parecían estar en orden, todas funcionaban perfectamente. En medio del gran cristal que separaba la sala había un hueco para permitir la comunicación entre las personas.
No me agradaba la sala, pero tampoco la odiaba como el resto.
Un gran guardia de seguridad con el pelo cortado a cepillo y con la cara de lo más simpática, se acercó a mí.
-¿Señorita Wilde?
-Sí, soy yo -respondí.
Sonrió nada más decirlo.
-Sígame, por favor.
Abandonamos la sala y volvimos a recorrer el oscuro pasillo. No entendía nada. Me llevó a un especie de espacio abierto con puertas numeradas colocadas ordenadamente en la pared. Me estaba asustando mucho.
-No se asuste -dijo, como si me hubiera leído el pensamiento-, éstas no son las celdas. Son las habitaciones de los presos que están en procesión de salida.
Asentí sin mirarle.
-Es la 309. Aquí le dejo. Si tiene algún problema, sólo grita. Estaré aquí.
Y eso no me tranquilizó para nada, es más, me puso más nerviosa todavía.
Asentí de todas formas.
El guardia abrió la puerta y entré agarrando bien mi mochila y avancé por la habitación. No era como me lo esperaba. Una ventana grande ocupaba gran parte de la pared de enfrente, y estaba abierta de par en par. La cama era pequeña y era lo único que había en la estancia. El suelo estaba embaldosado. La sala era pequeña, pero no encajaba en ningún sentido con la idea que yo tenía de una celda.
-Yina -escuché mi nombre por detrás en un murmuro.
Me di la vuelta y sonreí.
-Hola, papá.


{Narra Jane}
Probablemente esa fue la peor noche que habré pasado en toda mi vida. Y lo peor es que no tenía ningún sueño. Ya no sentía nada. No podía dormir esa noche por miedo a que lo descubriera, a que se enfadara demasiado. Y tenía que contarselo cuanto antes.
Ese día la mochila me pesaba más de lo normal y todo estaba excesivamente alto. Hasta el suave tintineo de las agujas del reloj las relacionaba con los peores bombardeos. No lo podía soportar.
-Este tío es tonto.
Esas fueron las palabras exactas que me dijo Ellen. Jess se quedó atónita, pero no dijo nada, sólo murmuró “si no puedes decir nada bueno, simplemente, no digas nada”. Y a Lena la veía cada vez menos. Hasta se había vuelto a cambiar de instituto. La comprendía perfectamente. Yo también lo hubiera hecho. Y estaba a punto de hacerlo, solo que no me ayudaría demasiado.
Y aún así, no me desharía de Ethan con tanta facilidad.
Durante todo el día había estado intentando evitarle a toda costa, pero sabía que era arriesgar demasiado.
-Yo hablo con él y le pongo en su sitio -Ellen me sonrió-. No te preocupes.
Justo había sonado el timbre cuando me lo dijo.
-Y, Jane, ni caso. Yo iría de cabeza a contárselo a Harry. Mejor que se entere por ti que por cualquier otra persona. De verdad.
-Ya lo tenía planeado.
Salimos por la puerta principal del instututo e hicimos ademán de ir al autobús, pero dos chicas de primer curso se acercaron a nosotras con entusiasmo.
-¡Jane! ¿Podemos hacernos una foto contigo?
Fruncí el ceño y miré a Ellen. Ella se encogió de hombros.
-Eh...
-Nos has dado un susto del horror. Pensábamos que estabas saliendo con Harry -dijo la primera chica, haciendo gestos con la mano y con una amplia sonrisa.
-Sí, nosotras ya te estábamos odiando -la otra chica se rió -. Gracias que al final era mentira, que si no... estarías muerta. Todo twitter iba a por ti.
-Sí, maja. Tenías que ver eso. Eso era un mar de...
Las dos hablaban demasiado rápido y no sabía a quién mirar cuando hablaban. Y me sentía bastante bastante desconcentrada. No las conocía de nada, pero ellas me trataba como si fuera su mejor amiga.
Y consiguieron arrancarme una sonrisa.
Ellen parecía encantada con ellas.
-Jo, pero qué monas son -dijo.
-Eh. Pues normalmente no me hago fotos con las fans.... pero sólo porque sois de mi colegio, ¿eh? -sonreí.
Las chicas sonrieron y casi saltaron de la emoción.
Vaya. Me dejaron sin habla.
Después de la foto, una de ellas me dijo:
-Eres muy guapa, eh. Te pareces a él.
A Ellen casi le da un ataque. Yo tuve que contenerme para no ponerme a reír como una loca. De verdad. Esas chicas me alegraron el día.
-Ehh.... gracias.
Nunca nadie me lo había dicho tan en serio, así que dudé mucho si me lo había dicho en serio, o era sarcasmo.
Las dos chicas, cuyo nombre ni siquiera mencionaron, se despidieron cálidamente y Ellen y yo anduvimos hasta la parada del autobús.
-Entonces, ¿vas a ir?
-Creo que no tengo alternativa.
-¿Quieres que te acompañe?
-Por favor.


~


-Habían dos chicas monísimas en mi instituto que eran fans tuyas. Aw y me pidieron una foto.
-¿Si? Vaya. No te dejan en paz, ¿eh? -sonrió.
Negué con la cabeza y alcé las cejas.
-Venga. Vayamos abajo, nos estarán preocupando.
-Jo -me quejé, y me hice un ovillo en su pecho-. No quiero. Que se aguanten.
Rió bajito. Miró su reloj.
-Van a dar las siete. Tenemos ensayo en un cuarto de hora. Así que arriba.
-Ah. Es verdad, que es famosísimo y tienes una reputación que mantener -me burlé.
Mientras tanto, él ya se había levantado y medio vestido. Se detuvo y levantó una ceja, sonriéndome. Me señaló con el dedo.
-Me acabo de vestir. No me tientes.
Me levanté y me puse la camisa. Reí satisfecha.
-Harry... hm... quiero acordar una cosa contigo.
Sonrió divertido.
-¿El qué?
-Últimamente estamos discutiendo mucho y lo odio demasiado. Vuelvo mal a casa, aunque lo hayamos arreglado.
-Bueno... no te preocupes, es normal, ¿no?
-Sí, sí. Pero no quiero llegar a más. No quiero... enfadarme contigo hasta el máximo. Así que, si uno quiere parar la discusión, dice “pausa” y listo.
-¿Pausa? ¿Y después?
-No sé..... era sólo una idea... Por cierto, tengo que contarte una cosa antes de que haya mal entendidos -me dirigí a la mesa para coger el móvil, pero un dolor tan agudo en el vientre me hizo pararme en seco. Después cesó y un nuevo pinchazo más doloroso todavía me atravesó de nuevo. Tuve que agacharme para amortiguar el dolor. Dejé escapar un grito.
-¿Jane? -en medio segundo, Harry ya estaba a mi lado con una mano sobre mi espalda- ¿Estás bien?
Respiré hondo y traté de levantarme. Me mareé y tuve que sujetarme en Harry para no caerme.
-Eh.. creo que sí.
-¿Segura? -me preguntó, y me llevó a una silla para que me sentara-. Estás pálida -susurró.
-Estoy bien, estoy bien. Sólo me... me he mareado un poco.
-Voy a traerte agua -se fue de la sala.
Intenté tranquilizarme mientras miraba las llamadas. Por suerte, no tenía ninguna llamada perdida. Pero algo me llamó la atención; en la pantalla, había un gran dos en rojo en medio. Tardé bastante en caer en el significado.
Harry entró en la habitación con un vaso de agua, que dejó encima de la mesa. Se arrodilló enfrente mía.
-¿Estás mejor?
-Tengo dos días de retraso. Espero que sólo sean dos...
Justo cuando iba a terminar la frase, un mensaje de texto apareció en mi bandeja de entrada. Fruncí el ceño.
-Qué raro.
-¿Quién es?
-La madre de Lena me ha llamado hace unos minutos....
-¡Chicos! -se oyó la voz de Ellen al otro lado de la puerta, acercándose-. Voy a entrar, me da igual si estáis visibles o no -abrió la puerta.
-Hola -saludé sonriente.
-Lena ha desaparecido. 

