Ellen mantenía su postura al recta otro lado de la mesa, con los dedos entrelazados entre sí y todavía mirándome sin expresión en el rostro. Se aclaró la garganta y se humedeció los labios.
—Perdona, ¿puedes repetir eso?
Sabía que era una pregunta retórica y que me había escuchado perfectamente. Me pasé otra vez una mano por la cara. Yo, en cambio, tenía el cuerpo prácticamente sobre la mesa, con una mano apoyando mi cabeza, encorvada completamente.
Gruñí.
—Me he acostado con Ethan.
Apartó la mirada mordiéndose los labios y, ahora sí, empezó a apartarse el pelo de delante de la cara con nerviosismo. Ni ella misma sabía cómo reaccionar ante lo que le acababa de decir. Se frotó un ojo, sin querer mirarme todavía.
—¿Me puedes explicar por qué coño has decidido hacer semejante tontería? —decía al principio calmada, para subir poco a poco el tono de voz.
Le levanté la palma de la mano.
—No chilles.
Estaba teniendo la peor resaca de la historia.
—¿Qué? JANE, es que no te entiendo, tía. Me das la lata durante MESES sobre que no se qué Harry y “ay es que quiero darle tiempo” y coges y TE TIRAS A ETHAN.
Me tapé la cara con ambas manos.
—Ya lo sé, Ellen. Estaba extremadamente borracha, ¿vale? Pero mucho.
Soltó un gruñido de exasperación y se levantó de la mesa de la cocina en la que estábamos sentadas y comenzó a dar vueltas nerviosa.
—¿Has hablado con él?
Negué con la cabeza.
Tenía todavía la cabeza tan acartonada que no sabía qué es lo que estaba sintiendo en mi interior. Y aunque estuviera en condiciones, tampoco tendría ni la más remota idea de cómo hacerlo. Qué hacer ante esta situación tan incómoda en la que me acababa de situar yo solita, de un minuto a otro, más rápido que un parpadeo. Antes de que pudiera darme cuenta, Ellen había agarrado su teléfono y marcado un número.
—Hola, bebé —le dijo a su teléfono después de unos segundos.
Me incorporé a la velocidad de la luz y la miré con desdén.
—¿Qué haces?
Me calló alzándome un dedo y continuó hablando.
—Oye, ¿podrías ayudarnos con una cosa? Estamos en casa de Jane. Es urgente. Gracias —dijo, y colgó el teléfono para dejarlo encima de la mesa de nuevo.
Se volvió a sentar en la silla pasando de la mirada que le dirigía de completa confusión.
—Viene ahora.
Sabía que si podía, podría estar aquí en cinco minutos.
—¿Por qué has hecho eso? Tenía pensado hablar con él, Ellen.
Alzó una ceja.
—Jane, estoy hasta el coño de tus tonterías. Si no te obligo a hacer las cosas no las haces, y paso. Vas a hablar con él ahora y punto.
Puse los ojos en blanco y simplemente dejé caer mi cabeza que parecía pesar cincuenta kilos encima de la mesa y esperar con los ojos cerrados a que llegase mi amigo.
—Bueno. ¿Te corriste?
La miré todavía con la cabeza apoyada en la mesa con las cejas alzadas. Intenté no reírme y me encogí de hombros.
—Pues no sé. Supongo.
—Entonces no.
—He dicho que no lo sé.
—Cielo, si no lo sabes, es que no. Es así de simple. Cuando te corres lo sabes, pensaba que lo sabías.
Me quedé callada un rato, esperando a que el maldito tema pasara de largo y se fuera tan rápido como había llegado, pero desgraciadamente estaba hablando con Ellen.
—Lo sabes, ¿no?
—No me ralles. Ni siquiera sé por qué te sorprende, si te he dicho un montón de veces que Dan sólo se preocupaba por él.
Se encogió de hombros.
Nos quedamos en silencio un momento. Yo intentaba no pensar demasiado en lo que me había dicho. Era una cosa que me perseguía desde hacía ya un tiempo, y no me apetecía nada de nada volver a analizarlo.
—No entiendo por qué tú no tienes resaca, Ellen —le dije para romper el silencio.
Resopló.
—Lo soporto mejor que tú.
Si hubiese tenido las fuerzas, la hubiese mirado ofendida, ya que era una mentira como una casa. De repente me acordé de una cosa y el dolor de cabeza desapareció durante unos escasos segundos, donde me incorporé y le miré con una sonrisa.
—Dios mío, Ellen. Ayer vi a Dan con una chica en la fiesta.
Se quedó quieta por unos segundos sin saber qué decirme.
—¿Una chica? ¿Cuándo?—dijo casi paralizada.
—No sé, fui a mear y estaba en una habitación con ella.
Se movió con cuidado para poner las manos encima de la mesa.
—¿Sabes… sabes quién es?
Puse los ojos en blanco.
—Si lo supiera hubiese empezado la frase de otra forma. Intenté ver quién era pero no la pude ver… sólo me acuerdo de que tenía una risa que me sonaba un montón, seguro que la conozco.
Volvió a quedarse callada durante unos segundos, analizando lo que iba a decir a continuación juzgando por sus ojos vacilantes.
—Jane… ¿de verdad te importa? Quiero decir… han pasado ya unos meses, tampoco importa mucho con quién esté y con quién no, ¿no?
Analicé lo que mi mejor amiga me estaba diciendo. No era para nada la reacción que me hubiese esperado de ella, ya que siempre le hacía gracia que le contara este tipo de cosas y hacer conspiraciones juntas. Que me importase o no no estaba en mi mente, sino el hecho de querer saber quién era simplemente por saberlo. Importarme no era la palabra, claro que después de todo los que había pasado y de lo que estaba pasando en mi pecho, Dan ya había pasado a segundo plano hacía un tiempo.
—Pues… no, pero…. no sé. Pensé que te gustaría saberlo.
—Supéralo ya, Jane.
Bebí un trago de agua pensando en aquello que me había dicho.
Tenía razón.
Aunque, segundos más tarde, otro pensamiento me vino a la cabeza, y entonces sí que me empecé a poner nerviosa.
—¿Se lo debería contar a Harry?
—¿El qué?
—Lo de Ethan.
Frunció los labios.
—¿Por qué? O sea, no tienes por qué.
Me encogí de hombros.
—Siento que debería…
—Haz lo que quieras, Jane. No puede reprocharte nada si no se lo cuentas. Y si lo hace ya puedes huir. Espero que de algunos errores aprendas.
Volví a poner los ojos en blanco. Decidí que Ellen tenía razón y de tomarle la palabra.
Ellen se levantó de un brinco y fue a abrir la puerta cuando escuchó el timbre antes de que yo pudiese siquiera mover un músculo.
Cuando Ellen apareció de nuevo con Ethan a sus espaldas, me levanté torpemente de mi silla y me acerqué para darle un abrazo cariñoso, a lo que él me respondió con un beso en la cabeza como usualmente.
—Jane, son las dos de la tarde —dijo mirándome el pijama con una sonrisa.
—Cuando vuelva a sentirme viva me vestiré —respondí volviéndome a sentar.
El chico se quedó de pie apoyado en la encimera. Analicé por unos momentos su postura y al contrario que yo, él sí parecía más incómodo de lo normal.
Ellen se colgó el bolso en el hombro y cogió la chaqueta.
—Bueno, yo me voy. Habladlo de una vez, que me tenéis harta.
Fruncí el ceño masajeándome la frente.
—Ellen, no han pasado ni veinticuatro horas…
Ignoró mi comentario y una vez en el umbral de la puerta, nos señaló a ambos con con el dedo amenazante.
—Esto es venganza por esnifaros mi coca sin mí, desgraciados.
—¡Ellen! Mi madre está arriba, retrasada —dije sobresaltada después de chistarle.
De nuevo pasó de mí y salió de mi casa sin añadir nada más.
Gruñí y me levanté de la silla para llenarme el vaso de nuevo de agua. Ethan estaba raramente callado, con los brazos cruzados y mordiéndose el labio con nerviosismo. Sin decir nada yo tampoco y simplemente observándole, bebí agua analizando su lenguaje corporal.
—Ethan —dije para llamar su atención.
Se giró para mirarme. Sonreí. Me volví a sentar en la mesa y empecé a enredar con mis dedos.
—Ellen es una exagerada. Ni siquiera me ha dado tiempo a mear cuando ha aparecido esta mañana.
El chico suspiró y sin añadir nada se sentó en frente mía, sin dejar su comportamiento nervioso ir, colocándose una y otra vez la gorra que llevaba. Miraba la mesa concentrado en algo que no pude descifrar.
Dejé salir un suspiro de derrota.
—Vale. Pues hablemos.
Alzó la mirada para mirarme a los labios durante unos segundos, para después volver la vista a sus dedos inquietos. La situación se me estaba haciendo muy incómoda con tanto silencio y nerviosismo por parte de mi amigo y acabé explotando para tratar de hacer el ambiente menos pesado.
—Ethan, en serio, me estás poniendo nerviosa, ¿qué te pasa?
Se incorporó y apoyó la espalda en la silla, que parecía de juguete debajo de él. Por fin me miró a los ojos, pero aún así fui incapaz de saber qué es lo que había en ellos que le hacía estar tan inquieto. Pasó de mi pregunta y soltó una pequeña risa nerviosa, para nada convincente.
—Nada. Es… raro.
Yo también me reí.
—Va, no seas estúpido. Como si fuera la primera vez que te tiras a alguien borracho.
—La tuya sí.
Me quedé callada un rato y aparté la mirada.
—He follado borracha.
—Ya sabes a lo que me refiero.
Me encogí de hombros, sintiéndome cada vez más violenta, contagiada por la postura de mi amigo.
—Bueno, ¿te gustó? —dijo rompiendo el pequeño silencio que había creado.
M reí con nerviosismo.
—Sí, supongo. Fue muy divertido.
El chico sesguía sin poner la encima mía ni siquiera sin querer, aunque sonrió tiernamente ante mis palabras. Se pasó los dedos por los ojos y por fin se incorporó en la silla para dirigir su mirada en mi dirección. Aunque todavía no me miraba a los ojos.
Mi amigo suspiró.
—En realidad, Jane… Ellen tiene razón. No es la primera vez que… No es la primera vez que intento algo contigo.
Le miraba con atención, viendo que su cara se había puesto seria y no se atrevía a mirarme a los ojos. Sin saber la razón comencé a sentir mi corazón volverse inquieto en mi pecho y mi estómago contraerse, mi respiración algo irregular. Le miraba sorprendida, frunciendo el ceño, sin estar del todo preparada para lo que me quería decir.
—¿Qué quieres decir? —murmuré con cuidado de todas formas.
Tomó una bocanada de aire.
—Me gustas desde hace ya un par de años. Nunca sabía cómo decírtelo, ni si debía decírtelo, si iba a afectar a nuestra amistad… te prometo que para mí es lo más importante —se encogió de hombros—. Pero me lo pasé muy bien ayer.
Tuve que beberme lo que quedaba en el vaso para no atragantarme con mis sentimientos saliendo por mi garganta, teniendo que apartar la mirada. Me llevé los dedos a los labios para arrancarme la piel con nerviosismo, tratando de analizar las palabras del chico que tenía delante. ¿Cómo le dices que lo que para él fue algo especial, para ti fue simplemente algo pasajero y divertido? Que no tenía ni un mínimo de significado para mí, a parte del hecho de haberme estrenado con otra persona que no fuera Dan. Cómo le decías todo aquello a una de las personas más importantes en tu vida sin romperle el corazón, o estropear nuestra amistad para siempre.
—Pero ya tengo asumido que sólo somos amigos, que no hay nada más, y no pasa nada. Sólo quería que lo supieras.
—Mira, E… —hice una pausa, sin saber muy bien cómo responder. Me agarré la cara—, ¿por qué no me lo contaste? Ethan, ¿por qué no me lo has contado antes? Sabías que no estaba feliz con Dan, tú y Ellen lo sabíais. Podrías haberme sacado de ahí. Jesús, Ethan, en serio.
—Lo siento. Tienes razón. Pero en esos momentos Dan era muy peligroso, Jane. Éramos amigos pero ya sabes cómo están las cosas.
—No seas dramático.
No estaba enfadada por mucho que sonara que sí, cuando lo podía estar perfectamente. Pensaba en todas esas veces en las que me iba a refugiar en mi mejor amigo cada vez que Dan se pasaba de la raya conmigo, cada vez que sentía que me ahogaba en aquella relación, llorando en su pecho… sólo pensar en que podría haberme confesado sus sentimientos en aquellos momentos, cuando en secreto yo también me moría por besar sus labios.
Ahora todo era muy distinto. Mi cabeza siempre me llevaba a otra persona, cada vez que pensaba en estar con alguien que no fuese él, un sentimiento de decepción me cruzaba corriendo el pecho, aunque levantando el polvo de una manera que me era imposible ignorarlo. Sólo la reacción de Harry ante ello se reproducía en mi mente continuamente, y en lo mucho que me gustaba estar con él…
Lo tuve muy claro en ese momento. El momento en el que Ethan se declaró ante mí fue cuando vi claro que mis sentimientos hacia Harry eran muchísimo más serios de lo que me hubiese esperado, y poco a poco sentí que por fin caía, cada vez más hondo en el agujero oscuro, sin nada a lo que agarrarme. Pero el aire que venía de abajo me abrazaba la espalda con calidez y me acariciaba el pelo con delicadeza, adormeciéndome poco a poco y esforzándose por hacerme sentir cómoda y bienvenida. Eso es lo que estaba pasando en mi interior.
En el exterior, quería romper todo lo que me encontraba por el camino del enfado.
—¡Mierda, Ethan! —exclamé poniéndome de pie.
Me puse a dar vueltas por la cocina más nerviosa de lo que estaba antes.
—Lo siento, E, de verdad. Ha sido muy divertido para mí, pero llegas como dos meses tarde —le dije, con el pulgar en la boca, mordiéndome la uña.
Él se reía, se levantó de la silla y me sujetó de los hombros para pararme.
—Jane, tranquilízate.
Me puse una mano en la frente.
—Es que, joder… estoy teniendo un problema muy gordo ahora mismo —dije poniéndome una mano en la frente, esquivando su mirada.
—¿Qué pasa? —su voz sonaba más grave que de normal, intentando tranquilizarme.
Mi vida era un dilema en esos escasos quince minutos, donde mi corazón iba a mil cuando por fin llegué a la conclusión de lo que mi subconsciente me llevaba avisando durante meses. Y mi mejor amigo se me acababa de confesar. Y la resaca no me ayudaba en absoluto a calmar mis hormonas revolucionadas. De pronto, todo fue demasiado.
Ethan me miraba como si le hubiese ofendido después de verme titubear para contarle mis problemas, todavía agarrando mis hombros.
—Te he dicho que nuestra amistad es lo más importante.
Mi mano seguía puesta en mi frente, todavía con los ojos muy abiertos y realmente aterrorizada. Ethan me observaba demasiado centrada en mis sentimientos que me sentó en la encimera sujetándome de la cadera y se apoyó en mis rodillas con sus brazos.
—¿Qué pasa? ¿Es Harry?
Le miré a los ojos y asentí.
—¿Te acabas de dar cuenta ahora? Te has dado cuenta de que te gusta mucho más de lo que pensabas.
Volví a asentir.
—Estás enamorada.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué has dicho eso? En serio, por qué coño has dicho eso.
—Es la verdad…
—Joder, te digo que tengo un maldito problema super grave y tú vas y me dices esas cosas, joder, ¿por qué has dicho eso? Maldita sea Ethan, ¿quieres joderme la vida? No entiendo por qué… por qué has dicho eso, maldita sea.
Mientras él se reía, me bajé de la encimera y de nuevo empecé a dar vueltas, pero ésta vez insultándole y maldiciendo casi gritando.
—Me quieres joder la vida.
—Jane, vete a la cama, consúltalo con la almohada. Mañana hablamos.
—Son las dos de la tarde, joder.
El hecho de que lo hubiese dicho en voz alta me ponía de muy mal humor sólo por el hecho de que lo hacía oficial. La tormenta se hacía cada vez más intensa en mi cabeza, todos mis sentimientos encontrados se peleaban, unos con cuchillos y los otros con espadas, había sangre por todas partes, la gente gritaba, y los truenos se oían de fondo mientras la lluvia mojaba todo lo destrozado. Por otro lado, mi subconsciente me estaba esperando con una copa de vino y una sonrisa de superioridad en el rostro, sin añadir nada, observando el caos como una madre orgullosa, bebiendo de vez en cuando.
Recordaba en ese momento el cuidado que había tenido durante el tiempo que le conocía, andando de puntillas e intentando no hacer ruido. Sabía perfectamente el potencial que tenía y cómo lo usaba en mi contra, con muchísimo cuidado de que mis sentimientos no fueran demasiado precipitados de nuevo como lo fueron la última vez. Recordaba perfectamente cómo acabó aquello; me dejó ciega y estúpida ante la idea de que alguien me quisiese. No estaba preparada para que eso pasara de nuevo, mi cuerpo todavía no se había recuperado de las múltiples heridas que todavía sangraban cuando veía su sonrisa demasiado de cerca… desde luego mi cerebro estaba muy enfadado conmigo.
En cambio, mi corazón daba saltos de alegría, ya que ese era su hobby favorito. Tenía el pecho muy caliente, celebraban todas y cada una de mis células que por fin me había dado cuenta y de que eran libres de dar saltos cada vez que alguien pronunciaba su nombre o me rozaba la piel sin que nadie me dirigiese miradas lascivas y recelosas. Por fin eran libres.
Y luego estaba yo, que lo miraba todo con hombros caídos sin saber qué dirección tomar, sin saber si aquello eran buenas noticias, cuando lo único que me apetecía era tirarme por un puente. No me podía creer que estuviese pasando nuevo, con lo duro que había trabajado para evitarlo.
Aunque, si había luchado tanto por remediarlo, sabía perfectamente que tarde o temprano iba a suceder, por mucho que deseara que no.
Pero cuando me metí en la cama para seguir el consejo de Ethan, sonreí inconscientemente ante la idea de que tal vez esa vez las cosas iban a ser distintas. Que nadie me iba romper el corazón. Esta vez no lo iba a permitir de nuevo.
La tormenta se apaciguó poco a poco y por primera vez sentí calma en mi interior. Me dio la posibilidad de analizarlo todo de manera más calmada y con la cabeza clara, yo sola enfrentada a mis sentimientos. No, esa vez estaba segura de que no iba a dejar que se me escurriese de las manos, de sujetarlo con fuerza y de llevar las riendas despacio y con inteligencia. No tenía por qué ser un desastre de nuevo, no tenía por qué ser algo negativo por el que estar enfadada. Me iba a asegurar de que nadie me dijera qué hacer en ningún momento, y decidí que la mejor manera de no estropearlo era dejándome llevar, pero siempre con los ojos abiertos y acechando todo lo malo que pudiese ponerse en mi camino, lista para combatirlo si hacía falta. Cada vez que me sentía confusa mi mente se aseguraba de que sus ojos verdes apareciesen en pantalla para hacerme sonreír y darme un poco de fuerza para seguir adelante. Sabía que iba a poder hacerlo. Sabía que iba a salir bien, que yo me aseguraría de ello.
Me quedé dormida con el corazón muy grande en el pecho, donde parecía que por fin se había arreglado del todo, recordándome que un corazón roto no tenía otro remedio más que reponerse de nuevo, y que la próxima vez amaría con más fuerza, pero también con más cuidado. Me estaba dando las gracias. Estaba feliz de nuevo.
Nueve
Ethan me miraba como si fuera un soduku muy difícil de resolver.
Yo suspiré y me tapé la cara con las manos para que se ahogara el grito de frustración.
Estábamos en el parque de skate al que iba Ethan con frecuencia, y por lo tanto yo también. Hacía sol, pero como estábamos en Londres tampoco hacía demasiado calor de todas formas. Aún así, Ethan llevaba una camiseta de tirantes y su gorra puesta hacia atrás.
¿Te he hablado del físico de mi mejor amigo? Seguramente que sí, pero te aseguro que no lo suficiente.
Era el chico más guapo que había y he visto en mi vida, te lo juro. Era un maldito inglés con la piel aceitunada y los ojos más verdes que había visto nunca. Además que por mucho que tuviera malditos dieciséis años medía como 1’80 y a pesar de que lo único que hacia de deporte era andar en bicicleta tenía los brazos marcados de músculos. La verdad es que él le daba como unas ochocientas vueltas a Dan tanto en físico como en todo, porque era una verdadera obra de arte. Era una pena que sus padres fueran tan desgraciados, porque habían creado algo que todavía sigo sin creerme.
Ahí estaba, sentado frente mía en esa rampa que no usaba nadie, con las piernas cruzadas jugando con sus pulseras. Hasta el moretón que tenía en la mejilla le quedaba bien.
—Es que eres tonta —me decía sin mirarme, demasiado concentrado en lo que fuera que estaba haciendo.
—Ya lo sé.
—Te lo tendrías que haber tirado.
Le pegué en la rodilla. Levantó la mirada junto con las palmas de las manos mientras me pedía explicaciones con los ojos esbozando una pequeña sonrisa.
—¿Qué?
—Qué mal —me lamenté de nuevo.
—Es que eres tonta —repitió, soltando una pequeña carcajada.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos. Me aclaré la garganta.
—¿Qué tal está todo en tu casa? —le pregunté mientras me metía un cacho de regaliz en la boca.
Se encogió de hombros y dejó de mirarme a los ojos.
Siempre era un tema que tocábamos poco, y única y exclusivamente si estábamos solos. Sólo lo hacía sabiendo que si no le sacaba las palabras a la fuerza, no iba a tener con quién desahogarse. Era consciente que no era algo de lo que le gustase hablar, y a mí tampoco me hacía especial gracia, aunque eran cosas que tenía que hacer.
—Ayer no llegó a casa —dijo.
Se le veía en los ojos que le costaba a horrores abrirse conmigo por todo aquello que tienen los tíos, con su constante miedo de que le viera débil. Aún así, hizo un esfuerzo y siguió.
—Ya casi no me toca, pero se pasa toda la tarde insultándome —sacudió la cabeza—. No te preocupes, ¿vale? Está todo bien, le he convencido que vaya a las reuniones una vez a la semana, por lo menos.
—Eso es bueno. ¿Le acompañas tú?
Asintió.
—Puedo ir contigo, si quieres —ofrecí.
Subió la mirada alarmado y me miró a los ojos.
—No. No te quiero de ninguna manera cerca de ese hombre.
Tragué saliva. En el fondo estaba aliviada.
Sacudió la cabeza.
—Cambiemos de tema, ¿de acuerdo? —dijo mientras se encendía un cigarrillo.
Suspiré.
—Sí, lo siento. Tengo que asegurarme de que estás bien.
—Estoy bien —dijo apretando la mandíbula, haciendo que los músculos de la cara se le tensaran—. Oye, ¿me escuchas un momento? —preguntó, al ver que seguía con los hombros caídos y la mirada en otro lado.
Me coloqué bien el pelo encima de mis hombros y descrucé las piernas para apoyar mis codos en mis rodillas.
—Vamos a ver, me gusta una chica —dijo, como si no fuera nada.
Siempre que me hablaba de una chica misteriosa nueva no podía evitar ponerme un poquitín celosa, aunque nunca llegaba a conocer las identidades de estas chicas de las que hablaba cada pocos meses, siempre se le olvidaba darme detalles o desaparecían como si no me hubiese hablado de ellas nunca. Es una mala manía que tenía y de la que tenía que deshacerme pronto, ya que mis sentimientos hacia él habían evolucionado justo de la manera de la que yo quería y no necesitaba ningún drama de ese tipo. No más, por lo menos.
Esbocé una sonrisa picarona y le miré acercándome un poco más a él.
—¿Quién?
—Eres una pesada, no te voy a decir el nombre.
—Joder, nunca me dices quién es.
—Que te calles. ¿Qué hago?
Me encogí de hombros.
—A mí qué me cuentas. Acabo de contarte mi drama personal ¿y aún así decides que yo soy la indicada para preguntarme este tipo de cosas?
Inclinó la cabeza suplicándome un poquito más. Suspiré.
—Vale. Sólo digo que si supiera quién es todo sería mucho más fácil —insistí un poco más, y al ver que su expresión en el rostro seguía siendo igual que antes, proseguí—. ¿Qué sabes? ¿Sabes si le gusta alguien o si estaría dispuesta a algo…?
Se encogió de hombros.
—Le gusta alguien.
—¿Crees?
—Lo sé. Le gusta alguien.
Torcí los labios, volviendo a cruzar las piernas y agarrando sus tobillos con las manos.
—Entonces lo tienes difícil. ¿Va a estar en la fiesta de esta noche?
Asintió sin levantar la mirada de sus zapatillas y sin demasiado entusiasmo.
Si algo recuerdo de mi primer verano en ese país fue la primera fiesta a la que asistí. Llevaba en el colegio un curso entero y estaba empezando a conocer a Ellen y a Ethan. No me gustaba la gente en general que iba a mi instituto por la forma en la que te miraba por el pasillo, como si por llevar las zapatillas manchadas fueras inferior a ellos, por mucho que era obligatorio llevar un maldito uniforme. La llegada al instituto para mí fue dura, pero para Ellen fue pan comido. Recuerdo que las dos primeras semanas se reían constantemente de ella por llevar el uniforme de segunda mano por no poder costearse uno nuevo, y ella tan pequeña como era, no dejó que las chicas de segundo curso se metieran con ella marcando territorio de más de una manera distinta, y pronto la dejaron en paz. Más tarde, la respetaban. En menos de un mes de colegio ella ya era la dueña del maldito pasillo y de todo el curso de primero y también de segundo. Yo no era menos, a mí no es que me diera miedo ni nada parecido, pero respetaba su espacio y yo para ella era inexistente, hasta que Ethan decidió acercarse a mí. Ellen era como su hermana mayor; lo cuidaba y se aseguraba que la persona que se metiera con él pagara las consecuencias. Pronto me hice su amiga y dejó de poner esa cara de guardaespaldas enfadada cuando estaba con ella, y por primera vez tuvo una amiga después de estar acostumbrada a estar rodeada de chicos peligrosos.
