Tres
La cajera me dedicó una falsa sonrisa y me tendió las bolsas de plástico con un “pase un buen día”. Ni siquiera me limité a devolvérsela. Agarré mi bolso y con dos bolsas colgando de mis manos, salí a la calle, donde la luz grisácea no me dio una bienvenida cálida. Al salir de debajo del porche del pequeño supermercado, unas pequeñas y unas finas gotas me cayeron en la cara, refrescándome más de lo que ya lo estaba. Metí las compras en la bolsa trasera de mi bicicleta. Antes de comenzar a pedalear, tuve que trazarme el camino hasta la casa de mi abuela con la mente, porque realmente, por muy pequeño que fuera el pueblo, era fácil perderse entre las calles pequeñas y enredadas entre sí.
Cuando parecía que mi mente se había aclarado más o menos dónde podría estar la calle, me subí a la bici con la lluvia cayendo con más fuerza sobre mi piel. Por muy raro que suene, tal vez hiciera un frío poco agradable, pero en mi interior, tenía una gran bola de fuego que hacían que las gotas de agua me reconfortaran de una manera extraña. Ni siquiera había bebido tanto como para sentirme de esa manera.
Una sonrisa se me escapó sin querer cuando pensé en la noche anterior. Realmente no terminó de la manera de la que yo pensé que lo haría. ¿Cómo iba a pensar, que el chico de cuyo teléfono apareció por arte de magia en mi bolsillo y que parecía un arrogante con ojos bonitos, podría acabar siendo majo y amable conmigo?
Extrañamente y por alguna razón que no me disgustó, mi mente decidió recordarme una parte de la noche, de la que me acordaba especialmente bien. Fueron los pocos minutos en los que su amiga fue al baño y nos dejó solos por un rato. Ambos estábamos apoyados en la barra, en una de las esquinas de la casa. Había poca luz y sus hoyuelos se marcaban todavía más por las sombras. Justo cuando ella se había marchado, sin pensarlo y algo afectaba por el alcohol que había ingerido, suficiente para no pensar lo que salía de mi boca, se me ocurrió acercarme algo más a él y preguntarle:
—¿Qué es exactamente lo que tenéis ella y tú?
Se rió por lo bajo, mirando su vaso de plástico y acariciando el borde con un dedo.
—Somos amigos.
—¿Que se besan? —pregunté, sin importarme demasiado que fuera demasiado intrusiva, ignorando el hecho de que le acababa de conocer.
Él pareció pasarlo por alto, o directamente ni siquiera le importaba. Se rió de nuevo y me miró a los ojos.
—¿Celosa o qué?
—Gilipollas.
Sí, ese era el tipo de confianza que habíamos cogido en tan sólo dos horas. Tal vez el alcohol nos había ayudado a ambos. Y a mí nadie me escuchó quejarme.
—Yina es amiga mía de toda la vida. Sólo es eso, aunque a veces, en fiestas y así, le da por besarme. Pero para mí solo es una amiga.
—O sea, que la estás usando para no aburrirte.
Quise ponerle entonación de pregunta, pero no me salió. Él frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No, no, para nada. Ella me importa. Es... complicado.
Asentí y decidí no meterme más en su relación. Di el último trago a mi vaso. Mi vista se nubló por un segundo.
Harry me sujetó del brazo con delicadeza de pronto, y sin que yo me diera cuenta, acercó su cuerpo al mío despacio. Me recogió el pelo detrás de la oreja y pegó su perfil al mío antes de que yo pudiera siquiera moverme. De nuevo, pude sentir esa ráfaga de aire frío con el aroma entremezclado que desprendía su cuerpo. Perdí la respiración por unos segundos.
—¿Puedo decirte un secreto? —dijo.
Mi piel se erizó cuando sentí su mano sujetar mi cadera. No sé qué sería, pero no me disgustaba la sensación para nada, aunque me estaba costando a horrores concentrarme.
La imagen de Dan me vino a la mente, pero hice lo posible por borrarla en seguida.
Asentí con la boca seca.
—Cuando te vi en ese autobús tan enfadada y tan mojada, me llamaste muchísimo la atención.
Fruncí el ceño.
—¿Qué estás intentando decirme?
Hizo una pequeña pausa y casi le escuché reír.
—Yo puse mi móvil en tu chaqueta. Quería tener una excusa para volver a verte sin parecer un acosador. Pero luego recordé que tal vez, después de que tú me devolvieses el móvil no te volvería a ver jamás, ya que tú probablemente vivirías en Londres y yo aquí. Además, que fuiste una imbécil…
Le di un pequeño empujón en el pecho para poder mirarlo a la cara y pegarle en el hombro con una carcajada, sin saber muy bien cómo mirarle. Él me respondió también con una carcajada, sabiendo qué había provocado. Este chico está loco, es lo primero que pensé. Aunque, no me disgustaba nada que lo estuviera. Es más, podría hasta gustarme un poco.
—¿Me lo estás diciendo en serio o lo dices para tontear conmigo?
Se rió de nuevo. Se encogió de hombros.
—Así de patético soy.
Sonreí.
No sé por qué hice lo siguiente, pero simplemente me acerqué y le besé en los labios. Él me siguió el beso como si hubiese esperado a que lo hiciese durante toda la noche.
Suspiré.
Vale, definitivamente me había perdido. Se suponía que si giraba a la derecha tendría que haber aparecido en la callejuela estrecha donde vivía mi abuela, pero parecía que había acabado en una calle amplia con casas a ambos lados de la calzada.
Escuché música por el fondo, amortiguada por las paredes de las que podría venir. Se paró y pensé por unos segundos que tal vez podrían ser imaginaciones mías, pero luego volvió a empezar la misma melodía de antes. Parecían guitarras. Miré a mi alrededor y cuando me vi perdida por completo, decidí seguir el rastro de la música para ver a dónde podría traerme.
La verdad era que mis ganas eran mínimas. Lo único que quería hacer era volver a casa y tumbarme en el sofá, ya que tenía demasiado sueño como para estar tanto tiempo fuera. Aunque, ¿qué más podría hacer? Me había perdido.
Con un pequeño gruñido, me volví a convencer que mi mejor alternativa era seguir la música. Tal vez así encontraría a alguien que pudiese redirigirme a la casa de mi abuela, por mucho que eso sonaba absurdo en mi mente.
Con los pies en los pedales y con los nudillos rojos del frío, paseaba mi mirada vacilante entre las diferentes casas que había a ambos lados de la acera, buscando algún garaje abierto o algo parecido donde podría tocar una banda. Paré frustrada cuando la música paró de repente, de nuevo.
Gruñí una vez más y decidí remontar de nuevo mi búsqueda como una persona normal. Estaba claro que cerca de ese barrio no estaba, ya que no me sonaba ni era medio parecido a la callejuela donde vivía mi abuela.
Cuando arranqué la bici una vez más en dirección opuesta a la que iba en un principio, mi teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué sin parar la bicicleta y vi que tenía un mensaje de Dan. Sonreí casi inconscientemente:
12:09 Dan💕💍😍: Ey, princesa
12:09 Dan💕💍😍: Te echo de menos
12:09 Dan💕💍😍: Qué ta estas?
Un consejo valioso: jamás conduzcas (da igual si es un coche, una bicicleta, o un avión) y leas mensajes a la vez.
Escuché un grito, y cuando levanté la mirada, había alguien justo delante mía. Intenté como pude desviar mi trayectoria para no atropellarlo, lo cual conseguí, pero acabé en el suelo mojado, cerca de unos arbustos, en los que hubiera deseado caer en lugar del pavimento duro y húmedo. Gemí de dolor, y de enfado.
Intenté incorporarme, y una mano salida del cielo casi me obligó a sujetarla y a dejar que me ayudase a levantarme. Le miré a la cara desde el suelo.
—¿Estás bien?
¿Quién iba a ser?
Harry. Obviamente.
Cuando tenía planeado gritar a quien quiera que fuese el causante de todo aquello (aunque sabía, muy muy en el fondo, que era culpa mía), todas las palabras que había comenzado a formar en la boca resbalaron por mi garganta al verle la cara. Algo más guapo de lo que recordaba.
Comencé a ponerme nerviosa, y no sabía muy bien el porqué.
Carraspeé y le sujeté de la mano para levantarme de un brinco. Bajé la mirada hacia el suelo y me subí los vaqueros para tratar de disimular lo rojísima que me había puesto. Ni siquiera me había dolido la caída.
—Um, sí. Lo siento.
Se rió por lo bajo y me tendió el teléfono que parecía habérseme caído.
No añadí nada, simplemente acepté el móvil sin atreverme a mirarle demasiado.
—Parece ser alguien importante.
Levanté la mirada y fruncí el ceño.
—¿Quién?
Señaló mi bolsillo, donde había guardado mi móvil.
—La persona con la que hablabas.
Voy a ser sincera, no estaba del todo contenta con habérmelo encontrado. Mi plan era no volver a verlo nunca más, el típico lío de una noche del que te olvidas el nombre después de una semanas. Y verle no me iba a ayudar mucho.
No me malinterpretes, era un chico amable y majo que me había caído bien. Pero el hecho de estar en su presencia me ponía horriblemente nerviosa. Él era el primer chico con el que tenía algo después de Dan o incluso antes de él. El segundo chico que había besado en mi vida, el primer chico con el que tenía nada más que algo pasajero y de una sola vez. No estaba acostumbrada, además que tampoco sabía qué sentir al respecto, siempre con mi maldito ex en un rincón de mi cabeza, imaginándome su cara cuando se enterase de aquello. Toda aquella situación me superaba con creces, y no estaba para nada preparada.
—Sí, bueno... no... no es nadie. Es… mi ex —dije, intentando restarle importancia.
¿Por qué le había contado eso? Buenísima pregunta.
Me miró a los ojos, como si estuviera extrañado por lo que le acababa de decir. Decidí aclararlo.
—Acabamos de romper.
—Estabas sonriendo —dijo, como si intentara justificarlo.
Me encogí de hombros.
—Es complicado.
No dijo nada más, y yo tampoco, y el silencio que se estaba formando parecía bastante incómodo. Ninguno de los dos sabía qué decir.
—Oye, ¿por casualidad no sabrás cuál es la casa de mi abuela?
Dejó escapar una carcajada, pero yo no me reía. No le veía la gracia.
—Esto no es tan pequeño como para que nos conozcamos todos.
Me encogí de hombros una vez más.
—Ya, pero...
—¿Por qué no te quedas un rato hasta que te encuentres? —dijo interrumpiéndome.
Hice una pausa y parpadeé algo incrédula.
No me podía creer lo que acababa de pedirme.
Suspiré mentalmente, y me rasqué la frente.
—Claro, no tengo otra cosa mejor que hacer —dije algo más fría de lo que pretendía.
Mis días en esos tiempos eran bastante bipolares. Cualquier día podía estar completamente feliz, dando saltos por la casa con la música a tope y cantando a todo pulmón, sin ninguna razón en particular. Y otros días, lo único que quería era enterrar la cara en la almohada con los auriculares y la música lo suficientemente alta como para poner en peligro mis tímpanos, con unas ganas de llorar mayores a mis ganas de vivir. También, sin ninguna razón en particular.
Era uno de esos días.
O incluso peor, ahora que había besado a otro chico cuando hacía tan sólo tres semanas que habían roto conmigo. No ayudaba a que mi estado de ánimo mejorase en ningún aspecto.
Era complicado. Todo en mi vida en esos momentos lo era. Él no lo estaba mejorando.
De todas formas, pareció no notarlo, ya que no dejaba de sonreírme. Recogió mi bicicleta del suelo y me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Algo confusa, me puse a su lado y mientras él sujetaba mi bicicleta a su lado, caminamos en silencio un buen rato.
—¿Hasta cuándo te quedas? —preguntó saliendo de la espesa cortina del silencio, que la verdad me incomodaba mucho.
Era sábado, tuve que recordarme a mí misma.
—Mañana a la noche.
—Genial —dijo, como si no tuviera otra cosa mejor que decir.
También era una chica demasiado tímida como para coger confianza rápidamente, y la noche anterior había sido completamente distinta a ese día, a la luz que el sol daba a través de las espesas nubes grises.
La “confianza” que habíamos cogido la noche anterior se fue disipando poco a poco, como si nunca hubiera tenido lugar entre nosotros. O, por lo menos, así lo sentía yo, que estaba completamente incómoda caminando a su lado en silencio sin saber qué decir. Aunque él no lo parecía en absoluto, y comencé a pensar que era sólo cosa mía.
—¿A dónde me llevas? —pregunté después de aguantarme la pregunta por demasiado tiempo.
—A mi casa. No está muy lejos, estamos tocando mi banda y yo.
—¿Tienes una banda? —dije, algo extrañada y asombrada.
No parecía ser el tipo de chico que tocaba en una banda, aunque, juzgando por la música que había escuchando momentos antes y sus manos grandes con dedos largos, parecía tener sentido.
—Tranquila. No es una excusa para raptarte o nada parecido.
No sé por qué dijo aquello, pero me reí de su comentario.
—Tampoco lo había pensado.
De alguna forma me reconfortaba saber que él sí que conservaba parte de la confianza que tenía conmigo, por lo menos al mismo nivel como para hacerme bromas de ese tipo.
Su banda era lo más particular que había visto. Otros tres chicos, dos tan rubios que parecía blanco, y el otro moreno, no dejaban de hablar entre ellos mientras, el moreno, no dejaba de golpear los platillos de la batería como si fuera un acto reflejo. Los tres giraron su cabeza hacia mí con tanta rapidez, que el sonido de sus voces y de la batería quedaron amortiguados. Me sentí intimidada.
—El viernes que viene tenemos una actuación en el colegio, y estamos ensayando, ¿te importa quedarte?
Me encogí de hombros.
—Claro, si esa es tu manera de ligar conmigo —dije de la nada, mirándole por encima del hombro a los ojos.
Él apartó la mirada y soltó una carcajada, a la que seguí en seguida. No respondió nada ante mi comentario, sino que se pasó una mano por el pelo y se humedeció los labios. Me aclaré la garganta.
Al ver su reacción fue cuando pude respirar de nuevo ante mi cambio tan brusco de compostura. Como si mi mente todavía no estaba del todo segura si estaba cómoda con todo aquello o no. ¿Cómo si no explicaría el hecho de que segundos antes estaba nerviosa por volver a verle y ahora estaba tonteando con él? Algo que no había hecho nunca en serio y siempre en broma.
—Adelante, haced como si no estoy aquí —dije esta vez al grupo, y me senté en una de las sillas que había amontonadas a los lados del pequeño garaje.
Traté de distraerme un poco, aunque me temblaba mucho la rodilla.
Harry era el cantante, cosa que me sorprendió, ya que al oír su voz lo último que habría hecho era asignarlo a una voz cantante, aunque, cuanto más pensaba en ello, más encajaba.
No lo hacía del todo mal, aunque estaba claro que al grupo le faltaban más que cuatro sesiones de prácticas.
Nos dimos un abrazo en el portal de mi abuela cuando nos fuimos a despedir. En el fondo él sabía perfectamente dónde vivía y yo lo sabía, aunque no le dije nada. Se separó de mí y me pellizcó con ternura la mejilla.
—Ha sido un placer conocerte, Jane Carter.
Fruncí el ceño con una sonrisa.
—Igualmente, Harry Styles.
Sonrió el también, y acto seguido, se inclinó y me besó en los labios.
Fue raro, aunque yo le seguí el beso.
Me separé de él, y nos sonreímos mutuamente. Se dio la vuelta y se fue andando con las manos en los bolsillos.
🌧❄️🌙
Cuando dije que mis días eran generalmente bipolares, en los que no sabía muy bien qué sentir y simplemente me quedaba sentada en el borde de mi cama, mirando a la nada durante horas, estaba equivocada. No eran bipolares. Todos mis días eran malos, siempre con un peso en el pecho que no era posible levantar de ninguna de las maneras. Si tenía suerte, podía haber un día en el que eso se amortiguaba un poco con las constantes charlas que Ellen/Ethan me lograban entretener.
Odiaba mi vida.
Sabía que no tenía razones para pensar aquello, estando rodeada de aquellas personas que habían sufrido y sufrían más de lo que yo lo hacía, pero simplemente no podía evitar hacerlo, siempre pensando en por qué yo me merecía aquello, cuando el padre de Ethan todavía estaba en el hospital con la clavícula rota. Pensar en lo egoísta que estaba siendo en esos momentos hizo que el peso en el pecho se agrandara. No sabía cómo parar aquello. No sabía cómo deshacerme de aquel sentimiento que me tenía de aquellas maneras. Cuándo aquello iba a dejar de dolerme tantísimo. Supe que la vuelta casa fue un alivio cuando pude oler de nuevo mis sábanas, cuando me sentí de nuevo a salvo de poder llorar con tranquilidad, en la estabilidad y normalidad de Londres. Tenía la cabeza hecha un lío. Las cosas empezaban a ser reales. Realmente nunca íbamos a volver a estar juntos.
Ellen se pasó por mi casa sin avisarme esa misma noche, cuando mis padres ya llevaban horas dormidos.
—He hablado con Dan y sale mañana a las cinco. ¿Vas a venir?
Sabía que ese mes de julio Dan se marcharía ya en busca de un nuevo piso. Seguiría viviendo en el centro de Londres como normalmente, y la verdad es que no era tan dramático como mi amiga lo estaba pintando, ya que seguiríamos viéndonos continuamente. O eso era lo que quería creer. Ellen vivía en el norte de Londres y la veía todo el tiempo, ¿por qué con Dan iba a ser distinto?
Porque había roto conmigo y quería rehacer su vida desde cero, me tuve que recordar. Tenía que superarlo de una vez.
De todas formas, parece ser que Dan tenía planeado hacer todo un evento de aquello, una quedada de despedida entre los cuatro, por mucho que lo volvería a ver dentro de dos semanas por el cumpleaños de Ellen. Era todo espectáculo, en realidad. Dan era muy dramático en ese sentido, él ya vivía solo, no tenía ninguna necesidad de mudarse a una casa nueva de pronto, si en metro todo estaba cerca. Tampoco había necesidad de romper conmigo, si iba a vivir en la misma maldita ciudad.
Jane, supéralo, hostia. Me dije.
Fruncí el ceño.
—¿Mañana ya? A mí me dijo que antes del viernes no se iba.
Se encogió de hombros.
—Supongo que tendrá una cita para ver un piso antes. Tampoco hemos hablado mucho del tema.
Hice un gesto con la mano mirando hacia otro lado intentando sacar un tema distinto de conversación. Por mucho que quisiera negarlo, pensar en que no quería volver a verme me partía el alma, cuando no debería. Pensar en que eso lo había decidido él, y no que no haya optado por sacrificarse sólo para estar conmigo. Había elegido el camino fácil. Aunque tenía que darme cuenta que quisiera mantener sus distancias era en realidad positivo; necesitaba algo para desintoxicarme. Cuanto menos lo vería, menos doloroso sería. Y en el fondo sabía que era la verdad.
Ellen pareció no pillar la indirecta.
—Entonces, ¿vienes o no?
Suspiré y me encogí de hombros.
—Supongo. Tampoco es que se vaya al otro lado del planeta.
En ese instante me sonó el teléfono encima de la mesilla de noche, haciendo que Ellen diera un brinco en el colchón.
—Muchacha, ¿quién te habla tan tarde en la noche? —prácticamente gritó, cambiando por completo su tono de voz a uno casi de indignación.
Le chisté haciendo un gesto con la mano para que bajara el volumen.
—No chilles, imbécil. Tú tampoco deberías estar aquí —dije mientras me alargaba para coger mi teléfono.
23:06 Harry Styles: Ojalá tuviera alguna excusa para volver a hablar contigo, pero puesto que no tengo ninguna te deseo buenas noches.
23:06 Harry Styles: Que descanses mucho, espero volver a verte :)
Antes de que pudiera siquiera terminar de leer los mensajes que me había enviado, Ellen ya había agarrado mi teléfono con rapidez y leído los mensajes con los ojos como platos.