50~

{Narra Yina} 
-Escucha, Yina... ¿puedo llamarte así?
Miré al suelo con una sonrisa tonta. 
-Por favor. 
-Bien. Me resultará raro llamarla así, pero me adapto. 
Él andaba de un lado a otro enfrente mía, como si estuviera nervioso, mientras yo estaba apoyada en la pared negra del pub en el que nos encontrábamos hacía unos minutos. En el poco rato en el que estábamos fuera él siempre se mostraba formal y sobre todo muy seguro de sí mismo. Ése era el primer signo de nerviosismo que dejaba ver en toda la noche. 
Me agradaba estar con él, aunque eran mínimas las palabras que nos intercambiamos. Él me miraba la mayoría del tiempo, con ojos penetrantes y tentadores. 
Dejó de dar vueltas y se acercó a mí decidido, ensombreciendo su mirada y sonriéndome pícaro y con levedad. 
-No sé qué habrás leído sobre mí. No me espero nada bueno. No tengo de los pasados más favorecedores. Pero puedo asegurarte de que no llegué a mayores con ninguna de las chicas, si es eso lo que te preocupa -parpadeé perpleja. No por sus palabras, so no por la confianza que me estaba ofreciendo y por la proximidad entre nosotros. Casi podía sentir su aliento sobre mis labios cuando hablaba. 
Bajé la mirada. 
-¿Todas esas chicas? Sólo he leído un caso... no pensé que..
-No fue sólo una. Fueron cuatro. “Maté” supuestamente a cuatro personas. Cuando nunca fue así. 
Mi boca se abrió casi automáticamente. 
Quise dar un paso atrás, pero me tropecé con la pared a mis espaldas. Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que temía que Christian lo pudiera oír.
-¿Cuatro? -susurré como pude. 
-Eran todas de tu misma edad -era la primera vez de la noche que me hablaba de “tú”-. Dieciséis, diecisiete... diecinueve incluso. Durante el curso me fui amigando con ellas como con cualquier alumno. Nunca tuve una relación más allá de la relación profesor-alumno. Nunca. Aunque muchos digan lo contrario. Y, tengo que añadir, que esas chicas, desafortunadamente, no fueron las únicas que murieron en el South West High. No quiero que se asuste de mí. 
-¿Era eso lo que quería decirme?
Odiaba usar la tercera persona, pero, a pesar de todo, seguía siendo un profesor. 
Ladeó la cabeza y me sonrió, como si lo que acababa de decir no lo hubiera mencionado nunca. 
Y, en cierto modo, así me sentí. Le devolví la sonrisa. 
-Más o menos...
Se había alejado un poco, y odiaba que lo hubiera hecho. 
Fruncí el ceño, desconcentrada. 
-Pues sigue... siga -me corregí a mi misma al instante. 
Él, mientras se pasaba una mano por el pelo, soltó una carcajada, haciéndole parecer más joven y sobre todo muy sexy. 
-Me encantas -dijo, esbozando una pequeña sonrisa y mirándome a los ojos con ternura. 
Reí bajo. 
-Lo que te quería decir es que yo puedo hacerte muy feliz. Más de lo que te imaginas. Pero para ello tienes que confiar en mí -su voz sensual bajaba de volumen cada vez, hasta convertirse en un susurro, sin dejar de mirarme a los ojos y acercándose cada vez más. 
-Confío en ti -susurré yo también. 
Nuestros labios apenas se rozaban. 
-Bien -sonrió y se apartó bruscamente. 
Ah. 
Fruncí los labios y aparté la mirada. 
Nunca iba a suceder. Era un profesor, y esto no era una película. Jamás pasaría nada entre nosotros. 
-Mañana a las doce en la farola. No hace falta que vengas si no quieres. 
La farola. Adoraba cómo lo decía. 
-Estaré ahí. 
-Quiero mostrarte algo. 
Sonreí, mientras la curiosidad corrompía mis entrañas y cada una de mis venas. Asentí. 
Me devolvió la sonrisa y me dio un beso muy suave y despacio en la mejilla, acercándose de nuevo y apretando su cuerpo contra el mío. Después, me miró a los ojos y se alejó de nuevo. 
-Debo irme. Métase dentro andes de que su amiguito se preocupe demasiado -vi cómo se quitaba la máscara de persona misteriosa y se volvía a colocar la de profesor de Literatura. 
-Lo haré. 
-No vuelva demasiado tarde, señorita Wilde. 
-No se preocupa, profesor Forrest. Volveré a la hora establecida. 