Gracias a eso yo también fui intocable durante todo mi recorrido hasta ahora, y que la gente mas “prestigiosa” se interesara por mí cuando en circunstancias normales hubiese pasado desapercibida. No me malinterpretes, Ellen era intimidante en muchas medidas, pero eso no significaba que tenía buena reputación. Te puede sorprender lo crueles que pueden ser los niños de doce años entre ellos, hablando de su pasado constantemente, y por mucho que la respetaran, seguía siendo la chica mala que venía del sur de Londres con la que tenías que tener cuidado. Muchas chicas de familias muy ricas venían a hablar conmigo en el baño cuando estaba sola y me preguntan si necesitaba ayuda o si quería comer con ellas ese día, como si quisiesen rescatarme. Yo sólo me reía, y me repugnaba a la vez cómo los prejuicios en ese colegio estaban a la orden del día. Aunque aprendí a hacerme dueña de la situación y aprovecharlo al máximo, y conseguí que me invitaran a mí y a Ellen a una fiesta en la piscina de la chica que me miraba por encima del hombro en los pasillos. Se convirtió en tradición e íbamos todos los veranos el tercer fin de semana de agosto a su casa. Seguía siendo Londres y no ha habido ni un sólo año en el que me he bañado en la piscina, pero era divertido.
También fue la primera fiesta en la que me emborraché. Justo había cumplido trece años, y al ver que Ellen sacaba una pequeña botellita del bolso y me ofrecía, pensé que la norma era no decir que no. Tuve suerte de que fue divertido y no catastrófico como estaba destinado a ser, pero fue como una tradición; siempre bebíamos a escondidas en su fiesta, por mucho que a esta chica (del que sinceramente no me acuerdo del nombre) no le hacía demasiada gracia. Ese año era el primer año que sus padres no iban a estar presentes y en el que todos cumplíamos dieciséis, por lo que no tendríamos que escondernos. La chica me caía horriblemente mal, pero todos los veranos ahí estaba, a quién voy a engañar.
—Sí —respondió.
—Pues mira, aprovecha mañana. Si estáis los dos borrachos y ella se echa atrás siempre puedes echarle la culpa al alcohol al día siguiente y ya está. Igual te sale bien.
Se rió.
Ahí tienes mi maravillosa y aplastante filosofía de que cualquier drama amoroso se resuelve con alcohol. Por ahora me funcionaba.
Pero yo tenía razón. En esos momentos podía dudar todo lo que quería de mí misma y de lo mal que había hecho las cosas, pero era una buena filosofía de vida adolescente y en voz alta iba a seguir apoyando mi teoría a muerte, por lo menos para no quedar en ridículo.
—Es que eres tonta —me dijo también Ellen, mientras se echaba crema de sol en las piernas y daba un sorbo a lo que fuera que estuviera bebiendo.
Puse los ojos en blanco y le di un trago a mi lata de cerveza.
Ellen me había advertido que iba a estar Dan en la fiesta, pero una vez ahí, después de una hora entera, me encontré a mi misma pasándomelo bien sin intentar buscarle con la mirada a escondidas, es más, se me había olvidado por completo que estaría ahí hasta que lo vi a lo lejos saludando a unos amigos.
Yo, sentada en la hamaca en la que estaba tumbada Ellen, las dos en bañador, me di la vuelta y le eché crema a mi amiga en la espalda.
—Ya lo sé, ¿vale?
—Mira que te lo he dicho como mil veces. Y tú siendo moralista conmigo. Te diría que te lo mereces, pero no te lo voy a decir porque eso es de mala amiga.
Con un resoplido, dejé caer los hombros mientras mi amiga se volvía a tumbar y se colocaba las gafas de sol.
—Tía, ni siquiera hay sol —le dije, quitándole el vaso a mi amiga de ginebra y dándole un trago.
Se bajó las gafas con un dedo y me miró con las cejas alzadas.
—¿Te quieres callar? Quita, que me das sombra —me dijo dándome un rodillazo en los riñones.
Me levanté.
La piscina estaba rodeada de gente. Por eso me gustaba tanto esa fiesta, porque podía beber de día. Me acerqué a Ethan, y sin decirle palabra, le tendí mi lata de cerveza y me até el pelo en una coleta.
—¿Por qué estás bebiendo de lata? Tienes un barril ahí —me dijo, mientras el resto de sus amigos me daban repasos con la mirada.
Los chicos con los que iba Ethan de nuestro instituto me caían todos mal así que pasé de ellos.
Abrí mucho los ojos de excitación y no tardé ni medio minuto en llenarme un vaso enterito de cerveza.
¿Que me paso media historia borracha? Te aseguro que estas son las partes divertidas.
Con las gafas de sol en la cabeza, la coleta medio deshecha por lo corto que tenía el pelo y el vaso enorme en la mano, estuve un buen rato bailando con Ethan, que posiblemente fuera colocado de cualquier cosa. Yo hacía un tiempo había decidido que las drogas no era algo que quería tener en mi vida, pero con amigos que tenían tantos contactos como sus amigos, no era nada fácil estar alejado de ese tipo de cosas, por lo que yo tampoco tardé en fumar de lo que un amigo de Ethan me estaba tendiendo. Por mucho que me cayese mal me eché unas buenas risas con ellos, si obviamos el hecho de que cada uno de ellos me tiraba los tejos a turnos. Yo lo que quería era estar con Ethan, en el exterior porque me lo pasaba muy bien cuando estaba con él, y muy muy en el interior, porque sabía que si no me despegaba de él, Dan me dejaría en paz toda la tarde. Y porque ese día estaba excepcionalmente guapo.
La dueña de la casa, a la que voy a llamar Cyntia (te juro que no me acuerdo de su nombre), la tenía en la cabeza como una de las mayores snobs del planeta, y pensaba que se pasaría el día recogiendo vasos y echándole la bronca a la gente. Pero justo al contrario, la chica se acercó a nosotros y estuvo fumando y realmente era más maja de lo que esperaba, aunque se evaporó como el humo cuando por fin Ellen salió de su hamaca y se unió a nuestro círculo.
—Jesús, Ellen, estás quemadísima —le dije tocándole el pecho con un dedo.
Me miró asustada y comenzó a analizarse el cuerpo con horror en el rostro mientras yo me reía a carcajadas, cuando Ethan y sus estúpidos amigos siguieron mis risas.
—Eres gilipollas —me dijo en un murmuro, a lo que yo la contesté con incluso más risas todavía.
Alzó una ceja y sin dudarlo ni dos minutos, me cogió en brazos y antes de que me diera cuenta ya estaba en el agua con el vaso todavía en la mano.
Salí del agua sintiéndome muy bebida, y todavía riéndome le lancé el vaso vacío que me había echado por encima a Ellen.
Fue una tarde super divertida la verdad. Dan no me molestó en ningún momento, parecía que por fin había pillado el mensaje.
Poco a poco y yo agradecida, los amigos de Ethan comenzaron a disiparse entre la gente, y pronto nos quedamos Ethan y yo solos hablando de cualquier cosa animadamente.
—Joder, me meo —dije, me levanté de lo que fuera en lo que estaba sentada y después de darle un último trago a mi vaso, se lo di a cualquiera que estaba por mi camino.
Nunca había entrado dentro de la casa, y se me hacía muy difícil recordar cómo habían sido los anteriores años de complicados sin poder entrar a mear mientras avanzaba por territorios sin explorar, aunque la casa también estaba llena de gente. Dios mío, ¿cómo puede conocer alguien a tanta gente? Posiblemente si yo hiciera una fiesta no se me ocurrirían ni diez personas a quien invitar. No encontraba el maldito baño, y la cabeza me estaba dando vueltas por lo que mi búsqueda se hizo más difícil. Me adentré en un pasillo en el que casi no había gente y la música se oía encarcelada por las paredes. Por el fondo escuché la voz de Dan riéndose, y sentí mi corazón dar un vuelco en mis entrañas. Con la curiosidad picándome en las palmas de las manos y con el corazón a mil, avancé despacio, tratando de acostumbrar a mis ojos a la nueva oscuridad que se alzaba ante mí.
El sonido de su risa se colaba por entre una puerta medio abierta, por la que, tratando de no respirar demasiado alto, pude ver hacia el interior.
Dan llevaba una camiseta que le había regalado hacía unos meses, por su cumpleaños. Ugh, le quedaba muy bien, y estaba sonriendo tan bonito…, me mordí el dedo y me sujeté al marco de la puerta para intentar ver con quién estaba y por qué se lo estaba pasando tan bien. La chica no decía nada, y tampoco la podía ver, ya que me lo impedía una maldita estantería con elefantes de todos los colores y tamaños. Maldecía a los coleccionistas de objetos raros en ese momento, cuando sólo vi su pelo castaño caerle por los brazos al acariciar el brazo de mi ex novio, como si lo hubiese hecho ya mil veces, justo antes de besarle. Y de nuevo, un enorme elefante rosa me tapaba las caras de ambos cuando juntaron las caras.
Intenté con todas mis fuerzas que la rabia se quedara donde estaba antes de que escalaran por mis venas como lagartijas hambrientas, aunque tuve que morderme el dedo todavía más fuerte para que no se escuchara mi respiración, que se estaba agitando con cada momento. Por fin se despegaron y pude volver a verle la cara al chico de perfil, que sonreía de oreja a oreja. Yo no recordaba que me sonriera a mí de esa manera nunca….
Por fin, Dan murmuró cualquier cosa, aunque hablaban tan bajo que no escuchaba ninguna palabra de lo que estaban diciendo, o también podía haber sido porque tenía el cerebro como un maldito bol de espaguetis si contabas el alcohol que había ingerido y lo que había fumado. La chica le respondió con una carcajada muy característica, que rebotaba en mi mente una y otra vez. Esa voz…, ¿quién demonios se reía así que yo conocía? La tenía en la maldita punta de la lengua….
—¡Jane! —me di la vuelta agachándome como acto reflejo, aunque no sabía muy bien por qué había hecho eso.
Ethan estaba al final del pasillo, con dos vasos en las manos y con una sonrisa.
Me acerqué a él corriendo todavía agachada y tratando de aguantarme la risa.
—¿Qué haces?
—¡Shh! Dan está con alguien —dije, riéndome y señalándole la puerta.
No sabía qué decirme, me miró con cara de póquer mientras le quité el vaso que me había traído, con el ceño fruncido.
—Tengo que contárselo a Ellen —dije, y comencé a hacerme paso hasta fuera de nuevo.
Ethan me sujetó del brazo.
—Eh, ¿a que no sabes lo que tengo?
Alcé una ceja.
—¿Vas a hacer que adivine? —Ethan ya estaba poniendo los ojos en blanco—. En serio, te joderé la vida si me haces adivinar. Te lo prometo—
—Jane. Cállate. —Se metió la mano en el bolsillo del bañador amarillo que llevaba y sacó una bolsita de plástico de ella.
Ahogué un grito y se la quité al instante, sonriendo con la boca abierta. Miré el polvo blanco entre mis manos.
—¡Estás loco! —le dije pegándole más fuerte de lo que quise en el hombro—. ¿Y qué si te hubiesen tirado a la piscina?
—Eres una exagerada —dijo riéndose.
—¿De dónde la has sacado?
—Me la ha dado Ellen, no me acuerdo.
—¿Te la ha dado? Está loca. Bueno, vamos a probarla —dije, y todavía con la mercancía en la mano, ahora cerrada en un puño, hice ademán de salir a la calle de nuevo.
—¿A dónde vas? —me preguntó Ethan, sin moverse ni un milímetro.
—A buscar a Ellen —me paré en seco, mirándole como si fuera obvio.
Volvió a sonreírme mientras se acercaba a mí y volvía a dirigirme hacia el lado opuesto de la piscina, poniéndome una mano en el hombro y agachándose para hablarme al oído.
—No, mejor estamos los dos.
Fruncí el ceño.
—¿Los dos?
—Sí, y así te cuento un secreto.
Ethan sabía perfectamente cómo atraparme en su juego con tan sólo unas palabras, y cómo distraerme de todo aquello que tenía delante. Nos encerramos en el baño los dos y nos sentamos en el suelo.
Mira, ni siquiera quiero hablar del tema, ¿vale? Me lo pasaba muy bien. Punto. Y cocaína gratis era muy difícil de conseguir.
Solía ser así: yo hablaba y hablaba y hablaba y Ethan se quedaba sentado mirándome como si fuera superinteresante, cuando posiblemente le estaría hablando de jabón de manos, pomos de puertas o algo así. Y luego ambos estallábamos en risas que podían durar un cuarto de hora sin parar.
—Oye, vas a contarme tu secreto o qué —le dije, sentada en frente suya en el suelo del baño.
Ethan hacía todo lo posible por no volver a tirarse por los suelos de la risa de nuevo.
—¿Qué secreto?
Levanté un dedo y le toqué la nariz advirtiéndole con la mirada.
—No me toques los cojones. En serio. Me ibas a contar un secreto.
Dio un último trago al vaso de cerveza. Se acercó a mí y me hizo un gesto con el dedo para que me acercara yo también. Mordiéndome el labio con excitación y sonriente, acerqué nuestras rodillas dobladas en el suelo hasta que se rozaban. Giré la cabeza al darme cuenta de que quería susurrarme al oído, pero en cambio, sentí sus dedos contra mi piel, colocándome el pelo con mucha delicadeza detrás de la oreja. Poco a poco, bajó el dedo por mi mandíbula, para seguir su recorrido bajo mi cuello, y la clavícula, siguiéndome la línea del hombro desnudo. Acercó su rostro al mío mientras seguía bajando el dedo por mi brazo, y tuve que cerrar los ojos cuando su aliento contra mi cuello me subió un escalofrío por la espalda. Los volví a abrir para mirarle a los ojos, y le descubrí concentrado en mi piel, en cómo reaccionaba bajo su roce, cuando dirigió sus ojos a los míos su frente casi tocaba la mía, y me di cuenta de que nunca había visto sus ojos tan de cerca, ya que nunca había visto los detalles azules de sus ojos verdes. Dejé de sentir su dedo por escasos segundos. Colocó la mano en mi mentón y acercó mi cara a la suya para besarme primero con suavidad, como si temiera que me fuera echar atrás, para después enredar su lengua con la mía como si ya no le tuviese miedo a nada. Sin ni siquiera preguntarme y sin que saltara ninguna de mis alarmas, enredé los dedos en su pelo y segundos más tarde estaba sentada encima suya, con sus piernas enredadas en mi cintura y las mías en la suya. Mis dedos aprovechaban esta oportunidad para explorar todos los sitios que había querido explorar durante los años, el cuello, los brazos, su estómago… todo me excitaba hasta niveles que no podía explicar, y sin saber si era por la droga o por el alcohol o simplemente porque me apeteciese mucho, no escuché nada que me impidiese hacer nada. Ambos nuestros alientos agitados fue lo único que se escuchaba en esas cuatro paredes tan pequeñas en las que estábamos, dejándonos llevar por el momento, sin compartir ninguna palabra entre los dos, tan sólo nos mirábamos, y él me sonreía, para luego volver a besarme de nuevo. Fue un momento muy divertido, ambos sabíamos lo incómodo que eran los baños para ese tipo de cosas, pero simplemente nos limitamos a apañarnos las cosas como eran y reírnos con los momentos embarazosos, ya que para mí, era la primera vez que estaba con alguien con tantísima confianza y que se tomaba las cosas como un juego, y cada vez se me hacía más difícil no gritar de placer con cada beso que me daba en el cuello o me cogía de las muñecas con fiereza.
Esa es la historia de cómo ambos nos acostamos puestos de cocaína en el baño de la chica que me caía mal de mi clase. Sólo te recomiendo un par de cosas: los baños son incómodos, no te drogues y ¡¡usa protección!!
Yo suspiré y me tapé la cara con las manos para que se ahogara el grito de frustración.
Estábamos en el parque de skate al que iba Ethan con frecuencia, y por lo tanto yo también. Hacía sol, pero como estábamos en Londres tampoco hacía demasiado calor de todas formas. Aún así, Ethan llevaba una camiseta de tirantes y su gorra puesta hacia atrás.
¿Te he hablado del físico de mi mejor amigo? Seguramente que sí, pero te aseguro que no lo suficiente.
Era el chico más guapo que había y he visto en mi vida, te lo juro. Era un maldito inglés con la piel aceitunada y los ojos más verdes que había visto nunca. Además que por mucho que tuviera malditos dieciséis años medía como 1’80 y a pesar de que lo único que hacia de deporte era andar en bicicleta tenía los brazos marcados de músculos. La verdad es que él le daba como unas ochocientas vueltas a Dan tanto en físico como en todo, porque era una verdadera obra de arte. Era una pena que sus padres fueran tan desgraciados, porque habían creado algo que todavía sigo sin creerme.
Ahí estaba, sentado frente mía en esa rampa que no usaba nadie, con las piernas cruzadas jugando con sus pulseras. Hasta el moretón que tenía en la mejilla le quedaba bien.
—Es que eres tonta —me decía sin mirarme, demasiado concentrado en lo que fuera que estaba haciendo.
—Ya lo sé.
—Te lo tendrías que haber tirado.
Le pegué en la rodilla. Levantó la mirada junto con las palmas de las manos mientras me pedía explicaciones con los ojos esbozando una pequeña sonrisa.
—¿Qué?
—Qué mal —me lamenté de nuevo.
—Es que eres tonta —repitió, soltando una pequeña carcajada.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos. Me aclaré la garganta.
—¿Qué tal está todo en tu casa? —le pregunté mientras me metía un cacho de regaliz en la boca.
Se encogió de hombros y dejó de mirarme a los ojos.
Siempre era un tema que tocábamos poco, y única y exclusivamente si estábamos solos. Sólo lo hacía sabiendo que si no le sacaba las palabras a la fuerza, no iba a tener con quién desahogarse. Era consciente que no era algo de lo que le gustase hablar, y a mí tampoco me hacía especial gracia, aunque eran cosas que tenía que hacer.
—Ayer no llegó a casa —dijo.
Se le veía en los ojos que le costaba a horrores abrirse conmigo por todo aquello que tienen los tíos, con su constante miedo de que le viera débil. Aún así, hizo un esfuerzo y siguió.
—Ya casi no me toca, pero se pasa toda la tarde insultándome —sacudió la cabeza—. No te preocupes, ¿vale? Está todo bien, le he convencido que vaya a las reuniones una vez a la semana, por lo menos.
—Eso es bueno. ¿Le acompañas tú?
Asintió.
—Puedo ir contigo, si quieres —ofrecí.
Subió la mirada alarmado y me miró a los ojos.
—No. No te quiero de ninguna manera cerca de ese hombre.
Tragué saliva. En el fondo estaba aliviada.
Sacudió la cabeza.
—Cambiemos de tema, ¿de acuerdo? —dijo mientras se encendía un cigarrillo.
Suspiré.
—Sí, lo siento. Tengo que asegurarme de que estás bien.
—Estoy bien —dijo apretando la mandíbula, haciendo que los músculos de la cara se le tensaran—. Oye, ¿me escuchas un momento? —preguntó, al ver que seguía con los hombros caídos y la mirada en otro lado.
Me coloqué bien el pelo encima de mis hombros y descrucé las piernas para apoyar mis codos en mis rodillas.
—Vamos a ver, me gusta una chica —dijo, como si no fuera nada.
Siempre que me hablaba de una chica misteriosa nueva no podía evitar ponerme un poquitín celosa, aunque nunca llegaba a conocer las identidades de estas chicas de las que hablaba cada pocos meses, siempre se le olvidaba darme detalles o desaparecían como si no me hubiese hablado de ellas nunca. Es una mala manía que tenía y de la que tenía que deshacerme pronto, ya que mis sentimientos hacia él habían evolucionado justo de la manera de la que yo quería y no necesitaba ningún drama de ese tipo. No más, por lo menos.
Esbocé una sonrisa picarona y le miré acercándome un poco más a él.
—¿Quién?
—Eres una pesada, no te voy a decir el nombre.
—Joder, nunca me dices quién es.
—Que te calles. ¿Qué hago?
Me encogí de hombros.
—A mí qué me cuentas. Acabo de contarte mi drama personal ¿y aún así decides que yo soy la indicada para preguntarme este tipo de cosas?
Inclinó la cabeza suplicándome un poquito más. Suspiré.
—Vale. Sólo digo que si supiera quién es todo sería mucho más fácil —insistí un poco más, y al ver que su expresión en el rostro seguía siendo igual que antes, proseguí—. ¿Qué sabes? ¿Sabes si le gusta alguien o si estaría dispuesta a algo…?
Se encogió de hombros.
—Le gusta alguien.
—¿Crees?
—Lo sé. Le gusta alguien.
Torcí los labios, volviendo a cruzar las piernas y agarrando sus tobillos con las manos.
—Entonces lo tienes difícil. ¿Va a estar en la fiesta de esta noche?
Asintió sin levantar la mirada de sus zapatillas y sin demasiado entusiasmo.
Si algo recuerdo de mi primer verano en ese país fue la primera fiesta a la que asistí. Llevaba en el colegio un curso entero y estaba empezando a conocer a Ellen y a Ethan. No me gustaba la gente en general que iba a mi instituto por la forma en la que te miraba por el pasillo, como si por llevar las zapatillas manchadas fueras inferior a ellos, por mucho que era obligatorio llevar un maldito uniforme. La llegada al instituto para mí fue dura, pero para Ellen fue pan comido. Recuerdo que las dos primeras semanas se reían constantemente de ella por llevar el uniforme de segunda mano por no poder costearse uno nuevo, y ella tan pequeña como era, no dejó que las chicas de segundo curso se metieran con ella marcando territorio de más de una manera distinta, y pronto la dejaron en paz. Más tarde, la respetaban. En menos de un mes de colegio ella ya era la dueña del maldito pasillo y de todo el curso de primero y también de segundo. Yo no era menos, a mí no es que me diera miedo ni nada parecido, pero respetaba su espacio y yo para ella era inexistente, hasta que Ethan decidió acercarse a mí. Ellen era como su hermana mayor; lo cuidaba y se aseguraba que la persona que se metiera con él pagara las consecuencias. Pronto me hice su amiga y dejó de poner esa cara de guardaespaldas enfadada cuando estaba con ella, y por primera vez tuvo una amiga después de estar acostumbrada a estar rodeada de chicos peligrosos.
Gracias a eso yo también fui intocable durante todo mi recorrido hasta ahora, y que la gente mas “prestigiosa” se interesara por mí cuando en circunstancias normales hubiese pasado desapercibida. No me malinterpretes, Ellen era intimidante en muchas medidas, pero eso no significaba que tenía buena reputación. Te puede sorprender lo crueles que pueden ser los niños de doce años entre ellos, hablando de su pasado constantemente, y por mucho que la respetaran, seguía siendo la chica mala que venía del sur de Londres con la que tenías que tener cuidado. Muchas chicas de familias muy ricas venían a hablar conmigo en el baño cuando estaba sola y me preguntan si necesitaba ayuda o si quería comer con ellas ese día, como si quisiesen rescatarme. Yo sólo me reía, y me repugnaba a la vez cómo los prejuicios en ese colegio estaban a la orden del día. Aunque aprendí a hacerme dueña de la situación y aprovecharlo al máximo, y conseguí que me invitaran a mí y a Ellen a una fiesta en la piscina de la chica que me miraba por encima del hombro en los pasillos. Se convirtió en tradición e íbamos todos los veranos el tercer fin de semana de agosto a su casa. Seguía siendo Londres y no ha habido ni un sólo año en el que me he bañado en la piscina, pero era divertido.
También fue la primera fiesta en la que me emborraché. Justo había cumplido trece años, y al ver que Ellen sacaba una pequeña botellita del bolso y me ofrecía, pensé que la norma era no decir que no. Tuve suerte de que fue divertido y no catastrófico como estaba destinado a ser, pero fue como una tradición; siempre bebíamos a escondidas en su fiesta, por mucho que a esta chica (del que sinceramente no me acuerdo del nombre) no le hacía demasiada gracia. Ese año era el primer año que sus padres no iban a estar presentes y en el que todos cumplíamos dieciséis, por lo que no tendríamos que escondernos. La chica me caía horriblemente mal, pero todos los veranos ahí estaba, a quién voy a engañar.
—Sí —respondió.
—Pues mira, aprovecha mañana. Si estáis los dos borrachos y ella se echa atrás siempre puedes echarle la culpa al alcohol al día siguiente y ya está. Igual te sale bien.
Se rió.
Ahí tienes mi maravillosa y aplastante filosofía de que cualquier drama amoroso se resuelve con alcohol. Por ahora me funcionaba.
Pero yo tenía razón. En esos momentos podía dudar todo lo que quería de mí misma y de lo mal que había hecho las cosas, pero era una buena filosofía de vida adolescente y en voz alta iba a seguir apoyando mi teoría a muerte, por lo menos para no quedar en ridículo.
—Es que eres tonta —me dijo también Ellen, mientras se echaba crema de sol en las piernas y daba un sorbo a lo que fuera que estuviera bebiendo.
Puse los ojos en blanco y le di un trago a mi lata de cerveza.
Ellen me había advertido que iba a estar Dan en la fiesta, pero una vez ahí, después de una hora entera, me encontré a mi misma pasándomelo bien sin intentar buscarle con la mirada a escondidas, es más, se me había olvidado por completo que estaría ahí hasta que lo vi a lo lejos saludando a unos amigos.
Yo, sentada en la hamaca en la que estaba tumbada Ellen, las dos en bañador, me di la vuelta y le eché crema a mi amiga en la espalda.
—Ya lo sé, ¿vale?
—Mira que te lo he dicho como mil veces. Y tú siendo moralista conmigo. Te diría que te lo mereces, pero no te lo voy a decir porque eso es de mala amiga.
Con un resoplido, dejé caer los hombros mientras mi amiga se volvía a tumbar y se colocaba las gafas de sol.
—Tía, ni siquiera hay sol —le dije, quitándole el vaso a mi amiga de ginebra y dándole un trago.
Se bajó las gafas con un dedo y me miró con las cejas alzadas.
—¿Te quieres callar? Quita, que me das sombra —me dijo dándome un rodillazo en los riñones.
Me levanté.
La piscina estaba rodeada de gente. Por eso me gustaba tanto esa fiesta, porque podía beber de día. Me acerqué a Ethan, y sin decirle palabra, le tendí mi lata de cerveza y me até el pelo en una coleta.
—¿Por qué estás bebiendo de lata? Tienes un barril ahí —me dijo, mientras el resto de sus amigos me daban repasos con la mirada.
Los chicos con los que iba Ethan de nuestro instituto me caían todos mal así que pasé de ellos.
Abrí mucho los ojos de excitación y no tardé ni medio minuto en llenarme un vaso enterito de cerveza.
¿Que me paso media historia borracha? Te aseguro que estas son las partes divertidas.
Con las gafas de sol en la cabeza, la coleta medio deshecha por lo corto que tenía el pelo y el vaso enorme en la mano, estuve un buen rato bailando con Ethan, que posiblemente fuera colocado de cualquier cosa. Yo hacía un tiempo había decidido que las drogas no era algo que quería tener en mi vida, pero con amigos que tenían tantos contactos como sus amigos, no era nada fácil estar alejado de ese tipo de cosas, por lo que yo tampoco tardé en fumar de lo que un amigo de Ethan me estaba tendiendo. Por mucho que me cayese mal me eché unas buenas risas con ellos, si obviamos el hecho de que cada uno de ellos me tiraba los tejos a turnos. Yo lo que quería era estar con Ethan, en el exterior porque me lo pasaba muy bien cuando estaba con él, y muy muy en el interior, porque sabía que si no me despegaba de él, Dan me dejaría en paz toda la tarde. Y porque ese día estaba excepcionalmente guapo.