Me miró con la boca abierta en modo de reproche y me pegó en el muslo.
—¡Habías dicho que no habías vuelto a hablar con él! —me susurró medio sonriendo.
Le quité el teléfono de las manos y volví a leer los mensajes con más calma.
—¡Y encima estás sonriendo! —en cuanto levanté la mirada vi su dedo señalándome como si hubiese asesinado a alguien a sangre fría.
—A ver —comencé intentando contar la historia con coherencia.
—Espera, espera, espera —dijo acomodándose encima de mi cama y poniéndose el pelo detrás de las orejas—, no te habrás liado con él, ¿no?
—¡Déjame que te explique! —pero la sonrisa ya se me había escapado.
Ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. Comenzó a dar brincos y a reír lo más bajito que pudo.
Yo tampoco lo pude evitar y me llevé las manos a la cara.
Hasta ese instante, me di cuenta de que no había pensado en ello con seriedad y dedicándole el tiempo necesario. Había estado con otro chico. Habían pasado tres semanas desde que el chico con el que pensaba que iba a tener mis hijos me había dejado. Y había estado con otro chico.
Y empezaba a no sentirme tan mal por ello. Es más, me enorgullecía por ello, por mí. Harry al fin y al cabo no era mal chico, y estaba lejos de mi casa y de mi ciudad como para asegurarme de no volver a enamorarme de nadie en mucho tiempo. Me había venido bien despejarme la mente y haber estado dispuesta a estar con alguien más que no fuera Dan, y a sentirme menos insegura conmigo misma.
Estaba orgullosa.
Guardé su nombre en mi lista de contactos.
Yo: buenas noches :)
Yo: siento haber estado de un humor tan raro, no estoy pasándolo muy bien últimamente.
Yo: pero gracias por alegrarme un poco el fin de semana. Ha sido un placer volver a encontrarme contigo.
Dejé el móvil encima de la cama y traté de calmarme. Ellen me miraba con ojos curiosos y picarones, sin borrar esa sonrisa de la cara. Yo estaba haciendo lo posible por no sonrojarme del todo, aunque tampoco podía dejar de sonreír.
—¿Qué? —dije al final, viendo que Ellen no dejaba de mirarme.
Se encogió de hombros.
—Nada, es sólo que estoy orgullosa de ti.
De nuevo, el móvil empezó a vibrar encima de la cama y yo me lancé hacia él pensando que me había respondido, aunque sólo pude ver el nombre de Dan bailando en la pantalla. Ellen me miraba con las cejas alzadas, y a mi me empezó a latir el corazón con fuerza. No era raro que Dan me llamase tan tarde en la noche, aunque sabía muy en el fondo que mi corazón no se había inquietado porque estaba preocupada. Ellen estaría orgullosa de mí, y yo también lo estaba, pero sería de estúpidas pretender que había siquiera empezado a empezar a olvidarle.
—¿Hola?
—Jane, ¿qué tal estás? —Dan parecía aliviado.
—Muy bien.
—Oye, sé que es tarde y eso, pero estoy en casa y ya he terminado de hacer la mudanza. Había pensado que igual quieres pasarte un rato, y hablamos.
Ellen, al escuchar la conversación, abrió mucho los ojos y comenzó a hacerme señas con los brazos en negación, prohibiéndome con la mirada que dijera que sí.
—Eh, bueno, es ya tarde… —titubeé.
—Ya lo sé, pero como yo me voy ya mañana… no voy a poder despedirme de ti en condiciones, y bueno… no quisiera irme sin despedirme.
Cerré los ojos y suspiré. Ellen me lo advertía con los ojos, hasta me señalaba con un dedo. Era una excusa de mierda, pero la verdad era que no las necesitaba para nada. Mi corazón sólo sabía decirme una cosa: sí, sí y sí.
—Bueno, vale. Pero sólo un ratito, y luego me traes a casa.
—Está bien.
Ellen abrió la boca indignada. Colgué el teléfono. Se cruzó de brazos y me miró enfadada.
—Jane, ¿eres tonta?
Me froté la frente con los dedos. Sabía que acababa de cometer un error garrafal. Mi mente me lo estaba repitiendo una y otra vez. Era demasiado buena ignorando las señales que me mandaban mis únicas células inteligentes en mi cuerpo, lo había hecho durante dos malditos años.
—Se va mañana. Dame un respiro.
—Tía, tú misma lo has dicho; no se va al otro lado del planeta. Lo estás haciendo genial. No lo estropees ahora.
Sabía que tenía razón. Lo sabía. Aún así, sujeté mi chaqueta y salí de casa con el corazón feliz latiéndome en el pecho, y con el resto de terminaciones nerviosas gritándome a todo pulmón que me diera la vuelta cuanto antes y que me quedase en casa durmiendo con mi mejor amiga. Me mordisqueaba el labio con nerviosismo mientras andaba, con mis dedos jugando entre ellos; nunca había estado tan nerviosa. No iba a pasar nada, sólo se iba a despedir de mí. No va a pasar nada. ¿Le debía contar lo de Harry? Tuve que cerrar los ojos al imaginarme su cara si se enteraba. No tenía por qué. Pero tenía derecho de saberlo. No era asunto suyo, ya no. Era mi decisión a partir de entonces. A mí me hubiese gustado saberlo. ¿Cómo me hubiese sentido yo, si me enterase que se había liado con otra pava tres semanas después de romper conmigo? De nuevo; él te ha dejado a ti. No tiene por qué saberlo. Ya se enterará. Estaba cometiendo un error.
Hasta mis dedos temblaban cuando fui a llamar a la puerta.
Casi como un acto reflejo, me quité el abrigo y lo colgué en el perchero cuando me abrió la puerta. Ignoré como pude las cajas de cartón por todo el piso.
—¿Quieres algo para beber? —dijo dirigiéndose a la cocina.
Yo le seguí con pasos pequeños y rápidos.
—Con un vaso de agua me vale, gracias —me apoyé en la isla de la cocina mientras él me daba la espalda y sacaba dos vasos y una botella de cristal del armario.
—Pensaba que te ibas el viernes —dije con la mirada clavada en su espalda, recorriendo los músculos que se marcaban en su camiseta.
Dan era muy alto. Mi altura apenas llegaba a sus hombros, aunque eso nunca me importó demasiado. Siempre me había sentido acomplejada por mi altura, ya que era realmente pequeña, pero con el tiempo aprendí a no rallarme. Aunque él no dejaba de repetirme lo mucho que le gustaba.
Me miró unos segundos por encima de sus anchos hombros y apartó la mirada en seguida. Vertió el líquido en los vasos.
—Los planes han cambiado —se dio la vuelta y me tendió el vaso.
Se apoyó en la encimera en frente mía y se bebió el agua de un trago. Tenía los ojos rojos. Apartó la mirada rápidamente.
—¿No pensabas decírmelo?
Se encogió de hombros.
—Ha sido cosa de última hora. Te lo hubiera dicho la primera.
—Entonces, ¿cómo es que Ellen se ha enterado antes?
Subió la mirada hasta mis ojos y se humedeció los labios. Sacudió la cabeza.
—Sólo... olvídalo, ¿vale? Tampoco es fácil para mí.
Me subí el vaso hasta los labios con la mirada de Dan clavada en mis movimientos. Sin pensar, me bebí el agua de un trago, aunque, a mi parecer, aquello no era agua.
Tosí de la impresión y sentí el líquido quemarme la garganta.
—Dan, ¿qué es esto? —dije mirando el vaso vació y pasándome los dedos por los labios.
Sonrió.
—No te voy a drogar, si es eso lo que piensas.
—Sólo responde la pregunta.
—¿Quieres más? Es ginebra —me guiñó un ojo y se dio la vuelta para sacar la botella del armario.
No pude reprimir soltar una carcajada.
—¿Estás loco?
Me quitó el vaso de las manos.
—Eso está asqueroso, ¿no tienes otra cosa? —me acerqué a él con una sonrisa burlona.
Me miró y me devolvió la sonrisa.
—Ahí está la Jane que yo conozco. ¿Quieres limón?
Me reí.
—Bueno, Dan. Sólo estaba bromeando. No vas a conseguir emborracharme esta noche.
Me tendió el vaso.
—Si me pagaran por cada vez que me dijeras eso… —dijo, y me besó la frente.
Puse los ojos en blanco.
—Lo digo en serio.
Alzó las manos con aire de inocencia.
—Está bien. Entonces deja que me emborrache yo. Quiero pasármelo bien.
Quise ahorrarme el mirarle a los ojos, pero estaba tan cerca mío que no pude evitarlo. Aguosos y rojos, como si hubiera estado llorando. La verdad, la idea de que él hubiera llorado por mí era más satisfactorio de lo que me gustaría admitir. Tragué saliva y aparté un mechón de pelo de delante de sus ojos.
—Tienes los ojos rojísimos.
Aparó la mirada.
—No es nada. —Levantó su vaso y sonrió—. Brindemos.
—Por el futuro.
Negó con la cabeza.
—Por el presente.
Chocó su vaso contra el mío y se lo bebió de un trago. No pude evitar sonreír.
—Bien, vale —miré con la nariz arrugada el líquido transparente que contenía el vaso y bebí de un trago.
Tenía la suficiente experiencia para que la ginebra a palo seco ya no me produjera arcadas. Sólo me nublaba brevemente la vista y me hacia cosquillas en la lengua. Pero después, no mucho, por mucho que el sabor era lo que más asco me daba de todo.
—Esa es mi chica.
Esbocé una sonrisa torcida y dejé el vaso en el fregadero.
—Ya vale. Venga.
Hice amago de quitarle el vaso de las manos y me quedé atrapada entre la encimera y su cuerpo. Me miraba directamente a los ojos, no soltaba el vaso.
—Dan—
No tuve tiempo de terminar la frase, ya que sus labios estaban presionados contra los míos. Al principio me quise separar y terminar esto de una vez, pero luego, después de sentir bien sus cálidos y suaves labios contra los míos de nuevo... simplemente me dejé llevar por el momento. Como últimamente hacía.
En esos últimos años había aprendido a que, si el tiempo se desperdiciaba sólo con tener en cuenta las consecuencias de los actos, no llegas a disfrutar al máximo de las cosas que haces en el presente. Hay muy poco tiempo para disfrutarlo, aunque el futuro siempre va a estar ahí, llamando la atención para atender a sus gustos y necesidades. Así que me dejé llevar. Por mucho que más tarde me arrepentiría.
Enredé mis dedos en su pelo y sus manos no tardaron mucho en llegar a mis caderas, y segundos más tarde me vi subida a la encimera con mis piernas rodeando su cintura. Sus labios bajaron a mi cuello.
Mala idea, mala idea, mala idea. Me daba lo mismo.
—Dan, tenemos que parar —dije con el aliento agitado, intentando no aspirar el aroma del tabaco mezclado con su perfume, extremadamente atractivo y que me revolucionaba de todas las formas posibles.
Aunque, como bien sabía que haría, no dejó de besarme ni un segundo. Seguía depositando pequeños y apasionados besos por todo mi cuello y mentón. Me di la libertad de disfrutar unos pocos segundos más, hasta que le di un pequeño empujón en el pecho.
—Lo digo en serio, Dan. Para.
Con ojos bajos y mordiéndose el labio, se apartó despacio, pero sin soltarme las caderas con las manos. Después de mirarme a los ojos durante unos segundos, dio un paso hacia atrás y se frotó los ojos con una mano.
—Jane, hay algo que tengo que contarte.
Suspiré intentando controlar mi respiración que se había descontrolado de pronto, como si aquellas palabras me hubiesen provocado una ola de preocupación. Sea lo que fuera lo que tuviese que contarme, no lo quería oír.
De nuevo volvió la suavidad en sus ojos, y despacio se volvió a acercar a mí para mecer mis manos entre las suyas. Me miró a los ojos.
—¿Has estado con Ellen hoy?
Asentí, aunque no supe muy bien hacia dónde iba.
—Casi me asesina cuando te he dicho que venía.
Bajó la mirada y asintió despacio, tragando saliva. Titubeó un rato, vacilando continuamente entre mis ojos y mis manos, cogiendo bocanadas de aire para empezar a hablar, aunque ninguna palabra conseguía abandonar sus labios. Se pasó las manos por la cara nuevamente.
—No quiero hacerte daño —susurró antes de atraerme de nuevo hacia él para volver a besarme tan viciosamente, como él hacía.
Ni siquiera en esa situación era capaz de besarme con suavidad, aunque en ese momento casi me vuelvo loca.
Me aparté de él.
—Pero dime —dije, usando la perfecta excusa para separarme de él y tratar de no llevar las cosas a un nivel del que no podría salir.
Sacudió la cabeza.
—Olvídalo. No es importante.
—Dan.
—En serio, da igual.
Hizo amago de besarme de nuevo, aunque yo incliné la espalda hacia atrás a tiempo. Fue como si se me hubiese encendido una bombilla en la cabeza. Cerré los ojos y sentí un doloroso peso en el pecho de pronto. Tragué saliva.
—No debería de haber venido. Sólo has conseguido empeorarlo todo.
—¿Por qué dices eso? —respondió, algo sorprendido por mi repentino ataque de inteligencia.
Cogí aire.
—Porque estoy aprendiendo a vivir sin ti, Dan. Y ahora estás aquí de nuevo, besándome como si nada hubiera pasado y como si nunca hubieras roto conmigo. ¿Te acuerdas de eso? ¿De que rompiste conmigo?
Se quedó callado, mirándome con los ojos sin chispa y con las manos apretadas en puños. Su respiración estaba agitada y no apartaba la mirada de encima mía. Dos segundos más tarde y con sólo un objetivo en su mente, ya estaba de nuevo besando mis labios de esa forma tan jocosa.
Aunque esta vez me daba exactamente igual el maldito presente.
Le empujé tan fuerte en el pecho que me llegó a asustar el haberle hecho daño, aunque no dejé que lo notara, y me levanté de la encimera para acercarme hacia la puerta.
Estaba empezando a cabrearme.
—¡No soy tu juguete, Dan! No puedes usarme ahora y luego dejarme sólo porque a ti te apetece “pasártelo bien”.
Dan se acercó con dos pasos ágiles hacia mí, frunció el ceño y me sujetó los brazos. Puso una mano encima de mis labios y no me dejó hablar después de apretarme contra la pared con fuerza. Su cara estaba a milímetros de la mía, sus ojos color miel pidiéndome que le escuchara. Respiró hondo unas cuantas veces cerrando los ojos antes de mirarme a los ojos una vez más. Su cuerpo se aseguraba que el mío no se moviera contra la pared.
—Jane. —Su voz estaba calmada y especialmente grave. No pude evitar sentirme cohibida—. No quiero discutir contigo. No quiero que mi última noche aquí contigo sea para discutir, ¿vale? Creo que eso puedes entenderlo.
Le miré con los ojos inyectados en sangre porque no estaba arreglando nada. Intenté pegarle con mi cuerpo, pero sus caderas se ciñeron a las mías con tanta fuerza que sentí la pared clavarse en mis riñones. Gemí sin poder evitarlo. No sabía muy bien si de miedo, o de verdadero placer.
—Entonces, si crees que te estoy “usando” o jugando contigo, quiero que vuelvas a esos dos años y pico que hemos estado juntos y quiero que te lo preguntes de nuevo. Sé muy bien lo que he hecho, y no tienes ni idea de lo mal que lo estoy pasando.
Antes de que pudiera siquiera pensar en ello, tenía los ojos nuevamente inundados de lágrimas. Comenzó a acariciar mi mejilla y mi cuello, moviendo así su mano de encima de mis labios, aunque su otra mano sujetaba con fuerza mis muñecas.
—Olvida todo lo que hemos pasado últimamente y trata de hacer como yo. Es la última noche, Jane. Intenta disfrutar.
Siempre me he considerado una chica débil que se deja influenciar con facilidad por la gente a la que me importa. Esta era una de esas claras ocasiones en las que, de nuevo, me importaba más el ahora que el después. ¿Quién me iba a contar que esto más tarde me iba a perseguir? Claro que conocía las consecuencias. Aunque, bien mirado, a él no le faltaba la razón. Estaba enamorada de él, y me estaba ofreciendo un bonito último día con él, sin ataduras ni compromisos. La idea era tentadora. Sin contar que mi estado de ánimo estaba perfecto para que no le costara en absoluto convencerme.
Era débil. Más de lo que debería.
Esta vez fui yo la que se inclinó y lo besó a él. Cerré los ojos con fuerza e ignoré los dolores tan agudos que mi cerebro mandaba constantemente a mi corazón. Pinchazos de advertencia. Los ignoré lo mejor que pude.
Pude sentir su sonrisa contra mis labios.
📽🍁🍭
Al día siguiente fue excepcionalmente difícil despedirme de Dan con la mirada calculadora de mi mejor amiga clavada en cada uno de mis movimientos, hasta tuve miedo de darle un beso en la mejilla cuando me fui a despedir por si era demasiado sospechoso. Por suerte, ni ella ni Ethan se olían lo que había pasado la noche anterior, gracias al cielo. No necesitaba que los dos me dieran un sermón acerca de que una no se tira a un ex bajo ninguna circunstancia, porque lo sabía perfectamente. Aún así, no era lo que más me apetecía escuchar en esos momentos.
Por mucho que yo quisiera autoengañarme de que no había supuesto ningún problema para mí haber vuelto a acostarme con mi ex, estaba totalmente equivocada. Aquello había hecho que las heridas que había empezado a cerrar yo sola las había rajado de nuevo con malicia, mientras yo le suplicaba que lo hiciera de nuevo, con las bragas en los talones. Había sido una estúpida, y aquella noche de lunes, después de huir de mis sentimientos durante todo el día, fue tocar la almohada y que las lágrimas cayesen solas. Estaba hecha un desastre, dejé que cada uno de mis sentimientos me abofeteasen la cara cada uno con más fuerza, siendo consciente de que no podía huir de ellos por mucho más tiempo. Había cometido un error. Estaba dispuesta a superarlo, lo estaba empezando a hacer. Sólo había conseguido que mi corazón de nuevo se inquietase con la idea de volver a tenerlo entre mis piernas, pero dandole la satisfacción de cumplirlo. Había mimado hasta tal punto a mi corazón que ahora sólo era un niño rabioso que lloraba cada vez que le negaba el caramelo. Y era todo culpa mía.
Ni siquiera se me pasó por la cabeza el hecho de que había vuelto a aprovecharse de mi situación. Había conseguido que me pusiera de rodillas de nuevo, ignorando lo mejor que podía el nudo constante en mi garganta. Que ahora se estaba disolviendo en mi almohada.
Después de estar lo que parecieron horas moqueando encima de mi cama, me sobresalté cuando mi cama vibró a la par que mi teléfono e interrumpió mis pensamientos autodestructivos. Tuve que incorporarme en la cama mientras tenía todavía lágrimas corriéndome por las mejillas, cambiando el semblante por un ceño fruncido. Me pasé una mano por la cara para tratar de secármela, y me aclaré la garganta, aunque cuando contesté mi voz seguía estando igual de perjudicada.
—¿Harry? —pregunté extrañada.
Pude escuchar unos ruidos al otro lado de la línea, y por un segundo pensé que tal vez me habría llamado por error, ya que se me hacía rarísimo que me llamase. No habíamos vuelto a hablar desde que estuve en Cheshire el día anterior. Sin embargo, segundos más tarde pude escuchar su voz, alta y clara.
—¿Jane?
—Hola —respondí, sentándome encima de mi cama apoyando la espalda en la pared.
—Hey, te pillo bien, ¿no?
—Sí, sí…, ¿está todo bien? —pregunté, sorbiéndome los mocos y cruzándome de brazos.
Le escuché reírse suavemente.
—Sí. Estoy de camino a casa.
—Ah, vale —contesté algo descolocada.
A pesar de todo, me encantaba el hecho de que me llamase así de la nada, y actuase de esa manera tan natural, como si era costumbre que hablásemos todos los días. Como si no nos hubiésemos acabado de conocer el fin de semana pasado.
—Bueno, ¿qué tal todo?