{Narra Jane}
-Es muy muy lejana. Dudo de que seamos de sangre siquiera. 
-Entonces, Harry, si no sois primos de sangre, podríais salir juntos, ¿cierto?
-Hm... bueno, podría, sí. Pero me resultaría muy difícil, no tengo otra manera de verla. Técnicamente, sí podría, pero no creo que dé el caso...
Coloqué el último plato húmedo en su sitio y me sequé las manos con un trapo de cocina. Miré sin entusiasmo la pantalla pixelada de la pequeña televisión de la cocina. Al final no lo aguanté más, y apagué el cacharro con brusquedad. 
Antes de que pudiera hacer ningún otro movimiento, el timbre de la puerta sonó. Me acerqué a ella con curiosidad, ya que no esperaba ninguna visita. 
Probablemente, tendría una pinta horrible: ojos rojos, ojeras de llorar y dormir poco, el pelo recogido en una coleta mal hecha y ropa vieja y de tallas superiores a la mía. 
Pero, realmente, me daba igual, abrí la puerta a pesar de aquello. 
-Jane. Hola. ¿Puedo pasar? Gracias. 
Y entró sin que yo pudiera decirle nada o hacerle nada, ni detenerle ni saludarle. Simplemente, entró. 
Me pasé el dorso de la mano por la frente y suspiré. 
-¿Qué quieres, Ethan?
En vez de molestarse, me sonrió. 
-Qué guapa estás. 
En ese mismo momento se me borró por completo de la mente lo que me había advertido Ellen la última noche. Lo miré como si todo esto no estuviera pasando y como si mi mejor amigo me estuviera visitando como cualquier otro día normal. 
-Ya. Ha-Ha -reí con sarcasmo. -No estoy para bromas. 
-Ya lo sé. Bueno, Jane, cuéntame. 
Se sentó en el sofá y se puso cómo, con los brazos sobre el respaldo y con aires de superioridad. 
Me crucé de brazos y resoplé. 
-¿Contarte el qué?
Rió bajo. 
-¿Cómo es eso de tener de primo a uno de los chicos más deseados de Inglaterra?
Me mordí el labio y me revolví nerviosa. 
-Ethan, si vas a ser cabezón te pido que...
-Jane -me interrumpió con brusquedad-. Sabes que yo te quiero mucho y que nunca te haría daño. Pero es que me lo has puesto en bandeja -se levantó con suavidad y se acercó a mí con pasos suaves y largos. 
Sentía el miedo galopar sobre mis nervios tanto que se me puso la piel de gallina. 
Aparté la mirada cuando me cogió la barbilla, deshaciéndome de sus dedos. Sonrió y luego me volvió a agarrar, solo que ahora con mucha más fuerza. Me obligó a mirarle a los ojos. 
-¿Eres consciente de que puedo hacer todo lo que quiera contigo?
-Eso es chantaje. 
-Llámalo como quieras, pero en el fondo te hago un favor. 
-¿Un favor con qué -escupí con rabia, esbozando una mueca de dolor al notar su mano apretar con fuerza mi cadera. 
-Piénsalo. Si las estúpidas fans de tu estúpido novio se enteran de que su supuesta prima tiene un novio, se callarán todos los rumores. Sólo será un rumor y sabrán que no es cierto. Es lógico, ¿no?
-No saldría contigo por nada en el mundo. 
-Puede. Pero ellas no lo saben. Sólo tienes que fingir. 
-Estoy harta de fingir. 
Se encogió de hombros. 
-Tú misma. Pero tengo algo que quizás te pueda interesar. 
Sacó el móvil del bolsillo de su pantalón pitillo. Tocó botones antes de enseñarme la pantalla de su teléfono. Me estremecí. Era de esperar. Harry y yo juntos en un beso. En foto. 
-¿Sabes lo qué me cuesta a mí subir esta foto y arruinarte todo el plan?
Rápidamente se me anudó el nudo en la garganta. 
-¿De dónde la has sacado? 
-¿De verdad de importa? No lo creo. Mucho no te va a ayudar. 
Tragué saliva con fuerza y parpadeé seguidamente, intentando aguantar las lágrimas como fuera. 
No delante de él. 
-Pensaba que éramos amigos. Tú siempre me has apoyado en todo, he confiado en ti siempre. ¿Por qué te empeñas en hacerme daño ahora? 
-Me parece fatal lo que estás haciendo, Jane. Estás mintiendo a toda Inglaterra, ¿te parece bonito? Ese tío te corrompe. Tú no eres así. 
-He madurado. 
-¿Madurado? -resopló riendo-. ¿Piensas que se madura mintiendo? Llámalo como quieras. Sinceramente, a mí me da igual como lo quieras llamar. Tú no eres la Jane que conocí hace dos años. 
Aparté la mirada, intentando deshacerme de sus cautivadores ojos, pero él me volvió a sujetar. 
-¿Qué quieres? -dije procurando que no se me notaran las inmensas ganas de llorar.
-Si no ha quedado claro, te harás pasar por mi novia hasta que yo lo decida, ¿de acuerdo? -me sonrió con falsedad-. Si no quieres que desvele tu bonito secreto, claro. 
Apreté el puño. 
-Sal de mi casa. 
-Está bien. Ah. Una cosita más. A tu novio ni una sola palabra. Que se entere él solito -volvió a sonreír. 
-He dicho que salgas -abrí la puerta con agresividad, una vez libre de sus afiladas garras. 
Se detuvo en el umbral de la puerta, mirando la acera opuesta de mi casa. 
-Aw. Si tienes fotógrafos esperándote ahí. Ven aquí -se dio la vuelta y me sujetó la cintura con mucha dulzura y ternura y me dio un beso en los labios. 
No me eché atrás. No podía echarme atrás. Pero no le respondí el beso.
-Hasta mañana -me sonrió. 
Forcé una sonrisa. Se alejó con superioridad y fingiendo que no había visto la maldita cámara. 
Al cerrar la puerta, derramé la primera de muchas lágrimas de aquella noche. 
Era un gran actor. 


{Narra Jess}
Cerré la puerta de mi habitación y me tumbé en la cama mirando al techo con una sonrisa tonta. Me mordí el labio. 
Cada día me gustaba más. 
Después de varios minutos mirando embobada mi techo blanco, agarré mi móvil y empecé a enredar con él. Releí al menos cinco veces las conversaciones que manteníamos casi todas las noches y tardes. No me cansaba de leerlas. 
Tuve una tentación fuerte de contárselo a las chicas de una vez por todas, pero al final me limité a no hacerlo. De todos modos, aún no quería alertar, ni siquiera estaba segura al cien por cien de lo qué sentía exactamente. Y lo último que quería era que Ellen pensara con segundas y que se fuera de la lengua. Pensé con contárselo a Jane, solo que tal vez no fuera el mejor momento. No lo estaba pasando bien. 
Suspiré y rodé hasta quedar boca abajo. Cerré los ojos. 
Hoy no le había visto, ni ayer, ni anteayer. Pero aún así, las conversaciones que compartíamos las veces que quedamos aún seguían incrustadas en mi mente. 
Sonrí al recordar cómo me salpicó con el refresco y corrimos alrededor de casi toda una manzana y acabamos rendidos en un pequeño parque marginado y acogedor. 
Y, después, mi mente quedó en blanco. 
Tenía que conseguirlo. 

49~


Capítulo 49:
{Narra Jane}
Cerré la puerta detrás mía con cuidado para no hacer demasiado ruido y poder subir tranquilamente a mi habitación. Al pasar por el salón, descubrí a mi hermana tirada en el sofá, así que pasé de largo, intentando no llamar la atención.
-Tú, ¿a dónde vas?
Puse los ojos en blanco al pararme para mirarla.
-¿A mi habitación?
Emma sonrió de oreja a oreja.
-Tienes un chupetón como tu mano de grande -dijo señalando mi cuello.
Sentí cómo mis mejillas ardían al llevarme la mano al cuello. Soltó una carcajada.
-Era broma, tonta.
Fruncí los labios, algo avergonzada.
-Serás puta -murmuré, y me senté a su lado en el sofá. Rió de nuevo.
-¿Qué te piensas? ¿Que soy tonta? Me doy cuenta de las cosas -sonrió.
Resoplé, intentando no sonreír también.
Estuvimos en silencio durante un rato, mirando sin prestar atención a la televisión.
-¿Dónde has estado?
-He estado un rato corriendo con Lena. Ya sabes, necesitaba hablar.
-¿A estas horas?
Me encogí de hombros.
-¿Su loquero la sigue visitando?
Me mordí el labio.
Decidí que Emma no era la mejor persona en la que confiar, así que decidí no contarle nada al respecto. Asentí.
Otro silencio.
-Hace un rato han hablado de ti.
Volteé mi cabeza hacia ella rápidamente, asustada por lo que me acababa de facilitar.
-¿En serio? ¿Dónde?
-En esa cosa de Xtra Factor. No lo veo nunca, pero estaba buscando una cosa buena para mirar cuando he visto a ese novio tuyo en la tele. Y han estado hablando de ti.
Me mordí el dedo. Realmente ese tema me inquietaba mucho.
-No han escogido la mejor foto para presentarte. Realmente, han escogido la peor. Con lo mona que sales en tu foto de twitter...
-¿Decían algo malo? -dije cortante, interrumpiendo.
Me daba exactamente igual qué foto hayan publicado.
-Qué va. No pueden hacer eso. Este.... el Eduardo este... ¿cómo se llamaba?
-Harry.
-Harry. Pues ha intentado no hablar mucho, pero lo que ha dicho ha sido muy cauteloso. Como muy medidas las palabras. No sé si me explico.
-No lo haces, pero da igual.
-Tampoco te lo iba a repetir.... Ah, sí. Jane. Ha llamado Ellen, tenía que hablar contigo de no sé qué cosa. Llámala, ¿vale?
-Lo haré.
-Canta muy bien. Él, digo.
-Sí. Sí lo hace -sonreí casi inconscientemente.
Emma dejó escapar un berrido.
-Mira qué cara de boba se te ha puesto. +
Agarré un cojín y le pegué en el abdomen.
Soltó una carcajada.
Me levanté.
-Me voy. Tú sigue mirando esta mierda, y te irá bien -le guiñé un ojo.
-¡Adiós, puta!
-¡Shh!
-Que no hay nadie en casa, mongola.
Relajé los hombros y volví a poner los ojos en blanco.
-Venga pues -hice un gesto con la mano y me di la vuelta, dispuesta a subir las escaleras.
-Jane -me interrumpió.
Yo me asomé y la miré. Descubrí que tenía su mirada clavada en mí, no como había hecho en toda la noche, que lo único que había hecho era evitar mi mirada.
-Dime.
-¿Usasteis protección?
-¿A qué viene eso ahora? -pregunté ceñuda.
-Escucha, Jane. Aunque a veces no lo parezca, me preocupo por ti. Después de todo, eres mi hermana pequeña, y lo último que quiero es verte arrastrada por las órdenes de un chico, ¿de acuerdo? Ahora, responde a la pregunta.
Bajé la mirada, con la sonrisa más tonta que había podido esbozar en toda la noche. Había conseguido ablandarme.
A pesar de todo, tal vez, no era tan mala hermana, tal vez no era tan pasiva como todo el mundo la veía. Y tal vez, no era tan egoísta como pensaba que en realidad era.
Era mi hermana, y la quería con toda mi alma.
-Puedes estar tranquila -sonreí.
Ella sonrió también.
-Bien. Espero poder confiar en ese tío. Ya sabes lo que pienso de la gente famosa -me guiñó un ojo.
Siempre tan irónica.