La dueña de la casa, a la que voy a llamar Cyntia (te juro que no me acuerdo de su nombre), la tenía en la cabeza como una de las mayores snobs del planeta, y pensaba que se pasaría el día recogiendo vasos y echándole la bronca a la gente. Pero justo al contrario, la chica se acercó a nosotros y estuvo fumando y realmente era más maja de lo que esperaba, aunque se evaporó como el humo cuando por fin Ellen salió de su hamaca y se unió a nuestro círculo.
—Jesús, Ellen, estás quemadísima —le dije tocándole el pecho con un dedo.
Me miró asustada y comenzó a analizarse el cuerpo con horror en el rostro mientras yo me reía a carcajadas, cuando Ethan y sus estúpidos amigos siguieron mis risas.
—Eres gilipollas —me dijo en un murmuro, a lo que yo la contesté con incluso más risas todavía.
Alzó una ceja y sin dudarlo ni dos minutos, me cogió en brazos y antes de que me diera cuenta ya estaba en el agua con el vaso todavía en la mano.
Salí del agua sintiéndome muy bebida, y todavía riéndome le lancé el vaso vacío que me había echado por encima a Ellen.
Fue una tarde super divertida la verdad. Dan no me molestó en ningún momento, parecía que por fin había pillado el mensaje.
Poco a poco y yo agradecida, los amigos de Ethan comenzaron a disiparse entre la gente, y pronto nos quedamos Ethan y yo solos hablando de cualquier cosa animadamente.
—Joder, me meo —dije, me levanté de lo que fuera en lo que estaba sentada y después de darle un último trago a mi vaso, se lo di a cualquiera que estaba por mi camino.
Nunca había entrado dentro de la casa, y se me hacía muy difícil recordar cómo habían sido los anteriores años de complicados sin poder entrar a mear mientras avanzaba por territorios sin explorar, aunque la casa también estaba llena de gente. Dios mío, ¿cómo puede conocer alguien a tanta gente? Posiblemente si yo hiciera una fiesta no se me ocurrirían ni diez personas a quien invitar. No encontraba el maldito baño, y la cabeza me estaba dando vueltas por lo que mi búsqueda se hizo más difícil. Me adentré en un pasillo en el que casi no había gente y la música se oía encarcelada por las paredes. Por el fondo escuché la voz de Dan riéndose, y sentí mi corazón dar un vuelco en mis entrañas. Con la curiosidad picándome en las palmas de las manos y con el corazón a mil, avancé despacio, tratando de acostumbrar a mis ojos a la nueva oscuridad que se alzaba ante mí.
El sonido de su risa se colaba por entre una puerta medio abierta, por la que, tratando de no respirar demasiado alto, pude ver hacia el interior.
Dan llevaba una camiseta que le había regalado hacía unos meses, por su cumpleaños. Ugh, le quedaba muy bien, y estaba sonriendo tan bonito…, me mordí el dedo y me sujeté al marco de la puerta para intentar ver con quién estaba y por qué se lo estaba pasando tan bien. La chica no decía nada, y tampoco la podía ver, ya que me lo impedía una maldita estantería con elefantes de todos los colores y tamaños. Maldecía a los coleccionistas de objetos raros en ese momento, cuando sólo vi su pelo castaño caerle por los brazos al acariciar el brazo de mi ex novio, como si lo hubiese hecho ya mil veces, justo antes de besarle. Y de nuevo, un enorme elefante rosa me tapaba las caras de ambos cuando juntaron las caras.
Intenté con todas mis fuerzas que la rabia se quedara donde estaba antes de que escalaran por mis venas como lagartijas hambrientas, aunque tuve que morderme el dedo todavía más fuerte para que no se escuchara mi respiración, que se estaba agitando con cada momento. Por fin se despegaron y pude volver a verle la cara al chico de perfil, que sonreía de oreja a oreja. Yo no recordaba que me sonriera a mí de esa manera nunca….
Por fin, Dan murmuró cualquier cosa, aunque hablaban tan bajo que no escuchaba ninguna palabra de lo que estaban diciendo, o también podía haber sido porque tenía el cerebro como un maldito bol de espaguetis si contabas el alcohol que había ingerido y lo que había fumado. La chica le respondió con una carcajada muy característica, que rebotaba en mi mente una y otra vez. Esa voz…, ¿quién demonios se reía así que yo conocía? La tenía en la maldita punta de la lengua….
—¡Jane! —me di la vuelta agachándome como acto reflejo, aunque no sabía muy bien por qué había hecho eso.
Ethan estaba al final del pasillo, con dos vasos en las manos y con una sonrisa.
Me acerqué a él corriendo todavía agachada y tratando de aguantarme la risa.
—¿Qué haces?
—¡Shh! Dan está con alguien —dije, riéndome y señalándole la puerta.
No sabía qué decirme, me miró con cara de póquer mientras le quité el vaso que me había traído, con el ceño fruncido.
—Tengo que contárselo a Ellen —dije, y comencé a hacerme paso hasta fuera de nuevo.
Ethan me sujetó del brazo.
—Eh, ¿a que no sabes lo que tengo?
Alcé una ceja.
—¿Vas a hacer que adivine? —Ethan ya estaba poniendo los ojos en blanco—. En serio, te joderé la vida si me haces adivinar. Te lo prometo—
—Jane. Cállate. —Se metió la mano en el bolsillo del bañador amarillo que llevaba y sacó una bolsita de plástico de ella.
Ahogué un grito y se la quité al instante, sonriendo con la boca abierta. Miré el polvo blanco entre mis manos.
—¡Estás loco! —le dije pegándole más fuerte de lo que quise en el hombro—. ¿Y qué si te hubiesen tirado a la piscina?
—Eres una exagerada —dijo riéndose.
—¿De dónde la has sacado?
—Me la ha dado Ellen, no me acuerdo.
—¿Te la ha dado? Está loca. Bueno, vamos a probarla —dije, y todavía con la mercancía en la mano, ahora cerrada en un puño, hice ademán de salir a la calle de nuevo.
—¿A dónde vas? —me preguntó Ethan, sin moverse ni un milímetro.
—A buscar a Ellen —me paré en seco, mirándole como si fuera obvio.
Volvió a sonreírme mientras se acercaba a mí y volvía a dirigirme hacia el lado opuesto de la piscina, poniéndome una mano en el hombro y agachándose para hablarme al oído.
—No, mejor estamos los dos.
Fruncí el ceño.
—¿Los dos?
—Sí, y así te cuento un secreto.
Ethan sabía perfectamente cómo atraparme en su juego con tan sólo unas palabras, y cómo distraerme de todo aquello que tenía delante. Nos encerramos en el baño los dos y nos sentamos en el suelo.
Mira, ni siquiera quiero hablar del tema, ¿vale? Me lo pasaba muy bien. Punto. Y cocaína gratis era muy difícil de conseguir.
Solía ser así: yo hablaba y hablaba y hablaba y Ethan se quedaba sentado mirándome como si fuera superinteresante, cuando posiblemente le estaría hablando de jabón de manos, pomos de puertas o algo así. Y luego ambos estallábamos en risas que podían durar un cuarto de hora sin parar.
—Oye, vas a contarme tu secreto o qué —le dije, sentada en frente suya en el suelo del baño.
Ethan hacía todo lo posible por no volver a tirarse por los suelos de la risa de nuevo.
—¿Qué secreto?
Levanté un dedo y le toqué la nariz advirtiéndole con la mirada.
—No me toques los cojones. En serio. Me ibas a contar un secreto.
Dio un último trago al vaso de cerveza. Se acercó a mí y me hizo un gesto con el dedo para que me acercara yo también. Mordiéndome el labio con excitación y sonriente, acerqué nuestras rodillas dobladas en el suelo hasta que se rozaban. Giré la cabeza al darme cuenta de que quería susurrarme al oído, pero en cambio, sentí sus dedos contra mi piel, colocándome el pelo con mucha delicadeza detrás de la oreja. Poco a poco, bajó el dedo por mi mandíbula, para seguir su recorrido bajo mi cuello, y la clavícula, siguiéndome la línea del hombro desnudo. Acercó su rostro al mío mientras seguía bajando el dedo por mi brazo, y tuve que cerrar los ojos cuando su aliento contra mi cuello me subió un escalofrío por la espalda. Los volví a abrir para mirarle a los ojos, y le descubrí concentrado en mi piel, en cómo reaccionaba bajo su roce, cuando dirigió sus ojos a los míos su frente casi tocaba la mía, y me di cuenta de que nunca había visto sus ojos tan de cerca, ya que nunca había visto los detalles azules de sus ojos verdes. Dejé de sentir su dedo por escasos segundos. Colocó la mano en mi mentón y acercó mi cara a la suya para besarme primero con suavidad, como si temiera que me fuera echar atrás, para después enredar su lengua con la mía como si ya no le tuviese miedo a nada. Sin ni siquiera preguntarme y sin que saltara ninguna de mis alarmas, enredé los dedos en su pelo y segundos más tarde estaba sentada encima suya, con sus piernas enredadas en mi cintura y las mías en la suya. Mis dedos aprovechaban esta oportunidad para explorar todos los sitios que había querido explorar durante los años, el cuello, los brazos, su estómago… todo me excitaba hasta niveles que no podía explicar, y sin saber si era por la droga o por el alcohol o simplemente porque me apeteciese mucho, no escuché nada que me impidiese hacer nada. Ambos nuestros alientos agitados fue lo único que se escuchaba en esas cuatro paredes tan pequeñas en las que estábamos, dejándonos llevar por el momento, sin compartir ninguna palabra entre los dos, tan sólo nos mirábamos, y él me sonreía, para luego volver a besarme de nuevo. Fue un momento muy divertido, ambos sabíamos lo incómodo que eran los baños para ese tipo de cosas, pero simplemente nos limitamos a apañarnos las cosas como eran y reírnos con los momentos embarazosos, ya que para mí, era la primera vez que estaba con alguien con tantísima confianza y que se tomaba las cosas como un juego, y cada vez se me hacía más difícil no gritar de placer con cada beso que me daba en el cuello o me cogía de las muñecas con fiereza.
Esa es la historia de cómo ambos nos acostamos puestos de cocaína en el baño de la chica que me caía mal de mi clase. Sólo te recomiendo un par de cosas: los baños son incómodos, no te drogues y ¡¡usa protección!!
Ocho
Había cambiado el juego y todo lo que conllevaba. Las reglas, el ganador, los participantes; todo era distinto y era gracias a mí. O por mi culpa. Todavía puedo ver su mirada rodear mi cuerpo al besar a aquel chico desconocido, casi al mismo tiempo que podía sentir sus dedos recorrer mi espalda, en un beso que era mil veces más cálido, que me había llevado a sitios completamente distintos.
Me masajeaba la cabeza con los dedos, con las piernas encogidas sentada contra la fachada de la casa, de nuevo enfrente de la maldita piscina. Ni siquiera sabía qué hora era. Como otra noche más, me era imposible dormir, de nuevo con las emociones mezcladas con los recuerdos de ese día tan largo que había tenido. Desde luego, el año que cumplí los dieciséis puso mi vida patas arriba.
Recordaba ahí sentada cómo momentos después de separarme de ese chico, corrí hasta Ellen en petición de ayuda, haciendo todo lo posible por ignorar las miradas que todos me brindaban al acercarme de nuevo al grupo. Ni siquiera me atreví a mirarle. Lo que necesitaba, que me tachara de cobarde también. Que lo era. Sólo agarré la mano de Ellen y la arrastré fuera.
Comencé a llorar como una niña pequeña. Los lagrimones caían sin orden ni concierto por mis mejillas. Sin hacer preguntas y con la mirada serena, Ellen me sujetó de la cabeza y me dejó apoyarme en su hombro mientras me acariciaba el pelo.
Ellen desapareció por dos segundos y volvió con nuestras cosas. Me sujetó del codo y comenzó a caminar conmigo hasta casa. Gracias al cielo que Ellen se acordaba del camino de vuelta, ya que lo último que necesitaba era tener que preguntarle.
Antes de subir las escaleras, me ayudó a quitarme las botas mientras yo seguía sollozando como una estúpida, mojando ya el tercer pañuelo que mi amiga me había tendido. No podía quitarme esas malditas imágenes de mi mente, no necesitaba haber visto la cara de Harry para imaginármela, y mi mente me estaba castigando profundamente con ella. Mi subconsciente estaba muy enfadada, tan enfadada que no me decía nada, simplemente me miraba sacudiendo la cabeza con juicio, con los brazos cruzados.
Ellen me sentó en su cama y yo me tapé la cara con las manos. Ya no lloraba tanto, pero todavía hipaba un poco. Era una dramática realmente. Y estaba muy borracha. Se sentó en la cama de enfrente y me puso un mechón de mi pelo detrás de la oreja.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con precaución, la voz suave como el terciopelo.
Aparté las manos de la cara y suspiré profundo, con la mirada perdida.
—Ugh, es que soy gilipollas. Seguro que me odia.
Esbozó una mueca, pero no le dio tiempo a decir nada, ya que yo seguía con mi monólogo descontrolado.
—Es que uf, de verdad, ¿cuál es mi problema? O sea, es que, qué mal, de verdad —dije negando con la cabeza —. Qué mal, qué mal… ¿cómo se me ocurre? De verdad…
Ellen se quedó callada con la mueca en los labios y las cejas alzadas, como si intentase resolver un puzzle muy difícil. Ella también suspiró, pero de exasperación, chasqueando la lengua dándose por vencida.
—Vale, si no lo vas a decir en alto lo digo yo —comenzó.
Abrí mucho los ojos y comencé a llorar de nuevo.
—No, no, no, Ellen, no, por favor, sé que soy gilipollas, en serio —sollocé.
—Yo también he visto a Yina con Harry.
Resoplé.
—No, no, es que yo no los he visto. Es que yo les he pillado, maldita sea —miré mi regazo con nostalgia, pensando en el momento en el que comenzó a explorar mi cuerpo con sus dedos y yo lo estropeé al no dejarle.
Ellen intentó no reírse ante la situación en la que me encontraba. Sinceramente aquello que estaba sucediendo en esos momentos era un drama, pero entendía a la perfección que Ellen quisiese reírse.
Aún así le pegué en el hombro y ella me amenazó con el dedo índice.
Yo pasé de ella y me dejé caer en la cama tapándome nuevamente la cara con las manos y hundiéndome en mi vergüenza. Ellen con un resoplido se subió a la cama conmigo y se apoyó en un codo para mirarme.
—Tía, en serio, no te ralles. Tienes que entender que tienen una cosa rara entre ellos y—
—No —le paré en seguida, no necesitaba escuchar nada de eso; lo sabía perfectamente—. Es que eso me da igual. Me da lo mismo lo que tienen, me molesta muchísimo lo que he hecho yo. O sea es que cómo puedo… es que no entiendo, joder, cuál es mi puto problema, es que JODER —en serio no podía dejar de llorar—. Me odia un montón, lo he estropeado todo ahora…
De nuevo Ellen se quedó callada mirando detrás mía sin saber qué más decir.
Unos golpes en la puerta hicieron que me pusiera de pie de un brinco y que mi corazón se pusiera alerta. Por suerte y alivio para mí, tan sólo era Jess, que posiblemente nos hubiese escuchado hablar. Detrás se podía escuchar al resto de chicos que ya habían vuelto también. Se reían y chistaban entre ellos, tal vez pensando que podríamos estar dormidas. Hasta que escuché por el fondo la risa de Harry. Mi estómago dio un brinco.
—Están despiertas —dijo hacia el pasillo, donde los chicos estaban haciendo esfuerzos sobrenaturales tratando de susurrar, y fallando estrepitosamente en el intento.
Suerte por ellos que estuviésemos despiertas, una cosa era despertar a Ellen por la mañana, y otra cosa muy distinta era atrever a despertarla cuando había vuelto de fiesta…
Jess cerró la puerta detrás suya y mientras yo me había vuelto a sentar con la cabeza baja, se acercó a mí como uno se acerca a un cervatillo; con miedo a que saliera corriendo.
—Jane, ¿estás bien?
—Está cansada —respondió Ellen por mí.
Me levanté con rapidez y fui tambaleándome hasta la puerta ignorándola con agresividad.
—Me voy al baño —anuncié, como un intento desesperado por enfrentarme a él.
Sí que estaba muy borracha, tengo que admitirlo.
Por suerte para mí, Ellen corrió hasta mí para impedir que saliese al pasillo. Me agarró de los hombros, y después de ponerme mi camiseta de dormir y lavarme la cara, me acompañó hasta el baño, al otro lado del pasillo.
Ya no lloraba, por lo menos. Ellen me guiaba sujetándome de la mano y descalza por el parqué de la casa, me centré en mantener mi postura al verme expuesta fuera de la habitación. Ellen alcanzó el pomo de la puerta con la mano, aunque segundos antes se abrió de golpe.
Harry salió del baño en ropa interior sujetando la ropa en una sola mano. Me quedé rígida, esperando una reacción.
Todo pasó rápido; posó su mirada en Ellen primero y luego en mí. La bajó en seguida, pasó a nuestro lado sin decir nada. Sin querer, y sintiéndome muy pequeña, me encontré a mí misma mirándole caminar hasta su habitación, pasándose una mano por el pelo. Me mordí el labio.
—Ellen, estoy cachonda —le dije una vez me arrastró dentro del baño y cerró la puerta detrás suya.
Soltó una carcajada mientras se miraba en el espejo y esperaba a que terminase de mear.
Ni siquiera estaba afectada por que hubiese pasado de mí en el pasillo, como era de esperar que fuera a ser mi reacción. Me dediqué a centrarme en los detalles de su pecho, dibujándose en mi memoria, en cómo alzaba el brazo para tocarse el pelo y luchaba por no mirarme demasiado.
No estaba del todo segura si aquello había ocurrido, pero mi mente se centró en el recuerdo de haberle visto sonreír brevemente. Tal vez era sólo algo que mi mente se había inventado para que no me derrumbara, pero casi podía ver la imagen clara en mi cabeza. Él sonriendo al verme, viéndose divertido ante la situación, y no decepcionado como posiblemente se sentía. Y era reconfortante el hecho de pensar que sólo estaba divertido con todo aquello, como una anécdota de contar más tarde. Que no estaba afectado como lo estaba yo y que estaba llevando las cosas a un nivel mucho más alto, que era mi mente la que era la exagerada.
—Estoy exagerando —le dije a Ellen mientras me cepillaba los dientes.
Me alzó una ceja, aunque no añadió nada.
—Seguro que no está enfadado conmigo. Seguro que soy yo. Harry es un tío guay, no un dramático como yo. Debería ir a preguntárselo.
Hice ademán de salir del baño con intenciones de ir hasta su habitación y entregarle mis explicaciones, aunque gracias al cielo, Ellen me lo impidió.
—No, hablas con él mañana —me dijo en el pasillo—. Ahora vas a dormir, ¿de acuerdo?
Gruñí. Mis pedos llorones eran iguales a los berrinches de las niñas de cinco años; había que tratarme como una para poder controlarme. De normal cuando estaba borracha era muy divertida, pero cuando mis emociones se hacían cargo de mis actos, no era demasiado agradable estar a mi alrededor.
Jess me miraba con preocupación en la cara.
—¿Está bien? —le preguntó a Ellen.
—Estoy bien —le dije.
No sonaba borracha, eso sí que era una cualidad de las buenas. Mis padres nunca me habían pillado bebiendo porque sabía comportarme si quería hacerlo, si me esforzaba en ello lo suficiente. Con Ellen no me hacía falta. Ya no estaba tan borracha de todas formas, aunque cuando Ellen me metió en la cama, ésta seguía dando vueltas bajo mía.
Aunque nada más apoyar la cabeza en la almohada, me quedé dormida, pensando en la cama vacía de Harry y que posiblemente había desperdiciado la mejor oportunidad que tenía y tendría nunca de dormir a su lado.
Tuve que suspirar en la noche al pensar de nuevo en aquello. Pero las cosas habían empeorado durante el día. Realmente hubiera dado todo por volver y darme un bofetón y hacer que cambiara esa cara de señora mayor que llevé todo el día por una estupidez. Ahí sentada en el suelo ya me estaba arrepintiendo poco a poco de lo mal que me había comportado ese día, no sólo conmigo misma. Con todos.
Ellen y Jess ya no estaban cuando me desperté. Recuerdo que salí de entre las sábanas, aunque me quedé sentada en el borde de la cama con los codos apoyados en mis muslos y tapándome la cara todavía durante unos segundos. No solía tener resacas, por lo que no podía culpar al alcohol por aquel dolor de cabeza por mucho que quisiera; me acordaba perfectamente de todo lo que había llorado.
Decidí acallar todas las voces que me preparaban para bajar las escaleras y que me tendían el guión de lo qué tenía que decir y hacer, con las manos en el pelo perdiendo los nervios. Ellas no habían dormido, preparando todos y cada uno de los detalles. Lo primero que debía hacer era bajar las escaleras y pedir perdón.
Resoplé en frente del espejo de la habitación mientras me recogía el pelo, todavía con la camiseta de chico puesta y en bragas. Ya no sentía que debía disculparme por nada. Era mi maldito cumpleaños.
Como siempre, las dos partes de mi personalidad se estaban peleando en mi cabeza, y yo opté por simplemente salir de la habitación y bajar a la cocina sin decidir qué hacer, y sólo dejarme llevar por el momento. Aunque no bajé sonriendo que se diga. Las uñas se me clavaban en las palmas, y con el mentón subido, abrí la puerta de la cocina.
Mi seguridad se tambaleó un poco cuando vi a Harry al lado de la encimera, de espaldas a mí. Me aclaré la garganta y traté de mantener mi postura mientras avanzaba hasta su lado, donde me alargué para coger una taza del armario.
El chico giró la mirada y me miró mientras me ponía de puntillas para tratar de alcanzarla. Con una pequeña sonrisa y apartando la mirada, agarró la taza y me la tendió mirándome a la cara.
—Buenos días —dijo.
Yo no me atreví a mirarle, aunque la sujeté con las dos manos haciendo todo lo posible por no tocarle, aunque él hizo todo lo contrario; acarició mis dedos durante un brevísimo instante, buscando mi mirada sin cesar, para que yo retirara mis manos de las suyas con rapidez. Todavía con la mirada clavada en el suelo y con los pelos de punta, conseguí articular una palabra.
—Gracias —dije y me di la vuelta rápidamente.
Estaba un poquito enfadada con él, tengo que admitir. Aunque no me atrevía a analizar el por qué. Simplemente comencé a prepararme el té en silencio con él a mi espalda, también sin compartir palabras conmigo, al ver que su intento de ser amable había fallado.
La puerta se abrió con fuerza y Ellen entró a la cocina. La escuché suspirar.
—Jane, ¿estás en bragas? —dijo todavía con la mano apoyada en el pomo de la puerta y con una ceja alzada.
La miré con fiereza.
—¿Te importa? —dije, sonando más enfadada de lo que quería.
No sé si fue por casualidad, pero Harry pareció que huía de nosotras al salir de la estancia hacia fuera. Ellen me miraba todavía con la ceja alzada pero sin decir nada más, y yo comencé a sentirme mal.
—Lo siento —dije y me acerqué a ella.
Se cruzó de brazos.
—Tía, ya sé que estás enfadada, pero intenta controlarte un poco, ¿vale? Que es tu cumpleaños, te vas a arrepentir.
Resoplé.
Di un sorbo al té y pasé de ella aún sabiendo que tenía razón. Salí a la calle, donde los chicos estaban en la piscina por mucho que hiciera frío. Su comportamiento no cambió cuando salí, aunque en mi mente lo recuerdo como si se hubiesen callado de golpe y hubiesen empezado a susurrar entre ellos. Aunque, naturalmente, continuaron como si no pasara nada, porque no pasaba nada. Me senté al lado de Jess, que leía un libro para continuar bebiendo mi té.
—¿Resaca? —me preguntó.
—Ojalá —dije—. Así tendría una excusa para decir que no me acuerdo de nada.
Realmente podía haber hecho eso; hacer como si no hubiese pasado nada y comportarme alrededor de él como siempre para ver sus reacciones. Desgraciadamente, no sabía hacer eso. Era demasiado inmadura. Y, a fin de cuentas, una cobarde.
—Venga, Jane, no fue para tanto, te lo prometo —dijo acariciando mi rodilla.
Alcé una ceja.
—Tu estabas demasiado ocupada con otra cosa para enterarte, cabrona.
Se sonrojó entera sin poder disimularlo y trató de no sonreír, aunque yo ya lo había visto.
De todas formas el día no fue tan mal como había esperado que iba a ir, los chicos me invitaron a jugar a las cartas con ellos antes de comer e incluso pude intercambiar una broma o dos con Harry; él lo intentaba mucho más que yo. Por mucho que yo trataba de seguirle el rollo, me quedaba paralizada sin saber qué hacer, y hacía las cosas incómodas y violentas, mientras mi consciente se daba golpes en la cabeza avergonzada. Era él quien lo intentaba y yo la que lo estropeaba. Por mucho que esa no fuera mi intención. Las comidas eran muy violentas para mí, ya que me las pasaba en silencio y concentrada en comer, y abandonar la mesa en cuanto hube terminado, huyendo todo el rato, notando las miradas de todos en mi espalda cuando me marchaba. Seguro que Yina se estaría frotando las manos si lo viera.
La tensión era tanta que cuando llegó Louis, que era completamente ajeno a la situación, lo notó en seguida.
Después de comer, Louis me abordó en la cocina mientras de nuevo estaba huyendo del panorama que se me presentaba delante, sin ser capaz de hacer como que no estaba ocurriendo nada. Cerró la puerta de cristal detrás suya y cruzó los brazos sobre su pecho.
Me di la vuelta para mirarle y sonreí.
—Ah, hola —dije.
Él me devolvía la mirada socarrón.
—¿Qué coño ha pasado? —preguntó sin más demora.
Fruncí el ceño y aparté la mirada, pretendiendo estar haciendo otra cosa para evitar que me analizase.
—¿A qué te refieres? —dije haciéndome la loca.
El chico puso los ojos en blanco y me sujetó del codo para arrastrarme hasta fuera, donde me obligó a sentarme en el suelo. Se sentó en frente mía, aunque yo de nuevo esquivaba su mirada como podía. No quería hablar del tema todavía, no quería que también él me juzgase, o que cambiase su mirada hacia mí. Me avergonzaba demasiado que supiera toda la historia, por mucho que probablemente se enteraría de otra forma si no era por mí. Me posicionaba en un sitio completamente vulnerable, perdiendo el control por completo.