Gruñí y volví a dejarme caer encima de la cama. Me apreté los ojos con los dedos.
—Ayer me acosté con Dan —dije, como un acto reflejo, escupiendo la piedra con la que tanto tiempo me había estado atragantado.
La razón por la que se lo había contado era muy simple, por mucho que en su momento hubiese estado tan sorprendida conmigo misma por haberle soltado algo tan íntimo y personal a prácticamente un desconocido. Lo hice porque hablar con un desconocido era justo lo que necesitaba hacer; sabía perfectamente de qué manera me iban a juzgar mis amigos si les contaba eso. Necesitaba contárselo a alguien, a alguien que no me importase que me juzgara, o de qué manera lo hiciera. Se lo hubiese contado al primer desconocido que se me cruzara por la calle a esas alturas.
—¿Dan? ¿Tu ex?
—Sí.
Su suspiro quedó interrumpido por una carcajada.
—Dios mío, Jane. ¿Y qué tal estás?
Me encogí de hombros.
—En la mierda —respondí, sintiendo de nuevo la ola de lágrimas subir por mi garganta, aunque intentado ahogarlas con una risa.
—Ya… justo te iba a preguntar si estabas resfriada o algo.
Sonreí inconscientemente.
—Hey, ¿quieres oír algo gracioso?
—Yo siempre quiero oír algo gracioso —respondí, intentando que no se notara demasiado que me estaba pasando un pañuelo por la cara de nuevo.
—Me he tragado un mosquito enorme.
Solté una carcajada y puse los ojos en blanco con una sonrisa.
—¿Te has tragado un mosquito? ¿Cuándo?
—Hace unas horas.
Continué riéndome y escuché cómo se reía él también debajo de mis carcajadas.
—¿Por qué?
—¿De verdad crees que me tragaría un mosquito enorme a propósito, Jane? Vamos a ver…
—No sé… de ti me puedo esperar cualquier cosa.
—Bueno.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—No lo sé… supongo que quedármelo. Nunca pensé en ser padre tan pronto, pero los accidentes pasan.
Solté una carcajada de nuevo, y me encontré a mí misma jugando con mi pelo como un acto reflejo.
—Es una gran responsabilidad, lo sabes, ¿no?
—Sí, bueno. ¿Qué se supone que tengo que hacer si no? No puedo digerirlo sin más.
—Cierto. No quieres ser como esos padres que digieren a sus mosquitos enormes.
—No tengo otra opción. Sólo desearía que el padre no me hubiese dejado solo en esto.
Me mordí el labio mientras sonreía.
Estuvo así un buen rato, haciendo todo lo posible por mantenerme la mente ocupada con cualquier gilipollez que se le ocurriese. En ningún momento estaba pidiendo nada a cambio. Sólo lo hacía. No me colgó el teléfono cuando descubrió que estaba hecha un lío mentalmente, siendo consciente de que tal vez aquella conversación pudiese durar durante semanas y semanas, y en cambio, era él quien creaba una línea de conversación alternativa. Como si supiese que era justo lo que necesitaba. Sin importarle que le cogiese el teléfono de nuevo moqueando, después de compartir días enteros entre risas, sin juzgarme por dar de nuevo un paso hacia atrás, con paciencia y comprensión. Era la primera vez que sufría una ruptura, y se me estaba haciendo muy cuesta arriba. A él no le importó. Y poco a poco mis ganas de llegar a casa para poder llorar tranquila se vieron intercambiadas por las ganas de volver a hablar con él, y volver a escuchar las historias que me contaba como si fuera su mejor amiga.
Estoy segura de que hubiese sido capaz de superarlo yo sola con el paso del tiempo, aunque también estoy segura de que él lo hizo mil veces más fácil de lo que lo iba a ser en un principio. Me habían quitado la tirita con mucha rapidez y fuerza, y él se encargó de soplarme en la piel y acariciar la zona con los dedos, asegurándose de que no escociese demasiado. Todo eso, sin conocerme de nada.
—Eres un idiota, ¿lo sabes?
—Algo así me han dicho.
—Buenas noches, Harry.
—Buenas noches, Jane.
Dos
Una de las cosas que más odiaba eran los viajes largos. Aunque el tren no era demasiado incómodo, irse de viaje con una hermana mayor demasiado hundida en la adolescencia que parecía que jamás tendría fin, era insufrible para mis padres y para mí. Por muchas veces que mi hermana había suplicado poder quedarse en casa, mis padres la obligaron a venir de todas formas, cosa que yo no entendía, lo que hacía que su comportamiento ya insoportable de naturaleza, lo fuera aún más sólo para molestar a mis padres y, por lo visto, a mí también.
En cuanto llegamos a la estación nos tocó volver a correr hasta la estación de autobuses para coger uno hacia el pueblo en el que nos quedaríamos. Como siempre, nuestro tiempo no era especialmente generoso, ya que sólo teníamos un cuarto de hora desde la llegada del tren hasta la salida del autobús.
La relación que tenía con mi abuela paterna no era ni la mitad de cercana como la que tenía con la materna, por lo que estar en su casa un fin de semana era algo que me incomodaba un poco. Y a Emma muchísimo más que a mí. El único que parecía emocionado con los hechos era mi padre, y sólo por el hecho de que hacía por lo menos dos años que no iba a visitar a su madre.
La llegada fue normal, tranquila y justo como me la había imaginado; llegada al pueblo, búsqueda intensiva y fallida de la casa, llamada a la abuela para pedir indicaciones y encontrarla a la segunda llamada. Un beso, mirar la casa con fingido interés, llegar a la habitación, dejar las maletas y sentarse al lado de mis padres fingiendo estar escuchando la conversación.
Su cumpleaños no era hasta el domingo, así que los regalos, —algo que quitaba tiempo y ocupaba el suficiente espacio como para hacerse con nuevos temas de conversación— no se daban hasta el día siguiente, por desgracia.
Emma estaba encerrada en nuestra habitación, como siempre, y yo tenía que pretender estar interesada y hacer de la hermana responsable y buena de la familia, algo que de alguna forma ya era así. Pero tenía que mantener esa fachada que había levantado durante los años.
Aunque hubo un momento en el que la puerta de la habitación se abrió y unos pasos apresurados corrían hasta bajar las escaleras, y una emocionada Emma se presentó después de hora y media de habladurías sobre el cambio climático y lo corruptos que eran los políticos en todos lados.
—¿Puedo salir esta noche? —pidió sin más demora.
Mi madre soltó una carcajada, y mi padre se vio obligado a tomar riendas.
—¿Estás loca?
—Bueno, ¿puedo?
—Por supuesto que no.
Dio una patada al suelo y yo di un sorbo al té que la abuela me había preparado. Estaba frío y agrio pero, como ya dije, tenía que mantener mi reputación.
—¿Por qué no?
—Tan fácil como que no vas a salir de fiesta en un pueblo que no conoces de nada, con personas que no conoces de nada y en sitios que no conoces de nada. Ni hablar.
—Esto no es ni la mitad de grande que nuestro barrio y allí no tienes problema. No tiene sentido, papá.
—¿Te lo repito? Mamá, ayúdame en esto.
La abuela levantó la mirada desprevenida y miró a Emma.
—Es tu hija, no la mía. La tienes que educar tú.
—¿Ves? La abuela me deja, ¿a que sí?
Sólo levantó las manos e hizo como si se mostrara neutral.
Mi madre ya se había marchado a la cocina.
—Emma, mantengo mi postura. Además, ¿qué hay aquí? Apenas hay un bar.
—No tienes ni idea —reprochó Emma suficientemente alto como para escucharlo.
—Un no es un no, y punto.
La sala se quedó en silencio varios segundos, hasta que yo decidí romperlo antes de que mi hermana le lanzara el móvil o algo así.
—Papá, creo que tendrías que dejarla ir —los ojos de mi hermana se abrieron tanto al oírme decir aquello que parecía que podría besarme con ellos desde su posición—. A ver si así se coge otro coma etílico y aprende la lección de una vez.
—¿Un coma etílico, Emma? —la abuela parecía muy impresionada, a pesar de lo mucho que mi padre le había hablado de ella.
—Jane, eres un genio. Igual me lo pienso —el sarcasmo de mi padre era lo único que yo había heredado de él.
—¿De verdad? —el resto lo había heredado Emma.
La lista de la familia era mi madre.
—Sarcasmo, Emma.
—No me gusta. Que sepas papá: me has decepcionado.
En realidad mi hermana no era tan mala persona. Era guapa e incluso lista, pero era demasiado superficial.
El problema era que siempre tenía que pensar que el mundo giraba alrededor suya, y que todo lo demás era irrelevante. No siempre era así, pero sí la mayoría del tiempo, y me ponía de los nervios. Eso es lo que le hacía tan insoportable. Era extremadamente inmadura para su edad.
—En realidad, Jane tiene razón —mi madre se apoyaba en el marco de la puerta y paseaba su dedo por su labio inferior, pensativa.
Levanté las cejas y evité reírme.
—¿Qué? —dijimos mi padre y yo a la vez, con el mismo tono de voz.
—Quiero decir, es un pueblo pequeño, no le va a pasar nada.
—Eso, sé cuidar de mí misma —respondió Emma, cruzándose de brazos orgullosa.
—Por supuesto que no sabes, por eso te va a acompañar Jane.
Tardé unos segundos en entender lo que mi madre había dicho.
—Espera, ¿qué?
—¿Prefieres que te acompañe yo? —preguntó mi madre en su defensa, poniendo una mano en su pecho y alzando las cejas.
—Sí —respondimos Emma y yo.
—Respuesta anulada. O vas con Jane o no vas.
—¡No tengo ni voz ni voto en esta familia! ¡Soy como el perro! —protesté.
—Eso es porque eres la pequeña.
—Pero si soy yo la que te tiene que cuidar a ti, retrasada.
—Me acaba de insultar y vosotros no movéis un dedo, realmente me decepcionáis ambos.
—Emma y Jane, callaos ya u os quedáis en casa.
—¡Pero si tengo que ir igualmente!
—Tengo gallinas en vez de nietas —murmuró mi abuela, lo suficientemente alto como para escucharlo.
Todo el mundo hizo como si no la hubiera escuchado.
Abrí la boca para protestar nuevamente, pero parecía que si volvía a pronunciar otra palabra más, me iba a meter en problemas más serios que tener que cuidar de mi hermana mayor.
Suspiré y puse los ojos en blanco cuando subí las escaleras seguida por Emma, que parecía tan molesta como yo.
Parecía que no tendría opción que escoger y que realmente estaba obligada a hacerlo, por lo que me dirigí a mi habitación a ponerme algo decente. Por lo menos intentaría pasármelo bien.
Algo poco probable, ya que iba con mi hermana mayor y no conocía a nadie en ese maldito pueblo.
🌻✨🍂
El frío que hacía en la calle era más que normal para estar a principios de julio en Inglaterra, pero aún así era espantosamente gélido. Mis dientes ya dolían de tanto chocarse los unos contra otros desde que salí de casa, y mi temperatura corporal no parecía subir conforme andaba más y más rápido para intentar subirlo. Emma no parecía afectada; andaba con los brazos a sus lados y con la cabeza bien alta, sin ningún indicio de que estuviera pasando frío, completamente contraria a mí, ya que yo iba completamente encorvada y con las manos hundidas en los bolsillos de mi gabardina. Era injusto, ya que yo llevaba unos vaqueros y ella tan solo unas medias con un vestido, que para nada estaba preparado para ese tipo de temperaturas.
Me tuve que recordar que era una gran actriz.
Después de varios minutos andando me cansé de tanto secretismo.
—Bueno, ¿a dónde se supone que vamos?
—Cerca de aquí hay una casa abandonada donde siempre hay fiestas los primeros fines de semana del mes. Son como fiestas privadas, más o menos.
—Entonces nosotras no podemos ir —dije intentando ocultar el deje de emoción que me recorría el vientre.
—Sí podemos, tonta. Conozco al organizador, estuvo un tiempo trabajando en un pub al que iba mucho.
—Ah —fue lo único que pude añadir.
En esos momentos odiaba más que nunca a Dan, ya que salir de fiesta era una de las cosas que más me gustaba hacer, y el hecho de que hubiese conseguido hasta quitarme las ganas de eso, me enfadaba con creces.
Caminamos otros pocos minutos en silencio hasta que llegamos a un camino sin asfaltar y comenzamos a subir una pequeña colina sin árboles y sin nada más que hierba amarilla y pisoteada. Los árboles comenzaron a hacerse algo más abundantes y llegamos a una casa más grande de lo que yo me hubiera imaginado por culpa del entorno. Se veía que esa casa era antes habitada por una familia adinerada y con poder, ya que era bastante grande. El techo estaba medio en ruinas, pero parecía que eso no detenía a las personas que lo estaban pasando bien dentro, por lo menos así se escuchaba desde mi posición; música lo suficientemente alta como para no poder entenderse al hablar, pero lo bastante baja como para que el pueblo no lo escuchara.
Cuando llegamos a la casa, comencé a ponerme nerviosa sin saber muy bien la razón. Realmente no sabía qué iba a hacer ahí dentro; partía del hecho que mi hermana había quedado con gente que conocía y que yo tendría que acoplarme a ella toda la noche si no quería pasarme la noche sentada en algún rincón intentando no quedarme dormida. Al acercarnos a la puerta vacilé unos segundos antes de entrar, sin saber muy bien si pedirle ayuda a mi hermana ante aquella pequeña crisis que estaba teniendo, seguido por las múltiples emociones que me azotaban el pecho a todas horas del día por lo de Dan, que en esos momentos parecían hacerse más pesados que de normal.
La relación que tenía con mi hermana mayor no era que se diga mala de odiarnos muchísimo. Pero tampoco era la mejor, ni la que deseaba cuando era más pequeña. Siempre oía historias de otra gente que compartía tantas cosas con sus hermanas que la envidia me corroía día tras día. Me hubiese encantado compartir la ropa con ella y contarle mis secretos y mis dramas y que ella me diera consejos como hermana mayor. Pero esas cosas no pasaban entre nosotras. Emma siempre había sido muy competitiva, si no era conmigo lo era con nuestro hermano mayor. Nunca había tenido que serlo con otra chica antes de que llegara yo, ya que a medida que yo crecía, más me tenían en cuenta a mí, sin contar que le quitaba todo el protagonismo que mis padres le brindaban. Nunca compartíamos nada entre nosotras, siempre tenía que esconder mis dramas de adolescente cuando entraba por la puerta de mi casa, ya que sabía que nadie de ahí dentro me iba a ayudar con mis problemas. Aquello me entristecía mucho, me hubiese encantado contarle a mi hermana mayor todo lo que me estaba pasando y pedirle ayuda a gritos, que me hablara de sus perspectivas y experiencias en su vida personal, que me incluyera en su vida, y sobre todo que no me dejase ahogarme entre mis emociones y lágrimas del momento.
Cambié de opinión enseguida, me tragué el nudo de la garganta como pude y traté de no volver a echarme a llorar delante suya, porque sólo iba a hacer el ridículo. Con los años había aprendido a mantener siempre un fuerte con ella, a no compartir más de lo necesario.
Emma había girado la mirada y me repasaba con un brillo en los ojos que no me era demasiado familiar. Aparté la mirada casi al instante, aunque ella me sujetaba de los hombros antes de que pudiera darme cuenta.
—¿Jane? —preguntó, con un tono de voz que no conocía, como con preocupación.
—¿Qué? —contesté yo, asegurándome que sonaba a la defensiva.
Frunció los labios y sin dejar oponerme ante sus movimientos, me arrastró hasta un banco de piedra y se sentó a mi lado.
—¿Qué sucede?
La miré con los ojos muy abiertos. No sabía muy bien por qué preocuparme más; si por las lágrimas que amenazaban con mi exposición o con el repentino ataque de preocupación de mi hermana mayor, a la que le dio igual que un chico de diecisiete años saliera con su hermana pequeña de trece.
Ella también parecía algo retraída, ya no me sujetaba de los hombros ni me miraba a los ojos, aunque pude ver que se mordía el labio y luchaba por que la situación no se hiciera incómoda y tomar la situación como mejor sabía. Suspiró y se pasó una mano por el pelo. Cerró los ojos y comenzó diciendo:
—Escucha, Jane. Sé lo qué te ha pasado. No me lo has dicho, pero lo sé. Y sé lo qué se siente. Puede que esto te resulte irrelevante o que no me hagas caso, pero tu vales mucho más que ese capullo, de verdad. No te lo diré a menudo, pero eres mi hermana y siempre voy a intentar protegerte. Lo digo ahora y espero no arrepentirme, pero puedes venir a mí cuando quieras y contarme las cosas si necesita llorar o lo que sea. Siento que te lo haya dicho tan tarde, no te mereces esto. Quiero que te lo pases bien. Te odiaré muchas veces pero sigues siendo mi hermana y la única que puede hacerte daño soy yo, ¿de acuerdo?
Parpadeé un par de veces, mirándole a los ojos sin saber qué responderle a aquello.
Esas fueron las primeras palabras de afecto que mi hermana me había dedicado en mucho tiempo.
Quise decir algo, pero me tiró del brazo y me levantó del banco de un tirón, posiblemente avergonzada y deseando que no le respondiera nada a lo que me acababa de admitir.
—Voy a conseguirte un chico para que te lo pases bien —me guiñó un ojo.
Esta nueva faceta de mi hermana me pilló completamente desprevenida, nunca lo vi venir, y a pesar de eso, realmente me gustaba. Tenía que aprovecharlo, ya que sabía que al día siguiente posiblemente no sería tan amable conmigo que entonces.
Me dijo que esperara un segundo para arreglar una cosa con el portero y escasos minutos más tarde me volvió a coger de la muñeca para arrastrarme dentro del edificio.
La música estaba muchísimo más alta de lo que en principio había esperado. Fue como si alguien me hubiera abofeteado la cara con un altavoz de lo bien aislada que estaba la casa. De lo que también me di cuenta fue de que ahí dentro hacía un calor espeluznante.
Había poca luz, pero la suficiente como para poder manejarte por el lugar sin tener que preocuparte por tus zapatos. Cuando me quise girar para preguntarle a mi hermana dónde estaban los baños sólo por si acaso, vi que se había evaporizado, y que estaba completamente sola en medio de una multitud que no conocía de nada.
Puse los ojos en blanco. Ni dos minutos había durado su amabilidad hacia mí. Intenté no tomármelo a pecho y me hice paso como pude por la gente que estaban bailando completamente dirigidos por el alcohol. Por suerte, la gente estaba agrupada únicamente en el centro, por lo que en las esquinas habían algunos sofás libres o no tan libres en los que podría sentarme y centrarme en cuáles serían mis siguientes movimientos.
Escogí el único en donde no había más que una pareja demasiado acaramelada. Me acerqué a él intentando no llamar demasiado la atención y me senté en él lo más lejos posible de ellos, lo que no fue más que un intento fallido, ya que el sofá era bastante pequeño y estaban a tan sólo centímetros de mí. Intenté ignorarlos lo mejor que pude.
Coloqué el bolso a mi lado y saqué mi teléfono.
01:13 Ellen™: mira, se me ha curado ya 🎉
Ellen me había enviado una foto de su piercing en la nariz que ambas fuimos a hacernos juntas hacía unos meses, aunque ella había tenido algunos problemas más que yo en el proceso de curación. Sonreí un poco y me dispuse a responderle.
—¿De verdad, Jane?
Di un brinco cuando escuché la voz de Emma a mis espaldas. Giré el cuello y la miré. Suspiró y se sentó en el brazo del sofá.
—No te lo voy a permitir —dijo entre grito y grito—. Vamos, te traeré algo de beber.
Antes de que pudiera replicar, o incluso levantarme e ir con ella, mi hermana ya había vuelto a perderse entre la multitud. Suspiré en rendición. En parte le daba la razón, no debería de estar sentada en un sofá sin hacer nada en una fiesta de ese grado, pero realmente no tenía ninguna alternativa, ni estaba de ánimos para ponerme a buscar una. No conocía a nadie en ese lugar, y no quería acoplarme a mi hermana y hacerle la noche más pesada de lo que ya lo era.
