Supongo que las cosas estaban destinadas a suceder de esa manera. Nunca había creído en el destino, y sigo sin hacerlo, aunque a estas alturas, es lo único que consigue hacer que todo aquello cobre sentido en mi cabeza. En cómo ese chico había aparecido de la nada, como si estuviese escrito sólo para mí, agarrándome de la mano cuando estaba tirada en el suelo y besándome las mejillas con una sonrisa. Aunque tal vez también fue uno de los problemas, hoy en día sigo sin estar segura de que hubiese sido capaz de superar a Dan si no hubiese sido por él.
Nunca se me había dado bien crear relaciones con las personas desde cero sin la ayuda de nadie. Con él fue todo diferente, tan sumamente distinto a lo que estaba acostumbrada. Después de aquella conversación, la cosa se hizo prácticamente diaria. Él me contaba qué tal le había ido el día, yo le contaba qué tal me había ido el mío, y así poco a poco comencé a saber de su vida, de cómo tenía una hermana mayor y de cuando sus padres se divorciaron cuando tenía tan solo siete años. Consiguió que mi sonrisa fuera cada vez más grande cuando veía su nombre sobre la pantalla.
—¿Te acuerdas cuando te burlaste de mí porque te dije que no me llamaste al skype?
Solté una carcajada y di una vuelta por la cama.
—A ver, ¿quién se llama por el skype hoy en día? Sólo lo hago con mi abuela, porque vive en España.
—Yo lo uso mucho, perdona que te diga.
—Siento haberte ofendido.
Se rió.
—Saca el portátil.
Me incorporé de un brinco.
—¿Por qué?
—Porque te lo voy a demostrar.
Habiéndome puesta roja como un tomate, acerqué el portátil desde mi mesilla de noche y lo encendí, no sin antes comprobar en el espejo que la cara que tenía era lo suficientemente decente como para que me viera. Cuando me vio la cara, soltó una pequeña carcajada. Me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja y recé por que no se viera que seguía colorada.
—Me haces vestirme y encima te ríes de mí —dije, cruzando las piernas encima de la cama.
—Perdona, me he puesto un poco nervioso. Se me había olvidado que eras tan guapa.
Solté una carcajada. No me daba ni un respiro, ya que seguía rojísima y me estaba costando mucho no ponerme a abanicarme descontroladamente de lo nerviosa que me estaba poniendo.
—Eres un ligón, Styles. Las debes de tener todas a tus pies.
Se rió y se encogió de hombros.
—No me quejo.
—Es increíble que ya haya pasado un mes desde que te conocí.
—Desde que fuiste una puta borde conmigo, ¿quieres decir? —respondió con las cejas alzadas y una media sonrisa que hizo que me quedase un ratito embobada hacia la pantalla.
Suerte de que tenía mi frase ya preparada.
—Supéralo de una vez.
La verdad era que sí que hacía mucho de que no le veía, y que también a mí se me había olvidado la manera que se hundían sus mejillas al sonreír de esa forma, que de alguna extraña manera conseguía desencajarme de mis casillas por completo, como un sentimiento novedoso que no había experimentado hacia él hasta entonces. También la forma en la que le brillaban los ojos, a pesar de la mala calidad de la imagen, empezaba a formar un remolino de aire entre mis costillas, poniéndome la piel de gallina. En aquel momento simplemente decidí ignorarlo, aunque extrañamente, no pude evitar quedarme dormida con el sonido de su risa bailando en mi mente.
No había superado a Dan ni aunque hubiese querido mentirme a mí misma. Lo había visto en ocasiones, siempre de lejos y nunca de cerca. Dos palabras como máximo. Porque era una cobarde, porque no era capaz de dirigirme a él sin que me temblaran las piernas o quisiera lanzarme a su cuello para besarlo. Por ahora había funcionado; ya no me encontraba a mí misma pensando en él a cualquier hora del día, ni mirando sus fotos en las redes sociales de cómo le iba de bien con la gente que había conocido las últimas semanas. Pero no, superarle lo que es la definición estricta de la palabra, no lo había hecho.
Tal vez fuera porque me pasaba el día fantaseando con otras cosas.
—Tiene una voz muy bonita —dije casi murmurando.
—¿El qué dices?
—Harry. Tiene un grupo.
Ellen soltó una carcajada de pronto y como si se hubiese vuelto loca, se llevó una mano al estómago mientas se tiraba por el pavimento. Ese viernes estábamos sentadas en cualquier plaza como hacíamos de costumbre aquellas tardes de verano tratando de no aburrirnos demasiado, con las mentes ocupadas en nuestras historias nocturnas. Era el primer verano en mucho tiempo que estaba soltera, y Ellen se lo estaba pasando en grande conmigo, compartiendo cosas entre nosotras como nunca antes habíamos hecho. Como lo eran esas excitantes conversaciones acerca del chico de rizos que se hizo paso por mi vida dando zancadas ruidosas.
—¿De qué te ríes? —dije contagiada por su risa.
—No me digas esas cosas, Jane. Con esos pelos y encima cantante —dijo continuando su risa tan estrepitosa que tenía.
—¡Pero lo hace bien!
—Posiblemente —dijo mientras se volvía a sentar en el pequeño bordillo y se colocaba bien el pelo—, si tiene la voz super grave y todo eso. Pero sigue teniendo gracia.
Negué con la cabeza sonriendo mientras me mordía el labio.
Ellen se encendió un cigarrillo y me tendió uno todavía en su paquete.
—¿Sigues hablando con él?
Me encogí de hombros tratando de no sonrojarme. Me quedé callada. No quería darle más importancia de la que tenía, aunque me sentía mucho más cómoda ocultándole el hecho de que prácticamente habíamos hablado casi todos los días desde hacía casi un mes, ya fuera por teléfono o por mensaje. Aunque esa respuesta pareció que para mi amiga fue suficiente, ya que pude ver en su mirada que tenía una conversación mucho más importante planeada.
—Tengo que contarte una cosa. Ha pasado algo... —dijo.
A juzgar por su nerviosismo poco evitado en su voz, no era nada bueno.
—¿Qué pasa?
Suspiró.
—Es Dan —hizo una pausa, como esperando mi reacción.
De alguna u otra forma ya sabía que el tema de conversación que iba a sacar Ellen sería ese, ya que había sido un tema que no se arañaba desde hacía semanas, y ya tendría que estar preparada para hablar del tema. Desgraciadamente, no lo estaba. O no todo lo que hubiese querido.
Ellen pareció titubear más de lo necesario, como si no estuviese del todo segura cómo decir las palabras que tenía pensado pronunciar. Al final, suspiró en rendición y cerró los ojos un momento para darse por vencida. Juntó las manos encima de su regazo.
—Se le ha visto últimamente con una chica por el campus… Te diría que no sé nada más, pero hay rumores de que se han ido a vivir juntos ya…
Esperé a que mi corazón diera su vuelco habitual que conseguía descomponer el resto de órganos y articulaciones de mi cuerpo, pero este no llegó. Sólo un vacío en el estómago se hizo hueco con tanto ahínco que ya no sentí nada más. Ya ni las lágrimas me querían mojar más mis mejillas.
Nada.
—Lo siento, Jane. Pensé en no contártelo, pero es lo mejor. Tienes que saberlo.
Asentí bajando la mirada, sin añadir nada.
Ni siquiera me sorprendía. Claro que estaba con otra. Claro que no sólo me había dejado por los estudios, ya que habíamos hablado más de una vez del tema. Aún así me impresionó que ya no sentía nada más. Sólo vacío. Suspiré y me pasé la mano por los ojos. Esperaba las lágrimas, pero no llegaron. Levanté la mirada.
—Gracias por contármelo —le dije con una pequeña sonrisa.
Me miró extrañada.
—Claro… —dijo titubeando.
Nos quedamos un rato calladas, ella extrañada y yo intentando entender ese repentino silencio que mi mente me estaba brindando. Ellen chasqueó la lengua.
—No lo entiendo… Pensaba que la noticia te dejaría destrozada —dijo mirándome con preocupación.
Me encogí de hombros.
—No sé, de alguna forma ya me lo esperaba y… no puedo estar llorando por alguien que sé que me ha olvidado… Sólo me queda hacer lo mismo.
Se me quedó mirando un rato más, no sabiendo cómo reaccionar a mi tan repentino cambio de humor.
Era la primera ruptura que sufría, pero supongo que funcionaban de esa manera. Sigues teniendo días malos, aunque tu cuerpo ya está haciéndose a la idea de que esa persona no va a volver. Desacostumbrarte de alguien es lo que te mantiene despierta por la noche, sabiendo que al día siguiente ya no vas a quedar con esa persona. Sacarte de la cabeza que, cuando suena el teléfono, no es esa persona la que está llamando por mucho que lo estés deseando, y decepcionarte cuando ves que, efectivamente, no lo es. Sacar todas sus cosas de tu habitación e intentar olvidarte de su olor mientras doblas sus camisetas, y se te cuela en los orificios nasales. Guardar fotos, borrar conversaciones. Evitar pasar por ciertos lugares, porque era costumbre ir con esa persona, no te puedes arriesgar a que preguntaran por ella. No hablar más con algunas personas porque te recuerdan a ella. No es la persona en sí a la que echas de menos con el paso del tiempo. Con el paso del tiempo ya no es eso lo que duele, lo que hace que tu corazón dé vuelcos inesperados en mitad de la noche. Es el acostumbrar a tu cuerpo a desacostumbrarse de alguien. Las situaciones, los lugares y las personas que compartías con esa persona. Y duele. Pero ya no tanto.
—Supongo que… —dije al final—, es lo que tiene aprender a vivir sin él. Él va a estar con otras personas y yo con otras.
Ellen se quedó callada mordiéndose el labio, aunque después pudo esbozar una pequeña sonrisa y me acarició la rodilla, transmitiéndome su apoyo. Yo le devolví la sonrisa. Mi mente estaba mandando imágenes constantemente, y yo las ignoré lo mejor que pude. Aunque, a escondidas, pude sonreír sin evitar morderme el labio al darme cuenta en quién estaba pensando.
—¿Y qué vas a hacer? Vas a venir, ¿no?
Todos los años, Ellen celebraba su cumpleaños en casa de Ethan el último fin de semana de julio. Ella cumplía antes, pero siempre hacíamos la fiesta de cumpleaños unas semanas más tarde, ya que era entonces cuando el padre de Ethan iba a estar fuera de la ciudad y podíamos usar su casa.
Sabía perfectamente que no podía decirle que no a la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga, y tenía más que claro que tenía que ir, y enfrentarme a él, tarde o temprano, a pesar de todo lo que estaba pasando.
Me encogí de hombros.
—Vente tía, así ves a Ethan también, y no significa que tengas que estar con Dan o saludarle siquiera. Yo creo que es madurito él también y sabrá que quieres tu espacio.
—Espero que tengas razón. Pero sólo con una condición —le dije mirándole con la boca entreabierta en una sonrisa.
Ellen puso los ojos en blanco.
—Sí, pesada. Ya sé que mañana es el preestreno del Factor X. No te preocupes, mañana lo vemos juntas si quieres. Pero va a tener que ser en tu casa, que mi padre mañana no trabaja.
Sonreí satisfecha y le di lo que sobraba del cigarro a Ellen, ya que nunca era capaz de terminármelos enteros.
—Vale, entonces voy.
Ellen me sonrió.
👽🔮🌙
Cuando llegué a casa a la hora de la comida, un olor a lasaña recién hecha me acarició con dulzura, y nada más cerré la puerta principal y tiré mi mochila al suelo, me apresuré a llegar a la cocina para sentarme a comer. Emma me esperaba en una silla con las piernas subidas comiendo unas uvas.
Miré a mi madre que parecía absorta en su propio universo, contemplando el interior del horno como si estuviera cocinando lo que más tarde sería su propio hijo. Me hizo un gesto con la mano sin apartar la mirada para que me acercara. Le miré extrañada a mi hermana y me arrodillé al lado de mi madre.
—¿Te parece que está lista?
Puse los ojos en blanco, agarré un cuchillo y abrí la puerta del horno.
—Sí, ama, está lista —dije, y después de soplar el cuchillo que había introducido en la lasaña recién hecha, me lo metí en la boca.
—Bien —se puso las manoplas y sacó la fuente del horno.
—Oye, ¿cómo es que te ha apetecido cocinar hoy?
Sacudió la cabeza.
—Una buena amiga mía de la universidad ha venido a vivir a nuestro barrio y vamos a comer todos juntos en su casa, ya han terminado la mudanza y todo.
—¿De la universidad de España? —dijo Emma.
Miré a mi hermana, intentando contenerme para no darle una bofetada.
—Sí —dije respondiendo en el lugar de mi madre, con un tono de sarcasmo marcado con agilidad para que lo notara—, porque en España sólo hay una universidad.
Puso los ojos en blanco y siguió comiendo sus uvas.
Le resté importancia y me dirigí de nuevo a mi madre para sacarle más información.
—Pero, ¿cuándo han venido?
—Hace unas semanas, pero no íbamos a comer en una casa que no existe, ¿verdad? —dijo, contemplando su lasaña con orgullo—. No está lejos, sólo hay que cruzar la calle.
Se le veía feliz y emocionada y eso me hacía feliz a mí, por lo que subí a mi habitación para cambiarme. Una vez estuve lista, mis padres ya me estaban esperando en el salón de abajo.
Llegamos a la casa y una chica muy rubia y de mi misma estatura nos abrió la verja de su casa con una sonrisa muy bonita. Emma pasó de alto, como si la chica no existiera, pero yo me paré a su lado y le sonreí:
—¿Necesitáis ayuda? —ofrecí, intentando ser simpática.
La chica se ruborizó en seguida y me sonrió todavía más.
—No hace falta, ya está todo listo. Pero gracias.
Le acompañé hasta dentro de la casa cruzando un pequeño jardín de entrada asfaltado por piedras planas camufladas entre las hierbas. La mesa estaba puesta dentro de la casa, junto a unos grandes ventanales que daban al patio trasero, donde las obras todavía eran inminentes. Entraba mucha luz, por lo que las luces artificiales estaban apagadas. En comparación a la cocina de nuestra casa, aquella cocina era el doble de grande y luminosa, así como el salón era más pequeño, o por lo menos las estanterías llenas de libros de suelo a techo hacían parecerlo, pero no dejaba de ser acogedor.
—Veo que las chicas ya se han conocido —dijo la amiga de mi madre con un marcado acento al hablar, dirigiendo una mirada a su hija y a mí al mismo tiempo.
La chica pareció ignorarla y se dedicó a colocar platos en la mesa.
Descubrí más tarde que aquel acento que no podía clasificar como español era ningún otro más que danés, y que se trataba de una pequeña familia de tres que acababa de trasladarse de la península de Jutlandia. Cosa que me pareció fascinante, aunque sin dejarlo del todo ver en mi semblante.
Los adultos se enfrascaron en una conversación mientras se sentaban en una pequeña barra que separaba la cocina del comedor, y yo me senté en la mesa esperando a que la comida estuviera lista. Emma ya había sacado el teléfono de su bolso.
Ruborizada hasta las orejas, la chica desconocida se sentó a mi lado.
Yo me consideraba tímida hasta cierto punto, pero lo de esa chica era de campeonato, y sentí ternura hacia ella por mucho que parecía tener mi edad. Supe que ella no iba a romper el hielo, y por mucho que yo tampoco tenía planeado hacerlo, carraspeé y trate de hacerlo:
—Yo soy Jane, por cierto —le dije, y ella me devolvió la mirada.
—Ups, perdona —dijo soltando una risita nerviosa—, yo soy Jessica.
A cambio de su madre, ella no tenía ni una pizca de acento.
—Encantada. ¿Cuántos años tienes?
—Quince. Voy a cumplir dieciséis en octubre.
—Yo los cumplo en agosto.
—Vaya, qué suerte. Yo estoy harta de los quince.
—Habrá tenido que ser duro, ¿no? Mudarse.
Se encogió de hombros.
—No tanto. No tenía casi amigos de todas formas, o por lo menos no lo suficientemente importantes como para echarles de menos. Yo esto me lo tomo como una nueva oportunidad.
—Conocerás gente en seguida, no te preocupes —dije sonriéndole.
Terminamos la conversación encogiéndose de hombros mientras me devolvía la mirada tan azul que tenía.
Decidí que sería buena idea invitar a Jess a la fiesta esa noche, tras discutirlo con Ellen por teléfono. A ella no le importaba que viniera, que era lo más importante después de todo, y me parecía una idea estupenda si Jess quería conocer a gente rápidamente y adaptarse a su nueva vida en Inglaterra.
A las siete y media de la tarde pasé por su casa para recogerla y coger el autobús juntas para ir a casa de Ethan.
Los cumpleaños de Ellen siempre los había celebrado en casa de Ethan, ya que por aquellas fechas su padre siempre estaba fuera de la ciudad para acudir a ferias acerca de su negocio, del cual nunca me quiso contar, y a él poco le importaba lo que hiciera su hijo cuando no estaba él. O cuando sí estaba.
Las cosas en casa de Ellen tampoco habían ido bien desde que la conocí. Tenía una relación con su padre muy estrecha, mil veces mejor que la de mi amigo con el suyo, pero su casa era mucho más pequeña que la de Ethan, ya que después de la muerte de su madre, la situación de Ellen no era la más acomodada.
Cuando Jess salió de su casa vi, no sólo que estaba feliz por verme, sino también emocionada por venir conmigo. Se había recogido el pelo en un alto moño y pintado sus labios de un rojo tan potente que me sorprendía que le sentara tan bien.
—Bueno —dijo ella dando una palmada y mirándome mientras caminábamos—, ponme al día. ¿A quién voy a conocer?
Me aclaré la garganta.
—Pues a Ellen, que es mi mejor amiga, la cumpleañera. Bueno, cumplió la semana pasada. Te va a caer muy bien, es una persona muy fácil con la que conectar, aunque sea un año mayor.