—Vale, si no me lo quieres contar, intentaré adivinarlo.
Me encogí de hombros, sin mirarle todavía, mordisqueándome las comisuras de los labios.
—Te emborrachaste demasiado y le vomitaste los zapatos —dijo después de titubear un poco.
No pude evitar sonreír, aunque seguía sin levantar la mirada hacia él, siguiendo copiosamente destrozándome la piel con mis dientes. Negué con la cabeza.
—Mm, vale. ¿Al revés?
Volví a negar.
Hizo una breve pausa y alcé la mirada tímidamente hacia él. Mi sonrisa poco a poco creció en mis labios mientras lo observaba desde la clandestinidad cómo intentaba adivinar el dilema en el que me había metido, tratando como podía de ayudarme a solucionar el problema.
—Te lo intentaste tirar y tuvo un gatillazo.
Aparté la mirada y solté una carcajada sin poder evitarlo. Cerré los ojos mientras me reía, y al volver a mirarle a los ojos, me miraba con las cejas alzadas.
—¿Es eso? ¿Tuvo un gatillazo?
—No. ¿De verdad crees que me comportaría así con él si ese hubiese sido el problema?
Ahora el que se reía era él, mientras negaba con la cabeza.
No tuve remedio más que relajar los hombros y simplemente soltarle todo lo que había pasado la noche anterior, y qué es lo que había causado que ambos tuviésemos que andar con cuidado cuando estábamos en presencia del otro.
Curiosamente, en cuanto estaba acabando con mi relato, él estaba por los suelos de la risa.
—¿Qué coño te parece tan gracioso? —dije, con una risa bajo la voz, aunque tratando de mostrarme molesta.
—Me flipa tu forma de vengarte. Es perfecto.
Le di un puñetazo en la clavícula.
—Lo del gatillazo suena a un planazo en comparación —me lamenté.
De nuevo provoqué las carcajadas del chico, que se humedeció los labios para volver a mirarme a los ojos.
—Sinceramente, Jane. El que debería estar preocupado es él, no tu. Desde mi punto de vista no has hecho nada malo.
Por una pequeña parte sabía que tenía razón, pero por otra sabía que las cosas no podían ser tan bonitas como me las pintaba Louis, sentado en el suelo en frente mía, apoyando las palmas de las manos detrás suya y sonriéndome con complicidad. El enfado que había sentido hacia él de aquella mañana había evolucionado de forma que cada vez me sentía yo más culpable y avergonzada. Aunque nunca sin olvidar que aquella situación no la había provocado yo sola. Me encogí de hombros en resumen, ya que estaba demasiado confusa como para comerle la cabeza también a él, por mucho que él me estuviese animando.
Apoyé mi cabeza en las rodillas mientras me las abrazaba con los brazos, con la voz de Louis resonando todavía en mis oídos. La noche no era tan fría como me la hubiese esperado, y después de casi una hora sentada ahí en silencio, estaba tan enfrascada en mis pensamientos que el frío no se atrevía a molestarme. A pesar de aquello, la luna sí que se estaba riendo de mí escandalosamente por lo imbécil que estaba siendo.
Pensar en que el lunes haría mis maletas y que ni siquiera fuer a ser capaz de despedirme de él como era debido por culpa de unas cuantas cervezas y los malditos celos que no salían de ninguna parte me daba miedo. Ni siquiera sabía si aquello se podían considerar celos. No quería arruinar lo que teníamos, pero tampoco tenía ni la más remota idea de cómo arreglarlo. Todavía estaba demasiado avergonzada para hablar con él, aunque hubiese pasado un día entero sin compartir apenas una palabra con decencia, sin atreverme a mirarle a los ojos. No podía arriesgarme a ver su mirada dirigida hacia mí, llena de decepción.
Me pasé en silencio los minutos siguientes, sin saber exactamente qué hora era. Sabía que me había metido a la cama pero tras dos horas sin poder conseguir dormir -de nuevo-, había bajado las escaleras y me había plantado ahí todavía en bragas y sin vestirme.
Levanté la cabeza cuando escuché la puerta de la terraza abrirse y cerrarse. No pude evitar sonreír un poco al ver al chico que hacía revolotear mi estómago sin esfuerzos y por el que había estado todo el día con la mirada perdida y roja de la vergüenza, salir a la noche y soltar un suspiro al aire, con las manos en los bolsillos.
Me puse muy nerviosa, sabía que no podía ignorar su presencia y que tarde o temprano iba a descubrir que estaba ahí. Ya no podía huir más, me lo estaban advirtiendo todas las células de mi cuerpo.
Ahí estaba, con la cabeza baja, paseando despacio por alrededor de la piscina, sin alejarse demasiado.
Cerré los ojos con fuerza y suspiré.
—Hola —dije.
Se dio la vuelta sobresaltado y al verme relajó el cuerpo, esbozó una sonrisa pasándose la mano por el pelo.
—Mierda, Jane. Me has asustado —dijo, acercándose poco a poco.
—Lo siento.
Se sentó a mi lado y ya podía sentir mi corazón acelerarse al verme atrapada por la situación tan repentina, obligándome a enfrentarme a ella.
—¿No puedes dormir? —dijo a mi lado, también sin mirarme, con la voz más grave que de normal.
Negué con la cabeza con los labios fruncidos.
Bajé la mirada e intenté no ponerme a temblar de nerviosismo, aunque él parecía calmado, apoyando las muñecas en sus rodillas dobladas y mirando al frente en silencio. Miré su perfil, que se mantenía sereno y tuve que morderme los labios. Traté de tranquilizarme, pero las palabras no me avisaron antes de salir y lo hicieron sin pedirme permiso.
—Harry… —comencé a decir para captarle la atención.
Giró la cabeza para mirarme y yo tuve que apartar la mirada para poder concentrarme. Ya me daba igual lo obvia que podría llegar a ser.
Me ponía nerviosa lo calmado que estaba. Me apreté la palma de la mano con el pulgar.
—Siento mucho lo que pasó ayer —dije por fin, siendo muy valiente y girando la cabeza para encontrarme con su mirada, que seguía posada en el hombro que rozaba el suyo, con sus rizos haciéndole sombra en la cara por la luna.
Frunció el ceño con suavidad.
—Espera, ¿te estás disculpando?
Continué mirándole a los ojos, ahora la que fruncía el ceño era yo. No entendía nada, mientras daba bocanadas de aire y balbuceando sin saber qué responder a aquello.
—Bueno, sí—
—Jane —dijo, riéndose con suavidad y tocándome la nariz juguetón, que consiguió hacerme sonreír con timidez—. No seas estúpida.
—A ver, fui una borde.
Se encogió de hombros.
—No te he dicho que no lo fueras.
Casi como acto reflejo le pegué en el hombro, causando nuevamente sus risas. Me sujetó la mano y comenzó a acariciarme los dedos poco a poco con una mano. Yo hice lo que pude para concentrarme y hacer que no estaba pasando nada. Él continuó hablando.
—Me merecía que fueras borde. El que tiene que pedirte perdón soy yo.
Suspiré y apoyé la cabeza en el ladrillo exasperada.
—Bueno, sí. Porque te aseguro que mi plan no era acabar así…
Se rió de nuevo y colocó el brazo detrás de mis hombros sin soltarme la mano, acercándose más a su cuerpo. Por primera vez pude darme cuenta de que sí que hacía frío gracias al calor que emanaba hacia mí, por lo que me acurruqué a su lado sintiéndome mucho menos pesada que hacía media hora. Me besó la cabeza cuando la apoyé en su hombro.
—Además que ni siquiera valió la pena… seguro que si el muchacho hubiese besado bien no hubiese llorado tanto.
Soltó una carcajada y se me calentó el corazón al darme cuenta de que por fin podía volver a hacer bromas sin sentirme avergonzada y como si estuviese pisando un campo minado. Posiblemente nunca hubiese sido así, pero era un alivio estar de nuevo bien y poder disfrutar de nuevo del calor de la cercanía de su cuerpo. Se acercó un poco más y me besó la mejilla.
Sabía que sus intenciones era besarme de nuevo, aunque otra vez la idea de que no tenía la red de seguridad del decir que estaba cometiendo errores gracias al alcohol me dejó desprevenida y confusa.
No quería tener nada que ver con relaciones con demasiados sentimientos, ni tampoco le quería dar la sensación de que sí. Si yo me dejaba besar de fiesta eran tan sólo porque podía decir que estábamos bebidos y que en una situación normal no lo haríamos, porque somos amigos. Éramos amigos. Por mucho que aquello no era más que engañarme a mí misma, pero por ahora funcionaba. Mi consciente se lo estaba creyendo. Aunque, en el pozo donde había enterrado a mi subconsciente, podía escucharla reírse con maldad, llamándome ilusa y amenazándome con el día en el que conseguiría salir de ahí.
Sí, aún después de mantenerme despierta durante las noches tenía las pelotas de decir que lo veía como un amigo, y que para nada me hacía temblar las piernas cada vez que me tocaba. Era una gilipollez, pero de momento, me iba bien sin lastres emocionales. O ignorándolos, como estaba haciendo.
Y a la vez me mataba estar en esa situación, realmente tenía ganas de que me besara de nuevo, y la idea de que no lo volviera a hacer empezó a hacerse hueco en mi mente. Me entristeció un poco, pero no hice nada al respecto. Posiblemente fuera lo mejor. Tenía que empezar a frenar mis sentimientos hacia él si no me quería meter en problemas.
Estaba demasiado a gusto en mi zona de confort y no tenía ninguna necesidad de salir al aire libre, donde acertarme con un tiro era demasiado fácil, por mucho que mi corazón me suplicara de rodillas que me lanzara de nuevo, que los errores estaban para cometerlos tantas veces como fuera necesario, que valdría la pena. ¿Qué más daba, si ese chico me hacía replantearme qué era aquello de querer a una persona, y si realmente me habían querido de vuelta? La lista de cosas buenas que me aportaba a mi vida era tan larga que me daba miedo que me diera vértigo a la hora de hacer recuento, por mucho que su sonrisa hiciera que me cayera de la silla y que el miedo se disipara como el humo del tabaco. Muy rápido, aunque el efecto seguía muy profundo en mi garganta, dándome placer con una mínima sensación de ahogo. Era todo demasiado. Mi corazón daba vueltas y bailaba de alegría cada vez que pensaba que me iba a despertar y que seguiría allí, sonriéndome y pasándome las tazas que yo no alcanzaba, haciendo todo lo posible por rozarme aunque fueran unos segundos con sus dedos. Lo tenía delante, y yo tenía miedo de besarle a solas. Me estaba sonriendo, sin importarle que había apartado la cara, seguía siendo tan puro y amable conmigo, respetando mis límites al tocarme, pero aún así consiguiendo que quisiera sujetarle de la cara y pedirle que lo hiciera. Y tenía miedo. Porque estaba demasiado al borde del precipicio, ateniéndome a que alguien me diera un empujón si no tenía cuidado y que cayera al vacío sin poder remediarlo, sin poder cambiar de opinión. Estaba avanzando tan rápido que casi podía ver el fondo. No sabía si lo que me daba miedo era que alguien me empujara o que saltara yo voluntariamente, al ver que esos ojos verdes se posaban en mí una vez más, tratándome como una amiga pero tocándome, disfrutando de cada roce, como si me conociera de siempre. Me sentía tan inestable que dejarme llevar por la caída me resultaba tentador, y por mucho que no lo quisiera, la idea me gustaba más y más.
En el tren de vuelta pensaba en cómo había dejado que todo aquello me hubiese afectado tanto y cómo había permitido que fuera tan calculadora, cuando todas las películas y libros que había leído me decían justamente lo contrario. Si te tienes que caer te caes. Tendría que haber dejado que todo aquello me diera igual, dejarle que me besara a escondidas en la cocina estando los dos solos cuando nos fuimos a despedir, en vez de hacerme la dura y quedarme con tan sólo una pequeña caricia en la mejilla. Escondernos en su habitación y dejarle que me enseñara cada uno de sus secretos, sentados en el borde de su cama luchando con nuestros propios impulsos y dejar que nuestro aliento agitado hablara por sí solo. Dejarnos a ambos con las ganas de seguir explorando, aunque de una forma que encandilase, que hiciera que ambos nos fuéramos a dormir y saber perfectamente qué íbamos a soñar. Lo había hecho mal, ya todo me daba lo mismo.
La rabia me subía por las venas cuando la próxima vez que nos fuéramos a ver todavía no estaba escrita en el calendario y no podía hacer nada al respecto. No sabía cuándo iba a ser la próxima vez que le iba a ver, ni cuánto iba a durar, ni si íbamos a estar solos. No sabía nada. Sólo me quedaba un mal sabor de boca al no dejar que me besara una última vez, y que posiblemente había perdido mi oportunidad de que fuera él quien soñara conmigo.
Me masajeaba la cabeza con los dedos, con las piernas encogidas sentada contra la fachada de la casa, de nuevo enfrente de la maldita piscina. Ni siquiera sabía qué hora era. Como otra noche más, me era imposible dormir, de nuevo con las emociones mezcladas con los recuerdos de ese día tan largo que había tenido. Desde luego, el año que cumplí los dieciséis puso mi vida patas arriba.
Recordaba ahí sentada cómo momentos después de separarme de ese chico, corrí hasta Ellen en petición de ayuda, haciendo todo lo posible por ignorar las miradas que todos me brindaban al acercarme de nuevo al grupo. Ni siquiera me atreví a mirarle. Lo que necesitaba, que me tachara de cobarde también. Que lo era. Sólo agarré la mano de Ellen y la arrastré fuera.
Comencé a llorar como una niña pequeña. Los lagrimones caían sin orden ni concierto por mis mejillas. Sin hacer preguntas y con la mirada serena, Ellen me sujetó de la cabeza y me dejó apoyarme en su hombro mientras me acariciaba el pelo.
Ellen desapareció por dos segundos y volvió con nuestras cosas. Me sujetó del codo y comenzó a caminar conmigo hasta casa. Gracias al cielo que Ellen se acordaba del camino de vuelta, ya que lo último que necesitaba era tener que preguntarle.
Antes de subir las escaleras, me ayudó a quitarme las botas mientras yo seguía sollozando como una estúpida, mojando ya el tercer pañuelo que mi amiga me había tendido. No podía quitarme esas malditas imágenes de mi mente, no necesitaba haber visto la cara de Harry para imaginármela, y mi mente me estaba castigando profundamente con ella. Mi subconsciente estaba muy enfadada, tan enfadada que no me decía nada, simplemente me miraba sacudiendo la cabeza con juicio, con los brazos cruzados.
Ellen me sentó en su cama y yo me tapé la cara con las manos. Ya no lloraba tanto, pero todavía hipaba un poco. Era una dramática realmente. Y estaba muy borracha. Se sentó en la cama de enfrente y me puso un mechón de mi pelo detrás de la oreja.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con precaución, la voz suave como el terciopelo.
Aparté las manos de la cara y suspiré profundo, con la mirada perdida.
—Ugh, es que soy gilipollas. Seguro que me odia.
Esbozó una mueca, pero no le dio tiempo a decir nada, ya que yo seguía con mi monólogo descontrolado.
—Es que uf, de verdad, ¿cuál es mi problema? O sea, es que, qué mal, de verdad —dije negando con la cabeza —. Qué mal, qué mal… ¿cómo se me ocurre? De verdad…
Ellen se quedó callada con la mueca en los labios y las cejas alzadas, como si intentase resolver un puzzle muy difícil. Ella también suspiró, pero de exasperación, chasqueando la lengua dándose por vencida.
—Vale, si no lo vas a decir en alto lo digo yo —comenzó.
Abrí mucho los ojos y comencé a llorar de nuevo.
—No, no, no, Ellen, no, por favor, sé que soy gilipollas, en serio —sollocé.
—Yo también he visto a Yina con Harry.
Resoplé.
—No, no, es que yo no los he visto. Es que yo les he pillado, maldita sea —miré mi regazo con nostalgia, pensando en el momento en el que comenzó a explorar mi cuerpo con sus dedos y yo lo estropeé al no dejarle.
Ellen intentó no reírse ante la situación en la que me encontraba. Sinceramente aquello que estaba sucediendo en esos momentos era un drama, pero entendía a la perfección que Ellen quisiese reírse.
Aún así le pegué en el hombro y ella me amenazó con el dedo índice.
Yo pasé de ella y me dejé caer en la cama tapándome nuevamente la cara con las manos y hundiéndome en mi vergüenza. Ellen con un resoplido se subió a la cama conmigo y se apoyó en un codo para mirarme.
—Tía, en serio, no te ralles. Tienes que entender que tienen una cosa rara entre ellos y—
—No —le paré en seguida, no necesitaba escuchar nada de eso; lo sabía perfectamente—. Es que eso me da igual. Me da lo mismo lo que tienen, me molesta muchísimo lo que he hecho yo. O sea es que cómo puedo… es que no entiendo, joder, cuál es mi puto problema, es que JODER —en serio no podía dejar de llorar—. Me odia un montón, lo he estropeado todo ahora…
De nuevo Ellen se quedó callada mirando detrás mía sin saber qué más decir.
Unos golpes en la puerta hicieron que me pusiera de pie de un brinco y que mi corazón se pusiera alerta. Por suerte y alivio para mí, tan sólo era Jess, que posiblemente nos hubiese escuchado hablar. Detrás se podía escuchar al resto de chicos que ya habían vuelto también. Se reían y chistaban entre ellos, tal vez pensando que podríamos estar dormidas. Hasta que escuché por el fondo la risa de Harry. Mi estómago dio un brinco.
—Están despiertas —dijo hacia el pasillo, donde los chicos estaban haciendo esfuerzos sobrenaturales tratando de susurrar, y fallando estrepitosamente en el intento.
Suerte por ellos que estuviésemos despiertas, una cosa era despertar a Ellen por la mañana, y otra cosa muy distinta era atrever a despertarla cuando había vuelto de fiesta…
Jess cerró la puerta detrás suya y mientras yo me había vuelto a sentar con la cabeza baja, se acercó a mí como uno se acerca a un cervatillo; con miedo a que saliera corriendo.
—Jane, ¿estás bien?
—Está cansada —respondió Ellen por mí.
Me levanté con rapidez y fui tambaleándome hasta la puerta ignorándola con agresividad.
—Me voy al baño —anuncié, como un intento desesperado por enfrentarme a él.
Sí que estaba muy borracha, tengo que admitirlo.
Por suerte para mí, Ellen corrió hasta mí para impedir que saliese al pasillo. Me agarró de los hombros, y después de ponerme mi camiseta de dormir y lavarme la cara, me acompañó hasta el baño, al otro lado del pasillo.
Ya no lloraba, por lo menos. Ellen me guiaba sujetándome de la mano y descalza por el parqué de la casa, me centré en mantener mi postura al verme expuesta fuera de la habitación. Ellen alcanzó el pomo de la puerta con la mano, aunque segundos antes se abrió de golpe.
Harry salió del baño en ropa interior sujetando la ropa en una sola mano. Me quedé rígida, esperando una reacción.
Todo pasó rápido; posó su mirada en Ellen primero y luego en mí. La bajó en seguida, pasó a nuestro lado sin decir nada. Sin querer, y sintiéndome muy pequeña, me encontré a mí misma mirándole caminar hasta su habitación, pasándose una mano por el pelo. Me mordí el labio.
—Ellen, estoy cachonda —le dije una vez me arrastró dentro del baño y cerró la puerta detrás suya.
Soltó una carcajada mientras se miraba en el espejo y esperaba a que terminase de mear.
Ni siquiera estaba afectada por que hubiese pasado de mí en el pasillo, como era de esperar que fuera a ser mi reacción. Me dediqué a centrarme en los detalles de su pecho, dibujándose en mi memoria, en cómo alzaba el brazo para tocarse el pelo y luchaba por no mirarme demasiado.
No estaba del todo segura si aquello había ocurrido, pero mi mente se centró en el recuerdo de haberle visto sonreír brevemente. Tal vez era sólo algo que mi mente se había inventado para que no me derrumbara, pero casi podía ver la imagen clara en mi cabeza. Él sonriendo al verme, viéndose divertido ante la situación, y no decepcionado como posiblemente se sentía. Y era reconfortante el hecho de pensar que sólo estaba divertido con todo aquello, como una anécdota de contar más tarde. Que no estaba afectado como lo estaba yo y que estaba llevando las cosas a un nivel mucho más alto, que era mi mente la que era la exagerada.
—Estoy exagerando —le dije a Ellen mientras me cepillaba los dientes.
Me alzó una ceja, aunque no añadió nada.
—Seguro que no está enfadado conmigo. Seguro que soy yo. Harry es un tío guay, no un dramático como yo. Debería ir a preguntárselo.
Hice ademán de salir del baño con intenciones de ir hasta su habitación y entregarle mis explicaciones, aunque gracias al cielo, Ellen me lo impidió.
—No, hablas con él mañana —me dijo en el pasillo—. Ahora vas a dormir, ¿de acuerdo?
Gruñí. Mis pedos llorones eran iguales a los berrinches de las niñas de cinco años; había que tratarme como una para poder controlarme. De normal cuando estaba borracha era muy divertida, pero cuando mis emociones se hacían cargo de mis actos, no era demasiado agradable estar a mi alrededor.
Jess me miraba con preocupación en la cara.
—¿Está bien? —le preguntó a Ellen.
—Estoy bien —le dije.
No sonaba borracha, eso sí que era una cualidad de las buenas. Mis padres nunca me habían pillado bebiendo porque sabía comportarme si quería hacerlo, si me esforzaba en ello lo suficiente. Con Ellen no me hacía falta. Ya no estaba tan borracha de todas formas, aunque cuando Ellen me metió en la cama, ésta seguía dando vueltas bajo mía.
Aunque nada más apoyar la cabeza en la almohada, me quedé dormida, pensando en la cama vacía de Harry y que posiblemente había desperdiciado la mejor oportunidad que tenía y tendría nunca de dormir a su lado.
Tuve que suspirar en la noche al pensar de nuevo en aquello. Pero las cosas habían empeorado durante el día. Realmente hubiera dado todo por volver y darme un bofetón y hacer que cambiara esa cara de señora mayor que llevé todo el día por una estupidez. Ahí sentada en el suelo ya me estaba arrepintiendo poco a poco de lo mal que me había comportado ese día, no sólo conmigo misma. Con todos.
Ellen y Jess ya no estaban cuando me desperté. Recuerdo que salí de entre las sábanas, aunque me quedé sentada en el borde de la cama con los codos apoyados en mis muslos y tapándome la cara todavía durante unos segundos. No solía tener resacas, por lo que no podía culpar al alcohol por aquel dolor de cabeza por mucho que quisiera; me acordaba perfectamente de todo lo que había llorado.
Decidí acallar todas las voces que me preparaban para bajar las escaleras y que me tendían el guión de lo qué tenía que decir y hacer, con las manos en el pelo perdiendo los nervios. Ellas no habían dormido, preparando todos y cada uno de los detalles. Lo primero que debía hacer era bajar las escaleras y pedir perdón.
Resoplé en frente del espejo de la habitación mientras me recogía el pelo, todavía con la camiseta de chico puesta y en bragas. Ya no sentía que debía disculparme por nada. Era mi maldito cumpleaños.
Como siempre, las dos partes de mi personalidad se estaban peleando en mi cabeza, y yo opté por simplemente salir de la habitación y bajar a la cocina sin decidir qué hacer, y sólo dejarme llevar por el momento. Aunque no bajé sonriendo que se diga. Las uñas se me clavaban en las palmas, y con el mentón subido, abrí la puerta de la cocina.
Mi seguridad se tambaleó un poco cuando vi a Harry al lado de la encimera, de espaldas a mí. Me aclaré la garganta y traté de mantener mi postura mientras avanzaba hasta su lado, donde me alargué para coger una taza del armario.
El chico giró la mirada y me miró mientras me ponía de puntillas para tratar de alcanzarla. Con una pequeña sonrisa y apartando la mirada, agarró la taza y me la tendió mirándome a la cara.
—Buenos días —dijo.
Yo no me atreví a mirarle, aunque la sujeté con las dos manos haciendo todo lo posible por no tocarle, aunque él hizo todo lo contrario; acarició mis dedos durante un brevísimo instante, buscando mi mirada sin cesar, para que yo retirara mis manos de las suyas con rapidez. Todavía con la mirada clavada en el suelo y con los pelos de punta, conseguí articular una palabra.
—Gracias —dije y me di la vuelta rápidamente.
Estaba un poquito enfadada con él, tengo que admitir. Aunque no me atrevía a analizar el por qué. Simplemente comencé a prepararme el té en silencio con él a mi espalda, también sin compartir palabras conmigo, al ver que su intento de ser amable había fallado.
La puerta se abrió con fuerza y Ellen entró a la cocina. La escuché suspirar.
—Jane, ¿estás en bragas? —dijo todavía con la mano apoyada en el pomo de la puerta y con una ceja alzada.
La miré con fiereza.
—¿Te importa? —dije, sonando más enfadada de lo que quería.
No sé si fue por casualidad, pero Harry pareció que huía de nosotras al salir de la estancia hacia fuera. Ellen me miraba todavía con la ceja alzada pero sin decir nada más, y yo comencé a sentirme mal.
—Lo siento —dije y me acerqué a ella.
Se cruzó de brazos.
—Tía, ya sé que estás enfadada, pero intenta controlarte un poco, ¿vale? Que es tu cumpleaños, te vas a arrepentir.
Resoplé.
Di un sorbo al té y pasé de ella aún sabiendo que tenía razón. Salí a la calle, donde los chicos estaban en la piscina por mucho que hiciera frío. Su comportamiento no cambió cuando salí, aunque en mi mente lo recuerdo como si se hubiesen callado de golpe y hubiesen empezado a susurrar entre ellos. Aunque, naturalmente, continuaron como si no pasara nada, porque no pasaba nada. Me senté al lado de Jess, que leía un libro para continuar bebiendo mi té.
—¿Resaca? —me preguntó.
—Ojalá —dije—. Así tendría una excusa para decir que no me acuerdo de nada.
Realmente podía haber hecho eso; hacer como si no hubiese pasado nada y comportarme alrededor de él como siempre para ver sus reacciones. Desgraciadamente, no sabía hacer eso. Era demasiado inmadura. Y, a fin de cuentas, una cobarde.
—Venga, Jane, no fue para tanto, te lo prometo —dijo acariciando mi rodilla.
Alcé una ceja.
—Tu estabas demasiado ocupada con otra cosa para enterarte, cabrona.
Se sonrojó entera sin poder disimularlo y trató de no sonreír, aunque yo ya lo había visto.