Me quedé sentada mirándome los pies y con las manos en el regazo lo que parecieron horas. Aunque en parte era divertido ver a la gente bailando y ser torpe justo en frente mía, y la pareja de al lado mía hacía ya tiempo que se había marchado, supongo que debido a mi estancia. Sonreí satisfecha al pensar eso. La música después de todo tampoco era tan mala como me imaginé, había hasta algunas canciones que estaban en mi lista de reproducción.
Miré mi reloj una vez más. Ya había pasado media hora desde que Emma había decidido dejarme sola de nuevo y yo me estaba muriendo del aburrimiento. Ahora ansiaba esa bebida que Emma me había prometido para por lo menos no aburrirme tanto.
—¿Me estás siguiendo? —la voz de un chico detrás mía me pilló completamente desprevenida.
Me di la vuelta para ver quién era ese desconocido que había decidido asaltarme de esas maneras.
Me miraba con una sonrisa burlona y extrañamente bonita en la cara, pero yo no estaba de humor. Esos rizos me eran horriblemente familiares. Pero por el resto no conocía de nada a ese chico como para que se dirigiese a mí de esa forma. A su lado había una chica, también con el pelo oscuro y rizado, con los brazos cruzados que no parecía muy contenta.
—Perdona, ¿qué?
—Que si me estás siguiendo. No tiene gracia, de todas formas.
Entrecerré los ojos y volví a darle un repaso con la mirada, pero seguía sin saber quién era. Me encogí de hombros y, a pesar de las señales que me enviaba su imagen, me di la vuelta, tratando de ignorarle.
—Hey —respondió ante mis malos modales—, te estoy hablando.
Dio la vuelta al sofá, se puso enfrente mía y se agachó para ponerse ojo a ojo conmigo. Sujetó con las manos mis piernas para no caerse y yo vacilé la mirada entre él y sus brazos, más molesta de lo que ya estaba. Alcé las cejas ante su atrevimiento.
Ese chico me intimidaba.
—Y yo te estoy ignorando. O por lo menos lo intento.
Inclinó la cabeza con el ceño fruncido y casi se cae al suelo.
Ah, encima borracho. La situación mejoraba por momentos, aunque casi no pude evitar una pequeña sonrisa ante su torpeza, mientras le miraba con el ceño fruncido.
Intenté alejarme, pero me vi atrapada entre el sofá y él. La chica que le acompañaba suspiró exasperada y se sentó a mi lado, aunque sacó su teléfono móvil de su escote y no me prestó más atención.
Los miré a ambos y entonces todo me cuadraba. Aquella era la pareja que había visto momentos antes a mi lado dándose el lote como si fuera el fin del mundo. Era tan incómodo que tuve que soltar una pequeña carcajada cuando me di cuenta como único mecanismo de defensa. Incómodo y surrealista, aquella situación lo tenía todo.
—Te he hecho una pregunta —dijo el chico después de ver cómo reaccionaba, con más paciencia de la que tendría yo.
—No te estoy siguiendo, ni sé quién eres.
Su cara de extrañeza era incluso mayor ahora, todavía con los dedos detrás de mis rodillas sin ningún tipo de vergüenza.
—¿Cómo que no? Yo sí te conozco a ti. Tú recogiste mi móvil.
La chica a mi lado levantó la mirada de repente y sin hacer ningún ademán de disimular, me miró de arriba a abajo, parándose en cada detalle. Luego esbozó una mueca de desagrado y volvió a su pantalla del móvil. Fruncí el ceño devolviéndole la mirada, aunque la ignoré. Sin ablandar mi rostro, volví a mirar al chico.
—¿Tu móvil? ¿Cuándo?
No estaba entendiendo nada.
Hizo algunos sonidos que no pude llamar palabras antes de hablar con más claridad:
—No sé... hace mucho ya.
Estaba literalmente acorralada. El chico de rizos de enfrente mía seguía sujetándose a mis piernas para evitar caerse al suelo, y la chica de mi lado también me bloqueaba el paso.
En la lejanía pude ver a Emma acercarse con mi bebida. En seguida me vi rodeada de unas luces blancas que cantaban libertad. Emma, cuando estuvo a varios pasos de mi, levantó la mirada y me vio a mí y al chico arrodillado, y su sonrisa fue descomunal. Le lancé una mirada de auxilio, pero ella no se dio cuenta. Me alzó el pulgar y se fue por donde había venido. Dejé caer los hombros.
Mis ganas de desaparecer aumentaban con cada segundo.
—Bueno, ¿vas a dejarme ir o cómo? —le dije al final, ya enfadada.
—Te llamas Jane, ¿verdad? —dijo haciendo caso omiso a mi pregunta.
Mi asombro estuvo acompañado por incluso más miedo del que ya sentía. Fruncí el ceño todavía más.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te conozco, ya te lo he dicho. Yo soy Harry —al fin se levantó y me tendió una mano con una gran sonrisa.
Harry.
—Oh dios mío, ¡eras tú el que vivía en Cheshire!
—¿Qué?
Claro que conocía a un Harry, era ese chico que se rió de mí en el autobús y que por arte de magia apareció su teléfono en el bolsillo de mi abrigo. Habían pasado tan solo tres semanas, y a mí ya se me había olvidado, como hacía con todo lo que no tuviese que ver con Dan. Bueno, realmente necesitaba ser más lúcida. Y tener mejor memoria.
Mi subconsciente se rió de mí cruelmente.
—¡Ya sé quién eres! —me reí y él esbozó una sonrisa de victoria.
Me levanté del sofá y pasé olímpicamente de su mano, la cual todavía estaba en el aire.
—Espera, ¿no vas a responder a mi pregunta?
—¡No te estoy siguiendo, por el amor de dios!
—Nunca me llamaste al skype.
—¿Qué?
Dios, hablar con ese chico era realmente difícil. Aunque de eso podría tener la culpa el alcohol. Pero eso no quitaba que me estuviera poniendo muy nerviosa.
—Me pediste mi skype, pero nunca me llamaste.
—Ya, lo pedí por ser amable. Si te hubiera querido llamar te hubiera pedido el teléfono. De todas formas, ni siquiera sé cómo lo haría para hablar contigo por teléfono, nunca me entero de nada de lo que dices. Además, estás borracho.
Frunció el ceño y asintió con la cabeza. Pasando olímpicamente de lo que le había dicho, se dio la vuelta rápidamente y agarró la mano de su novia o quien quiera que fuese esa chica, y la obligó a ponerse a su lado.
—Jane, te presento a Yina.
—Encantada —dije con más sarcasmo de lo que hubiera deseado.
Ella me dedicó una sonrisa también irónica.
—¿Es tu novia? —pregunté, intentando hacer aunque sea migas.
La carcajada que lanzó Harry a continuación me mojó hasta los zapatos, y tuvo que secarse las lágrimas con los dedos. Espero que haya sido fingido lo de las lágrimas, porque realmente no era tan gracioso.
Yina no parecía tan divertida, es más, parecía hasta enfadada por el repentino ataque de risa del chico.
—No… no, no es mi novia —y continuó riéndose.
—¿Entonces?
—Ah, es una larga historia —dijo ella por él.
Al abrir la boca de pronto, me di cuenta de que su voz era un tanto desagradable a causa de lo aguda que era, aunque supongo que al final podrías acostumbrarte.
—Me imagino.
Me quise ir de allí cuando Harry se hubo calmado, pero cuando me di la vuelta y di dos pasos, sentí una mano aferrarse a mi brazo, obligándome a darme la vuelta. De un sólo movimiento. Me giró con tanta rapidez que me encontré de un momento a otro demasiado cerca. Tan cerca que su nariz casi rozaba la mía, mientras me sujetaba la mirada con brillo en los ojos, todavía con sus dedos presionándome la palma de la mano. Fueron tan sólo dos segundos, pero tuve que hacer acopio de mis fuerzas cuando un olor tan agradable y repentino me descolocó por completo unos momentos, encontrándome disfrutando de una buena ola de su olor corporal. No era tan desagradable como quisiera que fuese. Me aparté casi al instante cuando me di cuenta, apartando la mirada incómoda y algo ruborizada. Me solté de su mano.
—Espera, déjame invitarte a algo.
Primero quise oponerme, pero luego me di cuenta de que ese chico, Harry, me estaba dando la oportunidad de no estar sola toda la noche y de tener mínimas posibilidades de pasarlo bien. Y en realidad no me caía tan mal.
Así que al final dejé que me invitara una y dos, y tres veces. Me lo pasé mejor de lo que me esperaba. Tanto, que al final Emma tuvo que llevarme a casa casi a rastras.
🌻✨🍂
Eran apenas las siete de la mañana cuando mi teléfono móvil no dejaba de vibrar encima de la mesilla de noche. Hacía dos horas que habíamos vuelto a casa y realmente me costaba distinguir si eso que oía era algo real o simplemente algo que a mi mente le apetecía imaginar. Abrí un ojo despacio y pude ver la luz salir disparada de la pantalla de mi móvil. Emma gimoteó con fuerza y sopló con exasperación.
Parpadeé varias veces y vi que me estaba llamando Ethan. Con los ojos medio cerrados, salí de la cama. Mareada, cogí el teléfono y me encerré en el baño.
—¿Diga? —dije con voz ronca.
Conocía a Ethan, y él no me llamaría si no fuera una urgencia. Aunque era muy tarde (o temprano), un pequeño cosquilleo de preocupación ya bailaba en mi vientre con energía, como usualmente cuando me llamaba a esas horas. Aunque mi estómago nunca se acostumbraría a esa sensación.
Tragué saliva al ver que no obtuve ninguna respuesta.
—¡Ethan! —repetí con voz más clara, aunque no demasiada alta por miedo a despertar a mis padres.
—Jane —dijo después de otros pocos segundos con la piel de gallina y mordiéndome el dedo.
—¿Qué ocurre? —dije algo más calmada.
—Mi padre está en el hospital.
Cerré los ojos y respiré hondo una vez estuve sentada en la taza del váter con las piernas cruzadas.
—¿Qué ha pasado?
Suspiró.
—Esta tarde ha vuelto, como de costumbre, borracho a casa. Pero, no sé, estaba diferente, porque ha subido directo a mi habitación y después de romper la puerta de una patada, casi me rompe a mí —lo escuché sorberse la nariz después de terminar la frase y pausar por unos segundos—. Me quedé tumbado en el suelo y después de un par de minutos escuché cómo el coche se estrellaba contra un árbol en frente de mi casa.
Me puse una mano en la frente y respiré hondo.
Otra vez no.
—Te ha vuelto a pegar.
No era una pregunta, sino una afirmación.
—No es por eso por lo que te llamo. Te llamo porque ha podido morir mientras yo estaba tumbado en el suelo con la nariz sangrando y fantaseando con que se cayera por las escaleras. ¡Tumbado, Jane!
—Espera, ¿estás culpándote por esto? ¿En serio?
Hubo un silencio grueso y palpable.
—Jane, ha puesto la vida de otros en peligro sólo porque yo estaba demasiado avergonzado que ni siquiera podía mirarle a la cara. Ha puesto su propia vida en peligro. Podría haber muerto en un accidente mucho más grave y—
—Ethan, para. En serio, me están entrando ganas de irme a Londres y darte una bofetada. ¿Te estás escuchando?
Suspiró de nuevo.
Después de unos segundos en silencio, supuse que no iba a contestarme.
—Tranquilo, seguro que estará bien. Y ahora deja de torturarte, vete a casa y descansa, ya irás a verle mañana cuando estés más despejado.
Colgué el teléfono y suspiré. Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos.
Caminando de vuelta a la cama con los brazos colgando pensé en lo afortunada que era teniendo la familia que tenía. Tenía dos padres que me querían y que se querían, y una hermana mayor que, bueno, suponía que me quería.
La verdad era que entre mi pequeño círculo de amigos, mi situación era la más “normal”, por así decirlo. No me gusta demasiado hablar de ello. La familia era uno de esos temas tabúes que no se tocaba en ninguna de las situaciones más extremas, o, por lo menos, no en colectivo, ya que Ethan, Ellen y Dan siempre recurrían a mí si tenían algún problema relacionado con ese tema.
Desgraciadamente, había demasiados.
Cuando yo llegué a ese barrio que tanto le había llamado la atención a mi madre por su tranquilidad y hospitalidad, todo estaba patas arriba entre ellos tres, ya que se conocían desde el colegio, y por tanto, ellos habían pasado por todo eso juntos, de alguna manera. Ya lo he dicho, no me gusta indagar demasiado en el tema, no son mis asuntos. No daré demasiados detalles.
Suspiré una vez entré en la cama, y aunque quisiera dormirme, no pude. La conversación con Ethan seguía grabada en mi cabeza a fuego. El padre de Ethan abusaba de él desde que su mujer se fue de casa. Él tenía trece años cuando su padre empezó a jugar con las drogas y el alcohol.
Él tampoco hablaba de ello, sólo cuando este tipo de cosas ocurrían, que lo hacían más de lo que deberían. Para luego hacer como que no me había contado nada, y seguir con su día a día como si todo estuviera bien. De todas formas, me alegraba mucho que yo fuera su punto de apoyo y que fuera yo en la que confiaba para contarle todo esto, aunque a veces desearía no saber nada de ello, y hacer como si todo estuviera bien como hacía él, no tener que preocuparme por él cada vez que me dejaba en mi casa y se dirigiera a la suya.
Era lo mínimo que podría hacer, y eso era hablar con él. Ya que lo quería con toda mi alma.
En cuanto llegamos a la estación nos tocó volver a correr hasta la estación de autobuses para coger uno hacia el pueblo en el que nos quedaríamos. Como siempre, nuestro tiempo no era especialmente generoso, ya que sólo teníamos un cuarto de hora desde la llegada del tren hasta la salida del autobús.
La relación que tenía con mi abuela paterna no era ni la mitad de cercana como la que tenía con la materna, por lo que estar en su casa un fin de semana era algo que me incomodaba un poco. Y a Emma muchísimo más que a mí. El único que parecía emocionado con los hechos era mi padre, y sólo por el hecho de que hacía por lo menos dos años que no iba a visitar a su madre.
La llegada fue normal, tranquila y justo como me la había imaginado; llegada al pueblo, búsqueda intensiva y fallida de la casa, llamada a la abuela para pedir indicaciones y encontrarla a la segunda llamada. Un beso, mirar la casa con fingido interés, llegar a la habitación, dejar las maletas y sentarse al lado de mis padres fingiendo estar escuchando la conversación.
Su cumpleaños no era hasta el domingo, así que los regalos, —algo que quitaba tiempo y ocupaba el suficiente espacio como para hacerse con nuevos temas de conversación— no se daban hasta el día siguiente, por desgracia.
Emma estaba encerrada en nuestra habitación, como siempre, y yo tenía que pretender estar interesada y hacer de la hermana responsable y buena de la familia, algo que de alguna forma ya era así. Pero tenía que mantener esa fachada que había levantado durante los años.
Aunque hubo un momento en el que la puerta de la habitación se abrió y unos pasos apresurados corrían hasta bajar las escaleras, y una emocionada Emma se presentó después de hora y media de habladurías sobre el cambio climático y lo corruptos que eran los políticos en todos lados.
—¿Puedo salir esta noche? —pidió sin más demora.
Mi madre soltó una carcajada, y mi padre se vio obligado a tomar riendas.
—¿Estás loca?
—Bueno, ¿puedo?
—Por supuesto que no.
Dio una patada al suelo y yo di un sorbo al té que la abuela me había preparado. Estaba frío y agrio pero, como ya dije, tenía que mantener mi reputación.
—¿Por qué no?
—Tan fácil como que no vas a salir de fiesta en un pueblo que no conoces de nada, con personas que no conoces de nada y en sitios que no conoces de nada. Ni hablar.
—Esto no es ni la mitad de grande que nuestro barrio y allí no tienes problema. No tiene sentido, papá.
—¿Te lo repito? Mamá, ayúdame en esto.
La abuela levantó la mirada desprevenida y miró a Emma.
—Es tu hija, no la mía. La tienes que educar tú.
—¿Ves? La abuela me deja, ¿a que sí?
Sólo levantó las manos e hizo como si se mostrara neutral.
Mi madre ya se había marchado a la cocina.
—Emma, mantengo mi postura. Además, ¿qué hay aquí? Apenas hay un bar.
—No tienes ni idea —reprochó Emma suficientemente alto como para escucharlo.
—Un no es un no, y punto.
La sala se quedó en silencio varios segundos, hasta que yo decidí romperlo antes de que mi hermana le lanzara el móvil o algo así.
—Papá, creo que tendrías que dejarla ir —los ojos de mi hermana se abrieron tanto al oírme decir aquello que parecía que podría besarme con ellos desde su posición—. A ver si así se coge otro coma etílico y aprende la lección de una vez.
—¿Un coma etílico, Emma? —la abuela parecía muy impresionada, a pesar de lo mucho que mi padre le había hablado de ella.
—Jane, eres un genio. Igual me lo pienso —el sarcasmo de mi padre era lo único que yo había heredado de él.
—¿De verdad? —el resto lo había heredado Emma.
La lista de la familia era mi madre.
—Sarcasmo, Emma.
—No me gusta. Que sepas papá: me has decepcionado.
En realidad mi hermana no era tan mala persona. Era guapa e incluso lista, pero era demasiado superficial.
El problema era que siempre tenía que pensar que el mundo giraba alrededor suya, y que todo lo demás era irrelevante. No siempre era así, pero sí la mayoría del tiempo, y me ponía de los nervios. Eso es lo que le hacía tan insoportable. Era extremadamente inmadura para su edad.
—En realidad, Jane tiene razón —mi madre se apoyaba en el marco de la puerta y paseaba su dedo por su labio inferior, pensativa.
Levanté las cejas y evité reírme.
—¿Qué? —dijimos mi padre y yo a la vez, con el mismo tono de voz.
—Quiero decir, es un pueblo pequeño, no le va a pasar nada.
—Eso, sé cuidar de mí misma —respondió Emma, cruzándose de brazos orgullosa.
—Por supuesto que no sabes, por eso te va a acompañar Jane.
Tardé unos segundos en entender lo que mi madre había dicho.
—Espera, ¿qué?
—¿Prefieres que te acompañe yo? —preguntó mi madre en su defensa, poniendo una mano en su pecho y alzando las cejas.
—Sí —respondimos Emma y yo.
—Respuesta anulada. O vas con Jane o no vas.
—¡No tengo ni voz ni voto en esta familia! ¡Soy como el perro! —protesté.
—Eso es porque eres la pequeña.
—Pero si soy yo la que te tiene que cuidar a ti, retrasada.
—Me acaba de insultar y vosotros no movéis un dedo, realmente me decepcionáis ambos.
—Emma y Jane, callaos ya u os quedáis en casa.
—¡Pero si tengo que ir igualmente!
—Tengo gallinas en vez de nietas —murmuró mi abuela, lo suficientemente alto como para escucharlo.
Todo el mundo hizo como si no la hubiera escuchado.
Abrí la boca para protestar nuevamente, pero parecía que si volvía a pronunciar otra palabra más, me iba a meter en problemas más serios que tener que cuidar de mi hermana mayor.
Suspiré y puse los ojos en blanco cuando subí las escaleras seguida por Emma, que parecía tan molesta como yo.
Parecía que no tendría opción que escoger y que realmente estaba obligada a hacerlo, por lo que me dirigí a mi habitación a ponerme algo decente. Por lo menos intentaría pasármelo bien.
Algo poco probable, ya que iba con mi hermana mayor y no conocía a nadie en ese maldito pueblo.