Me miró sorprendida, aunque tras un ápice de segundo trató de ocultarlo apartando la mirada. Aunque yo ya lo había visto, por lo que me reí y asentí con la cabeza.
—Antes de conocerla ya había repetido un curso —continué.
Subimos al autobús y nos sujetamos a las barras.
—La casa de Ethan está sólo a dos paradas, tranquila —le dije al ver su cara de preocupación al observar el autobús lleno de gente.
Personalmente, yo prefería ir de pie.
—Ethan es otro de mis mejores amigos. Y luego —suspiré y le miré a la cara—, está Dan.
Hice una pausa dramática antes de querer seguir con la historia, pero Jess me interrumpió devolviéndome la mirada sonriendo insinuadoramente.
—Dan —repitió.
Negué con la cabeza.
—No, no, no, no es nada de eso —me reí.
Esa conversación me hubiese partido hace unos meses, pero sorprendentemente, mi estómago estuvo haciendo su trabajo como si no hubiese oído su nombre salir por mis labios. Mi reacción fue risa.
—Es mi ex —dije al final, sonriendo.
Jess cambió la cara y se llevó una mano a la frente.
—Hala, lo siento.
—No te preocupes, hace ya mucho que pasó así que está ya todo bien.
Esperaba.
Hacía casi un mes que no lo veía, en esa despedida tan dramática que hizo, el día después de despedirse de mí. Tal vez mi corazón ignoraba su nombre, pero no estaba tan segura de que iba a ser igual a la hora de verle la cara.
—Pero… —dijo vacilando y hablando más bajito que antes—, ¿está todo bien entre vosotros?
Me encogí de hombros.
—A ver, es un ex. No es mi mejor amigo, pero no nos llevamos mal. Y se lleva bien con mis otros amigos así que no puedo no verlo.
El autobús paró. Eran sólo unos minutos andando hasta ahí, por lo que, en el camino, ella me estuvo contando algo sobre un chico que dejó en su tierra. La chica me caía muy bien y trataba con todas mis fuerzas escucharla, pero conforme nos acercábamos a la casa y viendo que llegábamos veinte minutos tarde, me ponía cada vez más nerviosa, y la escuchaba cada vez menos.
Llamamos al timbre y nos abrió un sonriente Ethan. Dejé escapar un suspiro de alivio y le devolví una radiante sonrisa antes de lanzarme a su cuello y darle un cálido abrazo. Él rodeó mi cintura con los brazos y me correspondió el abrazo hundiendo su cara en mi pelo.
—¿Qué tal? —le dije separándome y mirándole a la cara—. Oh, perdona, ésta es Jess. Se acaba de mudar a mi calle, me he sentido obligada a traerla —bromeé dando un paso a un lado para que se presentaran.
—Ethan —dijo el chico amable sin borrar su bonita sonrisa.
Dio un paso hacia delante para darle un beso a Jess y acto seguido, abrió la puerta para dejarnos pasar.
Ellen había invitado a más gente de su barrio que no conocía tanto como para tener una relación de amistad, aunque la casa no estaba tan llena de gente como había esperado. Había gente por las esquinas, pero no la suficiente como para bloquear el paso. Las luces estaban encendidas y la música apagada. No habíamos llegado tan tarde como había pensado.
Fruncí el ceño extrañada y avancé hasta dentro de la casa para encontrar a Ellen, que estaba en la cocina con un vaso de plástico en la mano hablando animadamente con un chico alto. El cual resultó ser Dan.
Como esperaba que iba a pasar al verle, mi estómago dio un vuelvo tan brusco que me tuve que sujetar, y mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que podía ver cómo mi camiseta se levantaba bajo su ritmo.
—Mierda —murmuré.
Me puse más nerviosa de lo que esperaba y mi respiración comenzaba a irregularse. Me di la vuelta rápidamente para tratar de inventarme una manera ingeniosa de acercarme sin caerme de bruces al mismo tiempo, pero Jess me estaba mirando impaciente con una pequeña sonrisa en el rostro.
—Eh, lo siento, Jess —dije nerviosa.
Antes de poder terminar la frase, mi móvil comenzó a vibrar en mi bolsillo.
—Uf —solté tratando de sacar el teléfono.
Miré mi pantalla tras disculparme con ella.
—¿Harry? —dije al descolgar.
—¿Qué tal va todo?
Jess había desaparecido y yo traté de observar a Ellen y a Dan desde una esquina del salón sin que me vieran. Ellos dos siempre habían sido buenos amigos, pero no les había visto comportarse de esa manera. Como si se gustaran.
—¿Jane?
Sacudí la cabeza.
—Hola, Harry, ¿qué tal?
—Muy bien —se rió—, ¿pasa algo?
Suspiré.
—Sí, lo siento. Estoy en una fiesta y me has pillado un poco distraída. ¿Te importa si hablamos mañana?
Volví a escuchar una risa grave al otro lado del teléfono.
—Tranquila, no te preocupes. Sólo te quería decir que la semana que viene voy a estar en Londres, por si querías quedar algún día.
Sonreí.
—Sí, claro, por favor —respondí riéndome—. Tengo ganas de verte. Cuando estés y te venga bien me mandas un mensaje y quedamos. Y te presento a Ellen.
—Nos vemos entonces.
Colgué el teléfono y me coloqué bien el pelo. Me tomé unos cuantos segundos más para observar el comportamiento de mi mejor amiga con mi ex novio. Ella estaba sentada encima de la encimera de la cocina continuamente bebiendo de su vaso. Sin separar sus ojos de los suyos, Dan estaba delante suya enredando con los hilos sueltos de sus pantalones cortos.
Seguro que no es nada, me dije. ¿Y qué si lo era? Yo estaba superándolo y él ya lo había hecho, y no íbamos a volver nunca más, me repetía una y otra vez mientras me acercaba a ellos, todavía más nerviosa que antes, si cabía.
—Hola, Ellen —dije a una distancia prudente para que me escucharan, pero para no molestar.
Ambos giraron la mirada al escuchar mi voz. A Ellen se le iluminó la cara y apartó a Dan de un empujón en el pecho.
—¡Jane! —me rodeó el cuello con los brazos y chilló mi nombre contra mi pelo—, ¿dónde estabas? He visto entrar a tu amiga pero tú has desaparecido.
Iba a contestar, pero no me dio tiempo ya que ella siguió con su entusiasmo, agarrándome del brazo y tirando de mí hasta el otro lado de la cocina.
—Es igual, tía. Oye, me la tienes que presentar, parece super maja —dijo sacando un vaso de plástico del armario y empezando a prepararme la bebida.
—Claro, ahora voy a buscarla si quieres —respondí.
Levanté la mirada y comencé a buscarla por la habitación. La vi apoyada en la pared hablando tímidamente con Ethan. Me moví de mi sitio y fui hacia ella, pero cuando estuve cerca, alguien me agarró del brazo y me arrastró lejos de la puerta.
Me zafé de su agarre y le miré enfadada a la cara.
—¿Qué te pasa, Dan? —pregunté molesta.
—Sólo quiero hablar contigo.
Resoplé y me pasé la mano por la cara.
—Vale —me crucé de brazos.
No tenía ningún sentido discutir con él. Ni siquiera sabía por qué me estaba comportando con él de esa forma, no tenía ninguna razón en específico por la que estar enfadada con él. Supongo que sería un método autodefensa, o simplemente por verlo tontear con mi mejor amiga.
—¿Qué tal estás?
Me encogí de hombros.
—Bien, supongo.
Se apoyó en la mesa redonda y también se cruzó de brazos. Esbozó una sonrisa ladeada sin apartar la mirada de encima mía.
—Vale, está bien. Hablemos del elefante en la habitación —dijo al final.
—¿Cuál de ellos? —chasqueé la lengua.
—¿Con quién estabas hablando por teléfono?
Levanté la mirada, no creyéndome lo que me estaba diciendo. O, peor, sí creyéndomelo.
Los celos en nuestra relación estaban en el menú de cada día, sobre todo hacia mi parte.
Admito que yo también fui celosa y posesiva. Aunque la diferencia estaba en que yo tenía tan sólo trece años cuando empecé esa condenada relación, y yo ya era una niña muy insegura hasta antes de conocerle. Comenzar una relación con un chico de, ni más ni menos, cuatro años mayor que yo, no lo mejoraba en ningún aspecto. Yo era celosa por inseguridad. Él era celoso posesividad, por tener miedo a que alguien le quitara lo que era suyo. Y, lo peor, porque podía. Que todavía estuviera celoso lo demostraba.
—¿Ese es tu gran elefante en la habitación? —le dije con tono de reproche.
—Mira, sólo te lo digo porque estoy preocupado.
—Yo no te llamé —dije sin esperar a que terminara de hablar—, ni te dije nada cuando me enteré de que dos semanas después de dejarme, te mudaste con otra chica.
—Tú también te liaste con otro después de dos semanas.
Resoplé.
—No voy a quedarme aquí permitiendo que me eches cosas en cara —hice amago de marcharme, pero Dan me sujetó la muñeca impidiéndomelo.
—Te prometo que sólo me preocupo.
Me crucé de brazos.
—A mí me preocupa más lo que haces con mi mejor amiga.
Le miré a los ojos y vi que, en cuanto lo mencioné, se puso nervioso. Comenzó a jugar con su anillo y a beber más frecuentemente.
—Ya sabes mi historia con Ellen, no tengo nada que ocultarte. Somos muy buenos amigos, hemos pasado por muchas cosas juntos, y tenemos mucha confianza.
Había escuchado tantas veces esa historia que ya me la sabía de memoria. Cada vez que lo recitaba parecía que estaba leyendo un papel, como si hubiese estado practicando. Puse los ojos en blanco.
—Sólo te voy a decir, Dan, no te metas en mis asuntos y yo no me meto en los tuyos, ¿me entiendes?
Ni siquiera le dejé que respondiera mi pregunta, me volví a donde estaba Ellen y, por mi sorpresa, Jess y ella estaban teniendo una animada conversación entre ellas.
—Hey, ¿y mi cubata? —dije interrumpiendo lo que fuera de lo que estaban hablando.
Ellen me miró y, literalmente, dejó caer lo que tenía en las manos y se acercó a mí.
A juzgar por cómo olía, ya sabía que estaba borracha.
—Por fin ese gilipollas te deja en paz —me dice rodeando sus brazos por mi cuello y apoyándose en mis clavículas.
—Ya veo que os habéis conocido.
—Sí, porque si es por ti no nos conocemos en cinco años.
Me reí.
—Lo siento. Es sólo el Gilipollas, que me tiene desequilibrada.
Me dio una palmada en el hombro.
—Pues equilíbrate, guapa. Que ya va siendo hora.
Giré la cabeza con desaprobación.
—Cuando te enamores y tengas que desenamorarte, tendremos esta conversación, ¿de acuerdo? —bromeé.
Ellen se rió y abrió la boca para decir algo, aunque pareció que cambió de idea y la volvió a cerrar.
Hizo un gesto con la mano restándole importancia.
—Paso de hablar de corazones rotos, ¡vamos a bailar!
Agarró un pequeño mandito y, tras darle a una tecla, la música nos inundó como una gran ola de alegría.
❄️⚡️🎀
Tres copas y media más tarde —o eso era lo que mi mente llegaba a recordar— Ethan me estaba contando por quinta vez la historia de cómo había perdido la zapatilla en unos arbustos al lado de una pequeña iglesia. Tengo que admitir, que me la podía repetir otras veinte veces si se lo propusiera, y yo seguiría riéndome de la situación por dos sencillas razones; la primera era porque en el momento del suceso yo estaba presente y la segunda era porque estaba borracha.
Ethan estaba enredando con uno de mis larguísimos mechones mientras apoyaba su mejilla en mi hombro. El sofá en el que estábamos sentados era demasiado cómodo, y cuando tragué el último culo del vaso de plástico, lo dejé encima de la mesa y me incorporé con tanta rapidez que el moreno resbaló hasta darse con la barbilla en el cojín en el que estaba sentada.
Me coloqué el pelo detrás de las orejas y me abaniqué la cara con las manos, ya que sentía como si toda la sangre de mi cuerpo se había instalado en mis mejillas.
—Uf, me meo —dije.
Miré al rededor de la sala para buscar al resto de la gente, ya que en algún momento de la tarde Ethan y yo nos habíamos quedado solos. Me encogí de hombros al no encontrar a nadie en el salón y me fui sola al baño.
Estando de pie no estaba tan borracha como pensaba que estaría a estas horas, aunque sí que lo estaba, bastante.
Que, por cierto, no tenía ni idea de qué hora era. Bajé la mirada hacia mi reloj de pulsera. Las once pasadas. Para cuando levanté la mirada de nuevo, descubrí que mi frente estaba peligrosamente cerca de una amenazante pared color salmón.
Por arte de magia, como mi mente lo había registrado, una fuerza superior me detuvo de chocarme contra ella, y al darme la vuelta, me encontré a milímetros de la cara de Dan, que sujetaba mi mirada con tanta fuerza como lo hacía su brazo a mi cintura.
Como acto reflejo, cosa que agradecí más tarde a mis impulsos, me aparté con brusquedad de su agarre.
—Dan —dije como saludo.
Él me miraba sonriendo, y dio un sorbo a su copa.
Hasta ahora, su mirad penetrante me había resultado sexi; el atributo que más me gustaba de él, su forma de desnudarme con la mirada, sin un sólo movimiento más que el de su respiración, me llevaba a niveles extremos sin tocarme un solo pelo. Era capaz de cautivarme y tenerme presa en cuestión de segundos, estando en el otro lado de la sala, mi imaginación y mi fuerte atracción hacia él hacían el resto. Casi podía sentir sus dedos acariciando mis muslos, con su respiración entremezclándose con mi pelo; sus pequeños mordiscos en mi cuello y labios, y mi vello en punta, con tan sólo una mirada. Y él, lo sabía.
Pero en ese momento, sólo me incomodaba.
Le arqueé una ceja al ver que no me decía nada.
—¿Quieres algo? —le pregunté al final, sorprendida por cómo de segura que había sonado mi voz.
Soltó una pequeña risa.
—No puedo quitarme de la cabeza la sonrisa que tenías en la cara cuando estaba a punto de besarte por primera vez.
No salía de mi asombro. Aunque mi estómago dio un pequeño vuelco.
Aun así, puse los ojos en blanco, pero no pude evitar sonreír.
—Bueno, con trece años no es muy difícil.
Dio un sorbo, se separó de la pared en la que estaba apoyado y se acercó un paso más. Alargó la mano y comenzó a jugar con mis dedos entre sus manos.
—Pero con quince hago mucho más que sólo hacerte sonreír —respondió él, acercándose todavía más, colocando un mechón de mi pelo detrás de la oreja, casi susurrando contra mi cuello.
El vello de la nuca se me erizó, aunque sujeté bien mis piezas para no desmoronarme, aunque a diferencia de los años pasados, mi cuerpo reaccionó de una manera completamente distinta; mi piel no se erizó en el buen sentido. Notar su aliento tan cerca mío me incomodaba, su mirada penetrante ya no conseguía pararme en mi sitio. Sólo sentía rechazo. Me reí, intentando demostrar que le restaba importancia.
—Tampoco flipes.
Cuando quise terminar la frase ya había enrollado su brazo alrededor de mi cintura de nuevo, y comenzado a mordisquearme el cuello.
Mis piezas empezaron a pedirme ayuda. A gritos.
Sus besos en el cuello solo eran para mí lametones húmedos, y sus dedos me hacían daño en las costillas. No sabía cómo debía reaccionar ante aquello, aunque un desagradable escalofrío me avisaba que no venía nada bueno.
—Dan, para —dije por primera vez, al ver que empujarle en el pecho no ayudaba.
—Si estás deseándolo…
Con brusquedad, puso mi espalda contra la pared y agarró mis muslos con fuerza, haciéndome daño en los riñones y clavando sus uñas en mis piernas. Esbocé una mueca de dolor.
Me di cuenta de que siempre me había sujetado de esa forma; con fuerza dominante, como si fuera algo que sólo servía para ser estrujado. Me entraron ganas de vomitar de pronto.
—Para —pedí una vez más, y noté la urgencia en mi voz.
El alcohol me había bajado a los pies, mis nervios estaban a flor de piel y estaba comenzando a asustarme en serio. Sus besos treparon por mi mentón y calló mis llantos con su boca. Sus manos subían cada vez más por mis muslos, y me arrepentía con cada segundo que pasaba de haberme puesto falda.
—Por favor.
Tragué saliva.
Sentí sus dedos enredando con el cierre de mi sujetador, gracias a la suerte que nunca había aprendido a cómo desabrocharlo él sólo. Aún y todo, me sorprendía que mi corazón no me había roto una costilla al latir con tantísima fuerza contra mi piel.
Antes de que pudiera hacer otra cosa más que darse por vencido con mi ropa interior, me vi suelta de su agarre y a Dan chocar contra el suelo.
Me llevé las manos a la boca. Ethan se sacudía los nudillos ensangrentados mirando con el ceño fruncido al suelo, donde Dan se sujetaba el mentón con una mueca de dolor en la cara.
Me acerqué a Ethan y le sujeté el brazo para impedir que se lanzara una vez más hacia él.
—Ya vale —dije con serenidad, agradeciendo que mis lágrimas no habían tenido tiempo de salir.
Le miré a los ojos intentando tranquilizarlo. Me devolvió la mirada con reproche, bajando el brazo despacio.
—¿Ya vale? —repitió incrédulo de mis palabras—, Jane…
—Déjalo, ha sido culpa mía, tenía que haberlo parado antes.
Los pasos apresurados de Ellen llegaron seguidos de un pequeño grito al ver a Dan incorporándose del suelo con la nariz empapada de sangre. Me coloqué bien la camiseta para que Ellen no sacara conclusiones, aunque juzgando por su mirada, sirvió en vano.
No era la primera vez que aquellas dos mismas personas me salvaban de una situación parecida.