{Narra Lena}
Paredes blancas, techo bajo, una simple bombilla adornada y vomitivos sillones verdes, duros como la roca. El sonido del reloj rebotaba en cada una de las paredes, dándo la ilusión que la sala era gris y triste. Sin vida. Muerta. Ni siquiera la respiración agitada de mis padres, sentados al otro lado del sofá para alejarse lo más posible de mí, ahogaban los constantes tics que emitía el maldito reloj.
Tic. Tac.
Miraba al frente, intentando mantener la calma. La paciencia. Intentar demostrarles que todo eso no tenía ningún sentido. Un desperdicio de tiempo.
La pared blanca que se regía en mi frente, con un triste cuadro diminuto colgando justo en medio, parecía que cambiara de color cuanto más tiempo la miraba, casi sin parpadear. El blanco chocante, casi fosforito, empezaba a tintarse poco a poco de un color gris apagado. Cuando parpadeaba, volvía aquel blanco tan fuerte. Bajé la mirada y miré mis zapatos, tratando de tranquilizar mi respiración.
Jane era una de las mejores personas que conocía. Salir a correr con ella hace unos minutos había sido una de las mejores decisiones que había tenido. Podías hablar con ella y tener seguridad de que te guardará la palabra. La apreciaba mucho. Cuando le comenté lo del psiquiatra, lo único que hizo fue reírse. Reírse con su voz tan bajita y dulce que tenía. Se rió. La mayoría de las personas se hubieran alejado, o se hubiera asustado. Pero nunca reído. No era una risa de burla. Ni de “mierda-qué-hago-ahora”. Era de lo más sincera siempre. Si algo no le gustaba, lo decía. Si algo le parece incómodo, lo decía. Y si algo le parecía gracioso, se reía. Supongo que para ella este tema era cómico. O, de alguna manera, absurdo. Hizo que yo también me riera aunque no le había encontrado el doble sentido hasta ahora. Siempre te hacía pensar con doble sentido.
-Aceptar y comportarte. Enséñales que no tienen nada por lo qué preocuparse. Eso les dará que pensar.
Eso me dijo.
-No creo que eso ayude. Piensan que estoy loca de verdad. Enferma.
Soltó un discreto resoplido.
-Están haciendo una montaña de un grano de arena. No te preocupes. Pronto pasará.
Fue una de las mejores conversaciones que tuve con ella. Después de todo, un psiquiatra no era muy diferente a un psicólogo. Según lo que Jess me contó acerca de esos oficios, la única diferencia era que un psiquiatra podía recetarte medicamentos, y meterte interna en un manicomio. Pero por el resto, nada diferente.
Aunque, tengo que admitir, que estaba más nerviosa que nunca. Las manos me sudaban y tenía el dedo meñique más rojo de lo normal, por mordérmelo tanto. Nunca me había chupado el dedo, o tenido un chupete. Siempre me había mordido el dedo meñique. De alguna manera, era tranquilizador.
Pero entonces no lo era. Dirigí una mirada rápida a mis padres, arrinconados en el sofá, mirando al frente. Prácticamente, estaban uno encima de otro. Tal vez fuera yo la que me alejaba de ellos y no al revés. Mi madre giró la cabeza al sentir mi mirada clavada en ella. Esbozó una sonrisa tan falsa que apareció tan rápido como desapareció.
Aparté la mirada rápidamente.
Cada día los odiaba más.
No esperaba más para el día que cumpliera los dieciocho y así poder irme lejos de ellos. No podía esperar.
Al levantar la mirada, me encontré con una chica muy joven con su largo pelo castaño recogido en una coleta alta. Sujetaba un folio con sus largos dedos morenos. Su sonrisa era radiante, como tratando de olvidar que esto era un psiquiátrico, y no un parque para niños.
-¿Lena Werther? -preguntó, dejando a la vista blancos y rectos dientes.
Me levanté con un suspiro.
Ni que fuera esto un dentista.
-Soy yo.
-Encantadísima de conocerte. Ahora mismo os la traigo y os comento, ¿de acuerdo? -dijo dirigiéndose a mis padres y sin dejar de sonreír.
Mis padres asintieron y no me dirigieron ni una sola mirada cuando salí de la habitación.
Sus tacones negros resonaban en las baldosas blancas al andar hacia no sé dónde. Andaba delante mía, con la espalda rectísima y con la coleta balaceándose de un lado para otro continuamente. Crucé los brazos sobre el pecho cuando abrió una puerta de madera y me invitó a entrar.
La estancia era mucho más cálida de lo que era la sala de espera -si podía llamarse así-, y que todo el espacio en general. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenos de pesados libros y de figuras de todas las formas y colores. Cuadros y carteles colgaban de la pared de tal forma que casi no se podía ver el color original de ésta. El suelo estaba cubierto de alfombras de colores vivos de esquina a esquina impidiendo saber lo qué había bajo éstas. En medio de la sala, un sofá grande verde oscuro y enfrente otro del mismo color, y una pequeña mesilla de madera al lado de éste último.
Casi me agradaba ese lugar.
Pero no dejaba de ser una celda para locos.
La joven me invitó a sentarme en el sofá, mucho más cómodo que el otro, y ella se sentó enfrente mía. Cruzó las piernas nada más sentarnos.
Primero no dijo nada. Mantuvo la mirada fija en mis ojos, mirando dentro de ellos, como si quisiera inspeccionarme.
Rompió el silencio diciendo:
-Tienes un nombre muy bonito.
Bajé la mirada, incómoda.
Fue la primera vez que me dijeron eso.
-Yo voy a ser tu doctora de aquí en adelante y tendremos las sesiones que yo crea necesarias. Soy Amanda Sheifield. Llámame como quieras -sonrió una vez más-. Hoy no hablaremos mucho al ser la primera sesión. ¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis. Cumplo diecisiete en enero.
Garabateó algo con rapidez sobre el papel.
-Eres muy joven -sonrió.
Por muy bonita que fuera su sonrisa, la empezaba a odiar.
-Tú lo eres más para ser psiquiatra.
-Acabé la carrera hace pocos años, sí.
Amanda se incorporó y se dejó apoyar en el respaldo del sillón.
-¿Por qué piensas que estás aquí, Lena? -preguntó deslizando la punta de su boli por el labio inferior, sin dejar de mirarme a los ojos.
Aparté la mirada y me encogí de hombros.
-No lo sé. No me pasa nada. Todo el mundo piensa que estoy loca. Hasta mis propios padres. Nadie sabe lo que tengo. Mi psicólogo me tenía miedo.
Esbozó una ligera sonrisa.
-El señor Paxton me ha hablado de ti. Y tranquila, no eres el peor caso que tratamos aquí.
Lo dijo con todo tranquilizador, pero yo me revolví en mi sillón, incómoda bajo su atenta mirada. Me volví a encoger de hombros.
En la corta charla que tuvimos no me apartó los ojos de encima, como si tuviera miedo a que saliera corriendo en cualquier momento. Y deseaba hacerlo. Ella me preguntaba cosas irrelevantes y muy concretas, como si mi periodo era regular, con qué frecuencia comía, las horas que dormía, y si me había autolesionado alguna vez.
Durante toda mi estancia ahí, pensaba en que esa chica sólo estaba haciendo su trabajo. Intentaba ayudarme. Sólo deseaba que ella supiera cómo callar las voces que eran cada vez más abundantes. Nunca lo había deseado más que en ese momento.
Aún así, la consulta se me hizo eterna.
-Acompáñenme, por favor -dijo con ese matiz de seguridad en su voz, y con sus ojos achinados al sonreír como sonreía.
Entré en la sala blanca con los brazos colgando. La sala estaba vacía, exceptuando a un niño pequeño, que estaba sentado enfrente mía y con la mirada perdida. Acariciaba un oso de peluche sobre su regazo, pero no parecía estar atento a sus movimientos.
Pasé de largo y reemplacé el asiento que mis padres habían abandonado, y bajé la mirada a mi regazo, sin saber qué hacer y esperando a que todo aquella terminara pronto y poder volver a casa.
Sentí los ojos vacíos del niño clavados en mi como dos estacas.
Lo miré y fruncí el ceño.
-¿Puedo ayudarte? -le pregunté.
Él siguió mirándome mientras acariciaba su peluche.
No me respondió.
-Eh
Nada. Ni siquiera abría la boca, y su pecho estaba completamente quieto, ni parpadeaba. Sólo deslizaba sus dedos sobre el pelaje suave de su peluche. Sus ojos eran verdes como la hierba, pero no parecían albergar nada. Estaban vacíos.
-¿Te pasa algo? -pregunté tierna. Me preocupaba.
Apartó la mirada con tal brusquedad que pegué un brinco en mi asiento.
Por muy curioso que fuera, parecía que estaba sacado de una foto de época. Piel pálida, pantalones cortos, camisa y chaleco a cuadros.
Pero no sonreía. Sus labios eran una línea muy fina y blanca sobre su rostro, como si estuviera dibujada con una tiza.
Luego, me miró con los ojos muy abiertos.
-Está herido -murmuró, sin apenas separar los labios.
Lo había escuchado perfectamente, pero aún así, fruncí el ceño y susurré con la voz rota:
-¿Qué?
Me estremecí.
La puerta de la sala se abrió derrepente y di un salto, poniéndome de pie. Sonreí falsamente, intentando ocultar el miedo que empezaba a corroer mis venas.
-Vamos, cielo -decía mi madre mientras aguantaba la puerta-, ¿con quién hablabas?
Dirigí mi mirada a mi frente, pero me encontré con una silla completamente vacía.
-Eh -volví mi mirada hacia la puerta, mi madre me miraba indiferente y con una expresión triste -, con nadie mamá-. Tragué saliva y amplié la sonrisa.
Miraba por el rabillo del ojo la silla vacía.