🌻✨🍂
El frío que hacía en la calle era más que normal para estar a principios de julio en Inglaterra, pero aún así era espantosamente gélido. Mis dientes ya dolían de tanto chocarse los unos contra otros desde que salí de casa, y mi temperatura corporal no parecía subir conforme andaba más y más rápido para intentar subirlo. Emma no parecía afectada; andaba con los brazos a sus lados y con la cabeza bien alta, sin ningún indicio de que estuviera pasando frío, completamente contraria a mí, ya que yo iba completamente encorvada y con las manos hundidas en los bolsillos de mi gabardina. Era injusto, ya que yo llevaba unos vaqueros y ella tan solo unas medias con un vestido, que para nada estaba preparado para ese tipo de temperaturas.
Me tuve que recordar que era una gran actriz.
Después de varios minutos andando me cansé de tanto secretismo.
—Bueno, ¿a dónde se supone que vamos?
—Cerca de aquí hay una casa abandonada donde siempre hay fiestas los primeros fines de semana del mes. Son como fiestas privadas, más o menos.
—Entonces nosotras no podemos ir —dije intentando ocultar el deje de emoción que me recorría el vientre.
—Sí podemos, tonta. Conozco al organizador, estuvo un tiempo trabajando en un pub al que iba mucho.
—Ah —fue lo único que pude añadir.
En esos momentos odiaba más que nunca a Dan, ya que salir de fiesta era una de las cosas que más me gustaba hacer, y el hecho de que hubiese conseguido hasta quitarme las ganas de eso, me enfadaba con creces.
Caminamos otros pocos minutos en silencio hasta que llegamos a un camino sin asfaltar y comenzamos a subir una pequeña colina sin árboles y sin nada más que hierba amarilla y pisoteada. Los árboles comenzaron a hacerse algo más abundantes y llegamos a una casa más grande de lo que yo me hubiera imaginado por culpa del entorno. Se veía que esa casa era antes habitada por una familia adinerada y con poder, ya que era bastante grande. El techo estaba medio en ruinas, pero parecía que eso no detenía a las personas que lo estaban pasando bien dentro, por lo menos así se escuchaba desde mi posición; música lo suficientemente alta como para no poder entenderse al hablar, pero lo bastante baja como para que el pueblo no lo escuchara.
Cuando llegamos a la casa, comencé a ponerme nerviosa sin saber muy bien la razón. Realmente no sabía qué iba a hacer ahí dentro; partía del hecho que mi hermana había quedado con gente que conocía y que yo tendría que acoplarme a ella toda la noche si no quería pasarme la noche sentada en algún rincón intentando no quedarme dormida. Al acercarnos a la puerta vacilé unos segundos antes de entrar, sin saber muy bien si pedirle ayuda a mi hermana ante aquella pequeña crisis que estaba teniendo, seguido por las múltiples emociones que me azotaban el pecho a todas horas del día por lo de Dan, que en esos momentos parecían hacerse más pesados que de normal.
La relación que tenía con mi hermana mayor no era que se diga mala de odiarnos muchísimo. Pero tampoco era la mejor, ni la que deseaba cuando era más pequeña. Siempre oía historias de otra gente que compartía tantas cosas con sus hermanas que la envidia me corroía día tras día. Me hubiese encantado compartir la ropa con ella y contarle mis secretos y mis dramas y que ella me diera consejos como hermana mayor. Pero esas cosas no pasaban entre nosotras. Emma siempre había sido muy competitiva, si no era conmigo lo era con nuestro hermano mayor. Nunca había tenido que serlo con otra chica antes de que llegara yo, ya que a medida que yo crecía, más me tenían en cuenta a mí, sin contar que le quitaba todo el protagonismo que mis padres le brindaban. Nunca compartíamos nada entre nosotras, siempre tenía que esconder mis dramas de adolescente cuando entraba por la puerta de mi casa, ya que sabía que nadie de ahí dentro me iba a ayudar con mis problemas. Aquello me entristecía mucho, me hubiese encantado contarle a mi hermana mayor todo lo que me estaba pasando y pedirle ayuda a gritos, que me hablara de sus perspectivas y experiencias en su vida personal, que me incluyera en su vida, y sobre todo que no me dejase ahogarme entre mis emociones y lágrimas del momento.
Cambié de opinión enseguida, me tragué el nudo de la garganta como pude y traté de no volver a echarme a llorar delante suya, porque sólo iba a hacer el ridículo. Con los años había aprendido a mantener siempre un fuerte con ella, a no compartir más de lo necesario.
Emma había girado la mirada y me repasaba con un brillo en los ojos que no me era demasiado familiar. Aparté la mirada casi al instante, aunque ella me sujetaba de los hombros antes de que pudiera darme cuenta.
—¿Jane? —preguntó, con un tono de voz que no conocía, como con preocupación.
—¿Qué? —contesté yo, asegurándome que sonaba a la defensiva.
Frunció los labios y sin dejar oponerme ante sus movimientos, me arrastró hasta un banco de piedra y se sentó a mi lado.
—¿Qué sucede?
La miré con los ojos muy abiertos. No sabía muy bien por qué preocuparme más; si por las lágrimas que amenazaban con mi exposición o con el repentino ataque de preocupación de mi hermana mayor, a la que le dio igual que un chico de diecisiete años saliera con su hermana pequeña de trece.
Ella también parecía algo retraída, ya no me sujetaba de los hombros ni me miraba a los ojos, aunque pude ver que se mordía el labio y luchaba por que la situación no se hiciera incómoda y tomar la situación como mejor sabía. Suspiró y se pasó una mano por el pelo. Cerró los ojos y comenzó diciendo:
—Escucha, Jane. Sé lo qué te ha pasado. No me lo has dicho, pero lo sé. Y sé lo qué se siente. Puede que esto te resulte irrelevante o que no me hagas caso, pero tu vales mucho más que ese capullo, de verdad. No te lo diré a menudo, pero eres mi hermana y siempre voy a intentar protegerte. Lo digo ahora y espero no arrepentirme, pero puedes venir a mí cuando quieras y contarme las cosas si necesita llorar o lo que sea. Siento que te lo haya dicho tan tarde, no te mereces esto. Quiero que te lo pases bien. Te odiaré muchas veces pero sigues siendo mi hermana y la única que puede hacerte daño soy yo, ¿de acuerdo?
Parpadeé un par de veces, mirándole a los ojos sin saber qué responderle a aquello.
Esas fueron las primeras palabras de afecto que mi hermana me había dedicado en mucho tiempo.
Quise decir algo, pero me tiró del brazo y me levantó del banco de un tirón, posiblemente avergonzada y deseando que no le respondiera nada a lo que me acababa de admitir.
—Voy a conseguirte un chico para que te lo pases bien —me guiñó un ojo.
Esta nueva faceta de mi hermana me pilló completamente desprevenida, nunca lo vi venir, y a pesar de eso, realmente me gustaba. Tenía que aprovecharlo, ya que sabía que al día siguiente posiblemente no sería tan amable conmigo que entonces.
Me dijo que esperara un segundo para arreglar una cosa con el portero y escasos minutos más tarde me volvió a coger de la muñeca para arrastrarme dentro del edificio.
La música estaba muchísimo más alta de lo que en principio había esperado. Fue como si alguien me hubiera abofeteado la cara con un altavoz de lo bien aislada que estaba la casa. De lo que también me di cuenta fue de que ahí dentro hacía un calor espeluznante.
Había poca luz, pero la suficiente como para poder manejarte por el lugar sin tener que preocuparte por tus zapatos. Cuando me quise girar para preguntarle a mi hermana dónde estaban los baños sólo por si acaso, vi que se había evaporizado, y que estaba completamente sola en medio de una multitud que no conocía de nada.
Puse los ojos en blanco. Ni dos minutos había durado su amabilidad hacia mí. Intenté no tomármelo a pecho y me hice paso como pude por la gente que estaban bailando completamente dirigidos por el alcohol. Por suerte, la gente estaba agrupada únicamente en el centro, por lo que en las esquinas habían algunos sofás libres o no tan libres en los que podría sentarme y centrarme en cuáles serían mis siguientes movimientos.
Escogí el único en donde no había más que una pareja demasiado acaramelada. Me acerqué a él intentando no llamar demasiado la atención y me senté en él lo más lejos posible de ellos, lo que no fue más que un intento fallido, ya que el sofá era bastante pequeño y estaban a tan sólo centímetros de mí. Intenté ignorarlos lo mejor que pude.
Coloqué el bolso a mi lado y saqué mi teléfono.
01:13 Ellen™: mira, se me ha curado ya 🎉
Ellen me había enviado una foto de su piercing en la nariz que ambas fuimos a hacernos juntas hacía unos meses, aunque ella había tenido algunos problemas más que yo en el proceso de curación. Sonreí un poco y me dispuse a responderle.
—¿De verdad, Jane?
Di un brinco cuando escuché la voz de Emma a mis espaldas. Giré el cuello y la miré. Suspiró y se sentó en el brazo del sofá.
—No te lo voy a permitir —dijo entre grito y grito—. Vamos, te traeré algo de beber.
Antes de que pudiera replicar, o incluso levantarme e ir con ella, mi hermana ya había vuelto a perderse entre la multitud. Suspiré en rendición. En parte le daba la razón, no debería de estar sentada en un sofá sin hacer nada en una fiesta de ese grado, pero realmente no tenía ninguna alternativa, ni estaba de ánimos para ponerme a buscar una. No conocía a nadie en ese lugar, y no quería acoplarme a mi hermana y hacerle la noche más pesada de lo que ya lo era.
Me quedé sentada mirándome los pies y con las manos en el regazo lo que parecieron horas. Aunque en parte era divertido ver a la gente bailando y ser torpe justo en frente mía, y la pareja de al lado mía hacía ya tiempo que se había marchado, supongo que debido a mi estancia. Sonreí satisfecha al pensar eso. La música después de todo tampoco era tan mala como me imaginé, había hasta algunas canciones que estaban en mi lista de reproducción.
Miré mi reloj una vez más. Ya había pasado media hora desde que Emma había decidido dejarme sola de nuevo y yo me estaba muriendo del aburrimiento. Ahora ansiaba esa bebida que Emma me había prometido para por lo menos no aburrirme tanto.
—¿Me estás siguiendo? —la voz de un chico detrás mía me pilló completamente desprevenida.
Me di la vuelta para ver quién era ese desconocido que había decidido asaltarme de esas maneras.
Me miraba con una sonrisa burlona y extrañamente bonita en la cara, pero yo no estaba de humor. Esos rizos me eran horriblemente familiares. Pero por el resto no conocía de nada a ese chico como para que se dirigiese a mí de esa forma. A su lado había una chica, también con el pelo oscuro y rizado, con los brazos cruzados que no parecía muy contenta.
—Perdona, ¿qué?
—Que si me estás siguiendo. No tiene gracia, de todas formas.
Entrecerré los ojos y volví a darle un repaso con la mirada, pero seguía sin saber quién era. Me encogí de hombros y, a pesar de las señales que me enviaba su imagen, me di la vuelta, tratando de ignorarle.
—Hey —respondió ante mis malos modales—, te estoy hablando.
Dio la vuelta al sofá, se puso enfrente mía y se agachó para ponerse ojo a ojo conmigo. Sujetó con las manos mis piernas para no caerse y yo vacilé la mirada entre él y sus brazos, más molesta de lo que ya estaba. Alcé las cejas ante su atrevimiento.
Ese chico me intimidaba.
—Y yo te estoy ignorando. O por lo menos lo intento.
Inclinó la cabeza con el ceño fruncido y casi se cae al suelo.
Ah, encima borracho. La situación mejoraba por momentos, aunque casi no pude evitar una pequeña sonrisa ante su torpeza, mientras le miraba con el ceño fruncido.
Intenté alejarme, pero me vi atrapada entre el sofá y él. La chica que le acompañaba suspiró exasperada y se sentó a mi lado, aunque sacó su teléfono móvil de su escote y no me prestó más atención.
Los miré a ambos y entonces todo me cuadraba. Aquella era la pareja que había visto momentos antes a mi lado dándose el lote como si fuera el fin del mundo. Era tan incómodo que tuve que soltar una pequeña carcajada cuando me di cuenta como único mecanismo de defensa. Incómodo y surrealista, aquella situación lo tenía todo.
—Te he hecho una pregunta —dijo el chico después de ver cómo reaccionaba, con más paciencia de la que tendría yo.
—No te estoy siguiendo, ni sé quién eres.
Su cara de extrañeza era incluso mayor ahora, todavía con los dedos detrás de mis rodillas sin ningún tipo de vergüenza.
—¿Cómo que no? Yo sí te conozco a ti. Tú recogiste mi móvil.
La chica a mi lado levantó la mirada de repente y sin hacer ningún ademán de disimular, me miró de arriba a abajo, parándose en cada detalle. Luego esbozó una mueca de desagrado y volvió a su pantalla del móvil. Fruncí el ceño devolviéndole la mirada, aunque la ignoré. Sin ablandar mi rostro, volví a mirar al chico.
—¿Tu móvil? ¿Cuándo?
No estaba entendiendo nada.
Hizo algunos sonidos que no pude llamar palabras antes de hablar con más claridad:
—No sé... hace mucho ya.
Estaba literalmente acorralada. El chico de rizos de enfrente mía seguía sujetándose a mis piernas para evitar caerse al suelo, y la chica de mi lado también me bloqueaba el paso.
En la lejanía pude ver a Emma acercarse con mi bebida. En seguida me vi rodeada de unas luces blancas que cantaban libertad. Emma, cuando estuvo a varios pasos de mi, levantó la mirada y me vio a mí y al chico arrodillado, y su sonrisa fue descomunal. Le lancé una mirada de auxilio, pero ella no se dio cuenta. Me alzó el pulgar y se fue por donde había venido. Dejé caer los hombros.
Mis ganas de desaparecer aumentaban con cada segundo.
—Bueno, ¿vas a dejarme ir o cómo? —le dije al final, ya enfadada.
—Te llamas Jane, ¿verdad? —dijo haciendo caso omiso a mi pregunta.
Mi asombro estuvo acompañado por incluso más miedo del que ya sentía. Fruncí el ceño todavía más.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te conozco, ya te lo he dicho. Yo soy Harry —al fin se levantó y me tendió una mano con una gran sonrisa.
Harry.
—Oh dios mío, ¡eras tú el que vivía en Cheshire!
—¿Qué?
Claro que conocía a un Harry, era ese chico que se rió de mí en el autobús y que por arte de magia apareció su teléfono en el bolsillo de mi abrigo. Habían pasado tan solo tres semanas, y a mí ya se me había olvidado, como hacía con todo lo que no tuviese que ver con Dan. Bueno, realmente necesitaba ser más lúcida. Y tener mejor memoria.
Mi subconsciente se rió de mí cruelmente.
—¡Ya sé quién eres! —me reí y él esbozó una sonrisa de victoria.
Me levanté del sofá y pasé olímpicamente de su mano, la cual todavía estaba en el aire.
—Espera, ¿no vas a responder a mi pregunta?
—¡No te estoy siguiendo, por el amor de dios!
—Nunca me llamaste al skype.
—¿Qué?
Dios, hablar con ese chico era realmente difícil. Aunque de eso podría tener la culpa el alcohol. Pero eso no quitaba que me estuviera poniendo muy nerviosa.
—Me pediste mi skype, pero nunca me llamaste.
—Ya, lo pedí por ser amable. Si te hubiera querido llamar te hubiera pedido el teléfono. De todas formas, ni siquiera sé cómo lo haría para hablar contigo por teléfono, nunca me entero de nada de lo que dices. Además, estás borracho.
Frunció el ceño y asintió con la cabeza. Pasando olímpicamente de lo que le había dicho, se dio la vuelta rápidamente y agarró la mano de su novia o quien quiera que fuese esa chica, y la obligó a ponerse a su lado.
—Jane, te presento a Yina.
—Encantada —dije con más sarcasmo de lo que hubiera deseado.
Ella me dedicó una sonrisa también irónica.
—¿Es tu novia? —pregunté, intentando hacer aunque sea migas.
La carcajada que lanzó Harry a continuación me mojó hasta los zapatos, y tuvo que secarse las lágrimas con los dedos. Espero que haya sido fingido lo de las lágrimas, porque realmente no era tan gracioso.
Yina no parecía tan divertida, es más, parecía hasta enfadada por el repentino ataque de risa del chico.
—No… no, no es mi novia —y continuó riéndose.
—¿Entonces?
—Ah, es una larga historia —dijo ella por él.
Al abrir la boca de pronto, me di cuenta de que su voz era un tanto desagradable a causa de lo aguda que era, aunque supongo que al final podrías acostumbrarte.
—Me imagino.
Me quise ir de allí cuando Harry se hubo calmado, pero cuando me di la vuelta y di dos pasos, sentí una mano aferrarse a mi brazo, obligándome a darme la vuelta. De un sólo movimiento. Me giró con tanta rapidez que me encontré de un momento a otro demasiado cerca. Tan cerca que su nariz casi rozaba la mía, mientras me sujetaba la mirada con brillo en los ojos, todavía con sus dedos presionándome la palma de la mano. Fueron tan sólo dos segundos, pero tuve que hacer acopio de mis fuerzas cuando un olor tan agradable y repentino me descolocó por completo unos momentos, encontrándome disfrutando de una buena ola de su olor corporal. No era tan desagradable como quisiera que fuese. Me aparté casi al instante cuando me di cuenta, apartando la mirada incómoda y algo ruborizada. Me solté de su mano.
—Espera, déjame invitarte a algo.
Primero quise oponerme, pero luego me di cuenta de que ese chico, Harry, me estaba dando la oportunidad de no estar sola toda la noche y de tener mínimas posibilidades de pasarlo bien. Y en realidad no me caía tan mal.
Así que al final dejé que me invitara una y dos, y tres veces. Me lo pasé mejor de lo que me esperaba. Tanto, que al final Emma tuvo que llevarme a casa casi a rastras.
🌻✨🍂
Eran apenas las siete de la mañana cuando mi teléfono móvil no dejaba de vibrar encima de la mesilla de noche. Hacía dos horas que habíamos vuelto a casa y realmente me costaba distinguir si eso que oía era algo real o simplemente algo que a mi mente le apetecía imaginar. Abrí un ojo despacio y pude ver la luz salir disparada de la pantalla de mi móvil. Emma gimoteó con fuerza y sopló con exasperación.
Parpadeé varias veces y vi que me estaba llamando Ethan. Con los ojos medio cerrados, salí de la cama. Mareada, cogí el teléfono y me encerré en el baño.
—¿Diga? —dije con voz ronca.
Conocía a Ethan, y él no me llamaría si no fuera una urgencia. Aunque era muy tarde (o temprano), un pequeño cosquilleo de preocupación ya bailaba en mi vientre con energía, como usualmente cuando me llamaba a esas horas. Aunque mi estómago nunca se acostumbraría a esa sensación.
Tragué saliva al ver que no obtuve ninguna respuesta.
—¡Ethan! —repetí con voz más clara, aunque no demasiada alta por miedo a despertar a mis padres.
—Jane —dijo después de otros pocos segundos con la piel de gallina y mordiéndome el dedo.
—¿Qué ocurre? —dije algo más calmada.
—Mi padre está en el hospital.
Cerré los ojos y respiré hondo una vez estuve sentada en la taza del váter con las piernas cruzadas.
—¿Qué ha pasado?
Suspiró.
—Esta tarde ha vuelto, como de costumbre, borracho a casa. Pero, no sé, estaba diferente, porque ha subido directo a mi habitación y después de romper la puerta de una patada, casi me rompe a mí —lo escuché sorberse la nariz después de terminar la frase y pausar por unos segundos—. Me quedé tumbado en el suelo y después de un par de minutos escuché cómo el coche se estrellaba contra un árbol en frente de mi casa.
Me puse una mano en la frente y respiré hondo.
Otra vez no.
—Te ha vuelto a pegar.
No era una pregunta, sino una afirmación.
—No es por eso por lo que te llamo. Te llamo porque ha podido morir mientras yo estaba tumbado en el suelo con la nariz sangrando y fantaseando con que se cayera por las escaleras. ¡Tumbado, Jane!
—Espera, ¿estás culpándote por esto? ¿En serio?
Hubo un silencio grueso y palpable.