Me repasó de arriba a abajo y acto seguido, agarró a Dan del suelo con enfado y lo levantó de un tirón.
Una vez estuvo de pie, la cabeza de Dan dio vuelta una vez más tras el tortazo que Ellen le propinó en la mejilla.
—¡Ellen! —grité.
Me miró y me hizo callar con el dedo, todavía con esa mirada fulminante.
—Fuera de aquí —le dijo a Dan, dándome la espalda.
Dan resopló con fuerza y soltó una carcajada, limpiándose la nariz constantemente.
—Venga Ellen, sólo estábamos—
—Ahórrate tus excusas, haz el favor de dejar la fiesta en paz.
Dan giró su mirada hacia mí y otra vez se me erizó la piel, aunque no en el buen sentido.
—Vamos, Jane, díselo, ¿a que no te he hecho nada?
Me quedé callada y aparté la mirada.
—¡Cállate! Vete de aquí.
Resopló de nuevo, sin borrar su sonrisa burlona de la cara.
—Está bien —levantó las palmas de las manos y comenzó a andar hacia la entrada con pasos largos.
Le señaló a Ethan con el dedo cuando pasó por su lado.
—Contigo ya hablaré —paseó su mirada entre él y yo, por mucho que hiciera lo posible por evitarla. Ethan se la seguía amenazante, sin dejarse intimidar.
Dan sería cuatro años mayor, pero Ethan le ganaba en físico y en fuerza.
Cerró de un portazo y Ellen se lanzo a mi cuello.
—¿Estás bien? —preguntó contra mi pelo.
Suponía que el alcohol que ella había ingerido tampoco estaría haciendo su efecto habitual ya.
—Sí —dije.
Estaba aliviada, no lo quería admitir.
—Os habéis pasado —añadí, separándome de ella—: no era para tanto…
Mientras lo decía, me estaba dando cuenta de que estaba temblando.
Ellen me sujetaba la mano, mirándome y acariciando mi mejilla cuando la primera lágrima cayó por mi cara. Las siguientes cayeron solas, y sólo entonces me di cuenta de lo mucho que me dolía la garganta por aguantarme las ganas de llorar. Y ya no sólo era eso; las ganas que tenía de correr hacia él y de pedirle explicaciones, el por qué pensaba que tenía el derecho de seguir tratándome así, de usarme así, aún después de haber roto conmigo.
Sin quererlo, las imágenes brotaban sin parar; de todas las veces que había tenido que pasar por situaciones similares, en las que yo pensaba que era normal, que era porque me quería, por la necesidad que sentía de demostrarme que era suya; y que yo pensara que todo aquello era positivo.
Las lágrimas ya cayeron como su hubiera una competición entre ellas cuando me di cuenta de todas aquellas veces que sentía ganas de llorar y de tirarlo todo por la borda cada vez que estábamos tirados en mi habitación, asegurándome más de una vez que mis padres no estaban en casa. Cómo me repetía una y otra vez que íbamos a estar juntos para siempre, acariciando un pequeño moretón que me había hecho sin querer.
¿Cómo podía no haberlo visto antes? No era justo.
Ellen me acariciaba la cabeza. Ella no sabía ni la mitad de las cosas que estaban volando por mi mente.
Yo nunca había querido velas, ni pétalos de rosa, ni una alfombra blanca enfrente de una humeante chimenea. Con catorce años, lo único que deseaba era alguien que me respetase a mí y mi decisión, que me diera cariño y seguridad. Una red donde caerme, independientemente de la fuerza de la caída. Definitivamente, no necesitaba a un hormonado crío de diecisiete años presionándome para acabar cediendo.
En esos momentos, sí pensaba que era lo que necesitaba.
Era una pena que me diera cuenta tan tarde, después de tantas veces que me había usado como pelota antiestrés. Y que yo le había permitido hacerlo.
Me sentía tan tonta y engañada pensando en los dos años de mi vida desperdiciados, convencida de que me quería a mí, y no sólo a la idea de poseer a una niña.
—Llora lo que necesites, Jane —me dijo Ellen con voz calmada, después de repetir inconscientemente que lo sentía.
Me incorporé en su regazo y traté de secarme las lágrimas con los dedos antes de que un pañuelo me cayera del cielo.
Suspiré y por fin dejé de sollozar como una loca.
—¿Cómo ha podido hacerme esto?
Ethan me acariciaba la rodilla. Los dos se quedaron callados, y noté que la música había desaparecido, así como la gente a mi alrededor.
No me sentía con fuerzas físicas para hacer preguntas, por lo que me volví a recostar en el regazo de Ellen y esperé a que mis mejillas se secaran mientras rezaba para que mis ojos no estuvieran demasiado hinchados al día siguiente.
En cuanto quise levantarme para coger mi abrigo e irme a casa, me quedé dormida.
Tres
La cajera me dedicó una falsa sonrisa y me tendió las bolsas de plástico con un “pase un buen día”. Ni siquiera me limité a devolvérsela. Agarré mi bolso y con dos bolsas colgando de mis manos, salí a la calle, donde la luz grisácea no me dio una bienvenida cálida. Al salir de debajo del porche del pequeño supermercado, unas pequeñas y unas finas gotas me cayeron en la cara, refrescándome más de lo que ya lo estaba. Metí las compras en la bolsa trasera de mi bicicleta. Antes de comenzar a pedalear, tuve que trazarme el camino hasta la casa de mi abuela con la mente, porque realmente, por muy pequeño que fuera el pueblo, era fácil perderse entre las calles pequeñas y enredadas entre sí.
Cuando parecía que mi mente se había aclarado más o menos dónde podría estar la calle, me subí a la bici con la lluvia cayendo con más fuerza sobre mi piel. Por muy raro que suene, tal vez hiciera un frío poco agradable, pero en mi interior, tenía una gran bola de fuego que hacían que las gotas de agua me reconfortaran de una manera extraña. Ni siquiera había bebido tanto como para sentirme de esa manera.
Una sonrisa se me escapó sin querer cuando pensé en la noche anterior. Realmente no terminó de la manera de la que yo pensé que lo haría. ¿Cómo iba a pensar, que el chico de cuyo teléfono apareció por arte de magia en mi bolsillo y que parecía un arrogante con ojos bonitos, podría acabar siendo majo y amable conmigo?
Extrañamente y por alguna razón que no me disgustó, mi mente decidió recordarme una parte de la noche, de la que me acordaba especialmente bien. Fueron los pocos minutos en los que su amiga fue al baño y nos dejó solos por un rato. Ambos estábamos apoyados en la barra, en una de las esquinas de la casa. Había poca luz y sus hoyuelos se marcaban todavía más por las sombras. Justo cuando ella se había marchado, sin pensarlo y algo afectaba por el alcohol que había ingerido, suficiente para no pensar lo que salía de mi boca, se me ocurrió acercarme algo más a él y preguntarle:
—¿Qué es exactamente lo que tenéis ella y tú?
Se rió por lo bajo, mirando su vaso de plástico y acariciando el borde con un dedo.
—Somos amigos.
—¿Que se besan? —pregunté, sin importarme demasiado que fuera demasiado intrusiva, ignorando el hecho de que le acababa de conocer.
Él pareció pasarlo por alto, o directamente ni siquiera le importaba. Se rió de nuevo y me miró a los ojos.
—¿Celosa o qué?
—Gilipollas.
Sí, ese era el tipo de confianza que habíamos cogido en tan sólo dos horas. Tal vez el alcohol nos había ayudado a ambos. Y a mí nadie me escuchó quejarme.
—Yina es amiga mía de toda la vida. Sólo es eso, aunque a veces, en fiestas y así, le da por besarme. Pero para mí solo es una amiga.
—O sea, que la estás usando para no aburrirte.
Quise ponerle entonación de pregunta, pero no me salió. Él frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No, no, para nada. Ella me importa. Es... complicado.
Asentí y decidí no meterme más en su relación. Di el último trago a mi vaso. Mi vista se nubló por un segundo.
Harry me sujetó del brazo con delicadeza de pronto, y sin que yo me diera cuenta, acercó su cuerpo al mío despacio. Me recogió el pelo detrás de la oreja y pegó su perfil al mío antes de que yo pudiera siquiera moverme. De nuevo, pude sentir esa ráfaga de aire frío con el aroma entremezclado que desprendía su cuerpo. Perdí la respiración por unos segundos.
—¿Puedo decirte un secreto? —dijo.
Mi piel se erizó cuando sentí su mano sujetar mi cadera. No sé qué sería, pero no me disgustaba la sensación para nada, aunque me estaba costando a horrores concentrarme.
La imagen de Dan me vino a la mente, pero hice lo posible por borrarla en seguida.
Asentí con la boca seca.
—Cuando te vi en ese autobús tan enfadada y tan mojada, me llamaste muchísimo la atención.
Fruncí el ceño.
—¿Qué estás intentando decirme?
Hizo una pequeña pausa y casi le escuché reír.
—Yo puse mi móvil en tu chaqueta. Quería tener una excusa para volver a verte sin parecer un acosador. Pero luego recordé que tal vez, después de que tú me devolvieses el móvil no te volvería a ver jamás, ya que tú probablemente vivirías en Londres y yo aquí. Además, que fuiste una imbécil…
Le di un pequeño empujón en el pecho para poder mirarlo a la cara y pegarle en el hombro con una carcajada, sin saber muy bien cómo mirarle. Él me respondió también con una carcajada, sabiendo qué había provocado. Este chico está loco, es lo primero que pensé. Aunque, no me disgustaba nada que lo estuviera. Es más, podría hasta gustarme un poco.
—¿Me lo estás diciendo en serio o lo dices para tontear conmigo?
Se rió de nuevo. Se encogió de hombros.
—Así de patético soy.
Sonreí.
No sé por qué hice lo siguiente, pero simplemente me acerqué y le besé en los labios. Él me siguió el beso como si hubiese esperado a que lo hiciese durante toda la noche.
Suspiré.
Vale, definitivamente me había perdido. Se suponía que si giraba a la derecha tendría que haber aparecido en la callejuela estrecha donde vivía mi abuela, pero parecía que había acabado en una calle amplia con casas a ambos lados de la calzada.
Escuché música por el fondo, amortiguada por las paredes de las que podría venir. Se paró y pensé por unos segundos que tal vez podrían ser imaginaciones mías, pero luego volvió a empezar la misma melodía de antes. Parecían guitarras. Miré a mi alrededor y cuando me vi perdida por completo, decidí seguir el rastro de la música para ver a dónde podría traerme.
La verdad era que mis ganas eran mínimas. Lo único que quería hacer era volver a casa y tumbarme en el sofá, ya que tenía demasiado sueño como para estar tanto tiempo fuera. Aunque, ¿qué más podría hacer? Me había perdido.
Con un pequeño gruñido, me volví a convencer que mi mejor alternativa era seguir la música. Tal vez así encontraría a alguien que pudiese redirigirme a la casa de mi abuela, por mucho que eso sonaba absurdo en mi mente.
Con los pies en los pedales y con los nudillos rojos del frío, paseaba mi mirada vacilante entre las diferentes casas que había a ambos lados de la acera, buscando algún garaje abierto o algo parecido donde podría tocar una banda. Paré frustrada cuando la música paró de repente, de nuevo.
Gruñí una vez más y decidí remontar de nuevo mi búsqueda como una persona normal. Estaba claro que cerca de ese barrio no estaba, ya que no me sonaba ni era medio parecido a la callejuela donde vivía mi abuela.
Cuando arranqué la bici una vez más en dirección opuesta a la que iba en un principio, mi teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué sin parar la bicicleta y vi que tenía un mensaje de Dan. Sonreí casi inconscientemente:
12:09 Dan💕💍😍: Ey, princesa
12:09 Dan💕💍😍: Te echo de menos
12:09 Dan💕💍😍: Qué ta estas?
Un consejo valioso: jamás conduzcas (da igual si es un coche, una bicicleta, o un avión) y leas mensajes a la vez.
Escuché un grito, y cuando levanté la mirada, había alguien justo delante mía. Intenté como pude desviar mi trayectoria para no atropellarlo, lo cual conseguí, pero acabé en el suelo mojado, cerca de unos arbustos, en los que hubiera deseado caer en lugar del pavimento duro y húmedo. Gemí de dolor, y de enfado.
Intenté incorporarme, y una mano salida del cielo casi me obligó a sujetarla y a dejar que me ayudase a levantarme. Le miré a la cara desde el suelo.
—¿Estás bien?
¿Quién iba a ser?
Harry. Obviamente.
Cuando tenía planeado gritar a quien quiera que fuese el causante de todo aquello (aunque sabía, muy muy en el fondo, que era culpa mía), todas las palabras que había comenzado a formar en la boca resbalaron por mi garganta al verle la cara. Algo más guapo de lo que recordaba.
Comencé a ponerme nerviosa, y no sabía muy bien el porqué.
Carraspeé y le sujeté de la mano para levantarme de un brinco. Bajé la mirada hacia el suelo y me subí los vaqueros para tratar de disimular lo rojísima que me había puesto. Ni siquiera me había dolido la caída.
—Um, sí. Lo siento.
Se rió por lo bajo y me tendió el teléfono que parecía habérseme caído.
No añadí nada, simplemente acepté el móvil sin atreverme a mirarle demasiado.
—Parece ser alguien importante.
Levanté la mirada y fruncí el ceño.
—¿Quién?
Señaló mi bolsillo, donde había guardado mi móvil.
—La persona con la que hablabas.
Voy a ser sincera, no estaba del todo contenta con habérmelo encontrado. Mi plan era no volver a verlo nunca más, el típico lío de una noche del que te olvidas el nombre después de una semanas. Y verle no me iba a ayudar mucho.
No me malinterpretes, era un chico amable y majo que me había caído bien. Pero el hecho de estar en su presencia me ponía horriblemente nerviosa. Él era el primer chico con el que tenía algo después de Dan o incluso antes de él. El segundo chico que había besado en mi vida, el primer chico con el que tenía nada más que algo pasajero y de una sola vez. No estaba acostumbrada, además que tampoco sabía qué sentir al respecto, siempre con mi maldito ex en un rincón de mi cabeza, imaginándome su cara cuando se enterase de aquello. Toda aquella situación me superaba con creces, y no estaba para nada preparada.
—Sí, bueno... no... no es nadie. Es… mi ex —dije, intentando restarle importancia.
¿Por qué le había contado eso? Buenísima pregunta.
Me miró a los ojos, como si estuviera extrañado por lo que le acababa de decir. Decidí aclararlo.
—Acabamos de romper.
—Estabas sonriendo —dijo, como si intentara justificarlo.
Me encogí de hombros.
—Es complicado.
No dijo nada más, y yo tampoco, y el silencio que se estaba formando parecía bastante incómodo. Ninguno de los dos sabía qué decir.
—Oye, ¿por casualidad no sabrás cuál es la casa de mi abuela?
Dejó escapar una carcajada, pero yo no me reía. No le veía la gracia.
—Esto no es tan pequeño como para que nos conozcamos todos.
Me encogí de hombros una vez más.
—Ya, pero...
—¿Por qué no te quedas un rato hasta que te encuentres? —dijo interrumpiéndome.
Hice una pausa y parpadeé algo incrédula.
No me podía creer lo que acababa de pedirme.
Suspiré mentalmente, y me rasqué la frente.
—Claro, no tengo otra cosa mejor que hacer —dije algo más fría de lo que pretendía.
Mis días en esos tiempos eran bastante bipolares. Cualquier día podía estar completamente feliz, dando saltos por la casa con la música a tope y cantando a todo pulmón, sin ninguna razón en particular. Y otros días, lo único que quería era enterrar la cara en la almohada con los auriculares y la música lo suficientemente alta como para poner en peligro mis tímpanos, con unas ganas de llorar mayores a mis ganas de vivir. También, sin ninguna razón en particular.
Era uno de esos días.
O incluso peor, ahora que había besado a otro chico cuando hacía tan sólo tres semanas que habían roto conmigo. No ayudaba a que mi estado de ánimo mejorase en ningún aspecto.
Era complicado. Todo en mi vida en esos momentos lo era. Él no lo estaba mejorando.
De todas formas, pareció no notarlo, ya que no dejaba de sonreírme. Recogió mi bicicleta del suelo y me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Algo confusa, me puse a su lado y mientras él sujetaba mi bicicleta a su lado, caminamos en silencio un buen rato.
—¿Hasta cuándo te quedas? —preguntó saliendo de la espesa cortina del silencio, que la verdad me incomodaba mucho.
Era sábado, tuve que recordarme a mí misma.
—Mañana a la noche.
—Genial —dijo, como si no tuviera otra cosa mejor que decir.
También era una chica demasiado tímida como para coger confianza rápidamente, y la noche anterior había sido completamente distinta a ese día, a la luz que el sol daba a través de las espesas nubes grises.
La “confianza” que habíamos cogido la noche anterior se fue disipando poco a poco, como si nunca hubiera tenido lugar entre nosotros. O, por lo menos, así lo sentía yo, que estaba completamente incómoda caminando a su lado en silencio sin saber qué decir. Aunque él no lo parecía en absoluto, y comencé a pensar que era sólo cosa mía.
—¿A dónde me llevas? —pregunté después de aguantarme la pregunta por demasiado tiempo.
—A mi casa. No está muy lejos, estamos tocando mi banda y yo.
—¿Tienes una banda? —dije, algo extrañada y asombrada.
No parecía ser el tipo de chico que tocaba en una banda, aunque, juzgando por la música que había escuchando momentos antes y sus manos grandes con dedos largos, parecía tener sentido.
—Tranquila. No es una excusa para raptarte o nada parecido.
No sé por qué dijo aquello, pero me reí de su comentario.
—Tampoco lo había pensado.
De alguna forma me reconfortaba saber que él sí que conservaba parte de la confianza que tenía conmigo, por lo menos al mismo nivel como para hacerme bromas de ese tipo.