{Narra Ellen}
-¡Como se te ocurra hacer alguna estupidez, vamos a acabar mal, eh!
Los pitidos de la línea ocupada ya sonaban al otro lado del teléfono.
Solté un gruñido y casi tiré el móvil al suelo.
Miré la pantalla. Jane aún no me había devuelto la llamada, y las cosas estaban cada vez más feas.
La había cagado. Realmente, la había cagado.
-¡Mierda!
Rápidamente, agarré mi abrigo y salí de casa apresurada.
Afuera hacía un frío helador. El cielo estaba encapotado con espesas nubes negras, que amenazaban con lluvias. Enterré mi cara en la bufanda de lana al sentir el frío viento susurrándome en el rostro.
Tenía que contárselo. Era muy tarde por la noche, pero realmente me daba igual. Y no había forma de que me cogiera el teléfono.
Caminé lo más rápido que pude hacia su casa, que por suerte estaba relativamente cerca.
Llamé a la puerta efusiva y pocos minutos después, Emma me abrió la puerta con completa indiferencia.
-¿Está Jane? -pregunté, entrando a su casa sin pedir permiso.
No estaba de humor.
-Sí. Acaba de llegar. Le dije que te llamara.
-Gracias.
Ni siquiera me quité el abrigo cuando subí las escaleras con la mayor rapidez. Entré a su habitación sin llamar siquiera. Estaba tumbada boca abajo en su cama con un libro entre las manos.
-¡Ellen! -exclamó, sonriendo- Qué sorpresa -apartó el libro y lo dejó encima de la colcha.
-Ya -respondí pasiva, deshaciéndome del abrigo y de la bufanda-. ¿Qué hacías?
-Leer.
-¿Otra vez?
Puso los ojos en blanco.
Avancé y me senté en la cama, a su lado.
-¿A qué has venido tan tarde? ¿No me has podido llamar?
-Bueno, tal vez si hubieras cogido tu maldito móvil, no te hubiera molestado -sonreí sarcástica.
Se incorporó y se sentó con las piernas cruzadas, sin dejar de mirarme con el rostro preocupado.
-¿Ocurre algo?
Aparté la mirada y me morí la uña.
-Ethan.
Soltó un suspiro.
-¿Qué le pasa?
-A él, nada.
-¿Entonces?
Me giré y la miré. Ella mostraba pasividad. Me levanté pesadamente y recorrí la habitación pensativa, tratando de pensar en cómo decírselo sin demasiada agresividad.
-Sabe lo de tú y Harry.
-Sabe, ¿el qué?
-Ya sabes. Lo de su prima y toda esa mierda.
Jane me miró unos segundos en silencio, tratando de descifrar lo qué significaba eso realmente.
-Pero, ¿qué sabe, exactamente?
-Sabe que vosotros dos salís juntos. Que él es famoso. Que su estúpido mentor necesita que ganen. Sabe que todo esto es un montaje.
La cara de Jane en esos momentos, era todo un poema.
-Bueno, pero no pasa nada, ¿no? Quiero decir...
-El caso es que ahora mismo puede hacer cualquier tontería. Y sabes cómo es Ethan.
Me volví a sentar en la cama, ésta vez más cerca de ella. Durante un buen rato no dijimos nada y compartimos un silencio de lo más cómodo. Estaba pensativa, se le veía en los ojos, que no paraba de moverlos de un lado para otro.
Tal vez no fuera nada grave para mí, pero entendía que para ella sí. Él ahora mismo podía hacer cualquier cosa, o decir cualquier cosa para mandarlo todo a paseo y hacer que todo el esfuerzo sería en vano. Y lo veía muy capaz de hacerlo.
-Si te digo la verdad, Jane, has sido bastante tonta en aceptar eso.
Ella me miró incrédula, saliendo de su nube y prestándome atención.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que podrías haber roto con él, y después, cuando todo esto hubiera pasado, volver a salir. Ahora ya no se puede hacer nada. Ya ni siquiera puedes tocarle en público o estallas las sospechas.
Ella negó tímidamente con la cabeza.
-No lo entiendes, Ellen. Yo no puedo romper con él. Me es imposible -pronunció la palabra romper como si la fuera a vomitar.
Tardé un rato en responder cuando dije:
-Pues, ahora mismo, es lo mejor que puedes hacer.