—Jane, ha puesto la vida de otros en peligro sólo porque yo estaba demasiado avergonzado que ni siquiera podía mirarle a la cara. Ha puesto su propia vida en peligro. Podría haber muerto en un accidente mucho más grave y—
—Ethan, para. En serio, me están entrando ganas de irme a Londres y darte una bofetada. ¿Te estás escuchando?
Suspiró de nuevo.
Después de unos segundos en silencio, supuse que no iba a contestarme.
—Tranquilo, seguro que estará bien. Y ahora deja de torturarte, vete a casa y descansa, ya irás a verle mañana cuando estés más despejado.
Colgué el teléfono y suspiré. Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos.
Caminando de vuelta a la cama con los brazos colgando pensé en lo afortunada que era teniendo la familia que tenía. Tenía dos padres que me querían y que se querían, y una hermana mayor que, bueno, suponía que me quería.
La verdad era que entre mi pequeño círculo de amigos, mi situación era la más “normal”, por así decirlo. No me gusta demasiado hablar de ello. La familia era uno de esos temas tabúes que no se tocaba en ninguna de las situaciones más extremas, o, por lo menos, no en colectivo, ya que Ethan, Ellen y Dan siempre recurrían a mí si tenían algún problema relacionado con ese tema.
Desgraciadamente, había demasiados.
Cuando yo llegué a ese barrio que tanto le había llamado la atención a mi madre por su tranquilidad y hospitalidad, todo estaba patas arriba entre ellos tres, ya que se conocían desde el colegio, y por tanto, ellos habían pasado por todo eso juntos, de alguna manera. Ya lo he dicho, no me gusta indagar demasiado en el tema, no son mis asuntos. No daré demasiados detalles.
Suspiré una vez entré en la cama, y aunque quisiera dormirme, no pude. La conversación con Ethan seguía grabada en mi cabeza a fuego. El padre de Ethan abusaba de él desde que su mujer se fue de casa. Él tenía trece años cuando su padre empezó a jugar con las drogas y el alcohol.
Él tampoco hablaba de ello, sólo cuando este tipo de cosas ocurrían, que lo hacían más de lo que deberían. Para luego hacer como que no me había contado nada, y seguir con su día a día como si todo estuviera bien. De todas formas, me alegraba mucho que yo fuera su punto de apoyo y que fuera yo en la que confiaba para contarle todo esto, aunque a veces desearía no saber nada de ello, y hacer como si todo estuviera bien como hacía él, no tener que preocuparme por él cada vez que me dejaba en mi casa y se dirigiera a la suya.
Era lo mínimo que podría hacer, y eso era hablar con él. Ya que lo quería con toda mi alma.
parte i: Uno
"Happy Ending" de Mika sonaba con tanta fuerza por los altavoces que sentía la cama temblar al ritmo de la canción bajo mía. Trataba de tranquilizarme con el sonido del piano y de la lentitud de la canción, de pensar en cualquier cosa menos en todo lo ocurrido el día anterior, tumbada en la cama y mirando el techo de mi habitación. Como si fuera lo único que podía hacer en esos momentos. Cerré los ojos y dramáticamente, respiré hondo unas cuantas veces seguidas. Como llevaba haciendo toda la mañana.
La verdad es que estar tumbada sin hacer nada escuchando una canción sobre una ruptura ayudaba mucho a que las imágenes y las grabaciones de su voz diciéndome todo lo que me había dicho se reprodujeran una y otra vez en la pantalla de mi mente. Me estaba autosaboteando. Lo peor de todo era que era consciente de ello.
La puerta se abrió del golpe y la figura de mi hermana mayor me miraba desde el marco de la puerta con el ceño fruncido y con las manos en las caderas, dispuesta de nuevo a hacer que mi vida fuera más miserable de lo que ya lo era.
Antes de que pronunciara palabra, yo ya estaba poniendo los ojos en blanco. Ella soltó un resoplido y apagó la música agresivamente.
—¡Eh! —grité incorporándome.
La miré con el ceño fruncido.
Mi hermana, Emma, que recién había cumplido los dieciocho, era una copia de mí; rubia, con ojos azules y delgada de constitución, aunque algo más alta que yo. Hacía unos años había llegado a envidiarla en más de una ocasión por poder llevar vestidos cortos, aunque con los años, mi autoestima creció a la par que mis pechos y mi pelo, que en esos momentos me llegaba hasta el ombligo. Todos mis problemas quedaron resueltos, básicamente. No me habían educado para ser superficial, pero la gente con la que me juntaba casi a diario, sumándole el estilo de vida que más tarde tendría, me enseñó lo contrario, y no podía evitarlo.
—¿No te cansas de escuchar siempre la misma música? Has escuchado esta canción cinco veces en una hora.
Me encogí de hombros y me dejé caer de nuevo sobre mi colchón.
—Esta canción me calma.
Hizo un gesto con la mano.
—Lo que sea. Te están llamando al móvil.
Fruncí el ceño y miré a mi lado, donde mi blackberry yacía sobre la cama sin hacer ningún ruido.
—¿Qué dices?
Emma se encogió de hombros.
—Me da igual, quiero que bajes y que lo hagas callar porque me está dejando la cabeza hecha polvo, ¿eh?
Suspiré y me levanté de la cama. Emma avanzó su camino hacia su habitación y yo con toda la curiosidad del mundo bajé las escaleras y fui directa al salón, de donde suponía que sonaba ese teléfono del que hablaba.
No habían pasado ni veinticuatro horas desde que Dan me había dejado y yo no había salido de casa desde entonces, si contabas el hecho de que había cogido un resfriado de caballo y que mi madre me había obligado a quedarme en la cama, por mucho que fuera sábado. Aquello me dio pista libre para seguir torturándome acerca de la ruptura con mi novio. Exnovio. Era difícil acostumbrarse.
Llegué al salón, y sin saber muy bien dónde empezar a buscar, comencé a enredar entre los cojines del sofá, cuando pude escuchar un sonido estridente que casi me da un infarto salir desde el armario. Con una mueca extrañada en la cara, caminé sin prisa y con algo de miedo hasta él, donde saqué la chaqueta que llevé el día anterior. Cuando metí la mano en uno de los bolsillos y pude sacar un vibrante iPhone de color negro, el número que hacía brillar la pantalla desapareció y de nuevo reinó la calma. Parpadeé un par de veces sin saber muy bien qué hacer, por lo que guardé mi cazadora y subí las escaleras en dos saltos.
Una vez en mi habitación de nuevo, sentada en la cama me permití analizar la pantalla del móvil desconocido con más calma. El número que antes aparecía en ella había llamado ya como treinta y siete veces, sin exagerar, y también pude leer un par de mensajes de hacía unas horas que no pude ignorar.
10: 34 🐰Yina 🐰: hey
10: 34 🐰Yina 🐰: te echo de menos
10: 36 🐰Yina 🐰: cuando volvías?
De nuevo, el sonido tan estridente hizo que diera un brinco y que el teléfono volara de entre mis manos del susto que me había dado. Me puse nerviosa, me mordí el dedo mientras lo veía vibrar encima de la cama. Después de unos segundos, sujeté el móvil y contesté.
—¿Hola? —dije algo vacilante, todavía con la uña del pulgar entre los dientes.
Hubo un silencio detrás del auricular por unos instantes, y justo cuando estaba a punto de colgar con alivio, una voz grave me contestó.
—¿Quién demonios eres?
—Um...
—¿Y qué haces con mi teléfono?
Titubeé por unos instantes.
—Eso me gustaría saber a mí. Ha aparecido en mi chaqueta y—
—Ya claro. ¿Cómo quieres que me crea eso? ¿O es que ahora existen abrigos que fabrican teléfonos de otras personas en los bolsillos?
Qué sarcasmo más raro, fue lo primero que pensé. Era lo más raro que alguien me había dicho nunca.
—¿Qué? —respondí extrañadísima.
—Me has robado el teléfono.
Me puse una mano en la cadera y alcé una ceja, a pesar de ser perfectamente consciente de que no era capaz de verme. Comencé a enfadarme por alguna razón; no estaba de humor para bromitas de mal gusto. Me aclaré la garganta.
—Mira, yo no quiero tu maldito teléfono, ¿de acuerdo? No sé siquiera quién eres y qué mierda hace esto en mi casa —casi lo grité, y cuando quise contenerme ya era demasiado tarde.
Tardó algo en contestar, probablemente intimidado con mi mal genio tan repentino.
—Bueno, yo sólo—
—Por el amor de dios, infórmate antes de acusar a las personas.
—Sólo quería de vuelta mi teléfono.
Traté de tranquilizarme contando hasta diez.
—Pues yo no te lo he cogido.
—Está bien. Dame la dirección de tu casa e iré a buscarlo.
—No pienso hacer eso.
Suspiró exasperado.
Era una cría, posiblemente nada hubiese pasado si hubiese venido a buscar el maldito teléfono, pero ya te he dicho que me encanta el drama.
—Bueno, pues quedamos en algún lado y ya está —él también parecía estar exasperado conmigo, aunque no me podía importar menos.
Suspiré y me tumbé en la cama frotándome los ojos tratando de dejar a un lado los prejuicios, pero me era imposible fiarme al no saber absolutamente nada de él. No podía quedar con él sin más.
Enredé mi mano en el pelo y cerré los ojos exasperada antes de soltar un gruñido.
🔮🐬🌻
Ellen me esperaba como siempre sentada en la acera enfrente de nuestro instituto con las piernas abiertas y el móvil entre las manos. Me senté a su lado cuando llegué y me miró con sorpresa.
—Jane, qué pronto has venido.
Me encogí de hombros en respuesta. Me dio un beso en la mejilla.
—¿Qué tal estás, cielo? —me preguntó apartando un mechón de su pelo corto castaño de delante de sus ojos.
Me encogí de hombros de nuevo y preferí no responder a la pregunta. No valía la pena mentir y menos a mi mejor amiga. Ellen lo entendió y se limitó a abrazarme. Me acarició la mejilla y esbozó una pequeña sonrisa.
Desde el momento en el que la alarma de mi teléfono móvil había sonado esa mañana había tenido unas ganas inmensas de llorar. Y bla, bla, bla, todo ese rollo. Lo estaba pasando muy mal. Realmente tendría que haber tenido mejor cara, ya que era el último lunes de clases, y la semana que viene ya empezaríamos las vacaciones de verano. Pero cuando pisé el terreno del instituto, todo parecía estar de nuevo en mi contra. Demasiados recuerdos se dibujaban en cada rincón del edificio después de posar mi mirada aunque fuera por tan sólo unos segundos. Después de todo, dos años eran dos años.
Negué con la cabeza borrando los pensamientos que se estaban formando sin permiso en mi cabeza.
Traté de distraerme con algo, con cualquier cosa. Busqué entre la multitud de gente que esperaba fuera a que abrieran las puertas alguna cara familiar que pudiera distraerme, y sonreí cuando encontré a la persona adecuada.
Dejé que Ellen fuera delante mía y fuera la primera en saludar. Como era de esperar, Dan y Ethan se encontraban hablando el uno con el otro en uno de los bancos en frente del edificio de la escuela. Me obligué a mí misma a inspirar con fuerza y a hacer todo lo posible por no romper a llorar ahí mismo.
Ellen se sentó en el banco junto a Dan y saludó débilmente.
Yo me quedé callada de pie con las manos unidas delante mía.
Antes de que pudiera reaccionar, dos brazos fuertes me rodeaban y me apretaban contra su pecho. Sonreí. Se apartó y me agarró la barbilla con los dedos, me obligó a mirar sus ojos verdes claros.
—¿Qué tal estás?
Ethan era mi mejor amigo. Por encima de todo el mundo, incluso de Ellen. Él me había ayudado en todo en lo que le había pedido. Siempre había estado ahí desde que me mudé a ese país que en esos momentos era desconocido para mí, me había ayudado con mi inglés y nunca dejó de contar conmigo en todo. Su piel era morena a pesar haber nacido en Inglaterra, por los genes latinoamericanos de su madre. Sus ojos eran grandes, de un color verde que parecían dar luz en la oscuridad.
Era excepcionalmente guapo.
Las chicas de mi clase no entendían la razón por la que Ethan y yo no habíamos tenido nada más allá de una relación de amistad. Yo tampoco lo entendía, para ser sincera. Sabía que Ethan me había gustado desde siempre, y antes de conocer a Dan estaba loca por él, hasta tenía planeado contárselo dado un momento. Hubo momentos que me ponía nerviosa a su lado, porque era muy cariñoso conmigo y me daba miedo no poder disimular mis sentimientos hacia él. Cuando Dan me pidió salir, a mí ni siquiera me gustaba, simplemente lo vi como una oportunidad para olvidarme de él y distraerme un poco al darme cuenta de que no tenía posibilidades con Ethan, ya que probablemente él me veía como una buena amiga. Es más, prácticamente el primer año que salimos juntos yo todavía estaba muy colada por él, aunque pareció que Dan fue una excelente distracción, ya que con todo lo que estaba pasando a mi alrededor, conseguí olvidarme de él prácticamente del todo, aunque a veces me seguía quedando embobada con lo guapo que era, como en esos momentos. Lo peor de todo era que lo hacía sin esforzarse ni un poquito, se peinaba el flequillo hacia arriba durante dos segundos frente al espejo, se ponía una gorra y el resto sucedía sólo.
Sonreí y me encogí de hombros.
—Ya sabes.
Me acarició suavemente la barbilla y no dejó de sonreírme ni un momento. En el momento que Ethan me soltó, sentí el fuerte agarre de Dan en mi brazo, que ya me arrastraba lejos de ojos curiosos como eran los de Ellen.
La verdad es que estar tumbada sin hacer nada escuchando una canción sobre una ruptura ayudaba mucho a que las imágenes y las grabaciones de su voz diciéndome todo lo que me había dicho se reprodujeran una y otra vez en la pantalla de mi mente. Me estaba autosaboteando. Lo peor de todo era que era consciente de ello.
La puerta se abrió del golpe y la figura de mi hermana mayor me miraba desde el marco de la puerta con el ceño fruncido y con las manos en las caderas, dispuesta de nuevo a hacer que mi vida fuera más miserable de lo que ya lo era.
Antes de que pronunciara palabra, yo ya estaba poniendo los ojos en blanco. Ella soltó un resoplido y apagó la música agresivamente.
—¡Eh! —grité incorporándome.
La miré con el ceño fruncido.
Mi hermana, Emma, que recién había cumplido los dieciocho, era una copia de mí; rubia, con ojos azules y delgada de constitución, aunque algo más alta que yo. Hacía unos años había llegado a envidiarla en más de una ocasión por poder llevar vestidos cortos, aunque con los años, mi autoestima creció a la par que mis pechos y mi pelo, que en esos momentos me llegaba hasta el ombligo. Todos mis problemas quedaron resueltos, básicamente. No me habían educado para ser superficial, pero la gente con la que me juntaba casi a diario, sumándole el estilo de vida que más tarde tendría, me enseñó lo contrario, y no podía evitarlo.
—¿No te cansas de escuchar siempre la misma música? Has escuchado esta canción cinco veces en una hora.
Me encogí de hombros y me dejé caer de nuevo sobre mi colchón.
—Esta canción me calma.
Hizo un gesto con la mano.
—Lo que sea. Te están llamando al móvil.
Fruncí el ceño y miré a mi lado, donde mi blackberry yacía sobre la cama sin hacer ningún ruido.
—¿Qué dices?
Emma se encogió de hombros.
—Me da igual, quiero que bajes y que lo hagas callar porque me está dejando la cabeza hecha polvo, ¿eh?
Suspiré y me levanté de la cama. Emma avanzó su camino hacia su habitación y yo con toda la curiosidad del mundo bajé las escaleras y fui directa al salón, de donde suponía que sonaba ese teléfono del que hablaba.
No habían pasado ni veinticuatro horas desde que Dan me había dejado y yo no había salido de casa desde entonces, si contabas el hecho de que había cogido un resfriado de caballo y que mi madre me había obligado a quedarme en la cama, por mucho que fuera sábado. Aquello me dio pista libre para seguir torturándome acerca de la ruptura con mi novio. Exnovio. Era difícil acostumbrarse.
Llegué al salón, y sin saber muy bien dónde empezar a buscar, comencé a enredar entre los cojines del sofá, cuando pude escuchar un sonido estridente que casi me da un infarto salir desde el armario. Con una mueca extrañada en la cara, caminé sin prisa y con algo de miedo hasta él, donde saqué la chaqueta que llevé el día anterior. Cuando metí la mano en uno de los bolsillos y pude sacar un vibrante iPhone de color negro, el número que hacía brillar la pantalla desapareció y de nuevo reinó la calma. Parpadeé un par de veces sin saber muy bien qué hacer, por lo que guardé mi cazadora y subí las escaleras en dos saltos.
Una vez en mi habitación de nuevo, sentada en la cama me permití analizar la pantalla del móvil desconocido con más calma. El número que antes aparecía en ella había llamado ya como treinta y siete veces, sin exagerar, y también pude leer un par de mensajes de hacía unas horas que no pude ignorar.
10: 34 🐰Yina 🐰: hey
10: 34 🐰Yina 🐰: te echo de menos
10: 36 🐰Yina 🐰: cuando volvías?
De nuevo, el sonido tan estridente hizo que diera un brinco y que el teléfono volara de entre mis manos del susto que me había dado. Me puse nerviosa, me mordí el dedo mientras lo veía vibrar encima de la cama. Después de unos segundos, sujeté el móvil y contesté.
—¿Hola? —dije algo vacilante, todavía con la uña del pulgar entre los dientes.
Hubo un silencio detrás del auricular por unos instantes, y justo cuando estaba a punto de colgar con alivio, una voz grave me contestó.
—¿Quién demonios eres?
—Um...
—¿Y qué haces con mi teléfono?
Titubeé por unos instantes.
—Eso me gustaría saber a mí. Ha aparecido en mi chaqueta y—
—Ya claro. ¿Cómo quieres que me crea eso? ¿O es que ahora existen abrigos que fabrican teléfonos de otras personas en los bolsillos?
Qué sarcasmo más raro, fue lo primero que pensé. Era lo más raro que alguien me había dicho nunca.
—¿Qué? —respondí extrañadísima.
—Me has robado el teléfono.
Me puse una mano en la cadera y alcé una ceja, a pesar de ser perfectamente consciente de que no era capaz de verme. Comencé a enfadarme por alguna razón; no estaba de humor para bromitas de mal gusto. Me aclaré la garganta.
—Mira, yo no quiero tu maldito teléfono, ¿de acuerdo? No sé siquiera quién eres y qué mierda hace esto en mi casa —casi lo grité, y cuando quise contenerme ya era demasiado tarde.
Tardó algo en contestar, probablemente intimidado con mi mal genio tan repentino.
—Bueno, yo sólo—
—Por el amor de dios, infórmate antes de acusar a las personas.
—Sólo quería de vuelta mi teléfono.
Traté de tranquilizarme contando hasta diez.
—Pues yo no te lo he cogido.
—Está bien. Dame la dirección de tu casa e iré a buscarlo.
—No pienso hacer eso.
Suspiró exasperado.
Era una cría, posiblemente nada hubiese pasado si hubiese venido a buscar el maldito teléfono, pero ya te he dicho que me encanta el drama.
—Bueno, pues quedamos en algún lado y ya está —él también parecía estar exasperado conmigo, aunque no me podía importar menos.
Suspiré y me tumbé en la cama frotándome los ojos tratando de dejar a un lado los prejuicios, pero me era imposible fiarme al no saber absolutamente nada de él. No podía quedar con él sin más.
Enredé mi mano en el pelo y cerré los ojos exasperada antes de soltar un gruñido.
🔮🐬🌻
Ellen me esperaba como siempre sentada en la acera enfrente de nuestro instituto con las piernas abiertas y el móvil entre las manos. Me senté a su lado cuando llegué y me miró con sorpresa.
—Jane, qué pronto has venido.
Me encogí de hombros en respuesta. Me dio un beso en la mejilla.
—¿Qué tal estás, cielo? —me preguntó apartando un mechón de su pelo corto castaño de delante de sus ojos.