Su banda era lo más particular que había visto. Otros tres chicos, dos tan rubios que parecía blanco, y el otro moreno, no dejaban de hablar entre ellos mientras, el moreno, no dejaba de golpear los platillos de la batería como si fuera un acto reflejo. Los tres giraron su cabeza hacia mí con tanta rapidez, que el sonido de sus voces y de la batería quedaron amortiguados. Me sentí intimidada.
—El viernes que viene tenemos una actuación en el colegio, y estamos ensayando, ¿te importa quedarte?
Me encogí de hombros.
—Claro, si esa es tu manera de ligar conmigo —dije de la nada, mirándole por encima del hombro a los ojos.
Él apartó la mirada y soltó una carcajada, a la que seguí en seguida. No respondió nada ante mi comentario, sino que se pasó una mano por el pelo y se humedeció los labios. Me aclaré la garganta.
Al ver su reacción fue cuando pude respirar de nuevo ante mi cambio tan brusco de compostura. Como si mi mente todavía no estaba del todo segura si estaba cómoda con todo aquello o no. ¿Cómo si no explicaría el hecho de que segundos antes estaba nerviosa por volver a verle y ahora estaba tonteando con él? Algo que no había hecho nunca en serio y siempre en broma.
—Adelante, haced como si no estoy aquí —dije esta vez al grupo, y me senté en una de las sillas que había amontonadas a los lados del pequeño garaje.
Traté de distraerme un poco, aunque me temblaba mucho la rodilla.
Harry era el cantante, cosa que me sorprendió, ya que al oír su voz lo último que habría hecho era asignarlo a una voz cantante, aunque, cuanto más pensaba en ello, más encajaba.
No lo hacía del todo mal, aunque estaba claro que al grupo le faltaban más que cuatro sesiones de prácticas.
Nos dimos un abrazo en el portal de mi abuela cuando nos fuimos a despedir. En el fondo él sabía perfectamente dónde vivía y yo lo sabía, aunque no le dije nada. Se separó de mí y me pellizcó con ternura la mejilla.
—Ha sido un placer conocerte, Jane Carter.
Fruncí el ceño con una sonrisa.
—Igualmente, Harry Styles.
Sonrió el también, y acto seguido, se inclinó y me besó en los labios.
Fue raro, aunque yo le seguí el beso.
Me separé de él, y nos sonreímos mutuamente. Se dio la vuelta y se fue andando con las manos en los bolsillos.
🌧❄️🌙
Cuando dije que mis días eran generalmente bipolares, en los que no sabía muy bien qué sentir y simplemente me quedaba sentada en el borde de mi cama, mirando a la nada durante horas, estaba equivocada. No eran bipolares. Todos mis días eran malos, siempre con un peso en el pecho que no era posible levantar de ninguna de las maneras. Si tenía suerte, podía haber un día en el que eso se amortiguaba un poco con las constantes charlas que Ellen/Ethan me lograban entretener.
Odiaba mi vida.
Sabía que no tenía razones para pensar aquello, estando rodeada de aquellas personas que habían sufrido y sufrían más de lo que yo lo hacía, pero simplemente no podía evitar hacerlo, siempre pensando en por qué yo me merecía aquello, cuando el padre de Ethan todavía estaba en el hospital con la clavícula rota. Pensar en lo egoísta que estaba siendo en esos momentos hizo que el peso en el pecho se agrandara. No sabía cómo parar aquello. No sabía cómo deshacerme de aquel sentimiento que me tenía de aquellas maneras. Cuándo aquello iba a dejar de dolerme tantísimo. Supe que la vuelta casa fue un alivio cuando pude oler de nuevo mis sábanas, cuando me sentí de nuevo a salvo de poder llorar con tranquilidad, en la estabilidad y normalidad de Londres. Tenía la cabeza hecha un lío. Las cosas empezaban a ser reales. Realmente nunca íbamos a volver a estar juntos.
Ellen se pasó por mi casa sin avisarme esa misma noche, cuando mis padres ya llevaban horas dormidos.
—He hablado con Dan y sale mañana a las cinco. ¿Vas a venir?
Sabía que ese mes de julio Dan se marcharía ya en busca de un nuevo piso. Seguiría viviendo en el centro de Londres como normalmente, y la verdad es que no era tan dramático como mi amiga lo estaba pintando, ya que seguiríamos viéndonos continuamente. O eso era lo que quería creer. Ellen vivía en el norte de Londres y la veía todo el tiempo, ¿por qué con Dan iba a ser distinto?
Porque había roto conmigo y quería rehacer su vida desde cero, me tuve que recordar. Tenía que superarlo de una vez.
De todas formas, parece ser que Dan tenía planeado hacer todo un evento de aquello, una quedada de despedida entre los cuatro, por mucho que lo volvería a ver dentro de dos semanas por el cumpleaños de Ellen. Era todo espectáculo, en realidad. Dan era muy dramático en ese sentido, él ya vivía solo, no tenía ninguna necesidad de mudarse a una casa nueva de pronto, si en metro todo estaba cerca. Tampoco había necesidad de romper conmigo, si iba a vivir en la misma maldita ciudad.
Jane, supéralo, hostia. Me dije.
Fruncí el ceño.
—¿Mañana ya? A mí me dijo que antes del viernes no se iba.
Se encogió de hombros.
—Supongo que tendrá una cita para ver un piso antes. Tampoco hemos hablado mucho del tema.
Hice un gesto con la mano mirando hacia otro lado intentando sacar un tema distinto de conversación. Por mucho que quisiera negarlo, pensar en que no quería volver a verme me partía el alma, cuando no debería. Pensar en que eso lo había decidido él, y no que no haya optado por sacrificarse sólo para estar conmigo. Había elegido el camino fácil. Aunque tenía que darme cuenta que quisiera mantener sus distancias era en realidad positivo; necesitaba algo para desintoxicarme. Cuanto menos lo vería, menos doloroso sería. Y en el fondo sabía que era la verdad.
Ellen pareció no pillar la indirecta.
—Entonces, ¿vienes o no?
Suspiré y me encogí de hombros.
—Supongo. Tampoco es que se vaya al otro lado del planeta.
En ese instante me sonó el teléfono encima de la mesilla de noche, haciendo que Ellen diera un brinco en el colchón.
—Muchacha, ¿quién te habla tan tarde en la noche? —prácticamente gritó, cambiando por completo su tono de voz a uno casi de indignación.
Le chisté haciendo un gesto con la mano para que bajara el volumen.
—No chilles, imbécil. Tú tampoco deberías estar aquí —dije mientras me alargaba para coger mi teléfono.
23:06 Harry Styles: Ojalá tuviera alguna excusa para volver a hablar contigo, pero puesto que no tengo ninguna te deseo buenas noches.
23:06 Harry Styles: Que descanses mucho, espero volver a verte :)
Antes de que pudiera siquiera terminar de leer los mensajes que me había enviado, Ellen ya había agarrado mi teléfono con rapidez y leído los mensajes con los ojos como platos.
Me miró con la boca abierta en modo de reproche y me pegó en el muslo.
—¡Habías dicho que no habías vuelto a hablar con él! —me susurró medio sonriendo.
Le quité el teléfono de las manos y volví a leer los mensajes con más calma.
—¡Y encima estás sonriendo! —en cuanto levanté la mirada vi su dedo señalándome como si hubiese asesinado a alguien a sangre fría.
—A ver —comencé intentando contar la historia con coherencia.
—Espera, espera, espera —dijo acomodándose encima de mi cama y poniéndose el pelo detrás de las orejas—, no te habrás liado con él, ¿no?
—¡Déjame que te explique! —pero la sonrisa ya se me había escapado.
Ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. Comenzó a dar brincos y a reír lo más bajito que pudo.
Yo tampoco lo pude evitar y me llevé las manos a la cara.
Hasta ese instante, me di cuenta de que no había pensado en ello con seriedad y dedicándole el tiempo necesario. Había estado con otro chico. Habían pasado tres semanas desde que el chico con el que pensaba que iba a tener mis hijos me había dejado. Y había estado con otro chico.
Y empezaba a no sentirme tan mal por ello. Es más, me enorgullecía por ello, por mí. Harry al fin y al cabo no era mal chico, y estaba lejos de mi casa y de mi ciudad como para asegurarme de no volver a enamorarme de nadie en mucho tiempo. Me había venido bien despejarme la mente y haber estado dispuesta a estar con alguien más que no fuera Dan, y a sentirme menos insegura conmigo misma.
Estaba orgullosa.
Guardé su nombre en mi lista de contactos.
Yo: buenas noches :)
Yo: siento haber estado de un humor tan raro, no estoy pasándolo muy bien últimamente.
Yo: pero gracias por alegrarme un poco el fin de semana. Ha sido un placer volver a encontrarme contigo.
Dejé el móvil encima de la cama y traté de calmarme. Ellen me miraba con ojos curiosos y picarones, sin borrar esa sonrisa de la cara. Yo estaba haciendo lo posible por no sonrojarme del todo, aunque tampoco podía dejar de sonreír.
—¿Qué? —dije al final, viendo que Ellen no dejaba de mirarme.
Se encogió de hombros.
—Nada, es sólo que estoy orgullosa de ti.
De nuevo, el móvil empezó a vibrar encima de la cama y yo me lancé hacia él pensando que me había respondido, aunque sólo pude ver el nombre de Dan bailando en la pantalla. Ellen me miraba con las cejas alzadas, y a mi me empezó a latir el corazón con fuerza. No era raro que Dan me llamase tan tarde en la noche, aunque sabía muy en el fondo que mi corazón no se había inquietado porque estaba preocupada. Ellen estaría orgullosa de mí, y yo también lo estaba, pero sería de estúpidas pretender que había siquiera empezado a empezar a olvidarle.
—¿Hola?
—Jane, ¿qué tal estás? —Dan parecía aliviado.
—Muy bien.
—Oye, sé que es tarde y eso, pero estoy en casa y ya he terminado de hacer la mudanza. Había pensado que igual quieres pasarte un rato, y hablamos.
Ellen, al escuchar la conversación, abrió mucho los ojos y comenzó a hacerme señas con los brazos en negación, prohibiéndome con la mirada que dijera que sí.
—Eh, bueno, es ya tarde… —titubeé.
—Ya lo sé, pero como yo me voy ya mañana… no voy a poder despedirme de ti en condiciones, y bueno… no quisiera irme sin despedirme.
Cerré los ojos y suspiré. Ellen me lo advertía con los ojos, hasta me señalaba con un dedo. Era una excusa de mierda, pero la verdad era que no las necesitaba para nada. Mi corazón sólo sabía decirme una cosa: sí, sí y sí.
—Bueno, vale. Pero sólo un ratito, y luego me traes a casa.
—Está bien.
Ellen abrió la boca indignada. Colgué el teléfono. Se cruzó de brazos y me miró enfadada.
—Jane, ¿eres tonta?
Me froté la frente con los dedos. Sabía que acababa de cometer un error garrafal. Mi mente me lo estaba repitiendo una y otra vez. Era demasiado buena ignorando las señales que me mandaban mis únicas células inteligentes en mi cuerpo, lo había hecho durante dos malditos años.
—Se va mañana. Dame un respiro.
—Tía, tú misma lo has dicho; no se va al otro lado del planeta. Lo estás haciendo genial. No lo estropees ahora.
Sabía que tenía razón. Lo sabía. Aún así, sujeté mi chaqueta y salí de casa con el corazón feliz latiéndome en el pecho, y con el resto de terminaciones nerviosas gritándome a todo pulmón que me diera la vuelta cuanto antes y que me quedase en casa durmiendo con mi mejor amiga. Me mordisqueaba el labio con nerviosismo mientras andaba, con mis dedos jugando entre ellos; nunca había estado tan nerviosa. No iba a pasar nada, sólo se iba a despedir de mí. No va a pasar nada. ¿Le debía contar lo de Harry? Tuve que cerrar los ojos al imaginarme su cara si se enteraba. No tenía por qué. Pero tenía derecho de saberlo. No era asunto suyo, ya no. Era mi decisión a partir de entonces. A mí me hubiese gustado saberlo. ¿Cómo me hubiese sentido yo, si me enterase que se había liado con otra pava tres semanas después de romper conmigo? De nuevo; él te ha dejado a ti. No tiene por qué saberlo. Ya se enterará. Estaba cometiendo un error.
Hasta mis dedos temblaban cuando fui a llamar a la puerta.
Casi como un acto reflejo, me quité el abrigo y lo colgué en el perchero cuando me abrió la puerta. Ignoré como pude las cajas de cartón por todo el piso.
—¿Quieres algo para beber? —dijo dirigiéndose a la cocina.
Yo le seguí con pasos pequeños y rápidos.
—Con un vaso de agua me vale, gracias —me apoyé en la isla de la cocina mientras él me daba la espalda y sacaba dos vasos y una botella de cristal del armario.
—Pensaba que te ibas el viernes —dije con la mirada clavada en su espalda, recorriendo los músculos que se marcaban en su camiseta.
Dan era muy alto. Mi altura apenas llegaba a sus hombros, aunque eso nunca me importó demasiado. Siempre me había sentido acomplejada por mi altura, ya que era realmente pequeña, pero con el tiempo aprendí a no rallarme. Aunque él no dejaba de repetirme lo mucho que le gustaba.
Me miró unos segundos por encima de sus anchos hombros y apartó la mirada en seguida. Vertió el líquido en los vasos.
—Los planes han cambiado —se dio la vuelta y me tendió el vaso.
Se apoyó en la encimera en frente mía y se bebió el agua de un trago. Tenía los ojos rojos. Apartó la mirada rápidamente.
—¿No pensabas decírmelo?
Se encogió de hombros.
—Ha sido cosa de última hora. Te lo hubiera dicho la primera.
—Entonces, ¿cómo es que Ellen se ha enterado antes?
Subió la mirada hasta mis ojos y se humedeció los labios. Sacudió la cabeza.
—Sólo... olvídalo, ¿vale? Tampoco es fácil para mí.
Me subí el vaso hasta los labios con la mirada de Dan clavada en mis movimientos. Sin pensar, me bebí el agua de un trago, aunque, a mi parecer, aquello no era agua.
Tosí de la impresión y sentí el líquido quemarme la garganta.
—Dan, ¿qué es esto? —dije mirando el vaso vació y pasándome los dedos por los labios.
Sonrió.
—No te voy a drogar, si es eso lo que piensas.
—Sólo responde la pregunta.
—¿Quieres más? Es ginebra —me guiñó un ojo y se dio la vuelta para sacar la botella del armario.
No pude reprimir soltar una carcajada.
—¿Estás loco?
Me quitó el vaso de las manos.
—Eso está asqueroso, ¿no tienes otra cosa? —me acerqué a él con una sonrisa burlona.
Me miró y me devolvió la sonrisa.
—Ahí está la Jane que yo conozco. ¿Quieres limón?
Me reí.
—Bueno, Dan. Sólo estaba bromeando. No vas a conseguir emborracharme esta noche.
Me tendió el vaso.
—Si me pagaran por cada vez que me dijeras eso… —dijo, y me besó la frente.
Puse los ojos en blanco.
—Lo digo en serio.
Alzó las manos con aire de inocencia.
—Está bien. Entonces deja que me emborrache yo. Quiero pasármelo bien.
Quise ahorrarme el mirarle a los ojos, pero estaba tan cerca mío que no pude evitarlo. Aguosos y rojos, como si hubiera estado llorando. La verdad, la idea de que él hubiera llorado por mí era más satisfactorio de lo que me gustaría admitir. Tragué saliva y aparté un mechón de pelo de delante de sus ojos.
—Tienes los ojos rojísimos.
Aparó la mirada.
—No es nada. —Levantó su vaso y sonrió—. Brindemos.
—Por el futuro.
Negó con la cabeza.
—Por el presente.
Chocó su vaso contra el mío y se lo bebió de un trago. No pude evitar sonreír.
—Bien, vale —miré con la nariz arrugada el líquido transparente que contenía el vaso y bebí de un trago.
Tenía la suficiente experiencia para que la ginebra a palo seco ya no me produjera arcadas. Sólo me nublaba brevemente la vista y me hacia cosquillas en la lengua. Pero después, no mucho, por mucho que el sabor era lo que más asco me daba de todo.
—Esa es mi chica.
Esbocé una sonrisa torcida y dejé el vaso en el fregadero.
—Ya vale. Venga.
Hice amago de quitarle el vaso de las manos y me quedé atrapada entre la encimera y su cuerpo. Me miraba directamente a los ojos, no soltaba el vaso.
—Dan—
No tuve tiempo de terminar la frase, ya que sus labios estaban presionados contra los míos. Al principio me quise separar y terminar esto de una vez, pero luego, después de sentir bien sus cálidos y suaves labios contra los míos de nuevo... simplemente me dejé llevar por el momento. Como últimamente hacía.
En esos últimos años había aprendido a que, si el tiempo se desperdiciaba sólo con tener en cuenta las consecuencias de los actos, no llegas a disfrutar al máximo de las cosas que haces en el presente. Hay muy poco tiempo para disfrutarlo, aunque el futuro siempre va a estar ahí, llamando la atención para atender a sus gustos y necesidades. Así que me dejé llevar. Por mucho que más tarde me arrepentiría.
Enredé mis dedos en su pelo y sus manos no tardaron mucho en llegar a mis caderas, y segundos más tarde me vi subida a la encimera con mis piernas rodeando su cintura. Sus labios bajaron a mi cuello.
Mala idea, mala idea, mala idea. Me daba lo mismo.
—Dan, tenemos que parar —dije con el aliento agitado, intentando no aspirar el aroma del tabaco mezclado con su perfume, extremadamente atractivo y que me revolucionaba de todas las formas posibles.
Aunque, como bien sabía que haría, no dejó de besarme ni un segundo. Seguía depositando pequeños y apasionados besos por todo mi cuello y mentón. Me di la libertad de disfrutar unos pocos segundos más, hasta que le di un pequeño empujón en el pecho.