De todas formas el día no fue tan mal como había esperado que iba a ir, los chicos me invitaron a jugar a las cartas con ellos antes de comer e incluso pude intercambiar una broma o dos con Harry; él lo intentaba mucho más que yo. Por mucho que yo trataba de seguirle el rollo, me quedaba paralizada sin saber qué hacer, y hacía las cosas incómodas y violentas, mientras mi consciente se daba golpes en la cabeza avergonzada. Era él quien lo intentaba y yo la que lo estropeaba. Por mucho que esa no fuera mi intención. Las comidas eran muy violentas para mí, ya que me las pasaba en silencio y concentrada en comer, y abandonar la mesa en cuanto hube terminado, huyendo todo el rato, notando las miradas de todos en mi espalda cuando me marchaba. Seguro que Yina se estaría frotando las manos si lo viera.
La tensión era tanta que cuando llegó Louis, que era completamente ajeno a la situación, lo notó en seguida.
Después de comer, Louis me abordó en la cocina mientras de nuevo estaba huyendo del panorama que se me presentaba delante, sin ser capaz de hacer como que no estaba ocurriendo nada. Cerró la puerta de cristal detrás suya y cruzó los brazos sobre su pecho.
Me di la vuelta para mirarle y sonreí.
—Ah, hola —dije.
Él me devolvía la mirada socarrón.
—¿Qué coño ha pasado? —preguntó sin más demora.
Fruncí el ceño y aparté la mirada, pretendiendo estar haciendo otra cosa para evitar que me analizase.
—¿A qué te refieres? —dije haciéndome la loca.
El chico puso los ojos en blanco y me sujetó del codo para arrastrarme hasta fuera, donde me obligó a sentarme en el suelo. Se sentó en frente mía, aunque yo de nuevo esquivaba su mirada como podía. No quería hablar del tema todavía, no quería que también él me juzgase, o que cambiase su mirada hacia mí. Me avergonzaba demasiado que supiera toda la historia, por mucho que probablemente se enteraría de otra forma si no era por mí. Me posicionaba en un sitio completamente vulnerable, perdiendo el control por completo.
—Vale, si no me lo quieres contar, intentaré adivinarlo.
Me encogí de hombros, sin mirarle todavía, mordisqueándome las comisuras de los labios.
—Te emborrachaste demasiado y le vomitaste los zapatos —dijo después de titubear un poco.
No pude evitar sonreír, aunque seguía sin levantar la mirada hacia él, siguiendo copiosamente destrozándome la piel con mis dientes. Negué con la cabeza.
—Mm, vale. ¿Al revés?
Volví a negar.
Hizo una breve pausa y alcé la mirada tímidamente hacia él. Mi sonrisa poco a poco creció en mis labios mientras lo observaba desde la clandestinidad cómo intentaba adivinar el dilema en el que me había metido, tratando como podía de ayudarme a solucionar el problema.
—Te lo intentaste tirar y tuvo un gatillazo.
Aparté la mirada y solté una carcajada sin poder evitarlo. Cerré los ojos mientras me reía, y al volver a mirarle a los ojos, me miraba con las cejas alzadas.
—¿Es eso? ¿Tuvo un gatillazo?
—No. ¿De verdad crees que me comportaría así con él si ese hubiese sido el problema?
Ahora el que se reía era él, mientras negaba con la cabeza.
No tuve remedio más que relajar los hombros y simplemente soltarle todo lo que había pasado la noche anterior, y qué es lo que había causado que ambos tuviésemos que andar con cuidado cuando estábamos en presencia del otro.
Curiosamente, en cuanto estaba acabando con mi relato, él estaba por los suelos de la risa.
—¿Qué coño te parece tan gracioso? —dije, con una risa bajo la voz, aunque tratando de mostrarme molesta.
—Me flipa tu forma de vengarte. Es perfecto.
Le di un puñetazo en la clavícula.
—Lo del gatillazo suena a un planazo en comparación —me lamenté.
De nuevo provoqué las carcajadas del chico, que se humedeció los labios para volver a mirarme a los ojos.
—Sinceramente, Jane. El que debería estar preocupado es él, no tu. Desde mi punto de vista no has hecho nada malo.
Por una pequeña parte sabía que tenía razón, pero por otra sabía que las cosas no podían ser tan bonitas como me las pintaba Louis, sentado en el suelo en frente mía, apoyando las palmas de las manos detrás suya y sonriéndome con complicidad. El enfado que había sentido hacia él de aquella mañana había evolucionado de forma que cada vez me sentía yo más culpable y avergonzada. Aunque nunca sin olvidar que aquella situación no la había provocado yo sola. Me encogí de hombros en resumen, ya que estaba demasiado confusa como para comerle la cabeza también a él, por mucho que él me estuviese animando.
Apoyé mi cabeza en las rodillas mientras me las abrazaba con los brazos, con la voz de Louis resonando todavía en mis oídos. La noche no era tan fría como me la hubiese esperado, y después de casi una hora sentada ahí en silencio, estaba tan enfrascada en mis pensamientos que el frío no se atrevía a molestarme. A pesar de aquello, la luna sí que se estaba riendo de mí escandalosamente por lo imbécil que estaba siendo.
Pensar en que el lunes haría mis maletas y que ni siquiera fuer a ser capaz de despedirme de él como era debido por culpa de unas cuantas cervezas y los malditos celos que no salían de ninguna parte me daba miedo. Ni siquiera sabía si aquello se podían considerar celos. No quería arruinar lo que teníamos, pero tampoco tenía ni la más remota idea de cómo arreglarlo. Todavía estaba demasiado avergonzada para hablar con él, aunque hubiese pasado un día entero sin compartir apenas una palabra con decencia, sin atreverme a mirarle a los ojos. No podía arriesgarme a ver su mirada dirigida hacia mí, llena de decepción.
Me pasé en silencio los minutos siguientes, sin saber exactamente qué hora era. Sabía que me había metido a la cama pero tras dos horas sin poder conseguir dormir -de nuevo-, había bajado las escaleras y me había plantado ahí todavía en bragas y sin vestirme.
Levanté la cabeza cuando escuché la puerta de la terraza abrirse y cerrarse. No pude evitar sonreír un poco al ver al chico que hacía revolotear mi estómago sin esfuerzos y por el que había estado todo el día con la mirada perdida y roja de la vergüenza, salir a la noche y soltar un suspiro al aire, con las manos en los bolsillos.
Me puse muy nerviosa, sabía que no podía ignorar su presencia y que tarde o temprano iba a descubrir que estaba ahí. Ya no podía huir más, me lo estaban advirtiendo todas las células de mi cuerpo.
Ahí estaba, con la cabeza baja, paseando despacio por alrededor de la piscina, sin alejarse demasiado.
Cerré los ojos con fuerza y suspiré.
—Hola —dije.
Se dio la vuelta sobresaltado y al verme relajó el cuerpo, esbozó una sonrisa pasándose la mano por el pelo.
—Mierda, Jane. Me has asustado —dijo, acercándose poco a poco.
—Lo siento.
Se sentó a mi lado y ya podía sentir mi corazón acelerarse al verme atrapada por la situación tan repentina, obligándome a enfrentarme a ella.
—¿No puedes dormir? —dijo a mi lado, también sin mirarme, con la voz más grave que de normal.
Negué con la cabeza con los labios fruncidos.
Bajé la mirada e intenté no ponerme a temblar de nerviosismo, aunque él parecía calmado, apoyando las muñecas en sus rodillas dobladas y mirando al frente en silencio. Miré su perfil, que se mantenía sereno y tuve que morderme los labios. Traté de tranquilizarme, pero las palabras no me avisaron antes de salir y lo hicieron sin pedirme permiso.
—Harry… —comencé a decir para captarle la atención.
Giró la cabeza para mirarme y yo tuve que apartar la mirada para poder concentrarme. Ya me daba igual lo obvia que podría llegar a ser.
Me ponía nerviosa lo calmado que estaba. Me apreté la palma de la mano con el pulgar.
—Siento mucho lo que pasó ayer —dije por fin, siendo muy valiente y girando la cabeza para encontrarme con su mirada, que seguía posada en el hombro que rozaba el suyo, con sus rizos haciéndole sombra en la cara por la luna.
Frunció el ceño con suavidad.
—Espera, ¿te estás disculpando?
Continué mirándole a los ojos, ahora la que fruncía el ceño era yo. No entendía nada, mientras daba bocanadas de aire y balbuceando sin saber qué responder a aquello.
—Bueno, sí—
—Jane —dijo, riéndose con suavidad y tocándome la nariz juguetón, que consiguió hacerme sonreír con timidez—. No seas estúpida.
—A ver, fui una borde.
Se encogió de hombros.
—No te he dicho que no lo fueras.
Casi como acto reflejo le pegué en el hombro, causando nuevamente sus risas. Me sujetó la mano y comenzó a acariciarme los dedos poco a poco con una mano. Yo hice lo que pude para concentrarme y hacer que no estaba pasando nada. Él continuó hablando.
—Me merecía que fueras borde. El que tiene que pedirte perdón soy yo.
Suspiré y apoyé la cabeza en el ladrillo exasperada.
—Bueno, sí. Porque te aseguro que mi plan no era acabar así…
Se rió de nuevo y colocó el brazo detrás de mis hombros sin soltarme la mano, acercándose más a su cuerpo. Por primera vez pude darme cuenta de que sí que hacía frío gracias al calor que emanaba hacia mí, por lo que me acurruqué a su lado sintiéndome mucho menos pesada que hacía media hora. Me besó la cabeza cuando la apoyé en su hombro.
—Además que ni siquiera valió la pena… seguro que si el muchacho hubiese besado bien no hubiese llorado tanto.
Soltó una carcajada y se me calentó el corazón al darme cuenta de que por fin podía volver a hacer bromas sin sentirme avergonzada y como si estuviese pisando un campo minado. Posiblemente nunca hubiese sido así, pero era un alivio estar de nuevo bien y poder disfrutar de nuevo del calor de la cercanía de su cuerpo. Se acercó un poco más y me besó la mejilla.
Sabía que sus intenciones era besarme de nuevo, aunque otra vez la idea de que no tenía la red de seguridad del decir que estaba cometiendo errores gracias al alcohol me dejó desprevenida y confusa.
No quería tener nada que ver con relaciones con demasiados sentimientos, ni tampoco le quería dar la sensación de que sí. Si yo me dejaba besar de fiesta eran tan sólo porque podía decir que estábamos bebidos y que en una situación normal no lo haríamos, porque somos amigos. Éramos amigos. Por mucho que aquello no era más que engañarme a mí misma, pero por ahora funcionaba. Mi consciente se lo estaba creyendo. Aunque, en el pozo donde había enterrado a mi subconsciente, podía escucharla reírse con maldad, llamándome ilusa y amenazándome con el día en el que conseguiría salir de ahí.
Sí, aún después de mantenerme despierta durante las noches tenía las pelotas de decir que lo veía como un amigo, y que para nada me hacía temblar las piernas cada vez que me tocaba. Era una gilipollez, pero de momento, me iba bien sin lastres emocionales. O ignorándolos, como estaba haciendo.
Y a la vez me mataba estar en esa situación, realmente tenía ganas de que me besara de nuevo, y la idea de que no lo volviera a hacer empezó a hacerse hueco en mi mente. Me entristeció un poco, pero no hice nada al respecto. Posiblemente fuera lo mejor. Tenía que empezar a frenar mis sentimientos hacia él si no me quería meter en problemas.
Estaba demasiado a gusto en mi zona de confort y no tenía ninguna necesidad de salir al aire libre, donde acertarme con un tiro era demasiado fácil, por mucho que mi corazón me suplicara de rodillas que me lanzara de nuevo, que los errores estaban para cometerlos tantas veces como fuera necesario, que valdría la pena. ¿Qué más daba, si ese chico me hacía replantearme qué era aquello de querer a una persona, y si realmente me habían querido de vuelta? La lista de cosas buenas que me aportaba a mi vida era tan larga que me daba miedo que me diera vértigo a la hora de hacer recuento, por mucho que su sonrisa hiciera que me cayera de la silla y que el miedo se disipara como el humo del tabaco. Muy rápido, aunque el efecto seguía muy profundo en mi garganta, dándome placer con una mínima sensación de ahogo. Era todo demasiado. Mi corazón daba vueltas y bailaba de alegría cada vez que pensaba que me iba a despertar y que seguiría allí, sonriéndome y pasándome las tazas que yo no alcanzaba, haciendo todo lo posible por rozarme aunque fueran unos segundos con sus dedos. Lo tenía delante, y yo tenía miedo de besarle a solas. Me estaba sonriendo, sin importarle que había apartado la cara, seguía siendo tan puro y amable conmigo, respetando mis límites al tocarme, pero aún así consiguiendo que quisiera sujetarle de la cara y pedirle que lo hiciera. Y tenía miedo. Porque estaba demasiado al borde del precipicio, ateniéndome a que alguien me diera un empujón si no tenía cuidado y que cayera al vacío sin poder remediarlo, sin poder cambiar de opinión. Estaba avanzando tan rápido que casi podía ver el fondo. No sabía si lo que me daba miedo era que alguien me empujara o que saltara yo voluntariamente, al ver que esos ojos verdes se posaban en mí una vez más, tratándome como una amiga pero tocándome, disfrutando de cada roce, como si me conociera de siempre. Me sentía tan inestable que dejarme llevar por la caída me resultaba tentador, y por mucho que no lo quisiera, la idea me gustaba más y más.
En el tren de vuelta pensaba en cómo había dejado que todo aquello me hubiese afectado tanto y cómo había permitido que fuera tan calculadora, cuando todas las películas y libros que había leído me decían justamente lo contrario. Si te tienes que caer te caes. Tendría que haber dejado que todo aquello me diera igual, dejarle que me besara a escondidas en la cocina estando los dos solos cuando nos fuimos a despedir, en vez de hacerme la dura y quedarme con tan sólo una pequeña caricia en la mejilla. Escondernos en su habitación y dejarle que me enseñara cada uno de sus secretos, sentados en el borde de su cama luchando con nuestros propios impulsos y dejar que nuestro aliento agitado hablara por sí solo. Dejarnos a ambos con las ganas de seguir explorando, aunque de una forma que encandilase, que hiciera que ambos nos fuéramos a dormir y saber perfectamente qué íbamos a soñar. Lo había hecho mal, ya todo me daba lo mismo.
La rabia me subía por las venas cuando la próxima vez que nos fuéramos a ver todavía no estaba escrita en el calendario y no podía hacer nada al respecto. No sabía cuándo iba a ser la próxima vez que le iba a ver, ni cuánto iba a durar, ni si íbamos a estar solos. No sabía nada. Sólo me quedaba un mal sabor de boca al no dejar que me besara una última vez, y que posiblemente había perdido mi oportunidad de que fuera él quien soñara conmigo.
Siete
Después de haberme secado con aquella toalla rosa, de la que estaba haciendo un gran trabajo por no pararme y olerla cada tres segundos, me había puesto mi camiseta de dormir y estaba tratando de dormirme, o por lo menos fingir que lo hacía. Ellen y Jess entraron en la habitación pillándome apoyada en la ventana mirando hacia afuera completamente sumergida en mis pensamientos.
Me di la vuelta rápidamente para encontrarme con la mirada llena de lujuria por el conocimiento de Ellen.
—¡Jane! —gritó, única y exclusivamente para llamarme la atención, aunque yo ya estaba mirándola.
Traté de evitar sonreír, pero mi reacción fue al contrario; me mordí el labio y tuve que apartar la mirada.
Me agarró de las manos y me hizo sentarme en mi cama, que para ser pequeña, hacía muchísimo ruido.
—Tía, sabía que estas vacaciones iban a ser geniales, pero no sabía que me ibas a traer a la Casa del Drama, ¡me encanta!
Me encogí de hombros y de nuevo la cama crujió bajo el peso de Jess, que se sentó al lado de Ellen con la misma cara de satisfacción en el rostro.
—Cuando te has ido al patio, Yina ha empezado a gritar cosas y te lo juro, Niall casi muere de un ataque de risa, me estaba dando mucha envidia, porque era super super gracioso —dijo Jess, algo más calmada que Ellen, la cual asentía con las palabras de nuestra amiga.
—Harry estaba muy enfadado con ella, nunca le he visto así. Estaba venga mirar hacia donde habías ido, y te juro que parecía preocupado. Al rato de estar diciendo gilipolleces y cuando ha visto la cara de Harry, Yina se ha puesto a llorar desconsoladamente. Creo que estaba colocada mínimo...
—¡Ha sido genial! De verdad, te has perdido lo que podría ser el potencial ganador a “Mejor Escena de Drama”, en serio.
—Me hubiese encantado estar ahí, de verdad —dije con fingido arrepentimiento poniendo fin a las frases tan entusiastas de mis amigas, poniéndome una mano en el pecho dramáticamente—, estaba ocupada siendo insultada por esa imbécil.
—¡Te lo puedes creer!
—En serio, cuando ha empezado a decir todo eso casi me meo encima, no sé si del gusto o de qué, ha sido tan embarazoso… para ella, claro, ¿quién se pone en esa situación a sí mismo? —Jess gruñó en frustración pero sin dejar de sonreír.
—Estoy por llamarle y darle las gracias por animarnos así la noche. Y por hacer exactamente lo opuesto a su plan, porque ha ido corriendo detrás tuya. ¡¿Qué ha pasado?!
Puse los ojos en blanco, pero eso no me impidió sonreír como una estúpida. Tuve que morderme los labios y apartar la mirada.
—Ha estado bien —dije con simplicidad, aunque mi estómago dio un vuelco ante mi mentira.
Las dos se quejaron en seguida, al unísono, incluso Ellen me pegó en el hombro.
—Vamos, no seas imbécil, cuéntanos.
Me encogí de hombros y traté de no hacer contacto visual con ellas.
—Me ha tirado a la piscina, otra vez.
Jess y Ellen se miraron entre ellas con los ceños fruncidos, decepcionadas.
—¿Y qué mas? —insistió Jess, con todavía ese pequeño brillo de esperanza en el rabillo del ojo.
—Nada más, nos hemos divertido. Pero ahora tengo frío y tengo que dormir con el pelo mojado —dije entre risas, aunque parecía que no tenía tanta gracia, ya que las dos se me quedaron mirando como si hubiera roto su castillo de arena de una patada.
—¿En serio? ¿No te ha besado?
—¿O intentado, por lo menos?
Me rasqué la sien negando con la cabeza, todavía sonriendo.
—¿Por qué iba a hacerlo? Somos amigos.
Ellen volvió a pegarme en el muslo, ahora todavía más fuerte.
—¡Deja de decir eso! Vamos, Jane, he visto cómo os comportáis, dejaos de gilipolleces ya.
Puse los ojos en blanco, ahora sin estar tan divertida como antes.
—Tías, sois unas pesadas. Si quisiera que pasara algo, no os preocupéis, que ya lo hubiese hecho. El hecho de que me sienta super atraída hacia él no significa que tenga que pasar nada.
Las dos me devolvieron la mirada de nuevo como si las hubiese ofendido, ambas con las cejas alzadas, incluso se cruzaron de brazos a la vez, con los labios fruncidos y juzgándome con la mirada.
—¿Qué? —dije al final al ver que no me iban a decir nada más sin que las incitara a ello.
—Acabas de decir que te sientes atraída hacia él —dijo Jess rompiendo su unión de brazos y sustituyendo la mirada de indignación por una de completa incomprensión.
—¿Y qué? Eso no significa nada, sé que está ahí y es muy divertido tontear así, y la tensión y todo me gusta. Nunca he sentido nada parecido ni me lo he pasado tan bien con alguien, así que os agradecería que me dejaseis tomarme las cosas como a mí me parezca.
Jess volvió a soltar un gruñido de desaprobación, pero Ellen me mantenía la mirada. Su semblante había cambiado; sus hombros estaban bajos y su mirada vacilaba entre mis rodillas. Soltó los brazos rendida.
—Ugh, odio cuando tienes razón. Tenemos que dejarla que se lo pase bien. Además, de este finde no pasan, Louis se va mañana a la noche por no se qué.
—¡Ellen! Para ya.
Ella levantó los brazos y me dejó tranquila. Jess parecía que tenía ganas de seguir discutiendo, pero tras ver la mirada que le estaba dedicando, bajó de mi cama y se fue a la suya, donde comenzó a desvestirse.
Estuve un rato en silencio, escuchando cómo las dos hablaban como si estuviera en otra habitación y nos separara una pared; sólo oía ruido y no entendía nada por más que quisiera. Mis pensamientos en esos instantes eran demasiado atronadores como para escuchar nada más, repentinamente. Dejé de jugar con mis uñas y le resté importancia a la siguiente pregunta, o por lo menos, eso intenté.
—¿Adónde se va Louis? —pregunté con voz pequeña, interrumpiendo sus palabras.
Pude ver cómo volvían a compartir miradas cómplices entre ellas con sonrisas socarronas, aunque no me dijeron nada y se lo agradecí en silencio.
Ellen en bragas y con la camiseta de tirantes todavía puesta, se volvió a sentar encima de mi cama sin borrar esa sonrisa de su rostro.
—Louis tiene que ir a casa para una cosa de su hermana, pero vuelve el sábado, no te preocupes. Estará aquí para tu cumpleaños.
Así que la idea de que había una gran posibilidad de que mañana íbamos a salir y el hecho de que Harry dormiría sólo en su habitación era demasiada tentación para mi mente. Aunque mi parte racional trataba de luchar para intentar parar la lluvia de imágenes y las sensaciones en consecuencia de ellas; demasiado agradables, para que toda mi lucha por contener mis sentimientos fueron en vano, ya que cuando mis dos amigas estaban manteniendo una conversación, lo único en lo que yo podía pensar era en aquello que estaba ocurriendo en mi estómago. Tenía la sensación de que estaba sucediendo algo extraño, que me hacía cosquillas agradables en el pecho, que se extendía por todo lo largo de mi cuerpo. Hasta después de que Ellen y Jess ya se habían callado, yo todavía seguía dando vueltas en la cama sin conseguir pegar ojo, con una sensación de calor que me sofocaba.
Nunca había entendido aquella frase de mi libro favorito. Siempre le había dado vueltas a dichos y a las supuestas sensaciones que debería sentir cuando alguien te excita y por qué yo no las había experimentado nunca. Siempre había pensado que ese tipo de cosas eran un mito, algo que los escritores de mis historias favoritas les gustaba romantizar de más para dramatizar. Una exageración de las sensaciones para crear expectación. No me había planteado que aquello era posible sentirlo de verdad. Hasta ese mismo fin de semana.
“Mariposas en el estómago. Menuda estupidez; más bien parecen abejas asesinas”. Vaya que sí parecían abejas asesinas, vaya que sí sentía que cada movimiento cerca suya era más torpe que si él no hubiese estado mirándome. Sí sentía ese cosquilleo subirme por los brazos, calambrazos en los sitios que me rozaba, el estómago dando brincos en mi vientre cada vez que me miraba, o decía mi nombre. ¿Por qué todos esos sentimientos eran tan nuevos para mí? Había estado en una relación de dos malditos años, ¿por qué estaba experimentando todo aquello justo entonces? Todo aquello que yo pensaba que estaba sintiendo acerca de Dan, no era comparable con todo aquello que mi cuerpo y mente inexperta de adolescente estaba sintiendo, todas las emociones físicas; nunca alguien me había puesto los pelos de punta con tan sólo rozarme, aunque fuese sin querer. No conseguía entender qué era aquello que hacía él para hacerme sentir de esa manera. Ni siquiera tenía tiempo de pensar en si él sentía algo parecido conmigo, estaba demasiado centrada en entender y analizar todo eso tan novedoso. Sabía tan dulce y me calentaba de tal manera el pecho, que no podía evitar sentirme abrumada. Era agradable.
“No hubiese dicho que no”, la voz de Harry rebotaba en mi cabeza cuando mi mente decidió ser extra cruel conmigo, estando ya harta de sentimientos confusos. No hubiese dicho que no; tuve que taparme la cara con las manos y destaparme de la sábana, que se me estaba pegando al cuerpo del sudor. Estaba frustrada de lo muy confusa que me sentía; y sobre todo con el hecho de que a mi cabeza se le ocurriese analizar cada uno de mis sentimientos en la madrugada, cuando sólo quería dormir.
Sólo pensar en la piscina, en cómo me sujetaba los muslos, y las gotas que caían de su pelo me mojaba los hombros, rodeados de agua tan fría que al mismo tiempo podría estar hirviendo. Y no nos daríamos cuenta.
—Mente, basta por favor —dije en voz alta, sabiendo que mis amigas llevaban unas horas dormidas.
Me puse la almohada en la cara y me obligué a dormir una y otra vez. Aunque dormí muy poco esa noche. Aunque, las horas que lo hice, dormí como un bebé.
Alrededor de las ocho y media de la mañana y con muy pocas horas de sueño, decidí que me levantaría de la cama y haría algo productivo. Con suerte mis sentimientos se habían relajado un poquito y ya me estaban dejando respirar normal, y me habían devuelto mi temperatura corporal normal.
Cerré la puerta detrás mío y bajé las escaleras. Al entrar en la cocina, casi me choqué de lleno con el pecho de Harry, que casualmente salía de ella. Jadeé del susto y me sujeté el pecho con una mano.
—¡Mierda! Qué susto me has dado, joder —dije medio riéndome, dando un pequeño brinco.
—¿Qué haces despierta a estas horas? —me respondió, volviendo a entrar para dejarme pasar.
Me encogí de hombros.
—No he dormido casi nada —dije restándole importancia—. Y que sepas que este pelo es culpa tuya —añadí, señalándome la cabeza con un dedo.
Soltó una pequeña risa.
Me senté en el sofá con las piernas cruzadas, con las manos metidas en las mangas de mi jersey, rezando por que mis hormonas se comportaran cuando se sentó, colocando una mano en mi rodilla desnuda, restándole importancia e ignorando los escalofríos que me recorrían la piel. Traté de no centrarme en ellos, me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja.
—A ti te gusta mucho el factor X, ¿no? —me preguntó de la nada.
Asentí.
—¿Bromeas? Cada año le escribo un e-mail a Simon a ver si va a hacer DVDs con las temporadas. Mi mejor amigo cumple a finales de noviembre y sabe que si su cumpleaños cae un sábado no me va a ver hasta después de las diez de la noche, son horas sagradas para mí —respondí entre risas.
Harry se rió conmigo.
—¿Por qué lo preguntas?
Se encogió de hombros.
—Pues, hemos estado ensayando, los chicos y yo, toda la semana y hemos decidido que no queremos sobre-ensayar, así que se supone que hemos terminado. Pero me preguntaba si nos podrías dar consejos.
Alcé las cejas en sorpresa.
—¿Me estás preguntando a ver si puedo ser juez? —dije emocionada.
Se rió.
—Más o menos.