Me encogí de hombros de nuevo y preferí no responder a la pregunta. No valía la pena mentir y menos a mi mejor amiga. Ellen lo entendió y se limitó a abrazarme. Me acarició la mejilla y esbozó una pequeña sonrisa.
Desde el momento en el que la alarma de mi teléfono móvil había sonado esa mañana había tenido unas ganas inmensas de llorar. Y bla, bla, bla, todo ese rollo. Lo estaba pasando muy mal. Realmente tendría que haber tenido mejor cara, ya que era el último lunes de clases, y la semana que viene ya empezaríamos las vacaciones de verano. Pero cuando pisé el terreno del instituto, todo parecía estar de nuevo en mi contra. Demasiados recuerdos se dibujaban en cada rincón del edificio después de posar mi mirada aunque fuera por tan sólo unos segundos. Después de todo, dos años eran dos años.
Negué con la cabeza borrando los pensamientos que se estaban formando sin permiso en mi cabeza.
Traté de distraerme con algo, con cualquier cosa. Busqué entre la multitud de gente que esperaba fuera a que abrieran las puertas alguna cara familiar que pudiera distraerme, y sonreí cuando encontré a la persona adecuada.
Dejé que Ellen fuera delante mía y fuera la primera en saludar. Como era de esperar, Dan y Ethan se encontraban hablando el uno con el otro en uno de los bancos en frente del edificio de la escuela. Me obligué a mí misma a inspirar con fuerza y a hacer todo lo posible por no romper a llorar ahí mismo.
Ellen se sentó en el banco junto a Dan y saludó débilmente.
Yo me quedé callada de pie con las manos unidas delante mía.
Antes de que pudiera reaccionar, dos brazos fuertes me rodeaban y me apretaban contra su pecho. Sonreí. Se apartó y me agarró la barbilla con los dedos, me obligó a mirar sus ojos verdes claros.
—¿Qué tal estás?
Ethan era mi mejor amigo. Por encima de todo el mundo, incluso de Ellen. Él me había ayudado en todo en lo que le había pedido. Siempre había estado ahí desde que me mudé a ese país que en esos momentos era desconocido para mí, me había ayudado con mi inglés y nunca dejó de contar conmigo en todo. Su piel era morena a pesar haber nacido en Inglaterra, por los genes latinoamericanos de su madre. Sus ojos eran grandes, de un color verde que parecían dar luz en la oscuridad.
Era excepcionalmente guapo.
Las chicas de mi clase no entendían la razón por la que Ethan y yo no habíamos tenido nada más allá de una relación de amistad. Yo tampoco lo entendía, para ser sincera. Sabía que Ethan me había gustado desde siempre, y antes de conocer a Dan estaba loca por él, hasta tenía planeado contárselo dado un momento. Hubo momentos que me ponía nerviosa a su lado, porque era muy cariñoso conmigo y me daba miedo no poder disimular mis sentimientos hacia él. Cuando Dan me pidió salir, a mí ni siquiera me gustaba, simplemente lo vi como una oportunidad para olvidarme de él y distraerme un poco al darme cuenta de que no tenía posibilidades con Ethan, ya que probablemente él me veía como una buena amiga. Es más, prácticamente el primer año que salimos juntos yo todavía estaba muy colada por él, aunque pareció que Dan fue una excelente distracción, ya que con todo lo que estaba pasando a mi alrededor, conseguí olvidarme de él prácticamente del todo, aunque a veces me seguía quedando embobada con lo guapo que era, como en esos momentos. Lo peor de todo era que lo hacía sin esforzarse ni un poquito, se peinaba el flequillo hacia arriba durante dos segundos frente al espejo, se ponía una gorra y el resto sucedía sólo.
Sonreí y me encogí de hombros.
—Ya sabes.
Me acarició suavemente la barbilla y no dejó de sonreírme ni un momento. En el momento que Ethan me soltó, sentí el fuerte agarre de Dan en mi brazo, que ya me arrastraba lejos de ojos curiosos como eran los de Ellen.
Me solté en cuanto pude. Cuando lo hice, me abrazó con fuerza.
—¿Qué tal estás?
Al principio no quería devolverle el abrazo por pura precaución. Pero era demasiado blanda y me recordé a mí misma que se estaba realmente bien en sus brazos. Rodeé su cintura con mis brazos y hundí mi cara en su pecho, cerrando suavemente los ojos.
Luego la realidad me dio una bofetada en la cara.
Me encogí de hombros y me aparté de él.
—Perfectamente —mentí.
Sonreí. Suspiró.
—Me alegro, Jane. De verdad. No quiero que esto estropee nuestra amistad.
La verdad era que yo no quería perder el contacto con él y mucho menos sentirme enfadada o molesta por lo que había hecho. Él tenía sus razones, y para mí eran más que suficientes como para poder ser respetadas. Dan era un buen amigo, por lo menos lo había sido en todo ese tiempo. O eso me hacía creer cruelmente mi mente.
Aunque no dije ni una palabra. Simplemente traté de no mirarle a los ojos demasiado y de no centrarme en los detalles de su camisa, de cómo se ajustaban a los músculos de su pecho y el corte de su cuello, donde estaba la peca que tanto me gustaba. Aparté la mirada con rapidez. Me rodeó los hombros con el brazo y me besó la cabeza cuando nos dirigimos de nuevo a donde Ellen y Ethan se entretenían jugando a algún tipo de juego con una moneda.
Quise soltarme de nuevo, pero otra vez esa sensación de calidez y de hormigueo en el estómago me gustaba más de lo que debería. La ruptura estaba tan reciente que aún no había encontrado la manera de poder deshacerme de ellas. Aunque estaba claro que debía hacerlo, y pronto. Iba a ser una tarea difícil, si venía de mi parte.
Después de todo, no se deja de querer a alguien de un día para otro.
Eso hizo que mis ganas de llorar solo fueran en aumento.
Realmente no soy capaz de poner en palabras lo mal que lo estaba pasando en esos momentos. Ese primer día que le volví a ver después de dos años mirándole con ojos distintos, al final cayendo en su trampa mientras conseguía que me enamorase de él por sorpresa. Algo que yo no había esperado hacer con tan sólo quince años. Completamente inesperado. Y era tan doloroso como intentar sacar una daga del pecho perfectamente bien enterrada. Lo doloroso era el tratar de sacarla.
La semana pasó despacio, cada día era más doloroso volver a clase y verle empezar a despedirse de la gente, preparándose para marcharse el siguiente mes. Mi mente no podía evitar contar los días que me quedaban con él, por mucho que ni siquiera pasaría tanto tiempo a su lado como habría esperado. Me costaba mucho no volver a casa llorando después de cada día lectivo, por mucho que fuera la última semana. Las vacaciones no se me antojaban tanto si sabía que aquello supondría no volver a verle rutinariamente, sin ningún tipo de excusa. Sabía en el fondo que tal vez él estaría ya empezando a olvidarme, si es que no lo había hecho ya, y la idea de quedar conmigo no se le hacía atractiva si así se diera el caso. Empezaban a crearse sutilmente pensamientos en mi cabeza que tal vez tendría que empezar a hacer lo mismo, pero aquello era tan doloroso de siquiera pensar, que tenía que deshacerme de ellos antes de que tuviesen siquiera fundamento. Ni siquiera quería saber en lo doloroso que resultaría superarle, si no podía ni pensar en ello.
Cuando llegué a casa después de ese último día de clase, donde de nuevo estaba aprendiendo a dejar de mirarle con brillo en los ojos, lo único que quería era tumbarme en mi cama lo que quedaba de tarde y con suerte quedarme dormida pronto, si no quería pasarme la noche llorando.
—Jane, ¿puedes venir un segundo a la cocina? —me llamó mi madre, justo cuando atravesé el umbral de la puerta de casa.
Suspiré.
Me senté en la mesa con una manzana en la mano y esperé a que mi madre se acomodara el pelo y se cruzara de brazos con dramatización. Mi padre se aclaró la garganta.
—Jane, sabes que el domingo que viene es el cumpleaños de tu abuela —comenzó él.
Asentí, aunque realmente no tenía ni idea.
—Bueno, habíamos pensado ir hasta allí y pasar el fin de semana. ¿Qué te parece? Emma aún no sabe nada.
Cada vez que mis padres planeaban ir de vacaciones a algún lado o organizaban cualquier tipo de evento, primero me pedían la opinión para así convencer más fácilmente a Emma, y si yo no estaba de acuerdo, el plan se cancelaba automáticamente. Si no lo conseguían conmigo, no lo iban a conseguir con Emma ni en un millón de años.
—¿Vamos a ir hasta ahí? —pregunté, intentando recoger más información acerca de las vacaciones repentinas. Aunque sobre todo fue para enterarme de qué abuela me estaban hablando.
—Bueno, tampoco está tan lejos, unas dos horas en tren hasta Cheshire y luego media hora en autobús para llegar a su pueblo —mi madre se encogió de hombros.
Asentí.
O sea, mi abuela paterna. Casi me decepcioné un poco al enterarme de que no íbamos a volver al sur tampoco ese verano. De todas formas, vacaciones eran vacaciones.
—Me parece bien.
—Bien. Saldremos el viernes por la mañana. Avisa a Emma.
Mi madre me lanzó una mirada de súplica, casi obligándome a que avisara a mi hermana de nuestro repentino viaje a las montañas y al campo, el cual a ella no le haría ni pizca de gracia. Como siempre, yo me tenía que tragar los marrones de la familia, y mi hermana era uno de los principales de la casa. Esa vez no iba a ser diferente.
Suspiré en rendición y bajé de la mesa de un salto, para no tratar de contradecir a mi madre, ya que si no, empezaría a reprocharme cosas que realmente no tenía ganas que me reprochara.
Me fui de la cocina sin dedicarles nada más que una mirada enfadada y subí las escaleras pisando fuerte y haciendo todo el ruido posible.
Me acerqué rápido a la puerta de la habitación de Emma, abrí la puerta y dije apresurada:
—Nos vamos al monte, haz las maletas —y cerré la puerta lo más rápido que pude.
En cuanto llegué a la puerta de mi habitación para intentar refugiarme de ella, se pudieron escuchar los típicos gritos suyos a este tipo situaciones:
—¿QUÉ?
La puerta de su habitación se abrió con tanta fuerza que chocó contra la pared, haciendo que un golpe fuerte atravesara el pasillo. Suspiré, y supe que mi plan de escaquearme de sus quejidos había resultado un mero sueño. Me di la vuelta y me preparé para enfrentarme a su habitual rabieta.
—¿CÓMO QUE NOS VAMOS AL MONTE?
—Es el cumpleaños de la abuela, nos vamos a Cheshire el viernes que viene.
Su mirada fruncida me recorrió de arriba a abajo y su mirada se fue ablandando poco a poco, aunque seguía siendo indignada y enfadada, sujetaba el móvil con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó, más relajada, pero sin dejar de fruncir el ceño.
—Volveremos el domingo, así que el fin de semana entero. Tampoco es para tanto.
Dejó salir un gruñido de indignación y bajó las escaleras sin dejar de sujetar el móvil con la misma fuerza que antes, mientras gritaba:
—MAMÁAAA.
Normalmente las discusiones entre mi hermana y mi madre sobre cualquier otro tema —como chicos, o métodos anticonceptivos— me resultaban realmente irrelevantes y poco interesantes. No sé el qué me hizo cambiar de opinión, pero antes de que pude siquiera darme cuenta, ya estaba bajando las escaleras y siguiendo a Emma hacia la cocina.
Mi madre ya estaba con la mirada encima del marco de la puerta esperando a que apareciera Emma para quejarse.
—¿Cómo que nos vamos a Chesiold?
—Cheshire —la corregí rápidamente—. Dios, ¿no te han dado nunca geografía?
Si me escuchó, me ignoró completamente, y se dirigió a mi madre en su lugar.
—¿La abuela no estará mejor sola? Quiero decir... su casa es pequeña, no vamos a caber todos. No hay suficientes habitaciones para todos y no quiero obligarla a dormir en el sofá...
—No te preocupes por ello, cielo —mi madre hacía como que no la escuchaba, continuando fregando los platos y ahora secándose las manos—. Ya hemos arreglado eso con la abuela. Tú y Jane dormiréis en la habitación de invitados, y papá y yo iremos a—
—¿Tengo que compartir habitación con Jane? —la interrumpió poniendo de la mejor mueca de asco que sabía esbozar.
Mi madre asintió, y mi padre hacía rato que se había escaqueado de la situación.
Emma me miró con las cejas alzadas en señal de indignación, y yo la sonreí pervertidamente, jugando con mis cejas.
Realmente esas situaciones eran de las que más me divertían. A mí tampoco me hacía gracia tener que compartir habitación con ella, pero en realidad me daba lo mismo.
—Pero, ¿por qué? —se quejó nuevamente, apartando la mirada y volviéndola a mi madre, mirándola con ojitos de cachorrito, mientras mi madre colocaba los platos en su sitio.
—Porque, como tú has dicho, no queremos que la abuela tenga que dormir en el sofá —dije yo por ella.
En cuestión de segundos, la mirada angelical que le dirigía a mi madre cambió a una asesina cuando me la dirigió a mí, para luego volver a su pena fingida al mirar a mi madre.
Y justo por eso Emma conseguía aprobar por los pelos: era una actriz excelente, algo que yo, desgraciadamente, no tenía entre mi sangre.
Emma continuó insistiendo varios minutos, hasta que mi madre perdió la paciencia y nos mandó a ambas a hacer nuestras maletas.
—Sólo será un fin de semana —se apresuró a decir mi madre antes de que Emma volviera a empezar la discusión.
No sé por qué razón, pero Emma dejó de darme la vara durante toda la noche.
🔮🐬🌻
Una de las mejores distracciones que más aprovechaba para pausar mi mente de sólo pensar en Dan era pasar la tarde con mis amigos en cualquier cafetería de Londres.
Ellen sacudía la bolsita de azúcar entre sus dedos.
—¿Has hablado más con el Harry ese?
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
Recorrí mentalmente mis recuerdos y lista de nombres para averiguar de qué Harry estaba hablando, aunque por más que buscase, yo no conocía a nadie que se llamara así
—Ya sabes. El chico del móvil. Te acompañé hace unas semanas para devolvérselo. ¿No te acuerdas?
Negué con la cabeza y traté de no poner los ojos en blanco cuando recordé el momento.
—No, no he hablado más con él. Posiblemente me odie.
Ellen se encogió de hombros. Ethan se aclaró la garganta.
—Chica, era mono.
Mejoré mi mueca extrañada y me pasé una mano por el pelo.
—No..., no era mono.
Ethan me pellizcó la mejilla.
—Mira, si se está poniendo roja y todo.
Le miré con las cejas alzadas por encima de las carcajadas de Ellen. Él me devolvía una sonrisa picarona con los brazos cruzados encima de la mesa.
—Literalmente, el tío me ponía de los nervios. Su forma de hablar me pone nerviosa.
Por fin Ellen dejó de sacudir la maldita bolsita de azúcar para abrirla y vaciarla en el vaso de té.
—Si Ellen dice que era mono, yo la creo.
—Era monísimo.
Puse los ojos en blanco.
—Lo que sea. En unas horas me voy a Cheshire —dije, cambiando de tema por fin.
—¡Qué guay! Me han dicho que en Cheshire hay buen ambiente de fiesta.
—De fiesta con las vacas —dijo Ethan, levantando la mirada y soltando una carcajada, chocando su puño con el mío, mientras yo también me reía.
—Jane, esto te interesa —a Ellen nunca le hacían gracia nuestras bromas—. Estoy intentando salvarte del aburrimiento, ¿vale?
Puse los ojos en blanco y Ethan resopló.
—Qué más me da, Ellen, voy a estar con mi abuela. Mis padres ni de broma me van a dejar irme de fiesta en una ciudad—
—Pueblo —me corrigió Ethan.
—Pueblo que no conozco. Además, eso de que hay ambiente de fiesta no me lo creo. Quiero decir, ese pueblo está en mitad de la nada.
—Pues vale. Sólo te intentaba ayudar —me reprochó con tono ofendido.
Ese era uno de los principales hobbies de Ellen; reprochar cosas.
Intenté arreglarlo, pero Ethan me dijo con la mirada que no lo intentara y que cambiara de tema.
—¿Conocéis a alguien que sea de Cheshire?
Ellen levantó la mirada de las uñas para mirarme con el ceño fruncido mientras Ethan rodeaba los ojos en señal de rendición.
—No, ¿por qué?
—¿A qué viene eso, Jane?
Dudé un segundo, pensando en cómo era que me sonaba tanto aquel nombre.
—Es que me suena muchísimo, pero no sé quién vive ahí que yo conozca.
—¿Tu abuela, igual? —preguntó irónicamente Ethan.
Pensé por un segundo y al final decidí que era por eso por lo que tanto me sonaba. Me reí.
No tenía ni idea.
—¿Qué tal estás?
Al principio no quería devolverle el abrazo por pura precaución. Pero era demasiado blanda y me recordé a mí misma que se estaba realmente bien en sus brazos. Rodeé su cintura con mis brazos y hundí mi cara en su pecho, cerrando suavemente los ojos.
Luego la realidad me dio una bofetada en la cara.
Me encogí de hombros y me aparté de él.
—Perfectamente —mentí.
Sonreí. Suspiró.
—Me alegro, Jane. De verdad. No quiero que esto estropee nuestra amistad.
La verdad era que yo no quería perder el contacto con él y mucho menos sentirme enfadada o molesta por lo que había hecho. Él tenía sus razones, y para mí eran más que suficientes como para poder ser respetadas. Dan era un buen amigo, por lo menos lo había sido en todo ese tiempo. O eso me hacía creer cruelmente mi mente.
Aunque no dije ni una palabra. Simplemente traté de no mirarle a los ojos demasiado y de no centrarme en los detalles de su camisa, de cómo se ajustaban a los músculos de su pecho y el corte de su cuello, donde estaba la peca que tanto me gustaba. Aparté la mirada con rapidez. Me rodeó los hombros con el brazo y me besó la cabeza cuando nos dirigimos de nuevo a donde Ellen y Ethan se entretenían jugando a algún tipo de juego con una moneda.
Quise soltarme de nuevo, pero otra vez esa sensación de calidez y de hormigueo en el estómago me gustaba más de lo que debería. La ruptura estaba tan reciente que aún no había encontrado la manera de poder deshacerme de ellas. Aunque estaba claro que debía hacerlo, y pronto. Iba a ser una tarea difícil, si venía de mi parte.
Después de todo, no se deja de querer a alguien de un día para otro.
Eso hizo que mis ganas de llorar solo fueran en aumento.
Realmente no soy capaz de poner en palabras lo mal que lo estaba pasando en esos momentos. Ese primer día que le volví a ver después de dos años mirándole con ojos distintos, al final cayendo en su trampa mientras conseguía que me enamorase de él por sorpresa. Algo que yo no había esperado hacer con tan sólo quince años. Completamente inesperado. Y era tan doloroso como intentar sacar una daga del pecho perfectamente bien enterrada. Lo doloroso era el tratar de sacarla.
La semana pasó despacio, cada día era más doloroso volver a clase y verle empezar a despedirse de la gente, preparándose para marcharse el siguiente mes. Mi mente no podía evitar contar los días que me quedaban con él, por mucho que ni siquiera pasaría tanto tiempo a su lado como habría esperado. Me costaba mucho no volver a casa llorando después de cada día lectivo, por mucho que fuera la última semana. Las vacaciones no se me antojaban tanto si sabía que aquello supondría no volver a verle rutinariamente, sin ningún tipo de excusa. Sabía en el fondo que tal vez él estaría ya empezando a olvidarme, si es que no lo había hecho ya, y la idea de quedar conmigo no se le hacía atractiva si así se diera el caso. Empezaban a crearse sutilmente pensamientos en mi cabeza que tal vez tendría que empezar a hacer lo mismo, pero aquello era tan doloroso de siquiera pensar, que tenía que deshacerme de ellos antes de que tuviesen siquiera fundamento. Ni siquiera quería saber en lo doloroso que resultaría superarle, si no podía ni pensar en ello.