—Lo digo en serio, Dan. Para.
Con ojos bajos y mordiéndose el labio, se apartó despacio, pero sin soltarme las caderas con las manos. Después de mirarme a los ojos durante unos segundos, dio un paso hacia atrás y se frotó los ojos con una mano.
—Jane, hay algo que tengo que contarte.
Suspiré intentando controlar mi respiración que se había descontrolado de pronto, como si aquellas palabras me hubiesen provocado una ola de preocupación. Sea lo que fuera lo que tuviese que contarme, no lo quería oír.
De nuevo volvió la suavidad en sus ojos, y despacio se volvió a acercar a mí para mecer mis manos entre las suyas. Me miró a los ojos.
—¿Has estado con Ellen hoy?
Asentí, aunque no supe muy bien hacia dónde iba.
—Casi me asesina cuando te he dicho que venía.
Bajó la mirada y asintió despacio, tragando saliva. Titubeó un rato, vacilando continuamente entre mis ojos y mis manos, cogiendo bocanadas de aire para empezar a hablar, aunque ninguna palabra conseguía abandonar sus labios. Se pasó las manos por la cara nuevamente.
—No quiero hacerte daño —susurró antes de atraerme de nuevo hacia él para volver a besarme tan viciosamente, como él hacía.
Ni siquiera en esa situación era capaz de besarme con suavidad, aunque en ese momento casi me vuelvo loca.
Me aparté de él.
—Pero dime —dije, usando la perfecta excusa para separarme de él y tratar de no llevar las cosas a un nivel del que no podría salir.
Sacudió la cabeza.
—Olvídalo. No es importante.
—Dan.
—En serio, da igual.
Hizo amago de besarme de nuevo, aunque yo incliné la espalda hacia atrás a tiempo. Fue como si se me hubiese encendido una bombilla en la cabeza. Cerré los ojos y sentí un doloroso peso en el pecho de pronto. Tragué saliva.
—No debería de haber venido. Sólo has conseguido empeorarlo todo.
—¿Por qué dices eso? —respondió, algo sorprendido por mi repentino ataque de inteligencia.
Cogí aire.
—Porque estoy aprendiendo a vivir sin ti, Dan. Y ahora estás aquí de nuevo, besándome como si nada hubiera pasado y como si nunca hubieras roto conmigo. ¿Te acuerdas de eso? ¿De que rompiste conmigo?
Se quedó callado, mirándome con los ojos sin chispa y con las manos apretadas en puños. Su respiración estaba agitada y no apartaba la mirada de encima mía. Dos segundos más tarde y con sólo un objetivo en su mente, ya estaba de nuevo besando mis labios de esa forma tan jocosa.
Aunque esta vez me daba exactamente igual el maldito presente.
Le empujé tan fuerte en el pecho que me llegó a asustar el haberle hecho daño, aunque no dejé que lo notara, y me levanté de la encimera para acercarme hacia la puerta.
Estaba empezando a cabrearme.
—¡No soy tu juguete, Dan! No puedes usarme ahora y luego dejarme sólo porque a ti te apetece “pasártelo bien”.
Dan se acercó con dos pasos ágiles hacia mí, frunció el ceño y me sujetó los brazos. Puso una mano encima de mis labios y no me dejó hablar después de apretarme contra la pared con fuerza. Su cara estaba a milímetros de la mía, sus ojos color miel pidiéndome que le escuchara. Respiró hondo unas cuantas veces cerrando los ojos antes de mirarme a los ojos una vez más. Su cuerpo se aseguraba que el mío no se moviera contra la pared.
—Jane. —Su voz estaba calmada y especialmente grave. No pude evitar sentirme cohibida—. No quiero discutir contigo. No quiero que mi última noche aquí contigo sea para discutir, ¿vale? Creo que eso puedes entenderlo.
Le miré con los ojos inyectados en sangre porque no estaba arreglando nada. Intenté pegarle con mi cuerpo, pero sus caderas se ciñeron a las mías con tanta fuerza que sentí la pared clavarse en mis riñones. Gemí sin poder evitarlo. No sabía muy bien si de miedo, o de verdadero placer.
—Entonces, si crees que te estoy “usando” o jugando contigo, quiero que vuelvas a esos dos años y pico que hemos estado juntos y quiero que te lo preguntes de nuevo. Sé muy bien lo que he hecho, y no tienes ni idea de lo mal que lo estoy pasando.
Antes de que pudiera siquiera pensar en ello, tenía los ojos nuevamente inundados de lágrimas. Comenzó a acariciar mi mejilla y mi cuello, moviendo así su mano de encima de mis labios, aunque su otra mano sujetaba con fuerza mis muñecas.
—Olvida todo lo que hemos pasado últimamente y trata de hacer como yo. Es la última noche, Jane. Intenta disfrutar.
Siempre me he considerado una chica débil que se deja influenciar con facilidad por la gente a la que me importa. Esta era una de esas claras ocasiones en las que, de nuevo, me importaba más el ahora que el después. ¿Quién me iba a contar que esto más tarde me iba a perseguir? Claro que conocía las consecuencias. Aunque, bien mirado, a él no le faltaba la razón. Estaba enamorada de él, y me estaba ofreciendo un bonito último día con él, sin ataduras ni compromisos. La idea era tentadora. Sin contar que mi estado de ánimo estaba perfecto para que no le costara en absoluto convencerme.
Era débil. Más de lo que debería.
Esta vez fui yo la que se inclinó y lo besó a él. Cerré los ojos con fuerza e ignoré los dolores tan agudos que mi cerebro mandaba constantemente a mi corazón. Pinchazos de advertencia. Los ignoré lo mejor que pude.
Pude sentir su sonrisa contra mis labios.
📽🍁🍭
Al día siguiente fue excepcionalmente difícil despedirme de Dan con la mirada calculadora de mi mejor amiga clavada en cada uno de mis movimientos, hasta tuve miedo de darle un beso en la mejilla cuando me fui a despedir por si era demasiado sospechoso. Por suerte, ni ella ni Ethan se olían lo que había pasado la noche anterior, gracias al cielo. No necesitaba que los dos me dieran un sermón acerca de que una no se tira a un ex bajo ninguna circunstancia, porque lo sabía perfectamente. Aún así, no era lo que más me apetecía escuchar en esos momentos.
Por mucho que yo quisiera autoengañarme de que no había supuesto ningún problema para mí haber vuelto a acostarme con mi ex, estaba totalmente equivocada. Aquello había hecho que las heridas que había empezado a cerrar yo sola las había rajado de nuevo con malicia, mientras yo le suplicaba que lo hiciera de nuevo, con las bragas en los talones. Había sido una estúpida, y aquella noche de lunes, después de huir de mis sentimientos durante todo el día, fue tocar la almohada y que las lágrimas cayesen solas. Estaba hecha un desastre, dejé que cada uno de mis sentimientos me abofeteasen la cara cada uno con más fuerza, siendo consciente de que no podía huir de ellos por mucho más tiempo. Había cometido un error. Estaba dispuesta a superarlo, lo estaba empezando a hacer. Sólo había conseguido que mi corazón de nuevo se inquietase con la idea de volver a tenerlo entre mis piernas, pero dandole la satisfacción de cumplirlo. Había mimado hasta tal punto a mi corazón que ahora sólo era un niño rabioso que lloraba cada vez que le negaba el caramelo. Y era todo culpa mía.
Ni siquiera se me pasó por la cabeza el hecho de que había vuelto a aprovecharse de mi situación. Había conseguido que me pusiera de rodillas de nuevo, ignorando lo mejor que podía el nudo constante en mi garganta. Que ahora se estaba disolviendo en mi almohada.
Después de estar lo que parecieron horas moqueando encima de mi cama, me sobresalté cuando mi cama vibró a la par que mi teléfono e interrumpió mis pensamientos autodestructivos. Tuve que incorporarme en la cama mientras tenía todavía lágrimas corriéndome por las mejillas, cambiando el semblante por un ceño fruncido. Me pasé una mano por la cara para tratar de secármela, y me aclaré la garganta, aunque cuando contesté mi voz seguía estando igual de perjudicada.
—¿Harry? —pregunté extrañada.
Pude escuchar unos ruidos al otro lado de la línea, y por un segundo pensé que tal vez me habría llamado por error, ya que se me hacía rarísimo que me llamase. No habíamos vuelto a hablar desde que estuve en Cheshire el día anterior. Sin embargo, segundos más tarde pude escuchar su voz, alta y clara.
—¿Jane?
—Hola —respondí, sentándome encima de mi cama apoyando la espalda en la pared.
—Hey, te pillo bien, ¿no?
—Sí, sí…, ¿está todo bien? —pregunté, sorbiéndome los mocos y cruzándome de brazos.
Le escuché reírse suavemente.
—Sí. Estoy de camino a casa.
—Ah, vale —contesté algo descolocada.
A pesar de todo, me encantaba el hecho de que me llamase así de la nada, y actuase de esa manera tan natural, como si era costumbre que hablásemos todos los días. Como si no nos hubiésemos acabado de conocer el fin de semana pasado.
—Bueno, ¿qué tal todo?
Gruñí y volví a dejarme caer encima de la cama. Me apreté los ojos con los dedos.
—Ayer me acosté con Dan —dije, como un acto reflejo, escupiendo la piedra con la que tanto tiempo me había estado atragantado.
La razón por la que se lo había contado era muy simple, por mucho que en su momento hubiese estado tan sorprendida conmigo misma por haberle soltado algo tan íntimo y personal a prácticamente un desconocido. Lo hice porque hablar con un desconocido era justo lo que necesitaba hacer; sabía perfectamente de qué manera me iban a juzgar mis amigos si les contaba eso. Necesitaba contárselo a alguien, a alguien que no me importase que me juzgara, o de qué manera lo hiciera. Se lo hubiese contado al primer desconocido que se me cruzara por la calle a esas alturas.
—¿Dan? ¿Tu ex?
—Sí.
Su suspiro quedó interrumpido por una carcajada.
—Dios mío, Jane. ¿Y qué tal estás?
Me encogí de hombros.
—En la mierda —respondí, sintiendo de nuevo la ola de lágrimas subir por mi garganta, aunque intentado ahogarlas con una risa.
—Ya… justo te iba a preguntar si estabas resfriada o algo.
Sonreí inconscientemente.
—Hey, ¿quieres oír algo gracioso?
—Yo siempre quiero oír algo gracioso —respondí, intentando que no se notara demasiado que me estaba pasando un pañuelo por la cara de nuevo.
—Me he tragado un mosquito enorme.
Solté una carcajada y puse los ojos en blanco con una sonrisa.
—¿Te has tragado un mosquito? ¿Cuándo?
—Hace unas horas.
Continué riéndome y escuché cómo se reía él también debajo de mis carcajadas.
—¿Por qué?
—¿De verdad crees que me tragaría un mosquito enorme a propósito, Jane? Vamos a ver…
—No sé… de ti me puedo esperar cualquier cosa.
—Bueno.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—No lo sé… supongo que quedármelo. Nunca pensé en ser padre tan pronto, pero los accidentes pasan.
Solté una carcajada de nuevo, y me encontré a mí misma jugando con mi pelo como un acto reflejo.
—Es una gran responsabilidad, lo sabes, ¿no?
—Sí, bueno. ¿Qué se supone que tengo que hacer si no? No puedo digerirlo sin más.
—Cierto. No quieres ser como esos padres que digieren a sus mosquitos enormes.
—No tengo otra opción. Sólo desearía que el padre no me hubiese dejado solo en esto.
Me mordí el labio mientras sonreía.
Estuvo así un buen rato, haciendo todo lo posible por mantenerme la mente ocupada con cualquier gilipollez que se le ocurriese. En ningún momento estaba pidiendo nada a cambio. Sólo lo hacía. No me colgó el teléfono cuando descubrió que estaba hecha un lío mentalmente, siendo consciente de que tal vez aquella conversación pudiese durar durante semanas y semanas, y en cambio, era él quien creaba una línea de conversación alternativa. Como si supiese que era justo lo que necesitaba. Sin importarle que le cogiese el teléfono de nuevo moqueando, después de compartir días enteros entre risas, sin juzgarme por dar de nuevo un paso hacia atrás, con paciencia y comprensión. Era la primera vez que sufría una ruptura, y se me estaba haciendo muy cuesta arriba. A él no le importó. Y poco a poco mis ganas de llegar a casa para poder llorar tranquila se vieron intercambiadas por las ganas de volver a hablar con él, y volver a escuchar las historias que me contaba como si fuera su mejor amiga.
Estoy segura de que hubiese sido capaz de superarlo yo sola con el paso del tiempo, aunque también estoy segura de que él lo hizo mil veces más fácil de lo que lo iba a ser en un principio. Me habían quitado la tirita con mucha rapidez y fuerza, y él se encargó de soplarme en la piel y acariciar la zona con los dedos, asegurándose de que no escociese demasiado. Todo eso, sin conocerme de nada.
—Eres un idiota, ¿lo sabes?
—Algo así me han dicho.
—Buenas noches, Harry.
—Buenas noches, Jane.
Dos
Una de las cosas que más odiaba eran los viajes largos. Aunque el tren no era demasiado incómodo, irse de viaje con una hermana mayor demasiado hundida en la adolescencia que parecía que jamás tendría fin, era insufrible para mis padres y para mí. Por muchas veces que mi hermana había suplicado poder quedarse en casa, mis padres la obligaron a venir de todas formas, cosa que yo no entendía, lo que hacía que su comportamiento ya insoportable de naturaleza, lo fuera aún más sólo para molestar a mis padres y, por lo visto, a mí también.
En cuanto llegamos a la estación nos tocó volver a correr hasta la estación de autobuses para coger uno hacia el pueblo en el que nos quedaríamos. Como siempre, nuestro tiempo no era especialmente generoso, ya que sólo teníamos un cuarto de hora desde la llegada del tren hasta la salida del autobús.
La relación que tenía con mi abuela paterna no era ni la mitad de cercana como la que tenía con la materna, por lo que estar en su casa un fin de semana era algo que me incomodaba un poco. Y a Emma muchísimo más que a mí. El único que parecía emocionado con los hechos era mi padre, y sólo por el hecho de que hacía por lo menos dos años que no iba a visitar a su madre.
La llegada fue normal, tranquila y justo como me la había imaginado; llegada al pueblo, búsqueda intensiva y fallida de la casa, llamada a la abuela para pedir indicaciones y encontrarla a la segunda llamada. Un beso, mirar la casa con fingido interés, llegar a la habitación, dejar las maletas y sentarse al lado de mis padres fingiendo estar escuchando la conversación.
Su cumpleaños no era hasta el domingo, así que los regalos, —algo que quitaba tiempo y ocupaba el suficiente espacio como para hacerse con nuevos temas de conversación— no se daban hasta el día siguiente, por desgracia.
Emma estaba encerrada en nuestra habitación, como siempre, y yo tenía que pretender estar interesada y hacer de la hermana responsable y buena de la familia, algo que de alguna forma ya era así. Pero tenía que mantener esa fachada que había levantado durante los años.
Aunque hubo un momento en el que la puerta de la habitación se abrió y unos pasos apresurados corrían hasta bajar las escaleras, y una emocionada Emma se presentó después de hora y media de habladurías sobre el cambio climático y lo corruptos que eran los políticos en todos lados.
—¿Puedo salir esta noche? —pidió sin más demora.
Mi madre soltó una carcajada, y mi padre se vio obligado a tomar riendas.
—¿Estás loca?
—Bueno, ¿puedo?
—Por supuesto que no.
Dio una patada al suelo y yo di un sorbo al té que la abuela me había preparado. Estaba frío y agrio pero, como ya dije, tenía que mantener mi reputación.
—¿Por qué no?
—Tan fácil como que no vas a salir de fiesta en un pueblo que no conoces de nada, con personas que no conoces de nada y en sitios que no conoces de nada. Ni hablar.
—Esto no es ni la mitad de grande que nuestro barrio y allí no tienes problema. No tiene sentido, papá.
—¿Te lo repito? Mamá, ayúdame en esto.
La abuela levantó la mirada desprevenida y miró a Emma.
—Es tu hija, no la mía. La tienes que educar tú.
—¿Ves? La abuela me deja, ¿a que sí?
Sólo levantó las manos e hizo como si se mostrara neutral.
Mi madre ya se había marchado a la cocina.
—Emma, mantengo mi postura. Además, ¿qué hay aquí? Apenas hay un bar.
—No tienes ni idea —reprochó Emma suficientemente alto como para escucharlo.
—Un no es un no, y punto.
La sala se quedó en silencio varios segundos, hasta que yo decidí romperlo antes de que mi hermana le lanzara el móvil o algo así.
—Papá, creo que tendrías que dejarla ir —los ojos de mi hermana se abrieron tanto al oírme decir aquello que parecía que podría besarme con ellos desde su posición—. A ver si así se coge otro coma etílico y aprende la lección de una vez.
—¿Un coma etílico, Emma? —la abuela parecía muy impresionada, a pesar de lo mucho que mi padre le había hablado de ella.
—Jane, eres un genio. Igual me lo pienso —el sarcasmo de mi padre era lo único que yo había heredado de él.
—¿De verdad? —el resto lo había heredado Emma.
La lista de la familia era mi madre.
—Sarcasmo, Emma.
—No me gusta. Que sepas papá: me has decepcionado.
En realidad mi hermana no era tan mala persona. Era guapa e incluso lista, pero era demasiado superficial.
El problema era que siempre tenía que pensar que el mundo giraba alrededor suya, y que todo lo demás era irrelevante. No siempre era así, pero sí la mayoría del tiempo, y me ponía de los nervios. Eso es lo que le hacía tan insoportable. Era extremadamente inmadura para su edad.
—En realidad, Jane tiene razón —mi madre se apoyaba en el marco de la puerta y paseaba su dedo por su labio inferior, pensativa.
Levanté las cejas y evité reírme.