—¡Me encantaría! —exclamé casi gritando—. Sería un honor para mí —me acerqué a él para darle un abrazo.
Soltó otra risita.
En ese instante, con la cabeza más despejada, agradecí que los sentimientos me inundaran los pulmones por la noche; prefería mil veces pasarme todas las noches de mi vida sin dormir antes que derretirme y ponerme nerviosa en su presencia, cuando ya había domado lo mejor que pude mis emociones, ya que así es exactamente como habría reaccionado sin todas las cavilaciones y vueltas en la cama, con los ojos abiertos de par en par.
Seguimos nuestra conversación como si no estuviera pasando nada dentro de mi cuerpo, ahora mucho más controlado que antes, mucho más agradable que otras veces, si cabía. Agradecí la calma, por mucho que sólo me duraría unos segundos. Llegué a sentir cosas que en esos momentos realmente me gustaban. Ya no sentía que me ahogaba por las olas que me azotaban cada vez, llenas de emociones desconocidas que sólo me desorientaban y me dejaban muy mojada. No sólo en sentido figurado. Con mi cabeza más ordenada y sujetando mi corazón con correa, fui capaz de darme cuenta de cada uno de los movimientos del chico; cuando se movía cada vez más cerca de mí, cómo me miraba cuando me reía, cuando empezó a jugar con mis vaqueros cortos y deshilachados, con los cordones de mis zapatos, para luego esconder sus manos en un cruce de brazos, dándose cuenta de sus actos reflejos que su cuerpo necesitaba para sentirme cerca.
Y qué bien sentaba.
—He oído que mañana es tu cumpleaños.
Gruñí poniendo los ojos en blanco.
—Sí, has oído bien —dije seguido de una risa nerviosa.
—¿Cómo quieres celebrarlo?
—Estaría guay ir al sitio al que fuimos cuando vine la última vez.
Apartó la mirada y se quedó en silencio durante unos segundos, mordiéndose el labio pensativo. Asintió devolviéndome la mirada.
—Sí, vale. Podemos ir esta noche si quieres; creo que puedo conseguir entradas.
—¿Son muy caras? —pregunté por curiosidad.
Negó con la cabeza.
—Tranquila, me las dan gratis, no te preocupes por eso.
Nos interrumpieron la conversación unos ruidos provenientes del piso de arriba, donde pudimos escuchar gritos y carcajadas junto con puertas dando portazos salidos de la nada. A Harry ni le dio tiempo a dirigirme la mirada, se levantó del sofá a tal velocidad que ya estaba en el segundo piso antes de que yo pudiese darme cuenta de que se había movido. Jess bajaba las escaleras con cara extrañada y el ceño fruncido, mirándome divertida.
Se sentó a mi lado en el sofá.
—¿Qué pasa arriba? —pregunté.
—Se estaban peleando por la ducha y ha desencadenado en una lucha de almohadas, parece ser —respondió encogiéndome de hombros.
Solté una carcajada y me levanté del sofá para ir a ver qué es lo que estaba ocurriendo. Los ruidos venían de la habitación de Harry, donde se podía escuchar claramente las risas y las voces de los chicos dentro. Me quedé en el umbral de la puerta contemplando el panorama; Niall en una esquina rojo de la risa mirando cómo Louis y Zayn se abalanzaban contra los otros dos chicos, Harry riéndose y Liam con agobio debajo del resto. No sé cómo habían conseguido colocar a Harry por debajo si acababa de llegar escasos segundos antes que yo. Niall se subió a la cama doble uniéndose a la pelea, mientras Liam sacaba su brazo en mi dirección.
—Jane, ayúdame por favor —dijo como pudo entre carcajada y carcajada.
Me reí.
—¿Me vacilas? Con lo bien que me lo estoy pasando…
Escuché una puerta abrirse de par en par detrás mía, y una enfadada Ellen con el pelo revuelto y con el albornoz corto puesto entraba en la habitación con pasos fuertes y grandes. Puso los brazos en jarras y miró la escena con el ceño fruncido.
—¡Os queréis CALLAR! —gritó, haciendo que las cinco cabezas se giraran de golpe y las voces callaran, exceptuando la risa de Niall que todavía se escuchaba de fondo.
El silencio duró tan sólo dos segundos, ya que los chicos pasaron de ella olímpicamente.
—Ellen, son las diez de la mañana, relájate un poquito —le dije yo, todavía apoyada en el marco de la puerta con brazos cruzados.
Me miró con una mirada asesina, con sus pelos saliéndole de la trenza y cayéndole encima de la cara. Apretó los puños y salió de la habitación dirigiéndose al baño.
Era mala la situación si te atrevías a despertar a Ellen, todo hay que decirlo.
Los chicos se calmaron y me senté en el borde de la cama.
—¿Cuando vais a cantar para mí? —dije con brillo en los ojos, ansiosa.
Escuché las carcajadas de Harry por algún lado, pero no lo pude ver.
Los chicos se miraron entre sí.
—Después de ducharnos y desayunar, si quieres —me respondió Niall.
Asentí sonriendo, emocionada.
—Vale, guay —me levanté de la cama y bajé las escaleras.
Me encontré con una Ellen todavía en pijama, enredando en la cocina.
—¿Qué tal has dormido? —le pregunté.
Se giró con brusquedad.
—Pues muy bien, hasta que esos imbéciles me han despertado —dijo sin dirigirme la mirada, demasiado enfrascada en hacer la cafetera funcionar.
Me acerqué a ella y la ayudé con una sonrisa en la cara, intentando no reírme ante su mal humor. La escuché suspirar y se giró para mirarme a la cara, dejándome que lidiara yo con la máquina, mientras se apartaba los pelos de la cara con los dedos.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer hoy? —dijo, intentando no sonar enfadada.
—Posiblemente vayamos a la noche al sitio que te dije, acabo de hablar con Harry.
Se le iluminó la cara enseguida, cambiando repentinamente su humor. Comenzó a mover los brazos en señal de victoria y a cantar en bajito, y se bebió el café sin esperar a que el resto de los integrantes de la casa bajaran a desayunar.
🍃🌸🐠
Después de comer, fuimos al río a pasar la tarde antes de empezar a prepararnos para salir. Louis se disculpó conmigo por no poder estar esa noche celebrando mi cumpleaños, aunque sinceramente no era algo que me importara mucho, ya que para mí no estábamos celebrando nada, aunque me pareció super tierno.
Louis era un chico que me caía especialmente bien. Los demás chicos me caían también muy bien, pero él era el único que no tenía una concha alrededor de su cabeza que le impedía hablar con normalidad. Tenía la lengua muy suelta y decía todo lo que fuera necesario decir para que el ambiente no se cargara, o simplemente para hacernos reír. Jess, en cambio, vi que estaba en muchos momentos incómoda y sintiéndose fuera de lugar, y en parte la entendía. Ella estaba como el resto de los chicos, pero sin tener la presión de tener que hacerse amigo de esa gente, y se veía que era introvertida. Aunque, a pesar de todo aquello, se esforzaba, por mucho que sólo estuviera sentada sin decir nada, simplemente disfrutando de la compañía y riéndose cuando había que reírse. Por ello Jess y Zayn se hicieron muy buenos amigos y desde entonces pasaban mucho tiempo juntos, en silencio, disfrutando de la tranquilidad, tomando el sol los dos solos. Eran tímidos, pero los dos eran muy presumidos.
Ellen se pasaba los días pidiéndome que le sacara fotos con su móvil, que tenía una calidad pésima, pero aún así se esforzaba por ser una pesada integral e insistirme continuamente en hacerlo igualmente. Siempre había hablado de comenzar una carrera de modelo, y hasta ese día había conseguido pequeños trabajos en compañías pequeñas, junto con el baile. Sería mala en los estudios, pero las redes sociales las tenía agarradas con las manos tan fuerte que ya contaba con más de cinco mil seguidores y subiendo. Ella y su padre no tenían demasiado dinero; vivían en Brixton y ella sólo podía costearse el instituto y sus viajes hasta él gracias al testamento de su madre, que era única y exclusivamente para la educación de su hija. Su madre murió cuando ella tenía siete años, pero no quiero hablar de eso ahora. Ya te lo contará ella si eso es lo que quiere.
Tengo que decirlo, el barrio en el que había pasado mis días adolescentes era un barrio acomodado y con gente pudiente, con trabajos en altos cargos y con facilidad económica de la que mi familia brindaba cada mes, sin preocupaciones de ese tipo. El colegio al que iba era más de lo mismo, gente estirada y pija, que te miraban por encima del hombro si sabía que tuviste que comprar el uniforme del colegio de segunda mano porque no podías costearlo de otra forma. Sí, hay gente muy mierda en mi instituto. Que Ellen tuviese que venir desde Brixton, que está al sur de Londres, era algo a lo que los estudiantes no estaban acostumbrados. Dan, a pesar de ser también de mi barrio junto con Ethan, ambos acostumbraban a pasarse fines de semana enteros en el sur de la ciudad, cosa que al principio me daba demasiado miedo, y que al final acabé arrastrándome por esos lares también. Aunque esa historia es para otro día, lo prometo.
Pese a todo aquello, realmente estaba contenta por Ellen por todo lo que había conseguido y por fin verla con un propósito en la vida, por muy inalcanzable que yo lo veía; la veía trabajar todos los días muy duro por conseguirlo, con el objetivo en la cabeza y dispuesta a hacer lo que hiciera falta. Se colaba todas las veces que podía en unas clases de baile masivas que organizaban en el centro de Londres arriesgándose a que la pillasen sin matrícula, aunque ella me lo decía siempre; no tenía nada que perder.
Es gracioso mirar atrás de esta manera. Me acuerdo perfectamente. Muchas de las cosas que he contado las he conseguido reconstruir gracias a muchas conversaciones con las personas involucradas y son completamente arbitrarias, recuerdos vagos, recopilaciones distintas de los hechos; pero esa imagen la puedo ver claramente todavía en la retina de mis ojos.
El aire dorado colgaba por encima nuestra mientras el sol se colaba por los árboles que se encontraban en el horizonte a tan sólo unos pasos, poniéndose poco a poco, chocando contra el agua y pegando directamente en los ojos. Los chicos todavía estaban en el agua, disfrutando de los últimos minutos de luz del día, riendo por cualquier tontería, salpicándose mutuamente y luchando con las piedras que pisaban tratando de no caerse. Yo, sentada encima de la hierba con Ellen a mi lado sacando fotos y Jess en el agua junto a ellos. Tuve que ponerme ya el jersey porque, ya que ellos no parecían darse cuenta, había empezado a hacer frío.
Harry salía del agua y se acercaba a mí con una sonrisa, con su pelo mojado y las gotas de agua rodándole por el cuerpo.
Me ofreció su mano para ponerme de pie.
—Eres una sosa —dijo sin más.
Coloqué mi mano a modo de visera para verle la cara desde el suelo, pero aún así un halo de luz le rodeaba la cabeza y apenas podía verle los ojos.
—¿Estás loco? —dijo y sin hacer caso a mi rechazo, agarró mi mano y tiró de mí haciéndome levantarme.
—¡Me estáis tapando el sol! —se quejó Ellen.
Ambos la ignoramos mientras me arrastraba con él hacia la orilla. Antes de poder siquiera quejarme, me sujetó de las piernas y me colocó encima de su hombro como un maldito saco de patatas.
—¡Bájame!
Dios mío, en esos momentos sólo pude pensar en lo mucho que tenía que pesar encima suya, pero él pareció no darse cuenta. Me sujetaba de las piernas y los demás chicos ya estaban riéndose a carcajada limpia. Intentaba con toda mi alma no pensar en que sólo llevaba puesta la braga del bikini y no sentirme completamente incómoda ante la situación.
—¿Quieres que te suelte?
Puse los ojos en blanco y le pellizqué la espalda, aunque lo único que conseguí fue que diera pequeños manotazos al aire intentando hacer que parara.
—No —suspiré dándome por vencida, sabiendo que si decía que sí podría meterme en problemas.
Escuché las carcajadas de Ellen en el fondo, y apoyé mi codo en su espalda para poder apoyar mi cabeza en la mano, aunque no era tan cómodo como Fiona en Shrek lo hacía parecer.
—Vamos, Harry, por favor, ¿puedes bajarme? —intenté ser educada para ver si así conseguía algo.
Vi la cabeza de Liam asomarse para ver mi estado, y se marchó en seguida para continuar riéndose.
—Está roja.
—¡Pues claro que estoy roja, idiota! —respondí.
Harry me puso en el inestable suelo del agua y tuve que agarrarme a Zayn para no caerme al notar las cuchillas del agua fría clavándose en mi piel una a una con muy poco cuidado.
—Mierda, está helada. Hacen veintitrés grados, por dios —dije, andando con cuidado de nuevo hacia la orilla con una sonría torcida, agarrándome de la persona más cerca a mí para no caerme de bruces al agua, sintiéndome completamente inexperta en aquel territorio y en mis chanclas muy poco adecuadas para aquellos terrenos.
—Oye, me aburro, vámonos a casa, que entre que nos duchamos todos, no salimos de casa hasta las once de la noche —dijo Ellen levantándose y sacudiéndose la arena de su sudadera.
Increíblemente los chicos hicieron caso a la primera, dándose cuenta de la hora y de que Ellen probablemente tuviera razón.
Louis se tuvo que ir y yo me puse muy triste, ya que en los dos días que habíamos compartido había tenido una conexión con él, y me hubiese gustado poder compartir también la noche con su presencia. De todas formas no me do tiempo a pensar en eso durante mucho más tiempo. La casa estaba muy animada, la gente entraba y salía de la ducha, algunos cocinaban mientras otros se vestían y preparaban. Estaba contenta, ya que todo aquello había sido gracias a mí, y se estaban moviendo para prepararme una noche divertida, y aunque probablemente para ellos simplemente fuera una excusa para pasarlo bien y beber, a mí no me importaba en absoluto.
Los dos últimos cumpleaños no habían sido demasiado divertidos. Cuando cumplí catorce decidí por una estúpida razón que era una buena día pasar el día entero con Dan, por mucho que mis padres no me dejaran. Me escapé de las clases particulares y cuando volví a casa a las tantas de la noche, mi madre tenía literalmente el teléfono en la mano, lista para llamar la policía. En mi mente toda aquella discusión que tuve con mi familia había valido la pena porque había pasado el día con mi novio, y había perdido la maldita virginidad con él. Y me sentía super mayor y super madura y todo eso. Eso es lo que él estaba venga repetirme; eso es lo que hacen las chicas maduras. Aunque, dos noches más tarde, lloré durante horas y horas pensando en que había cometido el mayor error de mi vida, para al día siguiente continuar como si siguiera estando super orgullosa de aquello. Como si tuviera algo que demostrar a alguien. O a mí misma. Todavía no estoy segura. El del año pasado simplemente pasamos el día en una bajera en Brixton rodeados de drogas y sin aprender mi lección para nada, con gente que no era nadie en mi vida. Ninguno de mis cumpleaños recientes los había pasado con más de dos personas. Aquello me ponía los pelos de punta de felicidad, y era tan extraño que todavía no podía creer que aquellas personas completamente sanas y buenas fueran a pasar conmigo mi decimosexto cumpleaños.
Ahí estaba yo, en mitad de aquel caos, como si todo a mi alrededor estuviera emborronado y con un filtro cálido, unos cuantos segundos más rápido de lo que iba mi mente, como una película mala de navidad, donde el protagonista se da cuenta de que tiene la mejor familia del mundo. Así me sentía.
Ellen me había escogido la ropa para esa noche cuando salí de la ducha. Me gustaba que hiciera eso, ya que ella conocía mi estilo a la perfección, pero cada vez que hacía algo así, colocaba algo sutilmente suyo, como un colgante dorado o un cinturón que yo no me pondría, pero que queda perfecto con el conjunto, y que sólo a Ellen se le ocurría.
Me había preparado un crop top suyo negro ajustado, con escote en pico y con tirantes gruesos, y una falda también negra, y aquello le añadí yo mis medias de rejilla y mis botas de plataforma.
—Me voy a morir de frío —dije mientras me maquillaba los ojos.
—Pues le pides la chaqueta a Harry, que para eso está.
Me reí y ella me echó la bronca por moverme.
Cuando bajé las escaleras fui directa a la cocina para ayudar a quien fuera que estuviera cocinando, y me encontré a, sorpresa, Harry con un delantal puesto. Intenté no reírme y me coloqué a su lado.
—¿Tienes otra de estas? —dije haciéndole girar la cabeza muy rápido y tratando de no asustarse.
Intentó con todas sus fuerzas no repasarme con la mirada siete veces, ya que pude ver en su semblante que con una vez no le había sido suficiente. Sutilmente me mordí el labio satisfecha con su reacción. Tratando de ocultarlo, se rió y bajó la mirada a la sartén.
—Sí, en ese armario, no queremos que te manches.
Era gracioso porque con aquellos zapatos era casi de su misma altura y podía verse que aquello le incomodaba un poco, ya que no tenía el mismo control sobre mí como de normal. Y eso me encantaba.
Tras seguir sus indicaciones, me puse el delantal alrededor de mi cintura. Traté de ayudarle en lo que me pedía y cocinamos durante unos minutos en completo silencio, con el barullo del fondo como banda sonora. No era incómodo para nada, pero había una pregunta en especial que me preocupaba y que necesitaba conocer la respuesta si no quería llevarme una sorpresa.
Me aclaré la garganta para hacerle saber que allá iba, y él en seguida me dedicó su atención con la mirada.
—Hm… —comencé mi frase vacilante, con mi mirada puesta en la cebolla que estaba cortando—, así que… ¿va a estar Yina? —dije finalmente.
Esbozó una pequeña sonrisa tierna sin separar la mirada de lo que estaba haciendo, y no pudo evitar reírse en bajo.
—Bueno, no lo sé. Probablemente sí, yo no le he dicho nada, pero posiblemente nuestros amigos de clase y todo eso irán. Y ella también.
Tuve que poner mi peor cara de horror, ya que volvió a reírse.
—No te preocupes, en serio. Estaba colocada el otro día y… se le fue un poquito de las manos.
Abrí mucho los ojos.
—¿Colocada? ¿Y no compartió con el resto? —bromeé, y de nuevo le hice reír.
Justo cuando el chico fue a contestar, Ellen entró en la cocina y puso los brazos en jarras inmediatamente.
—No, no, no, no jovencita. No me he pasado media hora maquillándote esos ojos para que ahora te pongas a cortar cebollas, maleducada —espetó, me agarró del brazo y prácticamente me arrastró fuera de la cocina.
Jess me sonrió y entró en la cocina nada más salir yo.
—No te preocupes, ya me encargo yo.
Ellen me sentó en la silla y colocó una lata de cerveza delante mío. Ya se había apoderado de los altavoces de la sala enganchando su iPod en ellos, y pudimos escuchar todos su obsesión por Britney Spears, que sonaba de fondo con su Toxic. Piensas que una chica de los barrios menos favorecidos va a tener en su lista canciones más barriobajeras, pero ella estaba obsesionada con el pop y todo lo que tuviera que ver con él. Aún así, los chicos parecían no darse cuenta o simplemente disfrutaban de la música igualmente, ya que hablaban entre ellos animadamente sin hacer ningún comentario al respecto.
La noche avanzaba poco a poco y hasta después de unas cuantas cervezas no me di cuenta de que Niall estaban bebiendo, aunque no hice ningún comentario al respecto. Éramos todavía muy jóvenes para hacerlo, y aunque yo y Ellen habíamos comenzado a una edad muy temprana, eso no significaba que el resto lo veía como algo correcto.
—Bueno, vamos a jugar a un juego —dijo Ellen, la experta de juegos de beber, después de recoger la cena.
Puse los ojos instintivamente en blanco, aunque sonriendo divertida.
Niall y Zayn estaban hablando entre ellos, y Ellen con paciencia esperó escasos segundos para que dejaran de hablar, pero viendo que seguían a lo suyo, Ellen chasqueó los dedos y los interrumpió con un grito, después de servirse un vaso de vino.
—Vale —continuó una vez tuvo su atención y Niall dejaba de reírse—. El juego se llama “Quién es más probable que”, y cada uno tiene que decir una frase, por ejemplo, yo digo: “quién es más probable que acabe matando a alguien”, y como yo pienso que Jane es bastante probable que mate a alguien, la señalo a ella, y vosotros señaláis a quien vosotros pensáis que lo haría. ¿Entendéis?
Las miradas se giraron hacia mí y siguieron unas cuantas risas, yo lo único que hice fue encogerme de hombros.
—Se pueden señalar a dos personas a la vez. Además que si no nos conocemos es más divertido porque nos basamos sólo en prejuicios, podemos estar súper equivocados.
—Me gusta —comentó Liam.
—Ah, sí, tenemos que beber por cada dedo que nos señale, y el que más señalado sea tiene que beber una más. Jane, empiezas.
Me erguí en mi silla y me acomodé el pelo preparándome la pregunta, que tuve que pensar por unos segundos.
—Quién es más probable que acabe por los suelos esta noche.
Los dedos volaron por encima de la mesa, muchos de ellos señalaban directamente a Ellen, que señalaba al mismo tiempo a Zayn. Yo también señalaba a Ellen, y vi que Harry me señalaba a mí con una sonrisa en la cara.
Puse los ojos en blanco y sonreí, y le guiñé un ojo mientras bebía un trago de mi cerveza.
—No me puedo creer que me veáis como la borracha, pero bueno —dijo Ellen sujetando su vaso y bebiendo unos cuantos tragos.
Liam se aclaró la garganta y apoyó los brazos encima de la mesa.
—Quién es más probable que acabe robando un banco.
Prácticamente cuando terminó la frase, levanté la mano y me señalé a mí misma sin ninguna duda, seguido de los dedos de Ellen y de Jess.
Los chicos señalaron a Zayn, aunque Niall cambió de opinión y me señaló a mí también, aunque vacilaba su dedo entre yo y Ellen.
—Yo gano —dije, levanté la lata brindando en el aire y bebí.
—Hace unos años trazó un plan para robar un banco y es brillante —comentó Ellen.
No era para tanto, pero sí, lo hice.
—Atentos a las noticias.
—Niall, te toca.
—Bueno, hm… —se colocó los dedos en la barbilla pensando, cosa que me pareció super tierna—. Quién es más probable que sea rico en el futuro.
Señalé sin pensármelo a Harry, por alguna razón, aunque fácilmente podría haber señalado a cualquiera de los chicos que estaban sentados en aquella mesa, que graciosamente se señalaron entre ellos. Ellen me señaló a mí y la miré con el ceño fruncido. Jess también señalaba a Harry, pero se la veía distraída.
—¿Por qué yo? —le pregunté a Ellen.
—Vas a robar un banco, ¿no? —dijo.
La mesa estalló en una carcajada y los dedos en seguida volaron de nuevo hacia mí, y tuve que apoyarme en el respaldo de la silla para reírme.
Me terminé la cerveza y me levanté para servirme yo también un vasito de vino.
—Yo soy malísimo para inventarme cosas de estas —dijo Zayn, tan bajo que casi no le pude escuchar.
Jess se rió de su comentario también bajito, sintiéndose identificada con sus palabras.
—Cualquier cosa, si es una chorrada.
—Hm… Quién es más probable que… pegue a alguien esta noche.
De nuevo, los dedos volaron a una velocidad determinante, cada uno de los dedos se posaron en Ellen menos el suyo, que me señalaba a mí tímidamente.
—¿Dónde está Yina cuando una la necesita? —dijo mirando todo aquello sonriente.
De nuevo las carcajadas llenaron la sala, y aunque lo hubiese dicho en broma, yo podía ver en su mirada que estaba contenta que la hubiesen tachado de la violenta. Ese tipo de reputaciones la volvían loca. Satisfecha, se apartó un mechón de pelo de encima del hombro y bebió orgullosa.
Harry se frotó las manos y se preparó para lo que llevaba ya un tiempo pensando en decir.
—Quién es más probable de enrollarse con un desconocido esta noche.
Di un traguito a mi vaso, aunque no tuve que pensarme la respuesta demasiado, ya que era bastante sencillo. Mi dedo apuntó a Ellen en seguida, y de nuevo, los dedos de la mesa vacilaron entre Ellen y yo, como el de Harry, que me apuntaba despreocupadamente. Le devolví la mirada hasta el otro lado de la mesa donde estaba sentado y fruncí el ceño con una sonrisa ladeada, bebiendo sin separar la mirada de la suya. Por suerte, Ellen había conseguido la mayoría de votos, por lo que pude prescindir nuevamente de la fama de putón que cierta persona que no mencionaré me había inculcado con tan mala intención.
—Me vais a emborrachar al final, y no quiero que se cumplan vuestros pronósticos —dijo sujetando su vaso y bebiendo el número de tragos como dedos.
Ellen puso su vaso encima de la mesa, chocó las manos y paseó la mirada por la mesa.
—Que sepáis chicos que vuestras preguntas han sido una putísima mierda, sin ofender —dijo con las manos todavía unidas—. Pero no os preocupéis, ya hago yo el trabajo sucio por vosotros. No me deis las gracias.
Me puse una mano en la frente mientras apoyaba mi cabeza en mis dedos, sabiendo perfectamente que, de nuevo, iba a venir a por mí con cualquier comentario estúpido.
—Quién es más probable que acabe la noche con alguien —dijo, mirándome sutilmente, dejando caer las palabras como bombas que hizo estallar en carcajadas de nuevo la sala—. De nada.
Yo, por seguirle el juego y tratando de no parecer demasiado cohibida, señalé con una sonrisa a Harry, quien ya me señalaba a mí juguetón y mirándome directamente a los ojos. Los dedos de los demás se posaron única y exclusivamente en mí, y yo tuve que poner los brazos en jarras y quejarme.
—Perdona, ¿con quién se supone que voy a “acabar la noche”, eh? ¿Con la maldita pared?
Ante mi comentario señalaron un segundo dedo a Harry, quien se tuvo que reír, y yo hice un esfuerzo enorme por no ponerme como un maldito tomate. Estaba empezando a tener calor, y comencé a abanicarme con la mano sin darme cuenta.
Ellen soltó una carcajada al ver lo que había creado, el dedo de Jess seguía apuntándome mientras bebía de su vaso.
Yo agarré mi vaso y me levanté de la silla, y pareció que Harry me leyó la mente, ya que segundos más tarde se levantó él también, y ambos con los vasos en la mano hicimos ademán de brindar, aunque Ellen nos interrumpió con sus gritos.
—¡Esperad! —se levantó ella también de la silla—. Tenéis que miraros a los ojos, si no son siete años de sexo malo —dijo, de nuevo provocando las risas de la sala.
Fruncí el ceño.
—Hell no. Ya he tenido suficiente de eso —bromeé.
Veía a Harry reírse de nuevo, con el vaso en alto.