Cuando llegué a casa después de ese último día de clase, donde de nuevo estaba aprendiendo a dejar de mirarle con brillo en los ojos, lo único que quería era tumbarme en mi cama lo que quedaba de tarde y con suerte quedarme dormida pronto, si no quería pasarme la noche llorando.
—Jane, ¿puedes venir un segundo a la cocina? —me llamó mi madre, justo cuando atravesé el umbral de la puerta de casa.
Suspiré.
Me senté en la mesa con una manzana en la mano y esperé a que mi madre se acomodara el pelo y se cruzara de brazos con dramatización. Mi padre se aclaró la garganta.
—Jane, sabes que el domingo que viene es el cumpleaños de tu abuela —comenzó él.
Asentí, aunque realmente no tenía ni idea.
—Bueno, habíamos pensado ir hasta allí y pasar el fin de semana. ¿Qué te parece? Emma aún no sabe nada.
Cada vez que mis padres planeaban ir de vacaciones a algún lado o organizaban cualquier tipo de evento, primero me pedían la opinión para así convencer más fácilmente a Emma, y si yo no estaba de acuerdo, el plan se cancelaba automáticamente. Si no lo conseguían conmigo, no lo iban a conseguir con Emma ni en un millón de años.
—¿Vamos a ir hasta ahí? —pregunté, intentando recoger más información acerca de las vacaciones repentinas. Aunque sobre todo fue para enterarme de qué abuela me estaban hablando.
—Bueno, tampoco está tan lejos, unas dos horas en tren hasta Cheshire y luego media hora en autobús para llegar a su pueblo —mi madre se encogió de hombros.
Asentí.
O sea, mi abuela paterna. Casi me decepcioné un poco al enterarme de que no íbamos a volver al sur tampoco ese verano. De todas formas, vacaciones eran vacaciones.
—Me parece bien.
—Bien. Saldremos el viernes por la mañana. Avisa a Emma.
Mi madre me lanzó una mirada de súplica, casi obligándome a que avisara a mi hermana de nuestro repentino viaje a las montañas y al campo, el cual a ella no le haría ni pizca de gracia. Como siempre, yo me tenía que tragar los marrones de la familia, y mi hermana era uno de los principales de la casa. Esa vez no iba a ser diferente.
Suspiré en rendición y bajé de la mesa de un salto, para no tratar de contradecir a mi madre, ya que si no, empezaría a reprocharme cosas que realmente no tenía ganas que me reprochara.
Me fui de la cocina sin dedicarles nada más que una mirada enfadada y subí las escaleras pisando fuerte y haciendo todo el ruido posible.
Me acerqué rápido a la puerta de la habitación de Emma, abrí la puerta y dije apresurada:
—Nos vamos al monte, haz las maletas —y cerré la puerta lo más rápido que pude.
En cuanto llegué a la puerta de mi habitación para intentar refugiarme de ella, se pudieron escuchar los típicos gritos suyos a este tipo situaciones:
—¿QUÉ?
La puerta de su habitación se abrió con tanta fuerza que chocó contra la pared, haciendo que un golpe fuerte atravesara el pasillo. Suspiré, y supe que mi plan de escaquearme de sus quejidos había resultado un mero sueño. Me di la vuelta y me preparé para enfrentarme a su habitual rabieta.
—¿CÓMO QUE NOS VAMOS AL MONTE?
—Es el cumpleaños de la abuela, nos vamos a Cheshire el viernes que viene.
Su mirada fruncida me recorrió de arriba a abajo y su mirada se fue ablandando poco a poco, aunque seguía siendo indignada y enfadada, sujetaba el móvil con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó, más relajada, pero sin dejar de fruncir el ceño.
—Volveremos el domingo, así que el fin de semana entero. Tampoco es para tanto.
Dejó salir un gruñido de indignación y bajó las escaleras sin dejar de sujetar el móvil con la misma fuerza que antes, mientras gritaba:
—MAMÁAAA.
Normalmente las discusiones entre mi hermana y mi madre sobre cualquier otro tema —como chicos, o métodos anticonceptivos— me resultaban realmente irrelevantes y poco interesantes. No sé el qué me hizo cambiar de opinión, pero antes de que pude siquiera darme cuenta, ya estaba bajando las escaleras y siguiendo a Emma hacia la cocina.
Mi madre ya estaba con la mirada encima del marco de la puerta esperando a que apareciera Emma para quejarse.
—¿Cómo que nos vamos a Chesiold?
—Cheshire —la corregí rápidamente—. Dios, ¿no te han dado nunca geografía?
Si me escuchó, me ignoró completamente, y se dirigió a mi madre en su lugar.
—¿La abuela no estará mejor sola? Quiero decir... su casa es pequeña, no vamos a caber todos. No hay suficientes habitaciones para todos y no quiero obligarla a dormir en el sofá...
—No te preocupes por ello, cielo —mi madre hacía como que no la escuchaba, continuando fregando los platos y ahora secándose las manos—. Ya hemos arreglado eso con la abuela. Tú y Jane dormiréis en la habitación de invitados, y papá y yo iremos a—
—¿Tengo que compartir habitación con Jane? —la interrumpió poniendo de la mejor mueca de asco que sabía esbozar.
Mi madre asintió, y mi padre hacía rato que se había escaqueado de la situación.
Emma me miró con las cejas alzadas en señal de indignación, y yo la sonreí pervertidamente, jugando con mis cejas.
Realmente esas situaciones eran de las que más me divertían. A mí tampoco me hacía gracia tener que compartir habitación con ella, pero en realidad me daba lo mismo.
—Pero, ¿por qué? —se quejó nuevamente, apartando la mirada y volviéndola a mi madre, mirándola con ojitos de cachorrito, mientras mi madre colocaba los platos en su sitio.
—Porque, como tú has dicho, no queremos que la abuela tenga que dormir en el sofá —dije yo por ella.
En cuestión de segundos, la mirada angelical que le dirigía a mi madre cambió a una asesina cuando me la dirigió a mí, para luego volver a su pena fingida al mirar a mi madre.
Y justo por eso Emma conseguía aprobar por los pelos: era una actriz excelente, algo que yo, desgraciadamente, no tenía entre mi sangre.
Emma continuó insistiendo varios minutos, hasta que mi madre perdió la paciencia y nos mandó a ambas a hacer nuestras maletas.
—Sólo será un fin de semana —se apresuró a decir mi madre antes de que Emma volviera a empezar la discusión.
No sé por qué razón, pero Emma dejó de darme la vara durante toda la noche.
🔮🐬🌻
Una de las mejores distracciones que más aprovechaba para pausar mi mente de sólo pensar en Dan era pasar la tarde con mis amigos en cualquier cafetería de Londres.
Ellen sacudía la bolsita de azúcar entre sus dedos.
—¿Has hablado más con el Harry ese?
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
Recorrí mentalmente mis recuerdos y lista de nombres para averiguar de qué Harry estaba hablando, aunque por más que buscase, yo no conocía a nadie que se llamara así
—Ya sabes. El chico del móvil. Te acompañé hace unas semanas para devolvérselo. ¿No te acuerdas?
Negué con la cabeza y traté de no poner los ojos en blanco cuando recordé el momento.
—No, no he hablado más con él. Posiblemente me odie.
Ellen se encogió de hombros. Ethan se aclaró la garganta.
—Chica, era mono.
Mejoré mi mueca extrañada y me pasé una mano por el pelo.
—No..., no era mono.
Ethan me pellizcó la mejilla.
—Mira, si se está poniendo roja y todo.
Le miré con las cejas alzadas por encima de las carcajadas de Ellen. Él me devolvía una sonrisa picarona con los brazos cruzados encima de la mesa.
—Literalmente, el tío me ponía de los nervios. Su forma de hablar me pone nerviosa.
Por fin Ellen dejó de sacudir la maldita bolsita de azúcar para abrirla y vaciarla en el vaso de té.
—Si Ellen dice que era mono, yo la creo.
—Era monísimo.
Puse los ojos en blanco.
—Lo que sea. En unas horas me voy a Cheshire —dije, cambiando de tema por fin.
—¡Qué guay! Me han dicho que en Cheshire hay buen ambiente de fiesta.
—De fiesta con las vacas —dijo Ethan, levantando la mirada y soltando una carcajada, chocando su puño con el mío, mientras yo también me reía.
—Jane, esto te interesa —a Ellen nunca le hacían gracia nuestras bromas—. Estoy intentando salvarte del aburrimiento, ¿vale?
Puse los ojos en blanco y Ethan resopló.
—Qué más me da, Ellen, voy a estar con mi abuela. Mis padres ni de broma me van a dejar irme de fiesta en una ciudad—
—Pueblo —me corrigió Ethan.
—Pueblo que no conozco. Además, eso de que hay ambiente de fiesta no me lo creo. Quiero decir, ese pueblo está en mitad de la nada.
—Pues vale. Sólo te intentaba ayudar —me reprochó con tono ofendido.
Ese era uno de los principales hobbies de Ellen; reprochar cosas.
Intenté arreglarlo, pero Ethan me dijo con la mirada que no lo intentara y que cambiara de tema.
—¿Conocéis a alguien que sea de Cheshire?
Ellen levantó la mirada de las uñas para mirarme con el ceño fruncido mientras Ethan rodeaba los ojos en señal de rendición.
—No, ¿por qué?
—¿A qué viene eso, Jane?
Dudé un segundo, pensando en cómo era que me sonaba tanto aquel nombre.
—Es que me suena muchísimo, pero no sé quién vive ahí que yo conozca.
—¿Tu abuela, igual? —preguntó irónicamente Ethan.
Pensé por un segundo y al final decidí que era por eso por lo que tanto me sonaba. Me reí.
No tenía ni idea.
Prólogo
No sé muy bien cómo comenzar esta historia. No soy escritora ni nada de eso, ni sé nada de lo qué es poner al lector en situación, ni cualquier otro tipo de las reglas básicas de narración. Ojalá tener un comienzo que te deje en el borde de tu asiento y poder dejarte con ganas de más, pero he de decir que es bastante dramático y repetitivo. Por lo menos el principio. Aunque prometo que intentaré hacerlo llevadero y llegar al centro de esta historia lo antes que pueda.
Para empezar, esta historia comienza en una habitación en una casa no demasiado grande en el este de Londres. Ni siquiera había cumplido los dieciséis años, y ya podía decir que había experimentado muchas más cosas que la mayoría de las chicas de mi edad. Puedes pensar que es petulante hablar así de uno mismo, pero realmente era así. Quiero recordar que eran finales de junio y por mucho que tan sólo fueran las malditas siete de la tarde, el cielo estaba como la boca de un lobo gracias a las espesas nubes que cubrían el cielo. Me imagino que estaría estudiando, porque era una chica "buena" y todo eso. Por lo menos, así tenía que aparentarlo para mis padres y los profesores del instituto al que acudía, demasiado caro como para jugar con mis notas. Pero, en secreto, no era algo que odiara demasiado hacer.
Te he avisado, no sé hacer nada de esto. El caso es que tuve que dejar de estudiar porque mi maldita blackberry no dejaba de sonar encima de la cama.
Me levanté de un brinco de la silla y con una sonrisa demasiado grande en la cara, y con la voz más cursi que te puedas imaginar, contesté con brillo en mis ojos.
—Hola.
—Hey, Jane.
Tuve que morderme el labio y rodé por la cama, llevándome un dedo al pelo.
—Hola, Dan.
Tenía novio y llevábamos saliendo alrededor de dos años, o algo así. No me acuerdo demasiado bien, pero sí recuerdo que estaba loca por él. Literalmente, estaba obsesionada con todo lo que tuviera que ver con él. El noventa por ciento del tiempo hablaba de él y el otro diez estaba esperando a que alguien me preguntara por él para que pudiera hablar de él todavía más. Ni siquiera estoy exagerando. Estaba convencida en su momento que él iba a ser el padre de mis hijos. Estaba completamente enamorada de él. O por lo menos, así lo creía.
—Quiero verte, ¿podemos quedar esta tarde?
—Claro, mi casa está vacía. Puedes pasarte cuando quieras —respondí sonriendo como una estúpida.
Titubeó.
—La verdad es que quiero pasar algo de tiempo contigo fuera de esa habitación tan bonita que tienes.
Me reí por unos segundos y me puse una mano en la cara, con una sonrisa de idiota siempre presente.
Tenía una relación perfecta, quería pensar. Teníamos nuestras peleas casi todos los días, pero justo ese día éramos capaces de arreglar esas diferencias que a mí tanto me gustaban de él. Una pareja no es una pareja sin discusiones, así como que no puede haber luz si no hay oscuridad y toda esa mierda. Ese tipo de leyes eran las que había aprendido durante esos años enteros que había pasado a su lado. No siempre era sano, pero siempre valía la pena.
—Paso a recogerte a las ocho.
Me había mudado a la capital inglesa hacía entonces cuatro años, justo el verano que yo cumplía los doce, desde un pequeño pueblo en el norte de España. Fue bastante raro al principio, nunca se me había dado bien hacer amigos y se me hizo todavía más difícil si se trataba de usar una lengua que no era la mía. Aunque todo fue bastante más rápido y sencillo de lo que pensé.
Yo era una niña tímida que se hundía en lo más profundo de la sala, y dejaba que la clase continuara deseando que nadie le prestara atención. Pero un niño bastante alto para tener doce años, con una mata de pelo castaño claro y con los ojos más verdes que había visto nunca, se acercó a mi mesa y simplemente pidió mi nombre. Al principio no le entendí, porque tenía un acento tan marcado y hablaba tan deprisa que tuve que pedirle que repitiera lo que acababa de decir. Su nombre era Ethan. Nos hicimos amigos casi al instante. En la actualidad, él era uno de mis mejores amigos, por no decir el mejor. Más tarde conocí a Ellen, mi otra mejor amiga, y a Dan, mi novio en esos momentos.
Lo mejor que puedo hacer es no entrar en detalles acerca de todo lo que pasó esa tarde. Lo único que necesitas saber es que me llevó a donde nos conocimos por primera vez, y rompió conmigo. Así, de la nada. Fue como si me abofetearan la cara con un trapo mojado; doloroso e inesperado.
—Jane, no llores por favor —decía mientras llevaba una mano hacia mi mejilla.
La aparté de un manotazo.
—¿Es lo único que se te ocurre decir? —me quedé sorprendida al escuchar lo estable que estaba mi voz, cuando en ese momento mi cuerpo parecía que iba a colapsar en cualquier segundo.
Tomé una larga bocanada de aire cerrando los ojos y traté de secarme la cara con las manos, cosa que fue inútil. Estaba llorando muchísimo.
—No entiendo por qué haces esto. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no podemos disfrutar—
Me interrumpió sacudiendo la cabeza y mirando hacia el techo.
—No podemos alargar esto más cuando sabemos que tiene un final. Cuando antes termine, mejor.
Traté de evitarlo, pero un sollozo subió por mi garganta y salió lo antes que pudo.
Su excusa era que ese año tendría que ir a la universidad, y que casi no tendría tiempo para mí con todo lo que tendría que estudiar.
Ah sí, casi se me olvida decirlo.
Dan cumpliría veinte años ese año, lo que lo hacía cuatro años mayor que yo. ¿Se te han puesto los pelos ya de punta? Deberían.
Me tapé la cara con las manos, y miles de pensamientos inundaron mi mente, buscando desesperadamente algún momento en el que podría haberlo estropeado, un momento clave y decisivo que le hiciera cambiar de opinión hacia sus sentimientos y hacia mí. Una ola de imágenes pasaron al vuelo con tanta rapidez que era imposible concentrarse en uno solo.
—¿Hay otra? ¿Es esa chica de la que siempre hablas? —le miré a los ojos.
Apartó la mirada rápidamente y vaciló por unos instantes. Más tarde negó la cabeza mirando hacia el suelo, evitando mirarme a los ojos; con miedo a que le analizara.
—No, no es nada de eso. Jane, entiende que yo no he sentido nada hacia otra persona lo más parecido a lo que siento por ti.
—Entonces, ¿por qué me dejas? —casi grité.
Traté de calmarme, pero lo único que conseguí fue frustrarme más todavía.
—Ya te lo he dicho, no quiero alargar esto y luego pasar por el mismo momento meses más tarde.
Me levanté del suelo y me sacudí el pantalón.
—Me voy a mi casa —dije comenzando a andar hacia la puerta entre las penumbras del gimnasio.
Sí, nos habíamos conocido en el gimnasio de mi instituto. Esa es la razón por la que no te he querido dar detalles, porque es vergonzoso.
Sentí su mano rodear mi brazo con rapidez.
—Deja que te lleve. Está lloviendo muchísimo, no quiero que te pongas enferma.
Tiré de mi brazo para que me soltara y empujé la puerta con fuerza para salir a la calle.
—Me vendrá bien un pequeño paseo —dije lo más cortante que pude y dejando nuestra pequeña "discusión" completamente a medias, con el ceño fruncido y moqueando.
El suspiro que soltó quedó camuflado por el sonido de la puerta, rápidamente reemplazado por el sonido de la lluvia golpear la acera y mi pelo al mismo tiempo.
Cosas que no pasaban usualmente en España a una puta semana de julio: que lloviese como si no hubiese un maldito mañana. Pero en realidad ni siquiera me importaba, dejé que las lágrimas se camuflaran con el agua, y comencé a andar con rapidez.
Pantallas enormes se construían a mis lados conforme caminaba, mostrándome diferentes episodios del que pensaba que era el amor de mi vida, recuerdos felices que parecían no querer abandonar mi mente y que escasos minutos antes había deseado que jamás lo hicieran, memorias que apuñalaban con fuerza dolorosa mi pecho sin pudor y sin detenerse ni un sólo segundo para verificar si ya estaba completamente derrumbada.
Qué bien lo hacía para que ni siquiera en los tiempos malos me acordara de lo malo, y que tan sólo lo bueno se amontonara en mis recuerdos. Una y otra vez.
Todo había ocurrido tan rápido que aún no me podía creer que acababa de suceder, el día que más había temido y que jamás pensé que llegaría tan pronto.
La lluvia ya había conseguido mojarme hasta la ropa interior, pero realmente eso era lo que menos me preocupaba en ese momento. Sólo quería tumbarme en algún lado y esperar a despertarme y darme cuenta de que todo lo que había dicho era sólo un sucio sueño con el que el destino había decidido perturbarme. Momentos después, no sólo la tristeza se hacía cargo de mis impulsos, sino también el enfado, y de pronto me sentí extremadamente identificada con la lluvia, enfadada pisando el suelo y apretando los puños con fuerza, queriéndome unir a las baldosas mojadas como estaba haciendo ella, y poco a poco convertirme en piedra.
Mi plan era caminar hasta casa y cogerme una pulmonía, pero justo en ese momento pasé por una parada con un autobús esperando, que parecía conducir cerca de mi casa.
Llegué justo a tiempo. Pagué mi billete con la luz blanca del vehículo sacando mis inseguridades a flor de piel. No quería ni pensar en las pintas que llevaría en esos momentos. El conductor me miraba indiferente.
Suerte que llovía.
Me arrepentí mucho de no haber cogido la cartera para no tener que pagar lo que tuve que pagar, aunque me imagino que me acuerdo tan bien de aquello como modo de autodefensa.
Busqué desesperadamente un sitio libre en donde poder hundirme y llorar en silencio hasta llegar a mi casa, pero todos los asientos con ventanilla estaban ocupados, por lo que tendría que compartir un asiento. Suspiré y me senté en el sitio más cercano, ya que no me veía capaz de aguantar el sollozo que me amenazaba con el dedo por mucho más tiempo.
Me senté y tan pronto como lo hice, me tapé la cara con las manos y ahogué el sollozo con ellas.
El chico a mi lado no dejaba de mirarme.
Suspiré y apoyé mi cabeza en el asiento, cerrando los ojos con fuerza. Comencé a temblar, y supe que era por algo más que por el frío.
Así empieza esta historia. Prometo que es así de dramática.
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