—¿Qué? —dijimos mi padre y yo a la vez, con el mismo tono de voz.
—Quiero decir, es un pueblo pequeño, no le va a pasar nada.
—Eso, sé cuidar de mí misma —respondió Emma, cruzándose de brazos orgullosa.
—Por supuesto que no sabes, por eso te va a acompañar Jane.
Tardé unos segundos en entender lo que mi madre había dicho.
—Espera, ¿qué?
—¿Prefieres que te acompañe yo? —preguntó mi madre en su defensa, poniendo una mano en su pecho y alzando las cejas.
—Sí —respondimos Emma y yo.
—Respuesta anulada. O vas con Jane o no vas.
—¡No tengo ni voz ni voto en esta familia! ¡Soy como el perro! —protesté.
—Eso es porque eres la pequeña.
—Pero si soy yo la que te tiene que cuidar a ti, retrasada.
—Me acaba de insultar y vosotros no movéis un dedo, realmente me decepcionáis ambos.
—Emma y Jane, callaos ya u os quedáis en casa.
—¡Pero si tengo que ir igualmente!
—Tengo gallinas en vez de nietas —murmuró mi abuela, lo suficientemente alto como para escucharlo.
Todo el mundo hizo como si no la hubiera escuchado.
Abrí la boca para protestar nuevamente, pero parecía que si volvía a pronunciar otra palabra más, me iba a meter en problemas más serios que tener que cuidar de mi hermana mayor.
Suspiré y puse los ojos en blanco cuando subí las escaleras seguida por Emma, que parecía tan molesta como yo.
Parecía que no tendría opción que escoger y que realmente estaba obligada a hacerlo, por lo que me dirigí a mi habitación a ponerme algo decente. Por lo menos intentaría pasármelo bien.
Algo poco probable, ya que iba con mi hermana mayor y no conocía a nadie en ese maldito pueblo.
🌻✨🍂
El frío que hacía en la calle era más que normal para estar a principios de julio en Inglaterra, pero aún así era espantosamente gélido. Mis dientes ya dolían de tanto chocarse los unos contra otros desde que salí de casa, y mi temperatura corporal no parecía subir conforme andaba más y más rápido para intentar subirlo. Emma no parecía afectada; andaba con los brazos a sus lados y con la cabeza bien alta, sin ningún indicio de que estuviera pasando frío, completamente contraria a mí, ya que yo iba completamente encorvada y con las manos hundidas en los bolsillos de mi gabardina. Era injusto, ya que yo llevaba unos vaqueros y ella tan solo unas medias con un vestido, que para nada estaba preparado para ese tipo de temperaturas.
Me tuve que recordar que era una gran actriz.
Después de varios minutos andando me cansé de tanto secretismo.
—Bueno, ¿a dónde se supone que vamos?
—Cerca de aquí hay una casa abandonada donde siempre hay fiestas los primeros fines de semana del mes. Son como fiestas privadas, más o menos.
—Entonces nosotras no podemos ir —dije intentando ocultar el deje de emoción que me recorría el vientre.
—Sí podemos, tonta. Conozco al organizador, estuvo un tiempo trabajando en un pub al que iba mucho.
—Ah —fue lo único que pude añadir.
En esos momentos odiaba más que nunca a Dan, ya que salir de fiesta era una de las cosas que más me gustaba hacer, y el hecho de que hubiese conseguido hasta quitarme las ganas de eso, me enfadaba con creces.
Caminamos otros pocos minutos en silencio hasta que llegamos a un camino sin asfaltar y comenzamos a subir una pequeña colina sin árboles y sin nada más que hierba amarilla y pisoteada. Los árboles comenzaron a hacerse algo más abundantes y llegamos a una casa más grande de lo que yo me hubiera imaginado por culpa del entorno. Se veía que esa casa era antes habitada por una familia adinerada y con poder, ya que era bastante grande. El techo estaba medio en ruinas, pero parecía que eso no detenía a las personas que lo estaban pasando bien dentro, por lo menos así se escuchaba desde mi posición; música lo suficientemente alta como para no poder entenderse al hablar, pero lo bastante baja como para que el pueblo no lo escuchara.
Cuando llegamos a la casa, comencé a ponerme nerviosa sin saber muy bien la razón. Realmente no sabía qué iba a hacer ahí dentro; partía del hecho que mi hermana había quedado con gente que conocía y que yo tendría que acoplarme a ella toda la noche si no quería pasarme la noche sentada en algún rincón intentando no quedarme dormida. Al acercarnos a la puerta vacilé unos segundos antes de entrar, sin saber muy bien si pedirle ayuda a mi hermana ante aquella pequeña crisis que estaba teniendo, seguido por las múltiples emociones que me azotaban el pecho a todas horas del día por lo de Dan, que en esos momentos parecían hacerse más pesados que de normal.
La relación que tenía con mi hermana mayor no era que se diga mala de odiarnos muchísimo. Pero tampoco era la mejor, ni la que deseaba cuando era más pequeña. Siempre oía historias de otra gente que compartía tantas cosas con sus hermanas que la envidia me corroía día tras día. Me hubiese encantado compartir la ropa con ella y contarle mis secretos y mis dramas y que ella me diera consejos como hermana mayor. Pero esas cosas no pasaban entre nosotras. Emma siempre había sido muy competitiva, si no era conmigo lo era con nuestro hermano mayor. Nunca había tenido que serlo con otra chica antes de que llegara yo, ya que a medida que yo crecía, más me tenían en cuenta a mí, sin contar que le quitaba todo el protagonismo que mis padres le brindaban. Nunca compartíamos nada entre nosotras, siempre tenía que esconder mis dramas de adolescente cuando entraba por la puerta de mi casa, ya que sabía que nadie de ahí dentro me iba a ayudar con mis problemas. Aquello me entristecía mucho, me hubiese encantado contarle a mi hermana mayor todo lo que me estaba pasando y pedirle ayuda a gritos, que me hablara de sus perspectivas y experiencias en su vida personal, que me incluyera en su vida, y sobre todo que no me dejase ahogarme entre mis emociones y lágrimas del momento.
Cambié de opinión enseguida, me tragué el nudo de la garganta como pude y traté de no volver a echarme a llorar delante suya, porque sólo iba a hacer el ridículo. Con los años había aprendido a mantener siempre un fuerte con ella, a no compartir más de lo necesario.
Emma había girado la mirada y me repasaba con un brillo en los ojos que no me era demasiado familiar. Aparté la mirada casi al instante, aunque ella me sujetaba de los hombros antes de que pudiera darme cuenta.
—¿Jane? —preguntó, con un tono de voz que no conocía, como con preocupación.
—¿Qué? —contesté yo, asegurándome que sonaba a la defensiva.
Frunció los labios y sin dejar oponerme ante sus movimientos, me arrastró hasta un banco de piedra y se sentó a mi lado.
—¿Qué sucede?
La miré con los ojos muy abiertos. No sabía muy bien por qué preocuparme más; si por las lágrimas que amenazaban con mi exposición o con el repentino ataque de preocupación de mi hermana mayor, a la que le dio igual que un chico de diecisiete años saliera con su hermana pequeña de trece.
Ella también parecía algo retraída, ya no me sujetaba de los hombros ni me miraba a los ojos, aunque pude ver que se mordía el labio y luchaba por que la situación no se hiciera incómoda y tomar la situación como mejor sabía. Suspiró y se pasó una mano por el pelo. Cerró los ojos y comenzó diciendo:
—Escucha, Jane. Sé lo qué te ha pasado. No me lo has dicho, pero lo sé. Y sé lo qué se siente. Puede que esto te resulte irrelevante o que no me hagas caso, pero tu vales mucho más que ese capullo, de verdad. No te lo diré a menudo, pero eres mi hermana y siempre voy a intentar protegerte. Lo digo ahora y espero no arrepentirme, pero puedes venir a mí cuando quieras y contarme las cosas si necesita llorar o lo que sea. Siento que te lo haya dicho tan tarde, no te mereces esto. Quiero que te lo pases bien. Te odiaré muchas veces pero sigues siendo mi hermana y la única que puede hacerte daño soy yo, ¿de acuerdo?
Parpadeé un par de veces, mirándole a los ojos sin saber qué responderle a aquello.
Esas fueron las primeras palabras de afecto que mi hermana me había dedicado en mucho tiempo.
Quise decir algo, pero me tiró del brazo y me levantó del banco de un tirón, posiblemente avergonzada y deseando que no le respondiera nada a lo que me acababa de admitir.
—Voy a conseguirte un chico para que te lo pases bien —me guiñó un ojo.
Esta nueva faceta de mi hermana me pilló completamente desprevenida, nunca lo vi venir, y a pesar de eso, realmente me gustaba. Tenía que aprovecharlo, ya que sabía que al día siguiente posiblemente no sería tan amable conmigo que entonces.
Me dijo que esperara un segundo para arreglar una cosa con el portero y escasos minutos más tarde me volvió a coger de la muñeca para arrastrarme dentro del edificio.
La música estaba muchísimo más alta de lo que en principio había esperado. Fue como si alguien me hubiera abofeteado la cara con un altavoz de lo bien aislada que estaba la casa. De lo que también me di cuenta fue de que ahí dentro hacía un calor espeluznante.
Había poca luz, pero la suficiente como para poder manejarte por el lugar sin tener que preocuparte por tus zapatos. Cuando me quise girar para preguntarle a mi hermana dónde estaban los baños sólo por si acaso, vi que se había evaporizado, y que estaba completamente sola en medio de una multitud que no conocía de nada.
Puse los ojos en blanco. Ni dos minutos había durado su amabilidad hacia mí. Intenté no tomármelo a pecho y me hice paso como pude por la gente que estaban bailando completamente dirigidos por el alcohol. Por suerte, la gente estaba agrupada únicamente en el centro, por lo que en las esquinas habían algunos sofás libres o no tan libres en los que podría sentarme y centrarme en cuáles serían mis siguientes movimientos.
Escogí el único en donde no había más que una pareja demasiado acaramelada. Me acerqué a él intentando no llamar demasiado la atención y me senté en él lo más lejos posible de ellos, lo que no fue más que un intento fallido, ya que el sofá era bastante pequeño y estaban a tan sólo centímetros de mí. Intenté ignorarlos lo mejor que pude.
Coloqué el bolso a mi lado y saqué mi teléfono.
01:13 Ellen™: mira, se me ha curado ya 🎉
Ellen me había enviado una foto de su piercing en la nariz que ambas fuimos a hacernos juntas hacía unos meses, aunque ella había tenido algunos problemas más que yo en el proceso de curación. Sonreí un poco y me dispuse a responderle.
—¿De verdad, Jane?
Di un brinco cuando escuché la voz de Emma a mis espaldas. Giré el cuello y la miré. Suspiró y se sentó en el brazo del sofá.
—No te lo voy a permitir —dijo entre grito y grito—. Vamos, te traeré algo de beber.
Antes de que pudiera replicar, o incluso levantarme e ir con ella, mi hermana ya había vuelto a perderse entre la multitud. Suspiré en rendición. En parte le daba la razón, no debería de estar sentada en un sofá sin hacer nada en una fiesta de ese grado, pero realmente no tenía ninguna alternativa, ni estaba de ánimos para ponerme a buscar una. No conocía a nadie en ese lugar, y no quería acoplarme a mi hermana y hacerle la noche más pesada de lo que ya lo era.
Me quedé sentada mirándome los pies y con las manos en el regazo lo que parecieron horas. Aunque en parte era divertido ver a la gente bailando y ser torpe justo en frente mía, y la pareja de al lado mía hacía ya tiempo que se había marchado, supongo que debido a mi estancia. Sonreí satisfecha al pensar eso. La música después de todo tampoco era tan mala como me imaginé, había hasta algunas canciones que estaban en mi lista de reproducción.
Miré mi reloj una vez más. Ya había pasado media hora desde que Emma había decidido dejarme sola de nuevo y yo me estaba muriendo del aburrimiento. Ahora ansiaba esa bebida que Emma me había prometido para por lo menos no aburrirme tanto.
—¿Me estás siguiendo? —la voz de un chico detrás mía me pilló completamente desprevenida.
Me di la vuelta para ver quién era ese desconocido que había decidido asaltarme de esas maneras.
Me miraba con una sonrisa burlona y extrañamente bonita en la cara, pero yo no estaba de humor. Esos rizos me eran horriblemente familiares. Pero por el resto no conocía de nada a ese chico como para que se dirigiese a mí de esa forma. A su lado había una chica, también con el pelo oscuro y rizado, con los brazos cruzados que no parecía muy contenta.
—Perdona, ¿qué?
—Que si me estás siguiendo. No tiene gracia, de todas formas.
Entrecerré los ojos y volví a darle un repaso con la mirada, pero seguía sin saber quién era. Me encogí de hombros y, a pesar de las señales que me enviaba su imagen, me di la vuelta, tratando de ignorarle.
—Hey —respondió ante mis malos modales—, te estoy hablando.
Dio la vuelta al sofá, se puso enfrente mía y se agachó para ponerse ojo a ojo conmigo. Sujetó con las manos mis piernas para no caerse y yo vacilé la mirada entre él y sus brazos, más molesta de lo que ya estaba. Alcé las cejas ante su atrevimiento.
Ese chico me intimidaba.
—Y yo te estoy ignorando. O por lo menos lo intento.
Inclinó la cabeza con el ceño fruncido y casi se cae al suelo.
Ah, encima borracho. La situación mejoraba por momentos, aunque casi no pude evitar una pequeña sonrisa ante su torpeza, mientras le miraba con el ceño fruncido.
Intenté alejarme, pero me vi atrapada entre el sofá y él. La chica que le acompañaba suspiró exasperada y se sentó a mi lado, aunque sacó su teléfono móvil de su escote y no me prestó más atención.
Los miré a ambos y entonces todo me cuadraba. Aquella era la pareja que había visto momentos antes a mi lado dándose el lote como si fuera el fin del mundo. Era tan incómodo que tuve que soltar una pequeña carcajada cuando me di cuenta como único mecanismo de defensa. Incómodo y surrealista, aquella situación lo tenía todo.
—Te he hecho una pregunta —dijo el chico después de ver cómo reaccionaba, con más paciencia de la que tendría yo.
—No te estoy siguiendo, ni sé quién eres.
Su cara de extrañeza era incluso mayor ahora, todavía con los dedos detrás de mis rodillas sin ningún tipo de vergüenza.
—¿Cómo que no? Yo sí te conozco a ti. Tú recogiste mi móvil.
La chica a mi lado levantó la mirada de repente y sin hacer ningún ademán de disimular, me miró de arriba a abajo, parándose en cada detalle. Luego esbozó una mueca de desagrado y volvió a su pantalla del móvil. Fruncí el ceño devolviéndole la mirada, aunque la ignoré. Sin ablandar mi rostro, volví a mirar al chico.
—¿Tu móvil? ¿Cuándo?
No estaba entendiendo nada.
Hizo algunos sonidos que no pude llamar palabras antes de hablar con más claridad:
—No sé... hace mucho ya.
Estaba literalmente acorralada. El chico de rizos de enfrente mía seguía sujetándose a mis piernas para evitar caerse al suelo, y la chica de mi lado también me bloqueaba el paso.
En la lejanía pude ver a Emma acercarse con mi bebida. En seguida me vi rodeada de unas luces blancas que cantaban libertad. Emma, cuando estuvo a varios pasos de mi, levantó la mirada y me vio a mí y al chico arrodillado, y su sonrisa fue descomunal. Le lancé una mirada de auxilio, pero ella no se dio cuenta. Me alzó el pulgar y se fue por donde había venido. Dejé caer los hombros.
Mis ganas de desaparecer aumentaban con cada segundo.
—Bueno, ¿vas a dejarme ir o cómo? —le dije al final, ya enfadada.
—Te llamas Jane, ¿verdad? —dijo haciendo caso omiso a mi pregunta.
Mi asombro estuvo acompañado por incluso más miedo del que ya sentía. Fruncí el ceño todavía más.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te conozco, ya te lo he dicho. Yo soy Harry —al fin se levantó y me tendió una mano con una gran sonrisa.
Harry.
—Oh dios mío, ¡eras tú el que vivía en Cheshire!
—¿Qué?
Claro que conocía a un Harry, era ese chico que se rió de mí en el autobús y que por arte de magia apareció su teléfono en el bolsillo de mi abrigo. Habían pasado tan solo tres semanas, y a mí ya se me había olvidado, como hacía con todo lo que no tuviese que ver con Dan. Bueno, realmente necesitaba ser más lúcida. Y tener mejor memoria.
Mi subconsciente se rió de mí cruelmente.
—¡Ya sé quién eres! —me reí y él esbozó una sonrisa de victoria.
Me levanté del sofá y pasé olímpicamente de su mano, la cual todavía estaba en el aire.
—Espera, ¿no vas a responder a mi pregunta?
—¡No te estoy siguiendo, por el amor de dios!
—Nunca me llamaste al skype.
—¿Qué?
Dios, hablar con ese chico era realmente difícil. Aunque de eso podría tener la culpa el alcohol. Pero eso no quitaba que me estuviera poniendo muy nerviosa.
—Me pediste mi skype, pero nunca me llamaste.
—Ya, lo pedí por ser amable. Si te hubiera querido llamar te hubiera pedido el teléfono. De todas formas, ni siquiera sé cómo lo haría para hablar contigo por teléfono, nunca me entero de nada de lo que dices. Además, estás borracho.
Frunció el ceño y asintió con la cabeza. Pasando olímpicamente de lo que le había dicho, se dio la vuelta rápidamente y agarró la mano de su novia o quien quiera que fuese esa chica, y la obligó a ponerse a su lado.
—Jane, te presento a Yina.
—Encantada —dije con más sarcasmo de lo que hubiera deseado.
Ella me dedicó una sonrisa también irónica.
—¿Es tu novia? —pregunté, intentando hacer aunque sea migas.