Jess aplaudía mientras se reía. Yo me reí también.
—Salud —dijo él, y mirándome a los ojos, chocamos nuestros vasos y bebimos.
Me volví a sentar en la silla sintiendo los ojos de Ellen clavados en mi con las cejas alzadas y haciendo todo lo posible por no comentar nada, bebiendo de su vaso.
—Yo soy igual de mala que Zayn así que… voy a basarme en clichés, no me juzguéis —se aclaró la garganta Jess—. Quién es más probable que sea el último en perder la virginidad —dijo con rapidez.
Ellen puso los brazos en alto como si estuviera parando algo en el aire y tragó lo que tenía en la boca antes de hablar.
—Espera, tenemos que saber quién es virgen y quién no —lo dijo como una palabra sucia que le sabía mal en la boca.
Miró a los chicos esperando una respuesta, pero los cuatro se quedaron callados y nadie dijo nada ni hizo ningún movimiento.
—¿Nadie? —insistió Ellen—, ¿en serio? Espera, ¿cuántos años tenéis?
—Diecisiete —dijeron los tres a la vez.
Parecía sorprendida.
—Oh, entonces estáis bien.
—¿Cuántos años tenías tú, Jane? —preguntó Harry de la nada.
Me quedé callada unos segundos, asimilando la pregunta, ya que no me la esperaba en absoluto.
—Eh, catorce.
—Wow, super pronto —comentó Liam, mirándome con cara de póker.
Me encogí de hombros.
—Y que lo digas —respondí en un murmullo.
Sí que maduré un poco gracias a eso, pero realmente, si ese error no lo hubiese cometido, justos cumplidos los dieciséis años, todavía no me hubiese sentido lista. Aunque, nunca lo sabremos.
Carraspeé y traté de disipar la fina cortina de tensión que se había instalado en el aire.
—¿Y tú?
Me sonrió.
—Quince.
—Te gano —le respondí.
—Liam, ¿te puedo hacer una pregunta? —dijo Jess interrumpiéndonos.
Él le devolvió la mirada y no contuvo la sonrisa.
—Claro.
—¿Por qué no bebes alcohol? Si no te importa la pregunta, eh —dijo asegurándose el terreno.
Se encogió de hombros.
—No me apetece.
Ellen resopló.
—No te ofendas, pero —se interrumpió a sí misma y se giró hacia Jess con rapidez chasqueando la lengua—, perdona, ¿Jess? ¿me puedes traer unos hielos?
Ella asintió y se levantó de la silla.
En cuanto Jess entró en la cocina, Ellen se inclinó hacia delante y le miró a Liam a la cara.
—Piénsalo, igual ésta es vuestra última noche en la que vais a poder beber y hacer el ridículo sin tener una cámara en la cara. ¿Cuándo empieza el programa?
—Veintiuno de agosto —respondí.
Ella alzó las cejas a modo de respuesta y dejó ver las palmas de las manos.
—¿Ves lo que te quiero decir? En el peor de los casos podrás volver a hacer el gilipollas el año que viene cuando empiece un programa nuevo, pero me imagino que no es eso lo que quieres, ¿no?
Liam se quedó callado unos segundos asimilando lo que acababa de decir, pero así parecían hacerlo el resto de los chicos, que miraban la mesa con miradas perdidas y con los pensamientos dando vueltas alrededor de sus cabezas como dibujos animados.
—Joder, tienes razón —dijo Niall asintiendo.
Jess entró de nuevo en la estancia con los hielos resbalándole en la mano y los dejó caer en el vaso de Ellen. Miró su reloj de pulsera.
—¡Nos vamos! —dijo y se levantó de la silla.
Los demás chicos también se levantaron y Jess, que aún no le había dado tiempo de sentarse, se quedó mirando la situación perpleja, posiblemente preguntándose por qué le había hecho ir a por putos hielos si planeaba marcharse ya.
Ellen le besó la frente.
—Lo siento cielo, no sabía que era tan tarde —dijo y le sonrió con sinceridad.
Ella frunció los labios sin decir nada mientras se ponía una rebeca.
Yo metí mi móvil dentro del bolso negro que me había dejado Ellen y esperé en la puerta con paciencia, sintiendo mis piernas temblar del alcohol que había consumido.
Harry se apoyó en la pared de enfrente mía y me sonrió con ternura y yo se la devolví sin saber qué decirle. Metió la mano en su bolsillo y sacó mi entrada. Me la tendió y se lo agradecí sin borrar mi sonrisa. Miré el pequeño trocito de cartulina morada con el número de serie que me correspondía. La estuve mirando un rato, sin saber qué decirle o cómo romper ese silencio que sí era más incómodo que todos los demás que habíamos compartido. Aunque, no me hizo falta, ya que el silencio lo rompió él.
—Estás muy guapa —dijo, con las manos detrás de la pared en la que estaba apoyado, con el rostro en el mínimo reflejo de la luz del salón, ya que el hall en el que estábamos estaba a oscuras. Pero le vi sonreír perfectamente.
Me sonrojé en seguida y agradecí la oscuridad, ya que me podía morir de vergüenza si se enteraba que estaba luchando por mantenerme en pie y no ponerme a sudar como una condenada de la emoción. No hacía especialmente calor, pero definitivamente podía sentir la temperatura de mi cuerpo subir escandalosamente deprisa.
—Gracias —respondí, intentando que sonara despreocupada y juguetona. No estoy muy segura de que así hubiese sido, pero yo hice mis esfuerzos.
Caminé hasta la casa a la que nos habían invitado como la última vez, con los brazos pegados a mi cuerpo y pretendiendo que no tenía nada de frío. Definitivamente no hacía ni la mitad que la última vez que estuve ahí, pero la diferencia estaba en que no llevaba nada puesto a parte de ese maldito crop top. Ellen me estaba contando cualquier cosa sobre cualquier persona sin parar, mientras a unos pasos delante nuestra se encontraba Jess hablando animadamente con Zayn, y a nuestra espalda el resto. A Jess se le soltaba la lengua con el alcohol, la podíamos oír desde nuestra posición ya que estaba casi gritando, aunque a Zayn pareció que le dio igual, ya que se reía con frecuencia.
Mientras Ellen hablaba y yo hacía como que la escuchaba, tuve que hacer un esfuerzo por no sobresaltarme cuando noté un peso en los hombros. Giré la mirada y vi cómo Harry colocaba su chaqueta sobre mis hombros con la mirada baja, teniendo una excusa para repasarme el cuerpo una vez más. Le sonreí.
—No hace falta —le dije.
—No digas bobadas. Se te ve temblar desde un kilómetro. Además, quería hacerlo.
Tuve que apartar la mirada para sonrojarme.
Entrelazó sus dedos en los míos mientras caminábamos.
—Me alegro que estés aquí.
Le sonreí de nuevo, aunque sin saber bien qué responderle a aquello.
—Yo me alegro que me hayas invitado.
Una pequeña sensación de decepción me cruzó el pecho cuando soltó mi mano para entrar al espacio al que nos había invitado, ya casi lleno de gente que había sido más rápida que nosotros. Nos dirigimos a uno de los sofás que estaba vacío y yo me senté en el suelo, asegurándome de que estaba limpio de antemano. Me acuerdo perfectamente que la canción de estaba sonando yo ya estaba bailando con los hombros al ritmo de ella. Ellen y Liam se iban a acercar a la barra para pedir sus consumiciones gratis que venían con la entrada y antes de que se marcharan, le tendí mi entrada y le pedí que me trajera una cerveza grande.
Harry, Niall, Zayn y Jess se habían sentado en el sofá dejándome completamente sola en el suelo. Sorprendentemente, Jess se sentó encima del regazo de Zayn para “continuar mejor su conversación” y yo aparté la mirada para soltar una carcajada al aire, dando gracias a la alta música de que no me escucharan.
Ellen se sentó a mi lado y Liam al suyo, y me tendió el vaso de cerveza más grande que había visto nunca. Me puse una mano en la frente mirándola con preocupación, sabiendo que si me bebía todo eso podrían pasar cosas. Ella respondió con una carcajada.
Jess se levantó del regazo de Zayn hacia la barra y volvió ella también con vasos de plástico algo más pequeño que el mío, y se sentó de nuevo en el regazo del chico, que la recibió con una sonrisa. Ellen me dio un codazo en las costillas y se acercó a mi oído.
—Qué calladita estaba la zorrona —comentó y me reí.
Le lancé una mirada a Harry, que estaba hablando con Niall. Me miró extrañado y señalé a los dos, hablando muy cerca de sus respectivas caras sonrientes. Él soltó una carcajada, Niall se tuvo que girar para mirar qué era aquello tan gracioso y abrió los ojos en sorpresa al ver a la pareja, que se comían con la mirada. Miré a mi lado y también Liam se estaba riendo, aunque los dos parecían no darse cuenta de nuestras burlas hacia ellos, ya que continuaron con su íntima conversación como si nada.
Comenzó a sonar Kesha y prácticamente obligué a Ellen a levantarse y venir a bailar conmigo. Detrás nuestra nos siguieron todos, ya que nadie quería interrumpir a nuestros empalagosos acompañantes. Fuimos a la zona donde la gente estaba bailando, dejando nuestras pertenencias con ellos.
Ellen y yo cantábamos a pleno pulmón sabiendo que nadie nos oiría gracias a la música. Ver a los chicos bailar mientras bebían fue una de las cosas más divertidas que he visto. Cantaban con nosotras mientras hacían sus movimientos de brazos más cómicos que otra cosa.
Un chico rubio de unas cabezas más alto que yo se acercó al grupo mirando al suelo como si estuviera buscando algo. Se giró para mirarme mientras bebía un trago de mi cerveza enorme y se acercó a mi oreja para hablarme.
—Perdona, he perdido la lentilla, ¿me ayudas a buscarla?
Me aparté unos centímetros de él para soltar una carcajada.
—¿Tu lentilla? ¿Cómo demonios quieres encontrar una maldita lentilla? —le respondí entre risas.
Los chicos cada vez eran más ingeniosos para ligar.
Él se rió también sutilmente y me tendió la mano para presentarse.
—¿Cómo te llamas?
—Jane.
—¿Jane? —preguntó, volviendo a pegar su rostro al mío.
Asentí.
—Encantado, Jane. Soy Damon.
Me volví a reír.
—¿Damon? ¿Ese es tu nombre verdadero?
Se rió y asintió.
—¿Quieres que te invite a algo? —me preguntó, señalando con el dedo pulgar la barra detrás suya.
Alcé mi vaso enseñándole que me quedaba más de la mitad de la noche con la misma bebida, si antes no se me ponía caliente.
Hizo una mueca de desaprobación y se encogió de hombros.
—Vaya, qué pena. Me hubiese gustado —dijo, y acarició un mechón de mi pelo entre sus dedos.
En ese momento me puse nerviosa y sin pensarlo, agarré del brazo de Niall, que estaba a mi lado y puse cara de decepción.
—Lo siento, tengo novio —dije.
Niall me miró y sonrió, y actuó con normalidad. Se presentó ante el chaval, que dio un paso como de dos kilómetros atrás y se protegió con las palmas de las manos.
—Perdona, perdona.
Y se marchó.
Volví a respirar de nuevo.
Ellen me miraba con la boca abierta, sin creerse lo que acababa de hacer.
—¿Por qué has hecho eso? —me preguntó.
—No me gusta.
—Ya, ya.
Ignoré sus insinuaciones y le di las gracias a Niall que me había salvado la vida.
Comenzó a sonar una canción que odiaba a rabiar y Ellen lo sabía muy bien. Comenzó a cantarla a todo pulmón y yo dejé que se me notara la gran desaprobación que le tenía. Harry se reía de mi cara mientras se acercaba a mí para bailarla a mi lado. Me tuve que reír y sujetarme muy fuerte para no caerme de lo muchísimo que me estaba excitando. Me sujetó de las caderas y prácticamente me obligó a bailar con él, aunque en ningún momento me quejé o hice ademán de moverme de mi sitio, disfrutando de sus manos en mi espalda y sus rizos acariciándome las mejillas. De pronto su cercanía se me fue arrebatada cuando una chica corrió hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que lo empujó hasta unos pasos más alejados que nosotros. Pretendiendo que estaba bien y no acalorada como estaba, bailé con Ellen ignorando a la chica.
Miré por el rabillo del ojo y allí estaba ella, Yina, con unas sandalias de tacón casi más altos que ella y un vestido ceñido blanco, con un vaso de tubo en la mano y hablando animadamente con Harry, sonriendo de oreja a oreja. El chico no se veía rehúso ante ella, es más, hablaba con ella animadamente y sonriente también, como si todo aquel incidente del día anterior no hubiese sucedido. Sentí una pequeña patada en el estómago al verme decepcionada, aunque traté de seguir bailando y riendo junto con la compañía que se me brindaba.
—Voy a ir a mear —le dije a Ellen.
Pasé por el lado de la pareja y “accidentalmente” dejé caer un poco de líquido de mi vaso encima de Yina.
—Dios mío, lo siento muchísimo, ha sido sin querer, ¿estás bien? —dije tratando de secarle con los dedos el vestido, sintiendo los ojos en Harry en mi perfil y satisfecha de haberle llamado la atención.
—Oh, Jane. Sí, tranquila. Eh, quería pedirte perdón por lo del otro día —respondió intentando ser amable.
Podía ver perfectamente sus intenciones. Esbocé una sonrisa intentando que fuera sincera.
—No pasa nada, no soy rencorosa. Oye, voy a ir al baño, ¿me acompañas? —no le dejé contestar a la pregunta, simplemente le agarré de la mano y la arrastré conmigo al servicio.
Me estaba comportando como una verdadera adolescente y me encantaba.
Cuando estábamos en la cola ya estaba arrepintiéndome de haberla llevado conmigo.
—Va en serio, Jane. Lo siento de veras, no lo he dicho para quedar bien delante de Harry, ni nada —insistió.
—Relájate, en serio. Que no pasa nada, yo también soy una cría a veces. Hay que aprender de los errores.
Lo dije para ofenderla, pero ella parece que se mordió la lengua y trató de ser madura y no empeorar las cosas. Quise decirle un par de cosas más, tal como que no me apetecía una mierda ser amiga suya y que cosas así no las iba a permitir, pero decidí dejar la fiesta en paz, y con un poco de suerte no tendría que volver que lidiar con ella.
Suspiré. Eso no iba a pasar, pero era bonito soñar.
Cuando volvimos nos dimos cuenta de que habían vuelto al área de sofás, y que Jess ya había bajado del regazo de Zayn. Harry estaba sentado en el sofá riendo por algún comentario de los chicos, y con mi vaso todavía en la mano. Me senté en el brazo del sofá, apoyando mis piernas en su regazo.
—¿Qué hace ella aquí? —dijo Ellen gritándome, para que ella también se enterase de que estaban hablando de ella.
Me encogí de hombros y Harry respondió por mí.
—Se iba ahora, ¿verdad?
Yina asintió y fingió una sonrisa.
—Ha sido un placer volver a veros, chicos. Nos vemos por ahí —y desapareció entre la gente.
Ellen bajó las comisuras de los labios en sentido de confusión mientras encogía los hombros. Bebió un trago de su vaso de cerveza y miró su reloj de pulsera.
—¡Jane! ¡Es tu cumpleaños! —dijo y se levantó tan rápido del suelo que no me di cuenta de que estaba abrazándome y casi tirándome del sofá. Harry tuvo que sujetarme de las piernas para que no me cayera al suelo.
—Felicidades —me felicitó el resto del grupo, mientras poco a poco se levantaban para felicitarme.
Jess y Zayn seguían hablando animadamente, pero no estaban tan pegados como antes. Ellen, que seguía a mi lado, dijo:
—¿Qué habrá pasado? ¿Se habrán dado el lote y no les habrá gustado?
Me reí y así lo hizo Harry, que también lo había oído. Seguía acariciándome las piernas.
Ellen volvió a su sitio en el suelo.
Me acabé el vaso de cerveza mucho antes de lo que había previsto, y cuando me levanté para obligar a todo el mundo a ir a bailar, tuve que agarrarme de la mano de Harry -que se reía de mí-, para no caerme.
—Oye, vamos a bailar.
En la pista de baile me volví a encontrar a Damon, que me sonreía desde la barra del bar y yo sentí que se me ponía la piel de gallina, pero no en el sentido bueno. Era guapo, pero no me transmitía ninguna confianza.
Harry en un determinado momento me sacó a bailar y de nuevo me demostró que era capaz de hacerme derretir tan sólo usando sus manos acariciando mi espalda mientras bailábamos. Sujetaba mi cadera y me miraba a los ojos al bailar, centrado en moverse con naturalidad y al mismo tiempo ser divertido con su sonrisa juguetona mientras hablaba conmigo, o cantábamos con la canción que estaba sonando en el momento.
—¿Te está molestando el chico ese de antes? —me preguntó.
Traté de no estremecerme cuando sentí su aliento chocar contra mi cuello, y reuní mis piezas esparcidas por el suelo para responderle con naturalidad. Hice un gesto con la mano restándole importancia.
—No te preocupes —respondí simplemente.
Me insistió un poco más con la mirada, pero al cabo de un tiempo se dio por vencido y volvió a centrarse en bailar conmigo.
¿Eran mis hormonas revolucionadas o estaba celoso?
Decidí que era buena idea preguntárselo.
—¿Estás celoso?
Echó la cabeza hacia atrás riéndose después de terminarse su vaso de alcohol y tirarlo al suelo. Se acercó a mí y volvió a poner su mejilla contra la mía.
—Tal vez —respondió.
Al separarse tan sólo unos milímetros de mí me miró a los ojos, y después de dedicarme una sonrisa, presionó sus labios contra los míos y enrolló su brazo en mi cintura, sujetándome las costillas con una mano, acariciándome la mejilla con la otra.
Le devolví el beso sin evitar sonreír en su boca, saboreando el momento y dejando que la música de fondo nos transportara con delicadeza. Mi cabeza daba vueltas, sentí su mano agarrándome la falda, acercando mi cuerpo al suyo todavía más, permitiéndome abrazar sus hombros con mis brazos. Hundí mis dedos en sus rizos y continuamos el beso como si estuviéramos solos en la sala, sin importarnos la gente que nos pudiera mirar, ignorando el hecho de que no habíamos venido solos. Yo, en el fondo, deseando que realmente estuviéramos solos, para así poder dejarle subir por mi falda con sus dedos, despacio y recorriendo mi piel milímetro a milímetro. Dibujar mapas con sus dedos en mis muslos, y buscar el tesoro juntos entre risas y besos. Nuestro alrededor se volvió borroso, pude sentir su aliento contra mi cuello segundos antes de presionar sus labios contra mi piel, y tuve que luchar con mucha fuerza por no soltar el gemido que se transformó en un jadeo. Se me puso la piel de gallina conforme subía sus dedos por mis brazos y me sujetaba el mentón para volver a besarme. Sentí el control de la situación deslizárseme entre mis dedos sin que pudiera hacer nada al respecto, mientras me miraba a los ojos y se hacía con ella con tentación en la mirada. Me sentí vulnerable, pero me encantaba la situación, constantemente expuesta a la duda y sorprendiéndome con cada movimiento que hacía. Me encantaba cómo bajaba sus manos por mi espalda y enredaba sus manos en mi pelo, yo poco acostumbrada a que alguien respetara mi espacio personal, pero eternamente agradecida por su respeto, por mucho que mi piel le chillara a gritos que se pasara de la raya.
Después de que mi móvil ya hubiese sonado como unas cuatro veces en mi bolso, tuve que separarme de él con un gruñido. Saqué exasperada el teléfono y miré la pantalla.
—Lo siento, tengo que cogerlo —le dije a Harry, que me seguía dedicando esa mirada que me ponía los pelos de punta.
Ciertamente no tenía que cogerlo, lo que tenía que hacer era tirar el móvil dentro de algún vaso y dejar que se ahogara con él, pero salí a la calle haciéndome paso entre la gente.
—Dan ¿qué coño quieres?
—Felicidades, enana —dijo, ignorando por completo lo que le había dicho.
Sacudí la cabeza incrédula.
—Vete a la mierda de una vez, ¿quieres?
—Jane— comenzó a decir, aunque colgué el teléfono antes de que pudiera acabar la frase.
Me puse las manos en la cabeza tratando de tranquilizarme y que las ganas de asesinarlo se rebajaran antes de volver a entrar, donde encontré a Ellen en un esquina enganchada de los labios de algún tío.
—Ellen, ¿me guardas esto? —dije tendiéndole el bolso.
Se despegó del chaval para mirarme a los ojos con dudas en su mirada.
—Me acaba de llamar Dan —respondí sin que ella pudiera decir nada.
Se puso una mano en el pecho ofendida y me sujetó del bolso sin pensarlo.
—El gilipollas ese, cuando por fin te habías lanzado… —dijo acariciando un mechón de mi pelo.
Puse los ojos en blanco.
—Bueno, no me tiene que costar mucho hacerlo de nuevo.
Ellen me sujetó de la mano y me arrastró de nuevo hacia donde estábamos antes. Traté de cambiar de humor, lo cual no me resultó difícil después de ver a Niall y a Harry bailando juntos una canción de Rihanna. Con la efusividad del momento no sabía qué había hecho con mi bebida, por lo que le robé el vaso a Harry que había dejado en la barra. El chico se acercó a mí nada más llegar y me sujetó del codo para hablarme en el oído:
—¿Va todo bien?
Asentí mirándole, esbozando una sonrisa.
—No te preocupes.
Me pellizcó la cintura sin separar la mirada de la mía. No era la primera vez que pasaba entre nosotros, así que no entendía por qué estaba tan nerviosa.
Sentí el codo de Ellen clavarse en mis costillas.
Giré la cabeza con la pajita en la boca para encontrarme a Jess y a Zayn, que se habían alejado de nosotros unos pocos metros, no disimular nada al darse el lote como si no hubiese un mañana. Ellen estaba riéndose y dando saltos exageradamente, por lo que tuve que reírme yo también, mientras Harry le señalaba a Liam con el dedo.
—Me debes un chupito —dijo después de desplazar la mirada hacia la pareja.
Liam se rió y los tres chicos se acercaron a la barra.
—¿Han apostado, en serio? —pregunté después de beber un trago.
Ellen se encogió de hombros y asintió.
—Liam ha tenido que invitarme a mí uno antes, porque no ha pasado ni media hora y ya os habéis enrollado.
Hice una mueca con los labios tratando de ocultar mi sonrisa y volví a meterme la pajita en la boca. Niall, cuando volvió, se colgó de mi hombro con un brazo y bailamos juntos un rato, hasta que me entraron ganas de ir al baño. Con tanto que estaba bailando ni me había dado cuenta de que Harry no había llegado todavía. De lo borracha que iba me dio bastante igual, por lo que me marché por entre la gente hacia donde estaba el baño.
Por suerte, la zona de sofás por la que tenía que pasar para ir estaba completamente despejada. Me acerqué hasta la puerta del pequeño descansillo entre los dos baños que había y tuve que quedarme parada antes de entrar. Yina había posado sus ojos en mí, con esa mirada característica suya, como si me estuviera advirtiendo de algo pero con una sonrisa en sus labios y una ceja alzada. Con las manos en su cintura, Harry besaba el cuello de su amiga.
Me puse una mano en la boca, no porque estuviera indignada ni enfadada, sino porque estaba borracha y realmente no quería que la carcajada que subía por mi garganta con rapidez saliera. Aunque, por la misma razón, simplemente tiré el vaso y me reí a carcajada limpia.
Avancé hacia ellos todavía con pequeñas risas saliendo por mi boca para entrar al baño, con la mirada de ambos encima mía, una diferente a la otra, pero sinceramente ni me atreví a mirarle.
—Perdona, tengo que mear, lo siento —dije, pasando por medio de ambos y encerrándome cuanto antes en el baño tan chiquitito que había.
Se me habían quitado hasta las ganas de mear. Ni siquiera sabía por qué, simplemente cerré la puerta y dejé de reírme de golpe. Me apoyé en la pared y me puse una mano en la frente intentando entender qué estaba sucediendo y cómo me estaba sentando aquella situación. Mi pecho no estaba distinto de otras veces, mi corazón estaba normal. ¿No se suponía que tendría que estar decepcionada? ¿Un poco enfadada aunque sea? Me encogí de hombros y me tambaleé hacia la cadena. Abrí la puerta bajándome un poco la falda y tratando de no tropezarme con las botas, para encontrarme a un Harry apoyado en la pared de enfrente con los brazos cruzados, esperando a que yo saliera.
Me erguí en seguida.
—Oh, hola —dije, me acerqué hasta el lavabo para lavarme las manos—. Llevo meándome media hora y ha sido llegar aquí y no echo gota —añadí por alguna razón, mirándome el maquillaje en el espejo y comprobando que estaba todo bien.
Sentí sus manos en mi cintura y me di la vuelta con rapidez, donde me encontré con su rostro muy pegado al mío. Quise dar un paso atrás, pero me vi atrapada contra la pared. Se alejó unos milímetros al verme incómoda y bajó la mirada.
—Jane —pronunció mi nombre con cuidado.
Alcé las cejas, esperando a que continuara.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
Otra carcajada.
—Sí, claro. Bien.
Para mi mala suerte, él también hizo un poco de experimentación por su parte.
Todavía con una mano en mi cintura y después de analizarme con la mirada, esbozó una pequeña sonrisa y se inclinó hacia mí. Mi sonrisa se borró y tuve que apartarme de sus intenciones. Me mordí el labio. No estaba enfadada, tal vez me molestara un poquito. Mi humor cambió de repente, haciéndole ver ahora a él lo incómoda que estaba con la situación, dejando de un lado mi humor juguetón, y mi corazón ahora martilleando con fuerza. Lo escuché suspirar, aunque todavía no me atrevía a mirarle a los ojos después de verme tan expuesta con mis sentimientos, dejándole ver que tal vez mis dudas eran serias y que no era tan sólo un amigo que besaba muy bien para mí. Sentí su mano deslizarse de mi cintura hasta que acabó en sus rizos, para luego meterse las manos en los bolsillos.
—Así que estás enfadada.
Alcé la mirada para mirarle, agarrando a la señora Fuerza de la mano.
Negué con la cabeza suave, aunque no me salían las palabras. Él se quedó callado, dejando que los pensamientos fluyeran por mi cabeza. El alcohol no me ayudaba en absoluto. Menos mal que no había acabado en llorera.
—Mira, no te preocupes, no me lo veía venir y ya está —dije, un poco más seca de lo que quise, cruzándome de brazos.
—Jane, en serio—
—Harry, no te preocupes por mí, ¿de acuerdo? Sólo somos amigos, por dios —dije, realmente con tono de enfadada, mirando al suelo y casi gritando. Puse las manos en puños y me marché de ahí antes de que el chico pudiera replicar nada ante mi comportamiento.