48~


Capítulo 48:
{Narra Yina}
Luces de todos los colores parpadeaban y bailaban sobre las paredes oscuras y negras del local. La música galopaba y chocaba contra los cuerpos en movimiento, y atronaban en los tímpanos, que vibraban a causa del alto volumen que soportaban los altavoces.
Era difícil hacerse paso entre la multitud que abarrotaba el bar, alguna que otra bebida aterrizaba en tu vestimenta al pasar por su lado, y era realmente molesto.
La comunicación entre nosotras era todavía peor, chillando lo más alto que podíamos, pero no había forma de que nos entendiéramos. Tuvimos que recurrir a sacar los móviles.
-¿A dónde ha ido Leo? -le chillaba a Brooke, que frunció el ceño, acercándose a mí para escucharme mejor.
-¿Qué?
-Que a dónde ha ido Leo.
Se apartó y negó con la cabeza.
-Yo tampoco veo nada.
Puse los ojos en blanco y gruñí.
Le mandé un mensaje diciendo exáctamente eso.
-¡Ah! -soltó una carcajada- Supongo que estará con alguno por ahí, o si no habrá ido a por algunas bebidas. Pero no sé.
-¿Qué?
-Supongo que... ¿Sabes? Déjalo.
Me encogí de hombros.
-Pues ok.
-Borde.
-¿Qué?
Alguien empujó mi espalda, por lo que tuve que avanzar unos cuantos pasos hacia delante para no caerme al suelo. Brooke volvió a fruncir el ceño.
-¿Qué coño...? ¡A ver si tenemos más cuidadito!
El chico de atrás resopló y volvió la mirada a la chica que estaba enfrente suya, que me miraba con las cejas alzadas y con mucha superioridad en su mirada.
Yo resoplé también y me di la vuelta.
-Mírala, como te mira.
-Paso de líos -dije, haciendo un gesto con la mano.
-¡Niñas! ¡Ya estoy aquí! -chillaba Leo, con sus preciosos rizos rojos resbalándole por la cara- Vamonos, que dicen que están haciendo revisión de alcohol entre los menores y que vienen hacia aquí.
Agarró las manos de ambas y nos llevó a la salida. Brooke, antes de abandonar el local, le lanzó un beso con la mano a la chica junto a la pared, que abrió la boca indignada.
Brooke sonrió satisfecha.
-¡Oh! ¡Aire! -chillé nada más salir, abriendo los brazos y dejando que el frescor de la noche me recorriera el cuerpo.
Sentí la mano de Brooke hundirse entre mis rizos, que por primera vez me los había dejado sueltos y sin alisar.
Sonreí al volverme.
-Tengo una cosa en el oído, que hace..... piiiiiiiiiiii -decía Leo mientras gestionaba una mueca de dolor.
Solté una risita.
-Bueno -Brooke puso los puños en sus caderas-, ¿a dónde vamos?
Aunque aún quedaba más de un mes para las Navidades, las luces rojas, blancas, verdes y azules ya adornaban los balcones de los pisos particulares y las fachadas de las tiendas, que a esas horas ya estaban cerradas. Las luces parpadeantes se clavaban en mis ojos y hacían que el pelo de Brooke brillara más todavía, y le daban un aspecto azul.
Sonreí.
-¡Eh! Que a dónde vamos.
Me encogí de hombros y me volví de nuevo para volver a mirar el gran copo de nieve azul que colgaba encima nuestra.
Casi podía escuchar cómo ponía los ojos en blanco.
Leo se puso a mi lado y miró conmigo el adorno navideño. Brooke suspiró leve y se sentó en la escalera de un porche de detrás nuestra, mirando hacia otro lado. Aburrida.
Leo y yo no quedamos en silencio unos segundos, mirando embobadas a la parpadeante luz azul, como si no hubiéramos visto jamás una, o como si fuera un tesoro que acabáramos de desenterrar. Como hipnotizadas.
Leo rompió el silencio de una tajada:
-Echas de menos tu casa, ¿eh? -su voz era hogareña y cálida.
Bajé la mirada y la clavé en mis dedos, que jugaban entre ellos nerviosos. Asentí en silencio, sintiéndome sorprendida al notar el nudo en la garganta.
¿Por qué lo echaba de menos? No tenía razones. Ni una sola.
Todas las Navidades eran horribles. Aiden sólo se pasaba una vez en todas las vacaciones y siempre que lo hacía, me invitaba a un helado, y después íbamos al parque para jugar con la nieve o íbamos a ver una película al cine. Así de raros éramos; nada de cenas ni comidas familiares. Era el mejor día de todas las vacaciones. Pero el resto eran horribles. Mi madre nunca venía, lo único que encontraba era un pequeño paquetito debajo del árbol todos los 26 de diciembre. Ni siquiera me molestaba en abrirlo. Cada vez que veía el estúpido paquetito en el mismo sitio de todos los años, lo tiraba instantáneamente o a la hoguera o por la ventana. Me ponía de muy mal humor.
Las tiré todas, menos uno.
Cuando era más pequeña, y Aiden aún estaba viviendo conmigo, me hizo mucha ilusión. No sabía lo que estaba ocurriendo. Fue el primer paquete que recibí y yo tenía sólo 10 años. Y lo único que había en la cajita era una cadena muy fina de plata. Y junto a ella, estaba la letra P en mayúscula. Pequeña también.
Y desde entonces siempre la llevaba.
Acaricié la letra con el dedo índice.
No sabía lo qué significaba, ni por qué lo llevaba. Pero nunca había tenido el valor de quitármelo ni de romperlo contra el suelo.
No me atrevía.
-Yo odio la Navidad -la voz segura de Leo me sobresaltó-. Nunca me he llevado bien con mi familia, y siempre he deseado que me metieran interna para poder deshacerme de las malditas cenas familiares. Prefiero cenar con la profesora de latín que con la loca de mi madre. De verdad.
Giré la mirada y sonreí con tristeza. Ella me devolvió la sonrisa.
Brooke se levantó con brusquedad.
-¿Habéis terminado? Quiero ir a algún lado antes de que suene la estúpida alarma del móvil.
El centro nos permitía salir los viernes por la noche, ya que mucha gente regresaba a sus casas ese fin de semana, o por el mero hecho de la ausencia de clases al día siguiente. Si la gente volvía a su casa, debía de comunicarlo con 24 horas de antelación. Pero si te quedabas en el SW, tenían que estar como muy tarde a las 3 de la madrugada en sus camas. Todo era cuestión de seguridad.
-Brooke tiene razón, vamos -me agarró de la mano y me arrastró a lo largo de la calle.
-¿Y a dónde se supone que vamos? -pregunté soltando mi mano y poniéndome a su altura.
-Al fondo de la calle hay un buen pub en el que ponen música bailable. No esa cani que ponían en aquel otro.
-Y como está algo apartadico del resto, la policía no lo suele registrar. Están demasiado obsesionados con la estúpida seguridad -se quejó Brooke, pasándose una mano por el pelo y colocándose bien el sujetador.
Probablemente fuera la calle más larga por la que había caminado nunca.
Hacía mucho frío y era por eso por lo que las calles estaban desiertas y silenciosas; todo el mundo estaba metido en los bares. Los zapatos de tacón de Leo resonaban en la acera helada, que se oían tanto que parecía que estaba pisando un parquet recién pulido.
Las heladas ráfagas de viento se mezclaban con nuestros mechones de pelo, echándolos hacia atrás y desnudando nuestros hombros y pecho. El viento era tan frío y directo, que transpasaba nuestras ropas y se clavaban como cuchillas hirviendo en nuestra piel.
Como deseaba llegar a ese maldito bar.
-Pero míralas a las tres. Parecen los Ángeles de Charlie -dijo uha voz masculina a nuestra espalda.
A mí, así como tenía el cuerpo, se me heló la sangre.
Me paré en seco.
Leo, sin cortarse un pelo, se dio la vuelta con violencia y puso su mejor cara de prepotencia que tenía. Brooke no fue menos. Yo vacilé algo más en darme la vuelta, con un asqueroso nudo en el estómago.
-Nathan, ¿por qué nos sigues?
Sentí mi corazón dar un vuelco al verle, y mis tripas revolverse. No fue desagradable la sensación.
El chico bajó la mirada, cerró los ojos y rió entre dientes. Se acercó a nosotras con pasos lagos y potentes.
-¿Quién ha dicho que os esté siguiendo? Da la casualidad que vamos al mismo bar. Punto. Deja de creerte el centro del mundo porque te va a ir mal, Brooke -y sonrió con falsedad.
Brooke le miraba con la boca abierta.
Nathan agarró el pomo de la puerta y la abrió. Una ola cálida de música martilleando en el pecho arrastró el ambiente al abrir la puerta. Hizo un gesto con la mano para que pasáramos.
-Señoritas -murmuró.
-Nathan -le respondí al pasar por su lado, sin mirarle.
Cerró la puerta pesada de caucho tras suya con un sordo golpe.
Avancé entre la multitud, que, como en la mayoría de los locales, estaba atestado de gente. Solo que en éste, que tan famoso parecía ser, había muchísima menos gente en comparación con el otro. Por lo menos había algo de espacio entre cuerpo y cuerpo.
Brooke y Leo avanzaban con rapidez, y yo traté de seguirles como pude. Algunas caras familiares se interpusieron en mi camino.
Me paré en seco al notar dos manos en mis caderas, acercando mi cuerpo al suyo.
-¿Me dejas que te invite a algo? -la voz de Nathan se filtraba entre mis rizos.
Tenía el corazón en la boca y la piel de gallina.
Tensé la mandíbula y me di la vuelta con las manos cerradas en puños. Crucé los brazos sobre el pecho.
-¿Estás borracho? -dije seca.
La música estaba alta, pero no tan alta como para tener que chillar para poder entendernos.
En vez de sentirse ofendido, dibujó una bonita sonrisa torcida en su rostro.
-Vamos, no seas tonta -agarró mi mano y entrelazó sus dedos con los míos, me guió hasta la barra, que estaba en el fondo del bar.
Solo esperaba que ellas no notaran demasiado mi ausencia. O, que por lo menos, no se preocuparan.
Todo el local estaba a oscuras salvo algunas luces ultravioletas en cada esquina, y algún que otro foco aleatorio por las paredes. El bar, en cambio, estaba discretamente iluminado, con luces neón de colores verdes y rosas que permitían a los camareros ver dónde servían sus bebidas.
Era bastante acogedor.
-¿Qué quieres? -me preguntó, atrayéndome de nuevo hacia él, poniéndome la mano en la espalda.
-Eh, una tónica. Por favor.
Alzó una ceja.
-¿En serio?
-En serio.
Se encogió de hombros y murmuró algo al camarero que aguardaba detrás del mostrador. Asintió y se marchó.
-¿Por qué haces esto?
-¿El qué?
-Esto.
-Me gusta invitar a la gente que me importa.
Resoplé.
-Ya.
-Vaya, vaya. Es un placer coincidir con usted, señorita Wilde.
Fruncí el ceño.
Esa voz.
Di media vuelta y ahí estaba él, impecable como siempre, con su fiel gabardina negra y su camisa blanca asomando por debajo. De sus caderas caían informales vaqueros desgastados. Impecablemente sin afeitar y con su pelo color cobre en su peinado natural. Sus ojos azules y penetrantes me miraban sonrientes.
-Profesor Forrest... qué sorpresa -noté cómo mis mejillas se encendían, por lo que bajé la mirada tímida, tras colocar un mechón de pelo tras la oreja.
-Aléjese de ella, Forrest -gruñía Nathan a mi lado, con la expresión más seria que le había visto.
-También me alegro de evrle, señor Golding -decía con máxima tranquilidad, mientras le tendía la mano y se incorporaba, quedando a la misma altura que él.
Él se la estrechó con demasiada fuerza, pero él no pareció darse cuenta, y le devolvió el apretón.
Yo carraspeé, intentando evaporar la tensión que se había instalado entre ellos.
-No sabía que saliera por este tipo de bares -espeté, intentando tomar contacto con sus ojos.
Él, en cambio, con una sonrisa, bajó la mirada hacia su vaso mientras daba vueltas con la pajita negra en el líquido transparente.
Agua, seguramente, no era.
-Me lo suelen decir.
El camarero nos interrumpió al poner dos vasos de plástico con un líquido negro en ellos.
-Aquí tienes, señor Golding.
-Gracias. Ya sabe -hizo un gesto con la mano y el camarero asintió.
Nathan me tendió el vaso.
-Hm... te he pedido una tónica, no... esta cosa negra-
-Te va a gustar, confía en mí.
Christian apartó con gentileza el vaso. Ahora vacío, y me tendió la mano.
-Señorita Wilde, ¿sería tan amable de acompañarme a la calle? Necesito hablar con usted de un tema bastante delicado.
Yo le miré entusiasmada a los ojos, moridéndome el labio y mirando embobada a su sonrisa.
-Claro que sí, pero sólo si estoy yo delante -Nathan paso su brazo por mis hombros.
Le miré.
-Nathan, creo que soy mayorcita para hacer mis propias decisiones. No necesito a nadie que decida por mí, ni que me proteja, gracias. -Volví mi mirada hacia él y le cogí de la mano- Estaré encantada de acompañarle.
-Perfecto.
-Yina. ¿estás segura de querer hacerlo? -Nathan volvió a hundir su nariz en mis rizos, y me susurraba con la voz entrecortada.
-No va a pasar nada, teatrero.
-Realmente, lo deseo con toda mi alma.
Puse mis ojos en blanco y agarré la bebida que me habían servido y acompañé a Christian a la salida, mientras él entrelazaba sus dedos con los míos, lo que hizo que me volviera completamente loca.
-Déjeme que le lleve esto -dijo, mientras cogía le vaso con su mano libre.
Cerró la puerta detrás suya y dejé una vez más que la frescura de la noche me envolviera de nuevo.