La carcajada que lanzó Harry a continuación me mojó hasta los zapatos, y tuvo que secarse las lágrimas con los dedos. Espero que haya sido fingido lo de las lágrimas, porque realmente no era tan gracioso.
Yina no parecía tan divertida, es más, parecía hasta enfadada por el repentino ataque de risa del chico.
—No… no, no es mi novia —y continuó riéndose.
—¿Entonces?
—Ah, es una larga historia —dijo ella por él.
Al abrir la boca de pronto, me di cuenta de que su voz era un tanto desagradable a causa de lo aguda que era, aunque supongo que al final podrías acostumbrarte.
—Me imagino.
Me quise ir de allí cuando Harry se hubo calmado, pero cuando me di la vuelta y di dos pasos, sentí una mano aferrarse a mi brazo, obligándome a darme la vuelta. De un sólo movimiento. Me giró con tanta rapidez que me encontré de un momento a otro demasiado cerca. Tan cerca que su nariz casi rozaba la mía, mientras me sujetaba la mirada con brillo en los ojos, todavía con sus dedos presionándome la palma de la mano. Fueron tan sólo dos segundos, pero tuve que hacer acopio de mis fuerzas cuando un olor tan agradable y repentino me descolocó por completo unos momentos, encontrándome disfrutando de una buena ola de su olor corporal. No era tan desagradable como quisiera que fuese. Me aparté casi al instante cuando me di cuenta, apartando la mirada incómoda y algo ruborizada. Me solté de su mano.
—Espera, déjame invitarte a algo.
Primero quise oponerme, pero luego me di cuenta de que ese chico, Harry, me estaba dando la oportunidad de no estar sola toda la noche y de tener mínimas posibilidades de pasarlo bien. Y en realidad no me caía tan mal.
Así que al final dejé que me invitara una y dos, y tres veces. Me lo pasé mejor de lo que me esperaba. Tanto, que al final Emma tuvo que llevarme a casa casi a rastras.
🌻✨🍂
Eran apenas las siete de la mañana cuando mi teléfono móvil no dejaba de vibrar encima de la mesilla de noche. Hacía dos horas que habíamos vuelto a casa y realmente me costaba distinguir si eso que oía era algo real o simplemente algo que a mi mente le apetecía imaginar. Abrí un ojo despacio y pude ver la luz salir disparada de la pantalla de mi móvil. Emma gimoteó con fuerza y sopló con exasperación.
Parpadeé varias veces y vi que me estaba llamando Ethan. Con los ojos medio cerrados, salí de la cama. Mareada, cogí el teléfono y me encerré en el baño.
—¿Diga? —dije con voz ronca.
Conocía a Ethan, y él no me llamaría si no fuera una urgencia. Aunque era muy tarde (o temprano), un pequeño cosquilleo de preocupación ya bailaba en mi vientre con energía, como usualmente cuando me llamaba a esas horas. Aunque mi estómago nunca se acostumbraría a esa sensación.
Tragué saliva al ver que no obtuve ninguna respuesta.
—¡Ethan! —repetí con voz más clara, aunque no demasiada alta por miedo a despertar a mis padres.
—Jane —dijo después de otros pocos segundos con la piel de gallina y mordiéndome el dedo.
—¿Qué ocurre? —dije algo más calmada.
—Mi padre está en el hospital.
Cerré los ojos y respiré hondo una vez estuve sentada en la taza del váter con las piernas cruzadas.
—¿Qué ha pasado?
Suspiró.
—Esta tarde ha vuelto, como de costumbre, borracho a casa. Pero, no sé, estaba diferente, porque ha subido directo a mi habitación y después de romper la puerta de una patada, casi me rompe a mí —lo escuché sorberse la nariz después de terminar la frase y pausar por unos segundos—. Me quedé tumbado en el suelo y después de un par de minutos escuché cómo el coche se estrellaba contra un árbol en frente de mi casa.
Me puse una mano en la frente y respiré hondo.
Otra vez no.
—Te ha vuelto a pegar.
No era una pregunta, sino una afirmación.
—No es por eso por lo que te llamo. Te llamo porque ha podido morir mientras yo estaba tumbado en el suelo con la nariz sangrando y fantaseando con que se cayera por las escaleras. ¡Tumbado, Jane!
—Espera, ¿estás culpándote por esto? ¿En serio?
Hubo un silencio grueso y palpable.
—Jane, ha puesto la vida de otros en peligro sólo porque yo estaba demasiado avergonzado que ni siquiera podía mirarle a la cara. Ha puesto su propia vida en peligro. Podría haber muerto en un accidente mucho más grave y—
—Ethan, para. En serio, me están entrando ganas de irme a Londres y darte una bofetada. ¿Te estás escuchando?
Suspiró de nuevo.
Después de unos segundos en silencio, supuse que no iba a contestarme.
—Tranquilo, seguro que estará bien. Y ahora deja de torturarte, vete a casa y descansa, ya irás a verle mañana cuando estés más despejado.
Colgué el teléfono y suspiré. Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos.
Caminando de vuelta a la cama con los brazos colgando pensé en lo afortunada que era teniendo la familia que tenía. Tenía dos padres que me querían y que se querían, y una hermana mayor que, bueno, suponía que me quería.
La verdad era que entre mi pequeño círculo de amigos, mi situación era la más “normal”, por así decirlo. No me gusta demasiado hablar de ello. La familia era uno de esos temas tabúes que no se tocaba en ninguna de las situaciones más extremas, o, por lo menos, no en colectivo, ya que Ethan, Ellen y Dan siempre recurrían a mí si tenían algún problema relacionado con ese tema.
Desgraciadamente, había demasiados.
Cuando yo llegué a ese barrio que tanto le había llamado la atención a mi madre por su tranquilidad y hospitalidad, todo estaba patas arriba entre ellos tres, ya que se conocían desde el colegio, y por tanto, ellos habían pasado por todo eso juntos, de alguna manera. Ya lo he dicho, no me gusta indagar demasiado en el tema, no son mis asuntos. No daré demasiados detalles.
Suspiré una vez entré en la cama, y aunque quisiera dormirme, no pude. La conversación con Ethan seguía grabada en mi cabeza a fuego. El padre de Ethan abusaba de él desde que su mujer se fue de casa. Él tenía trece años cuando su padre empezó a jugar con las drogas y el alcohol.
Él tampoco hablaba de ello, sólo cuando este tipo de cosas ocurrían, que lo hacían más de lo que deberían. Para luego hacer como que no me había contado nada, y seguir con su día a día como si todo estuviera bien. De todas formas, me alegraba mucho que yo fuera su punto de apoyo y que fuera yo en la que confiaba para contarle todo esto, aunque a veces desearía no saber nada de ello, y hacer como si todo estuviera bien como hacía él, no tener que preocuparme por él cada vez que me dejaba en mi casa y se dirigiera a la suya.
Era lo mínimo que podría hacer, y eso era hablar con él. Ya que lo quería con toda mi alma.
En cuanto llegamos a la estación nos tocó volver a correr hasta la estación de autobuses para coger uno hacia el pueblo en el que nos quedaríamos. Como siempre, nuestro tiempo no era especialmente generoso, ya que sólo teníamos un cuarto de hora desde la llegada del tren hasta la salida del autobús.
La relación que tenía con mi abuela paterna no era ni la mitad de cercana como la que tenía con la materna, por lo que estar en su casa un fin de semana era algo que me incomodaba un poco. Y a Emma muchísimo más que a mí. El único que parecía emocionado con los hechos era mi padre, y sólo por el hecho de que hacía por lo menos dos años que no iba a visitar a su madre.
La llegada fue normal, tranquila y justo como me la había imaginado; llegada al pueblo, búsqueda intensiva y fallida de la casa, llamada a la abuela para pedir indicaciones y encontrarla a la segunda llamada. Un beso, mirar la casa con fingido interés, llegar a la habitación, dejar las maletas y sentarse al lado de mis padres fingiendo estar escuchando la conversación.
Su cumpleaños no era hasta el domingo, así que los regalos, —algo que quitaba tiempo y ocupaba el suficiente espacio como para hacerse con nuevos temas de conversación— no se daban hasta el día siguiente, por desgracia.
Emma estaba encerrada en nuestra habitación, como siempre, y yo tenía que pretender estar interesada y hacer de la hermana responsable y buena de la familia, algo que de alguna forma ya era así. Pero tenía que mantener esa fachada que había levantado durante los años.
Aunque hubo un momento en el que la puerta de la habitación se abrió y unos pasos apresurados corrían hasta bajar las escaleras, y una emocionada Emma se presentó después de hora y media de habladurías sobre el cambio climático y lo corruptos que eran los políticos en todos lados.
—¿Puedo salir esta noche? —pidió sin más demora.
Mi madre soltó una carcajada, y mi padre se vio obligado a tomar riendas.
—¿Estás loca?
—Bueno, ¿puedo?
—Por supuesto que no.
Dio una patada al suelo y yo di un sorbo al té que la abuela me había preparado. Estaba frío y agrio pero, como ya dije, tenía que mantener mi reputación.
—¿Por qué no?
—Tan fácil como que no vas a salir de fiesta en un pueblo que no conoces de nada, con personas que no conoces de nada y en sitios que no conoces de nada. Ni hablar.
—Esto no es ni la mitad de grande que nuestro barrio y allí no tienes problema. No tiene sentido, papá.
—¿Te lo repito? Mamá, ayúdame en esto.
La abuela levantó la mirada desprevenida y miró a Emma.
—Es tu hija, no la mía. La tienes que educar tú.
—¿Ves? La abuela me deja, ¿a que sí?
Sólo levantó las manos e hizo como si se mostrara neutral.
Mi madre ya se había marchado a la cocina.
—Emma, mantengo mi postura. Además, ¿qué hay aquí? Apenas hay un bar.
—No tienes ni idea —reprochó Emma suficientemente alto como para escucharlo.
—Un no es un no, y punto.
La sala se quedó en silencio varios segundos, hasta que yo decidí romperlo antes de que mi hermana le lanzara el móvil o algo así.
—Papá, creo que tendrías que dejarla ir —los ojos de mi hermana se abrieron tanto al oírme decir aquello que parecía que podría besarme con ellos desde su posición—. A ver si así se coge otro coma etílico y aprende la lección de una vez.
—¿Un coma etílico, Emma? —la abuela parecía muy impresionada, a pesar de lo mucho que mi padre le había hablado de ella.
—Jane, eres un genio. Igual me lo pienso —el sarcasmo de mi padre era lo único que yo había heredado de él.
—¿De verdad? —el resto lo había heredado Emma.
La lista de la familia era mi madre.
—Sarcasmo, Emma.
—No me gusta. Que sepas papá: me has decepcionado.
En realidad mi hermana no era tan mala persona. Era guapa e incluso lista, pero era demasiado superficial.
El problema era que siempre tenía que pensar que el mundo giraba alrededor suya, y que todo lo demás era irrelevante. No siempre era así, pero sí la mayoría del tiempo, y me ponía de los nervios. Eso es lo que le hacía tan insoportable. Era extremadamente inmadura para su edad.
—En realidad, Jane tiene razón —mi madre se apoyaba en el marco de la puerta y paseaba su dedo por su labio inferior, pensativa.
Levanté las cejas y evité reírme.
—¿Qué? —dijimos mi padre y yo a la vez, con el mismo tono de voz.
—Quiero decir, es un pueblo pequeño, no le va a pasar nada.
—Eso, sé cuidar de mí misma —respondió Emma, cruzándose de brazos orgullosa.
—Por supuesto que no sabes, por eso te va a acompañar Jane.
Tardé unos segundos en entender lo que mi madre había dicho.
—Espera, ¿qué?
—¿Prefieres que te acompañe yo? —preguntó mi madre en su defensa, poniendo una mano en su pecho y alzando las cejas.
—Sí —respondimos Emma y yo.
—Respuesta anulada. O vas con Jane o no vas.
—¡No tengo ni voz ni voto en esta familia! ¡Soy como el perro! —protesté.
—Eso es porque eres la pequeña.
—Pero si soy yo la que te tiene que cuidar a ti, retrasada.
—Me acaba de insultar y vosotros no movéis un dedo, realmente me decepcionáis ambos.
—Emma y Jane, callaos ya u os quedáis en casa.
—¡Pero si tengo que ir igualmente!
—Tengo gallinas en vez de nietas —murmuró mi abuela, lo suficientemente alto como para escucharlo.
Todo el mundo hizo como si no la hubiera escuchado.
Abrí la boca para protestar nuevamente, pero parecía que si volvía a pronunciar otra palabra más, me iba a meter en problemas más serios que tener que cuidar de mi hermana mayor.
Suspiré y puse los ojos en blanco cuando subí las escaleras seguida por Emma, que parecía tan molesta como yo.
Parecía que no tendría opción que escoger y que realmente estaba obligada a hacerlo, por lo que me dirigí a mi habitación a ponerme algo decente. Por lo menos intentaría pasármelo bien.
Algo poco probable, ya que iba con mi hermana mayor y no conocía a nadie en ese maldito pueblo.
🌻✨🍂
El frío que hacía en la calle era más que normal para estar a principios de julio en Inglaterra, pero aún así era espantosamente gélido. Mis dientes ya dolían de tanto chocarse los unos contra otros desde que salí de casa, y mi temperatura corporal no parecía subir conforme andaba más y más rápido para intentar subirlo. Emma no parecía afectada; andaba con los brazos a sus lados y con la cabeza bien alta, sin ningún indicio de que estuviera pasando frío, completamente contraria a mí, ya que yo iba completamente encorvada y con las manos hundidas en los bolsillos de mi gabardina. Era injusto, ya que yo llevaba unos vaqueros y ella tan solo unas medias con un vestido, que para nada estaba preparado para ese tipo de temperaturas.
Me tuve que recordar que era una gran actriz.
Después de varios minutos andando me cansé de tanto secretismo.
—Bueno, ¿a dónde se supone que vamos?
—Cerca de aquí hay una casa abandonada donde siempre hay fiestas los primeros fines de semana del mes. Son como fiestas privadas, más o menos.
—Entonces nosotras no podemos ir —dije intentando ocultar el deje de emoción que me recorría el vientre.
—Sí podemos, tonta. Conozco al organizador, estuvo un tiempo trabajando en un pub al que iba mucho.
—Ah —fue lo único que pude añadir.
En esos momentos odiaba más que nunca a Dan, ya que salir de fiesta era una de las cosas que más me gustaba hacer, y el hecho de que hubiese conseguido hasta quitarme las ganas de eso, me enfadaba con creces.
Caminamos otros pocos minutos en silencio hasta que llegamos a un camino sin asfaltar y comenzamos a subir una pequeña colina sin árboles y sin nada más que hierba amarilla y pisoteada. Los árboles comenzaron a hacerse algo más abundantes y llegamos a una casa más grande de lo que yo me hubiera imaginado por culpa del entorno. Se veía que esa casa era antes habitada por una familia adinerada y con poder, ya que era bastante grande. El techo estaba medio en ruinas, pero parecía que eso no detenía a las personas que lo estaban pasando bien dentro, por lo menos así se escuchaba desde mi posición; música lo suficientemente alta como para no poder entenderse al hablar, pero lo bastante baja como para que el pueblo no lo escuchara.
Cuando llegamos a la casa, comencé a ponerme nerviosa sin saber muy bien la razón. Realmente no sabía qué iba a hacer ahí dentro; partía del hecho que mi hermana había quedado con gente que conocía y que yo tendría que acoplarme a ella toda la noche si no quería pasarme la noche sentada en algún rincón intentando no quedarme dormida. Al acercarnos a la puerta vacilé unos segundos antes de entrar, sin saber muy bien si pedirle ayuda a mi hermana ante aquella pequeña crisis que estaba teniendo, seguido por las múltiples emociones que me azotaban el pecho a todas horas del día por lo de Dan, que en esos momentos parecían hacerse más pesados que de normal.
La relación que tenía con mi hermana mayor no era que se diga mala de odiarnos muchísimo. Pero tampoco era la mejor, ni la que deseaba cuando era más pequeña. Siempre oía historias de otra gente que compartía tantas cosas con sus hermanas que la envidia me corroía día tras día. Me hubiese encantado compartir la ropa con ella y contarle mis secretos y mis dramas y que ella me diera consejos como hermana mayor. Pero esas cosas no pasaban entre nosotras. Emma siempre había sido muy competitiva, si no era conmigo lo era con nuestro hermano mayor. Nunca había tenido que serlo con otra chica antes de que llegara yo, ya que a medida que yo crecía, más me tenían en cuenta a mí, sin contar que le quitaba todo el protagonismo que mis padres le brindaban. Nunca compartíamos nada entre nosotras, siempre tenía que esconder mis dramas de adolescente cuando entraba por la puerta de mi casa, ya que sabía que nadie de ahí dentro me iba a ayudar con mis problemas. Aquello me entristecía mucho, me hubiese encantado contarle a mi hermana mayor todo lo que me estaba pasando y pedirle ayuda a gritos, que me hablara de sus perspectivas y experiencias en su vida personal, que me incluyera en su vida, y sobre todo que no me dejase ahogarme entre mis emociones y lágrimas del momento.
Cambié de opinión enseguida, me tragué el nudo de la garganta como pude y traté de no volver a echarme a llorar delante suya, porque sólo iba a hacer el ridículo. Con los años había aprendido a mantener siempre un fuerte con ella, a no compartir más de lo necesario.
Emma había girado la mirada y me repasaba con un brillo en los ojos que no me era demasiado familiar. Aparté la mirada casi al instante, aunque ella me sujetaba de los hombros antes de que pudiera darme cuenta.
—¿Jane? —preguntó, con un tono de voz que no conocía, como con preocupación.
—¿Qué? —contesté yo, asegurándome que sonaba a la defensiva.
Frunció los labios y sin dejar oponerme ante sus movimientos, me arrastró hasta un banco de piedra y se sentó a mi lado.
—¿Qué sucede?
La miré con los ojos muy abiertos. No sabía muy bien por qué preocuparme más; si por las lágrimas que amenazaban con mi exposición o con el repentino ataque de preocupación de mi hermana mayor, a la que le dio igual que un chico de diecisiete años saliera con su hermana pequeña de trece.
Ella también parecía algo retraída, ya no me sujetaba de los hombros ni me miraba a los ojos, aunque pude ver que se mordía el labio y luchaba por que la situación no se hiciera incómoda y tomar la situación como mejor sabía. Suspiró y se pasó una mano por el pelo. Cerró los ojos y comenzó diciendo:
—Escucha, Jane. Sé lo qué te ha pasado. No me lo has dicho, pero lo sé. Y sé lo qué se siente. Puede que esto te resulte irrelevante o que no me hagas caso, pero tu vales mucho más que ese capullo, de verdad. No te lo diré a menudo, pero eres mi hermana y siempre voy a intentar protegerte. Lo digo ahora y espero no arrepentirme, pero puedes venir a mí cuando quieras y contarme las cosas si necesita llorar o lo que sea. Siento que te lo haya dicho tan tarde, no te mereces esto. Quiero que te lo pases bien. Te odiaré muchas veces pero sigues siendo mi hermana y la única que puede hacerte daño soy yo, ¿de acuerdo?
Parpadeé un par de veces, mirándole a los ojos sin saber qué responderle a aquello.
Esas fueron las primeras palabras de afecto que mi hermana me había dedicado en mucho tiempo.
Quise decir algo, pero me tiró del brazo y me levantó del banco de un tirón, posiblemente avergonzada y deseando que no le respondiera nada a lo que me acababa de admitir.
—Voy a conseguirte un chico para que te lo pases bien —me guiñó un ojo.
Esta nueva faceta de mi hermana me pilló completamente desprevenida, nunca lo vi venir, y a pesar de eso, realmente me gustaba. Tenía que aprovecharlo, ya que sabía que al día siguiente posiblemente no sería tan amable conmigo que entonces.
Me dijo que esperara un segundo para arreglar una cosa con el portero y escasos minutos más tarde me volvió a coger de la muñeca para arrastrarme dentro del edificio.
La música estaba muchísimo más alta de lo que en principio había esperado. Fue como si alguien me hubiera abofeteado la cara con un altavoz de lo bien aislada que estaba la casa. De lo que también me di cuenta fue de que ahí dentro hacía un calor espeluznante.
Había poca luz, pero la suficiente como para poder manejarte por el lugar sin tener que preocuparte por tus zapatos. Cuando me quise girar para preguntarle a mi hermana dónde estaban los baños sólo por si acaso, vi que se había evaporizado, y que estaba completamente sola en medio de una multitud que no conocía de nada.
Puse los ojos en blanco. Ni dos minutos había durado su amabilidad hacia mí. Intenté no tomármelo a pecho y me hice paso como pude por la gente que estaban bailando completamente dirigidos por el alcohol. Por suerte, la gente estaba agrupada únicamente en el centro, por lo que en las esquinas habían algunos sofás libres o no tan libres en los que podría sentarme y centrarme en cuáles serían mis siguientes movimientos.
Escogí el único en donde no había más que una pareja demasiado acaramelada. Me acerqué a él intentando no llamar demasiado la atención y me senté en él lo más lejos posible de ellos, lo que no fue más que un intento fallido, ya que el sofá era bastante pequeño y estaban a tan sólo centímetros de mí. Intenté ignorarlos lo mejor que pude.
Coloqué el bolso a mi lado y saqué mi teléfono.
01:13 Ellen™: mira, se me ha curado ya 🎉
Ellen me había enviado una foto de su piercing en la nariz que ambas fuimos a hacernos juntas hacía unos meses, aunque ella había tenido algunos problemas más que yo en el proceso de curación. Sonreí un poco y me dispuse a responderle.
—¿De verdad, Jane?
Di un brinco cuando escuché la voz de Emma a mis espaldas. Giré el cuello y la miré. Suspiró y se sentó en el brazo del sofá.
—No te lo voy a permitir —dijo entre grito y grito—. Vamos, te traeré algo de beber.
Antes de que pudiera replicar, o incluso levantarme e ir con ella, mi hermana ya había vuelto a perderse entre la multitud. Suspiré en rendición. En parte le daba la razón, no debería de estar sentada en un sofá sin hacer nada en una fiesta de ese grado, pero realmente no tenía ninguna alternativa, ni estaba de ánimos para ponerme a buscar una. No conocía a nadie en ese lugar, y no quería acoplarme a mi hermana y hacerle la noche más pesada de lo que ya lo era.
Me quedé sentada mirándome los pies y con las manos en el regazo lo que parecieron horas. Aunque en parte era divertido ver a la gente bailando y ser torpe justo en frente mía, y la pareja de al lado mía hacía ya tiempo que se había marchado, supongo que debido a mi estancia. Sonreí satisfecha al pensar eso. La música después de todo tampoco era tan mala como me imaginé, había hasta algunas canciones que estaban en mi lista de reproducción.
Miré mi reloj una vez más. Ya había pasado media hora desde que Emma había decidido dejarme sola de nuevo y yo me estaba muriendo del aburrimiento. Ahora ansiaba esa bebida que Emma me había prometido para por lo menos no aburrirme tanto.
—¿Me estás siguiendo? —la voz de un chico detrás mía me pilló completamente desprevenida.
Me di la vuelta para ver quién era ese desconocido que había decidido asaltarme de esas maneras.
Me miraba con una sonrisa burlona y extrañamente bonita en la cara, pero yo no estaba de humor. Esos rizos me eran horriblemente familiares. Pero por el resto no conocía de nada a ese chico como para que se dirigiese a mí de esa forma. A su lado había una chica, también con el pelo oscuro y rizado, con los brazos cruzados que no parecía muy contenta.
—Perdona, ¿qué?
—Que si me estás siguiendo. No tiene gracia, de todas formas.
Entrecerré los ojos y volví a darle un repaso con la mirada, pero seguía sin saber quién era. Me encogí de hombros y, a pesar de las señales que me enviaba su imagen, me di la vuelta, tratando de ignorarle.
—Hey —respondió ante mis malos modales—, te estoy hablando.
Dio la vuelta al sofá, se puso enfrente mía y se agachó para ponerse ojo a ojo conmigo. Sujetó con las manos mis piernas para no caerse y yo vacilé la mirada entre él y sus brazos, más molesta de lo que ya estaba. Alcé las cejas ante su atrevimiento.
Ese chico me intimidaba.
—Y yo te estoy ignorando. O por lo menos lo intento.
Inclinó la cabeza con el ceño fruncido y casi se cae al suelo.
Ah, encima borracho. La situación mejoraba por momentos, aunque casi no pude evitar una pequeña sonrisa ante su torpeza, mientras le miraba con el ceño fruncido.
Intenté alejarme, pero me vi atrapada entre el sofá y él. La chica que le acompañaba suspiró exasperada y se sentó a mi lado, aunque sacó su teléfono móvil de su escote y no me prestó más atención.
Los miré a ambos y entonces todo me cuadraba. Aquella era la pareja que había visto momentos antes a mi lado dándose el lote como si fuera el fin del mundo. Era tan incómodo que tuve que soltar una pequeña carcajada cuando me di cuenta como único mecanismo de defensa. Incómodo y surrealista, aquella situación lo tenía todo.
—Te he hecho una pregunta —dijo el chico después de ver cómo reaccionaba, con más paciencia de la que tendría yo.
—No te estoy siguiendo, ni sé quién eres.
Su cara de extrañeza era incluso mayor ahora, todavía con los dedos detrás de mis rodillas sin ningún tipo de vergüenza.
—¿Cómo que no? Yo sí te conozco a ti. Tú recogiste mi móvil.
La chica a mi lado levantó la mirada de repente y sin hacer ningún ademán de disimular, me miró de arriba a abajo, parándose en cada detalle. Luego esbozó una mueca de desagrado y volvió a su pantalla del móvil. Fruncí el ceño devolviéndole la mirada, aunque la ignoré. Sin ablandar mi rostro, volví a mirar al chico.
—¿Tu móvil? ¿Cuándo?
No estaba entendiendo nada.
Hizo algunos sonidos que no pude llamar palabras antes de hablar con más claridad:
—No sé... hace mucho ya.
Estaba literalmente acorralada. El chico de rizos de enfrente mía seguía sujetándose a mis piernas para evitar caerse al suelo, y la chica de mi lado también me bloqueaba el paso.
En la lejanía pude ver a Emma acercarse con mi bebida. En seguida me vi rodeada de unas luces blancas que cantaban libertad. Emma, cuando estuvo a varios pasos de mi, levantó la mirada y me vio a mí y al chico arrodillado, y su sonrisa fue descomunal. Le lancé una mirada de auxilio, pero ella no se dio cuenta. Me alzó el pulgar y se fue por donde había venido. Dejé caer los hombros.
Mis ganas de desaparecer aumentaban con cada segundo.
—Bueno, ¿vas a dejarme ir o cómo? —le dije al final, ya enfadada.
—Te llamas Jane, ¿verdad? —dijo haciendo caso omiso a mi pregunta.
Mi asombro estuvo acompañado por incluso más miedo del que ya sentía. Fruncí el ceño todavía más.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te conozco, ya te lo he dicho. Yo soy Harry —al fin se levantó y me tendió una mano con una gran sonrisa.
Harry.
—Oh dios mío, ¡eras tú el que vivía en Cheshire!
—¿Qué?
Claro que conocía a un Harry, era ese chico que se rió de mí en el autobús y que por arte de magia apareció su teléfono en el bolsillo de mi abrigo. Habían pasado tan solo tres semanas, y a mí ya se me había olvidado, como hacía con todo lo que no tuviese que ver con Dan. Bueno, realmente necesitaba ser más lúcida. Y tener mejor memoria.
Mi subconsciente se rió de mí cruelmente.
—¡Ya sé quién eres! —me reí y él esbozó una sonrisa de victoria.
Me levanté del sofá y pasé olímpicamente de su mano, la cual todavía estaba en el aire.
—Espera, ¿no vas a responder a mi pregunta?
—¡No te estoy siguiendo, por el amor de dios!
—Nunca me llamaste al skype.
—¿Qué?
Dios, hablar con ese chico era realmente difícil. Aunque de eso podría tener la culpa el alcohol. Pero eso no quitaba que me estuviera poniendo muy nerviosa.
—Me pediste mi skype, pero nunca me llamaste.
—Ya, lo pedí por ser amable. Si te hubiera querido llamar te hubiera pedido el teléfono. De todas formas, ni siquiera sé cómo lo haría para hablar contigo por teléfono, nunca me entero de nada de lo que dices. Además, estás borracho.
Frunció el ceño y asintió con la cabeza. Pasando olímpicamente de lo que le había dicho, se dio la vuelta rápidamente y agarró la mano de su novia o quien quiera que fuese esa chica, y la obligó a ponerse a su lado.
—Jane, te presento a Yina.
—Encantada —dije con más sarcasmo de lo que hubiera deseado.
Ella me dedicó una sonrisa también irónica.
—¿Es tu novia? —pregunté, intentando hacer aunque sea migas.
La carcajada que lanzó Harry a continuación me mojó hasta los zapatos, y tuvo que secarse las lágrimas con los dedos. Espero que haya sido fingido lo de las lágrimas, porque realmente no era tan gracioso.
Yina no parecía tan divertida, es más, parecía hasta enfadada por el repentino ataque de risa del chico.
—No… no, no es mi novia —y continuó riéndose.
—¿Entonces?
—Ah, es una larga historia —dijo ella por él.
Al abrir la boca de pronto, me di cuenta de que su voz era un tanto desagradable a causa de lo aguda que era, aunque supongo que al final podrías acostumbrarte.
—Me imagino.
Me quise ir de allí cuando Harry se hubo calmado, pero cuando me di la vuelta y di dos pasos, sentí una mano aferrarse a mi brazo, obligándome a darme la vuelta. De un sólo movimiento. Me giró con tanta rapidez que me encontré de un momento a otro demasiado cerca. Tan cerca que su nariz casi rozaba la mía, mientras me sujetaba la mirada con brillo en los ojos, todavía con sus dedos presionándome la palma de la mano. Fueron tan sólo dos segundos, pero tuve que hacer acopio de mis fuerzas cuando un olor tan agradable y repentino me descolocó por completo unos momentos, encontrándome disfrutando de una buena ola de su olor corporal. No era tan desagradable como quisiera que fuese. Me aparté casi al instante cuando me di cuenta, apartando la mirada incómoda y algo ruborizada. Me solté de su mano.
—Espera, déjame invitarte a algo.
Primero quise oponerme, pero luego me di cuenta de que ese chico, Harry, me estaba dando la oportunidad de no estar sola toda la noche y de tener mínimas posibilidades de pasarlo bien. Y en realidad no me caía tan mal.
Así que al final dejé que me invitara una y dos, y tres veces. Me lo pasé mejor de lo que me esperaba. Tanto, que al final Emma tuvo que llevarme a casa casi a rastras.
🌻✨🍂
Eran apenas las siete de la mañana cuando mi teléfono móvil no dejaba de vibrar encima de la mesilla de noche. Hacía dos horas que habíamos vuelto a casa y realmente me costaba distinguir si eso que oía era algo real o simplemente algo que a mi mente le apetecía imaginar. Abrí un ojo despacio y pude ver la luz salir disparada de la pantalla de mi móvil. Emma gimoteó con fuerza y sopló con exasperación.
Parpadeé varias veces y vi que me estaba llamando Ethan. Con los ojos medio cerrados, salí de la cama. Mareada, cogí el teléfono y me encerré en el baño.
—¿Diga? —dije con voz ronca.
Conocía a Ethan, y él no me llamaría si no fuera una urgencia. Aunque era muy tarde (o temprano), un pequeño cosquilleo de preocupación ya bailaba en mi vientre con energía, como usualmente cuando me llamaba a esas horas. Aunque mi estómago nunca se acostumbraría a esa sensación.
Tragué saliva al ver que no obtuve ninguna respuesta.
—¡Ethan! —repetí con voz más clara, aunque no demasiada alta por miedo a despertar a mis padres.
—Jane —dijo después de otros pocos segundos con la piel de gallina y mordiéndome el dedo.
—¿Qué ocurre? —dije algo más calmada.
—Mi padre está en el hospital.
Cerré los ojos y respiré hondo una vez estuve sentada en la taza del váter con las piernas cruzadas.
—¿Qué ha pasado?
Suspiró.
—Esta tarde ha vuelto, como de costumbre, borracho a casa. Pero, no sé, estaba diferente, porque ha subido directo a mi habitación y después de romper la puerta de una patada, casi me rompe a mí —lo escuché sorberse la nariz después de terminar la frase y pausar por unos segundos—. Me quedé tumbado en el suelo y después de un par de minutos escuché cómo el coche se estrellaba contra un árbol en frente de mi casa.
Me puse una mano en la frente y respiré hondo.
Otra vez no.
—Te ha vuelto a pegar.
No era una pregunta, sino una afirmación.
—No es por eso por lo que te llamo. Te llamo porque ha podido morir mientras yo estaba tumbado en el suelo con la nariz sangrando y fantaseando con que se cayera por las escaleras. ¡Tumbado, Jane!
—Espera, ¿estás culpándote por esto? ¿En serio?
Hubo un silencio grueso y palpable.
—Jane, ha puesto la vida de otros en peligro sólo porque yo estaba demasiado avergonzado que ni siquiera podía mirarle a la cara. Ha puesto su propia vida en peligro. Podría haber muerto en un accidente mucho más grave y—
—Ethan, para. En serio, me están entrando ganas de irme a Londres y darte una bofetada. ¿Te estás escuchando?
Suspiró de nuevo.
Después de unos segundos en silencio, supuse que no iba a contestarme.
—Tranquilo, seguro que estará bien. Y ahora deja de torturarte, vete a casa y descansa, ya irás a verle mañana cuando estés más despejado.
Colgué el teléfono y suspiré. Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos.
Caminando de vuelta a la cama con los brazos colgando pensé en lo afortunada que era teniendo la familia que tenía. Tenía dos padres que me querían y que se querían, y una hermana mayor que, bueno, suponía que me quería.
La verdad era que entre mi pequeño círculo de amigos, mi situación era la más “normal”, por así decirlo. No me gusta demasiado hablar de ello. La familia era uno de esos temas tabúes que no se tocaba en ninguna de las situaciones más extremas, o, por lo menos, no en colectivo, ya que Ethan, Ellen y Dan siempre recurrían a mí si tenían algún problema relacionado con ese tema.
Desgraciadamente, había demasiados.
Cuando yo llegué a ese barrio que tanto le había llamado la atención a mi madre por su tranquilidad y hospitalidad, todo estaba patas arriba entre ellos tres, ya que se conocían desde el colegio, y por tanto, ellos habían pasado por todo eso juntos, de alguna manera. Ya lo he dicho, no me gusta indagar demasiado en el tema, no son mis asuntos. No daré demasiados detalles.
Suspiré una vez entré en la cama, y aunque quisiera dormirme, no pude. La conversación con Ethan seguía grabada en mi cabeza a fuego. El padre de Ethan abusaba de él desde que su mujer se fue de casa. Él tenía trece años cuando su padre empezó a jugar con las drogas y el alcohol.
Él tampoco hablaba de ello, sólo cuando este tipo de cosas ocurrían, que lo hacían más de lo que deberían. Para luego hacer como que no me había contado nada, y seguir con su día a día como si todo estuviera bien. De todas formas, me alegraba mucho que yo fuera su punto de apoyo y que fuera yo en la que confiaba para contarle todo esto, aunque a veces desearía no saber nada de ello, y hacer como si todo estuviera bien como hacía él, no tener que preocuparme por él cada vez que me dejaba en mi casa y se dirigiera a la suya.
Era lo mínimo que podría hacer, y eso era hablar con él. Ya que lo quería con toda mi alma.
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