{Narra Lena}
-Mierda -murmuré.
La sangre corría por mi muñeca e inundaba la palma de mi mano, y se deslizaba con mi antebrazo, coloreando de rojo mi blanca piel, creando dibujos alargados y siniestros sobre el lienzo, más pálido que comunmente. No sabía qué hacer. La herida que me acababa de abrir yo sola me dolía horrores y no sabía qué hacer para que dejara de sangrar.
Ni siquiera sabes cortarte las venas con decencia. Porque ten claro que muerta, no estás.
Arranqué un pañuelo de su bolsa y lo presioné fuerte contra la herida, gestionando una mueca de dolor e intentando no mirar la sangre que salpicaba mi antebrazo izquierdo.
Después de varios minutos esperando a que dejara de sangrar, cogí todas mis pulseras que tenía esparcidas por mi joyero y me las puse todas. No quería que los demás vieran la gran estupidez que acababa de cometer.
Traté de despejar la mente. Aparté las lágrimas que corrían por mis mejillas ardiendo y soplé, mirando por la ventana e intentando tranquilizarme. Me vestí con ropa deportiva. Decidí que lo mejor para despejarme era salir a correr aunque sólo fuera por pocos minutos. Necesitaba que me diera el aire.
Bajé las escaleras con el iPod y los auriculares en mano, haciendo ademán de salir por la puerta, sin tener que cruzarme con mis padres y tener que darles una explicación. Pero estaban los dos sentados en el sofá, esperando mi llegada.
A mi madre se le iluminó la cara al verme tan animada como intentaba mostrarme.
-Lena, cielo, ven -daba palmaditas en el sofá, a su lado.
Yo fruncí el ceño al esperarme otra charla de “cómo-controlar-a-tu-hija-loca”.
Me senté donde me había indicado mi madre con cuidado e intentando no ponerme demasiado nerviosa.
Pero a mi madre sí se le notaba nerviosa. Inquieta.
-Lena, espero que sepas que nosotros dos te queremos y que sólo deseamos ayudarte para que estrés lo mejor posible. Y lo último que queremos es verte mal. Y por eso queremos comunicarte algo que es bastante delicado para ti. -dijo mi padre, con su voz siempre segura.
Yo asentí despacio, totalmente desconcentrada.
-El señor Paxton nos ha dicho que ya no va a ser necesario que venga más a visitarte.
-¿Qué? -prácticamente, chillé de la emoción.
No ver nunca más a ese señor probablemente eran lo mejor que me haya ocurrido en todo el mes.
-Escucha, aún no hemos terminado.
-Nos ha comentado que -siguió mi padre- todo lo que le has contado acerca de tu vida privada, hacía mucho que no escuchaba una historia como la tuya, que ya no trataba pacientes de tu gravedad. Y él, desgraciadamente, no puede hacer nada más para ayudarte. Él ya ha visto suficiente para creerlo.
-Espera, espera. ¿Qué estáis intentando decirme?
-En vez de ir a ver a un psicólogo, vas a ir a ver a un psiquiatra.


{Narra Harry}
-Recordad chicos que estáis aquí para responder preguntas sobre la competición. Si os preguntan algo personal, a cualquiera de vosotros, tomároslo con humor y no la respondáis directamente. Los cotilleos no son nada buenos para estas alturas.
Los cinco asentimos con energía, atendiendo a cada una de las palabras que Simon nos recomendaba. Los nervios se podían acariciar sólo con alzar la mano en el aire.
-Bien. Suerte chicos. Y sobre todo, mostrad seguridad -con eso último, nos guiñó un ojo y nos sonrió.
Abandonó el lugar, después de darme unas suaves palmaditas en el hombro.
Louis se sentó a mi lado en el sofá de la sala de espera. Chocó su hombro contra el mío, para llamar la atención.
-Eh, seguro que todo sale bien.
La forma en la que Niall se mordía las uñas me ponía nervioso.
-Eso espero -murmuré, sin mirar a un punto en concreto.
-Además, no van sólo a por ti. A Liam también lo tienen fichados. Nosotros intentaremos cubriros como sea -intentó tranquilizarnos Zayn.
-¿A mí? ¿Por qué?
-Por lo visto se ha puesto una mata de rizos en tu camino -dijo irónico Louis.
Liam puso los ojos en blanco.
-Ya están pesados con el tema. Entre Danielle y yo no hay nada. Somos buenos amigos, nada mas.
-Decías lo mismo de Lena, y estuviste todo un verano dándome la lata con la chavalilla. Así que esa escusa, no vale.
-Con Lena fue distinto, no vayamos a comparar.
-Mejor.
Liam le pegó en el hombro a Zayn, que soltó una pequeña carcajada.
-Les puedes decir lo que quieras, pero con eso de “sólo somos amigos” no les vas a convencer -declaró Niall.
Tenía toda la razón del mundo.
Eso era lo que tanto odiaba de todo ese mundo de la presa; una vez que tienen algo en la cabeza, y tienen una foto que lo medio demuestre, no hay manera de hacerles cambiar de opinión. Por muchas veces que les repetía algo, fuera verdad o no, siempre difundían la respuesta que a ellos les interesaba.
Una chica joven, con el pelo recogido en una coleta y con una carpeta en la mano, entró en la sala.
-One Direction, entráis en dos minutos -hizo un gesto con la mano para que la acompañáramos.
Nos condujo por pasillos estrechos, que ya conocíamos por visitarlos todas las semanas tras la actuación de los sábados, y tras los resultados del domingo.
Nos detuvimos delante de una puerta de cristal y esperamos a que la chica nos indicara nuestra entrada.
Liam me indicó una última sonrisa de complicidad antes de que la puerta se abriera y los focos de la cabina se centraran en nosotros.
Los dos presentadores se acercaron a nosotros e intercambiamos dos besos en las mejillas antes de sentarnos apretujados en el sofá de cuero blanco.
-Bienvenidos otra semana al Xtra Factor, One Direction -decía la presentadora, con su largo pelo castaño recogido de medio lado, mientras sonreía de esa forma que tan nervioso me ponía.
-Gracias -respondimos los cinco, sonriendo también e intentando ocultar la inquietud que compartíamos.
-Bien. La semana que viene es la final y queremos saber un poco cómo os habéis visto a lo largo de estas semanas, y sobre todo si so veis capaces de llegar a la final de la semana que viene.
-Realmente hemos tenido el tiempo de nuestras vidas -empezó Liam-, creo que ninguno de nosotros hemos vivido algo parecido; el fenómeno fan es increíble y todo ese apoyo que nos están dando es muy importante y nos ha ayudado mucho cuando hemos dudado sobre los resultados..
La estúpida luz blanca de todas las cámaras que nos enfocaban me estaban poniendo más nervioso de lo que ya estaba.
Liam seguía respondiendo a la pregunta que nos hacían prácticamente todas las semanas; la respuesta ya la conocía más que de sobra.
No veía el momento en el que todas esas luces se apagaran y que nos pudiéramos marchar sin que nada sucediera. Pero las posibilidades eran mínimas. Los mentores de todos hablaban todas las semanas con los presentadores del programa para que no preguntaran nada demasiado personal, pero ellos, por muchos “no te preocupes” que decían, lo seguían haciendo. Siempre hacían alguna preguntilla personal aunque sólo fuera para bromear.
Siempre. ¿Por qué esta vez iba a ser distinto? Ya bastante polémica había en la calle como para ignorarlo, tanto de mi parte, como de Liam, como de Louis.
Suerte que a Zayn no le habían pillado, o ahora mismo estaría en nuestra misma situación.
-Louis, ya lo siento -el presentador escondió sus labios y le puso una mano en la rodilla, dándole suaves golpecitos-. Son cosas que pasan. Hay muchas chicas, no te estanques.
Louis frunció los labios, intentando sonreír.
-No necesito a una chica -dijo, poniendo su brazo sobre mis hombros-, tengo a Harry.
Solté una carcajada.
-Estamos muy enamorados -concluí yo, sonriendo.
Todos sonrieron y por unos minutos la tensión se pareció disuadir.
-Harry. Ésta chica -ésta vez, fue la presentadora invitada la que habló, señalando una pantalla agarrada a la pared. Se me formó un nudo en la garganta al ver la foto-, es muy guapa. Jane, ¿no?
Mi turno.
Bajé la mirada, intentando sonreír.
-Gracias.
-Se ve que la belleza viene de familia.
Eso me hizo gracia.
-Ya, ya.
-Tiene gracia, porque no se parece en nada. ¿Es muy lejana?
-Casi ni de sangre -bromeó Zayn.
Le di un codazo.
-Le tengo mucho cariño, es muy especial para mí, así que... es más como una hermana.
-Incesto -murmuró Louis tan bajito que sólo nosotros dos lo escuchamos.
Reí de nuevo, frotándome los ojos.
-Nos alegramos que tengas una relación tan cercana con una prima tan lejana -decía la castaña, mirando sus papeles sobre su regazo.
Prima. Vaya. Me dejó sin habla.
Volví a bajar la mirada. Nunca me había sentido tan incómodo.
-Liam, ¿cómo van tus clases de baile?
-Muy bien, muy bien -repetía mientras el resto soltaba una carcajada.
Muy buena.
-¿Tampoco hay nada entre vosotros?
Negó con la cabeza.
-No, por desgracia -bromeó.
-Bien, chicas, ya habéis oído que estos cinco guapos están completamente libres, así que nunca se sabe. One Direction, ha sido un placer hablar con vosotros otra noche más. Suerte mañana.
-Gracias, Caroline -agradeció Liam con una sonrisa.
Caroline. Nunca me acordaba del nombre.
Nos levantamos del sofá y, después de los dos besos, abandonamos el lugar y le dimos paso al siguiente aritsta.
Simon nos esperaba en su despacho, como cada sábado por la noche.
Me miraba como la mirada vacía, como si estuviera preocupado. Suspiró, se incorporó y me volvió a mirar. Luego me dijo la frase que más podía temer en esos momentos:
-No ha colado.