Maldito alcohol, estaba segura de que si no hubiese estado de por medio, todo aquello me hubiese causado risa, y no de la sarcástica. Pensaba en eso mientras me acercaba al grupo de gente con la que había venido.
Se me habían quitado las ganas de bailar. En el fondo de la sala pude ver a Yina, bebiendo de su copa mientras me miraba con una sonrisa de satisfacción en el rostro, con las cejas alzadas, de nuevo mirándome por encima del hombro. Me bebí lo que quedaba del vaso que tenía en la mano y le sujeté la mirada durante un tiempo, sin sonreír. Ellen siguió a su rollo, y yo no dejé de mirarla hasta que ella apartó la mirada.
Más que nunca sentí los ojos del chico del principio todavía en mi nuca. Se me estaba poniendo la piel de gallina, me puse extremadamente nerviosa cuando apareció el moreno de nuevo, con una sonrisa en la cara como si no hubiese pasado nada, en seguida bailando con Ellen o con quien fuese. Yo intentaba ocultarlo, de verdad, y todavía no sé qué era aquello que me estaba pasando y por qué.
¿Eran celos? ¿De qué? ¿De que hubiese besado a la chica que me miraba como a una amenaza después de besarme a mí? Ya no lo etiquetaba como celos, sino directamente como enfado y decepción, aquellos sentimientos que anteriormente me había planteado en el baño, estaban apareciendo como setas en el otoño. Y no sabía qué hacer respecto a ellos, ni cómo analizarlos.
Pasé olímpicamente de mis pensamientos y debates internos, y los callé acercándome a la barra, donde los ojos que segundos antes me agujereaban la nuca me recorrían de arriba a abajo mientras me acercaba a él, dejándome guiar por mi lado juguetón que había sido despertado por el alcohol.
—Hola —dije, apoyándome en la barra con los codos y dejaba que me mirase a los ojos con una sonrisa juguetona.
—Jane, ¿qué tal estás?
—Sedienta, ¿sigue estando en pie eso de la bebida? —dije sin apartar la mirada de la suya.
Si algo sabía hacer era ligar.
Bajó la mirada hacia su vaso para soltar una risita y le hizo un gesto con la mano al camarero, quien en seguida colocó un vaso encima de la barra y sirvió un líquido azul en él. No dudé en agarrarlo y darle las gracias al camarero, para girarme y volver a poner ojos en el chico que ya no me parecía tan poco atractivo como antes, no sin antes asegurarme de que no echaba nada raro a mi vaso, aunque francamente, no había necesidad de ello. Sujeté el vaso entre las manos y le miré antes de pegarle un trago.
—¿Y tu novio? —preguntó el chico, mirando a Niall de reojo.
Volteé la mirada y me tropecé con los ojos de Harry, que vacilaba su mirada entre yo y el chico rubio que me miraba de arriba a abajo. Traté como pude esquivarla y de no brindarle ni un sólo segundo de mi tiempo. Niall bailaba con su característica sonrisa en los labios, ajeno a todo aquello que estaba ocurriendo en mi mente y en mi pecho, que seguía dedicándome miradas llenas de prejuicios y advertencias, de las que pasaba olímpicamente.
Volví mi mirada con una sonrisa al chico. Hice un gesto con la mano restándole importancia.
—Estoy enfadada con él, ni te ralles —dije sonriendo, mirando mi vaso mientras daba otro trago.
Sabía amargo y demasiado a alcohol, pero no me importaba demasiado. Sabía que me arriesgaba a otro coma etílico, o por lo menos a pasar el día siguiente preguntándome qué es lo que había pasado, pero, de nuevo, me daba todo igual. Por lo menos tendría una excusa.
Lo siguiente que recuerdo es acercarme al chico y juntar mis labios con los suyos, demasiado grandes para mi gusto. Me besé con él por lo menos durante unos cuantos segundos, y sentía sus manos bajar por mi espalda y agarrarme el culo sin ninguna vergüenza.
Cosas de adolescente que no tiene ni pies ni cabeza, pero que hice igualmente, porque parecía una buena idea intentar poner celoso a alguien del que ya contaba con su atención. No hacía falta. Errores y errores. Siempre era igual.
Me separé de él con una sonrisa, ahora no tan segura y algo incómoda. Le acaricié la cara intentando parecer que todo iba bien y que no tenía ganas de tirarme por el puente más cercano. Ni siquiera me despedí, me alejé de él. La mirada de Harry estaba clavada en la mía. La apartó en seguida, recibiendo el mensaje.
Sujeté la mano de Ellen y la arrastré hasta fuera del local.
Conmigo no se juega.
Me di la vuelta rápidamente para encontrarme con la mirada llena de lujuria por el conocimiento de Ellen.
—¡Jane! —gritó, única y exclusivamente para llamarme la atención, aunque yo ya estaba mirándola.
Traté de evitar sonreír, pero mi reacción fue al contrario; me mordí el labio y tuve que apartar la mirada.
Me agarró de las manos y me hizo sentarme en mi cama, que para ser pequeña, hacía muchísimo ruido.
—Tía, sabía que estas vacaciones iban a ser geniales, pero no sabía que me ibas a traer a la Casa del Drama, ¡me encanta!
Me encogí de hombros y de nuevo la cama crujió bajo el peso de Jess, que se sentó al lado de Ellen con la misma cara de satisfacción en el rostro.
—Cuando te has ido al patio, Yina ha empezado a gritar cosas y te lo juro, Niall casi muere de un ataque de risa, me estaba dando mucha envidia, porque era super super gracioso —dijo Jess, algo más calmada que Ellen, la cual asentía con las palabras de nuestra amiga.
—Harry estaba muy enfadado con ella, nunca le he visto así. Estaba venga mirar hacia donde habías ido, y te juro que parecía preocupado. Al rato de estar diciendo gilipolleces y cuando ha visto la cara de Harry, Yina se ha puesto a llorar desconsoladamente. Creo que estaba colocada mínimo...
—¡Ha sido genial! De verdad, te has perdido lo que podría ser el potencial ganador a “Mejor Escena de Drama”, en serio.
—Me hubiese encantado estar ahí, de verdad —dije con fingido arrepentimiento poniendo fin a las frases tan entusiastas de mis amigas, poniéndome una mano en el pecho dramáticamente—, estaba ocupada siendo insultada por esa imbécil.
—¡Te lo puedes creer!
—En serio, cuando ha empezado a decir todo eso casi me meo encima, no sé si del gusto o de qué, ha sido tan embarazoso… para ella, claro, ¿quién se pone en esa situación a sí mismo? —Jess gruñó en frustración pero sin dejar de sonreír.
—Estoy por llamarle y darle las gracias por animarnos así la noche. Y por hacer exactamente lo opuesto a su plan, porque ha ido corriendo detrás tuya. ¡¿Qué ha pasado?!
Puse los ojos en blanco, pero eso no me impidió sonreír como una estúpida. Tuve que morderme los labios y apartar la mirada.
—Ha estado bien —dije con simplicidad, aunque mi estómago dio un vuelco ante mi mentira.
Las dos se quejaron en seguida, al unísono, incluso Ellen me pegó en el hombro.
—Vamos, no seas imbécil, cuéntanos.
Me encogí de hombros y traté de no hacer contacto visual con ellas.
—Me ha tirado a la piscina, otra vez.
Jess y Ellen se miraron entre ellas con los ceños fruncidos, decepcionadas.
—¿Y qué mas? —insistió Jess, con todavía ese pequeño brillo de esperanza en el rabillo del ojo.
—Nada más, nos hemos divertido. Pero ahora tengo frío y tengo que dormir con el pelo mojado —dije entre risas, aunque parecía que no tenía tanta gracia, ya que las dos se me quedaron mirando como si hubiera roto su castillo de arena de una patada.
—¿En serio? ¿No te ha besado?
—¿O intentado, por lo menos?
Me rasqué la sien negando con la cabeza, todavía sonriendo.
—¿Por qué iba a hacerlo? Somos amigos.
Ellen volvió a pegarme en el muslo, ahora todavía más fuerte.
—¡Deja de decir eso! Vamos, Jane, he visto cómo os comportáis, dejaos de gilipolleces ya.
Puse los ojos en blanco, ahora sin estar tan divertida como antes.
—Tías, sois unas pesadas. Si quisiera que pasara algo, no os preocupéis, que ya lo hubiese hecho. El hecho de que me sienta super atraída hacia él no significa que tenga que pasar nada.
Las dos me devolvieron la mirada de nuevo como si las hubiese ofendido, ambas con las cejas alzadas, incluso se cruzaron de brazos a la vez, con los labios fruncidos y juzgándome con la mirada.
—¿Qué? —dije al final al ver que no me iban a decir nada más sin que las incitara a ello.
—Acabas de decir que te sientes atraída hacia él —dijo Jess rompiendo su unión de brazos y sustituyendo la mirada de indignación por una de completa incomprensión.
—¿Y qué? Eso no significa nada, sé que está ahí y es muy divertido tontear así, y la tensión y todo me gusta. Nunca he sentido nada parecido ni me lo he pasado tan bien con alguien, así que os agradecería que me dejaseis tomarme las cosas como a mí me parezca.
Jess volvió a soltar un gruñido de desaprobación, pero Ellen me mantenía la mirada. Su semblante había cambiado; sus hombros estaban bajos y su mirada vacilaba entre mis rodillas. Soltó los brazos rendida.
—Ugh, odio cuando tienes razón. Tenemos que dejarla que se lo pase bien. Además, de este finde no pasan, Louis se va mañana a la noche por no se qué.
—¡Ellen! Para ya.
Ella levantó los brazos y me dejó tranquila. Jess parecía que tenía ganas de seguir discutiendo, pero tras ver la mirada que le estaba dedicando, bajó de mi cama y se fue a la suya, donde comenzó a desvestirse.
Estuve un rato en silencio, escuchando cómo las dos hablaban como si estuviera en otra habitación y nos separara una pared; sólo oía ruido y no entendía nada por más que quisiera. Mis pensamientos en esos instantes eran demasiado atronadores como para escuchar nada más, repentinamente. Dejé de jugar con mis uñas y le resté importancia a la siguiente pregunta, o por lo menos, eso intenté.
—¿Adónde se va Louis? —pregunté con voz pequeña, interrumpiendo sus palabras.
Pude ver cómo volvían a compartir miradas cómplices entre ellas con sonrisas socarronas, aunque no me dijeron nada y se lo agradecí en silencio.
Ellen en bragas y con la camiseta de tirantes todavía puesta, se volvió a sentar encima de mi cama sin borrar esa sonrisa de su rostro.
—Louis tiene que ir a casa para una cosa de su hermana, pero vuelve el sábado, no te preocupes. Estará aquí para tu cumpleaños.
Así que la idea de que había una gran posibilidad de que mañana íbamos a salir y el hecho de que Harry dormiría sólo en su habitación era demasiada tentación para mi mente. Aunque mi parte racional trataba de luchar para intentar parar la lluvia de imágenes y las sensaciones en consecuencia de ellas; demasiado agradables, para que toda mi lucha por contener mis sentimientos fueron en vano, ya que cuando mis dos amigas estaban manteniendo una conversación, lo único en lo que yo podía pensar era en aquello que estaba ocurriendo en mi estómago. Tenía la sensación de que estaba sucediendo algo extraño, que me hacía cosquillas agradables en el pecho, que se extendía por todo lo largo de mi cuerpo. Hasta después de que Ellen y Jess ya se habían callado, yo todavía seguía dando vueltas en la cama sin conseguir pegar ojo, con una sensación de calor que me sofocaba.
Nunca había entendido aquella frase de mi libro favorito. Siempre le había dado vueltas a dichos y a las supuestas sensaciones que debería sentir cuando alguien te excita y por qué yo no las había experimentado nunca. Siempre había pensado que ese tipo de cosas eran un mito, algo que los escritores de mis historias favoritas les gustaba romantizar de más para dramatizar. Una exageración de las sensaciones para crear expectación. No me había planteado que aquello era posible sentirlo de verdad. Hasta ese mismo fin de semana.
“Mariposas en el estómago. Menuda estupidez; más bien parecen abejas asesinas”. Vaya que sí parecían abejas asesinas, vaya que sí sentía que cada movimiento cerca suya era más torpe que si él no hubiese estado mirándome. Sí sentía ese cosquilleo subirme por los brazos, calambrazos en los sitios que me rozaba, el estómago dando brincos en mi vientre cada vez que me miraba, o decía mi nombre. ¿Por qué todos esos sentimientos eran tan nuevos para mí? Había estado en una relación de dos malditos años, ¿por qué estaba experimentando todo aquello justo entonces? Todo aquello que yo pensaba que estaba sintiendo acerca de Dan, no era comparable con todo aquello que mi cuerpo y mente inexperta de adolescente estaba sintiendo, todas las emociones físicas; nunca alguien me había puesto los pelos de punta con tan sólo rozarme, aunque fuese sin querer. No conseguía entender qué era aquello que hacía él para hacerme sentir de esa manera. Ni siquiera tenía tiempo de pensar en si él sentía algo parecido conmigo, estaba demasiado centrada en entender y analizar todo eso tan novedoso. Sabía tan dulce y me calentaba de tal manera el pecho, que no podía evitar sentirme abrumada. Era agradable.
“No hubiese dicho que no”, la voz de Harry rebotaba en mi cabeza cuando mi mente decidió ser extra cruel conmigo, estando ya harta de sentimientos confusos. No hubiese dicho que no; tuve que taparme la cara con las manos y destaparme de la sábana, que se me estaba pegando al cuerpo del sudor. Estaba frustrada de lo muy confusa que me sentía; y sobre todo con el hecho de que a mi cabeza se le ocurriese analizar cada uno de mis sentimientos en la madrugada, cuando sólo quería dormir.
Sólo pensar en la piscina, en cómo me sujetaba los muslos, y las gotas que caían de su pelo me mojaba los hombros, rodeados de agua tan fría que al mismo tiempo podría estar hirviendo. Y no nos daríamos cuenta.
—Mente, basta por favor —dije en voz alta, sabiendo que mis amigas llevaban unas horas dormidas.
Me puse la almohada en la cara y me obligué a dormir una y otra vez. Aunque dormí muy poco esa noche. Aunque, las horas que lo hice, dormí como un bebé.
Alrededor de las ocho y media de la mañana y con muy pocas horas de sueño, decidí que me levantaría de la cama y haría algo productivo. Con suerte mis sentimientos se habían relajado un poquito y ya me estaban dejando respirar normal, y me habían devuelto mi temperatura corporal normal.
Cerré la puerta detrás mío y bajé las escaleras. Al entrar en la cocina, casi me choqué de lleno con el pecho de Harry, que casualmente salía de ella. Jadeé del susto y me sujeté el pecho con una mano.
—¡Mierda! Qué susto me has dado, joder —dije medio riéndome, dando un pequeño brinco.
—¿Qué haces despierta a estas horas? —me respondió, volviendo a entrar para dejarme pasar.
Me encogí de hombros.
—No he dormido casi nada —dije restándole importancia—. Y que sepas que este pelo es culpa tuya —añadí, señalándome la cabeza con un dedo.
Soltó una pequeña risa.
Me senté en el sofá con las piernas cruzadas, con las manos metidas en las mangas de mi jersey, rezando por que mis hormonas se comportaran cuando se sentó, colocando una mano en mi rodilla desnuda, restándole importancia e ignorando los escalofríos que me recorrían la piel. Traté de no centrarme en ellos, me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja.
—A ti te gusta mucho el factor X, ¿no? —me preguntó de la nada.
Asentí.
—¿Bromeas? Cada año le escribo un e-mail a Simon a ver si va a hacer DVDs con las temporadas. Mi mejor amigo cumple a finales de noviembre y sabe que si su cumpleaños cae un sábado no me va a ver hasta después de las diez de la noche, son horas sagradas para mí —respondí entre risas.
Harry se rió conmigo.
—¿Por qué lo preguntas?
Se encogió de hombros.
—Pues, hemos estado ensayando, los chicos y yo, toda la semana y hemos decidido que no queremos sobre-ensayar, así que se supone que hemos terminado. Pero me preguntaba si nos podrías dar consejos.
Alcé las cejas en sorpresa.
—¿Me estás preguntando a ver si puedo ser juez? —dije emocionada.
Se rió.
—Más o menos.
—¡Me encantaría! —exclamé casi gritando—. Sería un honor para mí —me acerqué a él para darle un abrazo.
Soltó otra risita.
En ese instante, con la cabeza más despejada, agradecí que los sentimientos me inundaran los pulmones por la noche; prefería mil veces pasarme todas las noches de mi vida sin dormir antes que derretirme y ponerme nerviosa en su presencia, cuando ya había domado lo mejor que pude mis emociones, ya que así es exactamente como habría reaccionado sin todas las cavilaciones y vueltas en la cama, con los ojos abiertos de par en par.
Seguimos nuestra conversación como si no estuviera pasando nada dentro de mi cuerpo, ahora mucho más controlado que antes, mucho más agradable que otras veces, si cabía. Agradecí la calma, por mucho que sólo me duraría unos segundos. Llegué a sentir cosas que en esos momentos realmente me gustaban. Ya no sentía que me ahogaba por las olas que me azotaban cada vez, llenas de emociones desconocidas que sólo me desorientaban y me dejaban muy mojada. No sólo en sentido figurado. Con mi cabeza más ordenada y sujetando mi corazón con correa, fui capaz de darme cuenta de cada uno de los movimientos del chico; cuando se movía cada vez más cerca de mí, cómo me miraba cuando me reía, cuando empezó a jugar con mis vaqueros cortos y deshilachados, con los cordones de mis zapatos, para luego esconder sus manos en un cruce de brazos, dándose cuenta de sus actos reflejos que su cuerpo necesitaba para sentirme cerca.
Y qué bien sentaba.
—He oído que mañana es tu cumpleaños.
Gruñí poniendo los ojos en blanco.
—Sí, has oído bien —dije seguido de una risa nerviosa.
—¿Cómo quieres celebrarlo?
—Estaría guay ir al sitio al que fuimos cuando vine la última vez.
Apartó la mirada y se quedó en silencio durante unos segundos, mordiéndose el labio pensativo. Asintió devolviéndome la mirada.
—Sí, vale. Podemos ir esta noche si quieres; creo que puedo conseguir entradas.
—¿Son muy caras? —pregunté por curiosidad.
Negó con la cabeza.
—Tranquila, me las dan gratis, no te preocupes por eso.
Nos interrumpieron la conversación unos ruidos provenientes del piso de arriba, donde pudimos escuchar gritos y carcajadas junto con puertas dando portazos salidos de la nada. A Harry ni le dio tiempo a dirigirme la mirada, se levantó del sofá a tal velocidad que ya estaba en el segundo piso antes de que yo pudiese darme cuenta de que se había movido. Jess bajaba las escaleras con cara extrañada y el ceño fruncido, mirándome divertida.
Se sentó a mi lado en el sofá.
—¿Qué pasa arriba? —pregunté.
—Se estaban peleando por la ducha y ha desencadenado en una lucha de almohadas, parece ser —respondió encogiéndome de hombros.
Solté una carcajada y me levanté del sofá para ir a ver qué es lo que estaba ocurriendo. Los ruidos venían de la habitación de Harry, donde se podía escuchar claramente las risas y las voces de los chicos dentro. Me quedé en el umbral de la puerta contemplando el panorama; Niall en una esquina rojo de la risa mirando cómo Louis y Zayn se abalanzaban contra los otros dos chicos, Harry riéndose y Liam con agobio debajo del resto. No sé cómo habían conseguido colocar a Harry por debajo si acababa de llegar escasos segundos antes que yo. Niall se subió a la cama doble uniéndose a la pelea, mientras Liam sacaba su brazo en mi dirección.
—Jane, ayúdame por favor —dijo como pudo entre carcajada y carcajada.
Me reí.
—¿Me vacilas? Con lo bien que me lo estoy pasando…
Escuché una puerta abrirse de par en par detrás mía, y una enfadada Ellen con el pelo revuelto y con el albornoz corto puesto entraba en la habitación con pasos fuertes y grandes. Puso los brazos en jarras y miró la escena con el ceño fruncido.
—¡Os queréis CALLAR! —gritó, haciendo que las cinco cabezas se giraran de golpe y las voces callaran, exceptuando la risa de Niall que todavía se escuchaba de fondo.
El silencio duró tan sólo dos segundos, ya que los chicos pasaron de ella olímpicamente.
—Ellen, son las diez de la mañana, relájate un poquito —le dije yo, todavía apoyada en el marco de la puerta con brazos cruzados.
Me miró con una mirada asesina, con sus pelos saliéndole de la trenza y cayéndole encima de la cara. Apretó los puños y salió de la habitación dirigiéndose al baño.
Era mala la situación si te atrevías a despertar a Ellen, todo hay que decirlo.
Los chicos se calmaron y me senté en el borde de la cama.
—¿Cuando vais a cantar para mí? —dije con brillo en los ojos, ansiosa.
Escuché las carcajadas de Harry por algún lado, pero no lo pude ver.
Los chicos se miraron entre sí.
—Después de ducharnos y desayunar, si quieres —me respondió Niall.
Asentí sonriendo, emocionada.
—Vale, guay —me levanté de la cama y bajé las escaleras.
Me encontré con una Ellen todavía en pijama, enredando en la cocina.
—¿Qué tal has dormido? —le pregunté.
Se giró con brusquedad.
—Pues muy bien, hasta que esos imbéciles me han despertado —dijo sin dirigirme la mirada, demasiado enfrascada en hacer la cafetera funcionar.
Me acerqué a ella y la ayudé con una sonrisa en la cara, intentando no reírme ante su mal humor. La escuché suspirar y se giró para mirarme a la cara, dejándome que lidiara yo con la máquina, mientras se apartaba los pelos de la cara con los dedos.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer hoy? —dijo, intentando no sonar enfadada.
—Posiblemente vayamos a la noche al sitio que te dije, acabo de hablar con Harry.
Se le iluminó la cara enseguida, cambiando repentinamente su humor. Comenzó a mover los brazos en señal de victoria y a cantar en bajito, y se bebió el café sin esperar a que el resto de los integrantes de la casa bajaran a desayunar.
🍃🌸🐠
Después de comer, fuimos al río a pasar la tarde antes de empezar a prepararnos para salir. Louis se disculpó conmigo por no poder estar esa noche celebrando mi cumpleaños, aunque sinceramente no era algo que me importara mucho, ya que para mí no estábamos celebrando nada, aunque me pareció super tierno.
Louis era un chico que me caía especialmente bien. Los demás chicos me caían también muy bien, pero él era el único que no tenía una concha alrededor de su cabeza que le impedía hablar con normalidad. Tenía la lengua muy suelta y decía todo lo que fuera necesario decir para que el ambiente no se cargara, o simplemente para hacernos reír. Jess, en cambio, vi que estaba en muchos momentos incómoda y sintiéndose fuera de lugar, y en parte la entendía. Ella estaba como el resto de los chicos, pero sin tener la presión de tener que hacerse amigo de esa gente, y se veía que era introvertida. Aunque, a pesar de todo aquello, se esforzaba, por mucho que sólo estuviera sentada sin decir nada, simplemente disfrutando de la compañía y riéndose cuando había que reírse. Por ello Jess y Zayn se hicieron muy buenos amigos y desde entonces pasaban mucho tiempo juntos, en silencio, disfrutando de la tranquilidad, tomando el sol los dos solos. Eran tímidos, pero los dos eran muy presumidos.
Ellen se pasaba los días pidiéndome que le sacara fotos con su móvil, que tenía una calidad pésima, pero aún así se esforzaba por ser una pesada integral e insistirme continuamente en hacerlo igualmente. Siempre había hablado de comenzar una carrera de modelo, y hasta ese día había conseguido pequeños trabajos en compañías pequeñas, junto con el baile. Sería mala en los estudios, pero las redes sociales las tenía agarradas con las manos tan fuerte que ya contaba con más de cinco mil seguidores y subiendo. Ella y su padre no tenían demasiado dinero; vivían en Brixton y ella sólo podía costearse el instituto y sus viajes hasta él gracias al testamento de su madre, que era única y exclusivamente para la educación de su hija. Su madre murió cuando ella tenía siete años, pero no quiero hablar de eso ahora. Ya te lo contará ella si eso es lo que quiere.
Tengo que decirlo, el barrio en el que había pasado mis días adolescentes era un barrio acomodado y con gente pudiente, con trabajos en altos cargos y con facilidad económica de la que mi familia brindaba cada mes, sin preocupaciones de ese tipo. El colegio al que iba era más de lo mismo, gente estirada y pija, que te miraban por encima del hombro si sabía que tuviste que comprar el uniforme del colegio de segunda mano porque no podías costearlo de otra forma. Sí, hay gente muy mierda en mi instituto. Que Ellen tuviese que venir desde Brixton, que está al sur de Londres, era algo a lo que los estudiantes no estaban acostumbrados. Dan, a pesar de ser también de mi barrio junto con Ethan, ambos acostumbraban a pasarse fines de semana enteros en el sur de la ciudad, cosa que al principio me daba demasiado miedo, y que al final acabé arrastrándome por esos lares también. Aunque esa historia es para otro día, lo prometo.
Pese a todo aquello, realmente estaba contenta por Ellen por todo lo que había conseguido y por fin verla con un propósito en la vida, por muy inalcanzable que yo lo veía; la veía trabajar todos los días muy duro por conseguirlo, con el objetivo en la cabeza y dispuesta a hacer lo que hiciera falta. Se colaba todas las veces que podía en unas clases de baile masivas que organizaban en el centro de Londres arriesgándose a que la pillasen sin matrícula, aunque ella me lo decía siempre; no tenía nada que perder.
Es gracioso mirar atrás de esta manera. Me acuerdo perfectamente. Muchas de las cosas que he contado las he conseguido reconstruir gracias a muchas conversaciones con las personas involucradas y son completamente arbitrarias, recuerdos vagos, recopilaciones distintas de los hechos; pero esa imagen la puedo ver claramente todavía en la retina de mis ojos.
El aire dorado colgaba por encima nuestra mientras el sol se colaba por los árboles que se encontraban en el horizonte a tan sólo unos pasos, poniéndose poco a poco, chocando contra el agua y pegando directamente en los ojos. Los chicos todavía estaban en el agua, disfrutando de los últimos minutos de luz del día, riendo por cualquier tontería, salpicándose mutuamente y luchando con las piedras que pisaban tratando de no caerse. Yo, sentada encima de la hierba con Ellen a mi lado sacando fotos y Jess en el agua junto a ellos. Tuve que ponerme ya el jersey porque, ya que ellos no parecían darse cuenta, había empezado a hacer frío.
Harry salía del agua y se acercaba a mí con una sonrisa, con su pelo mojado y las gotas de agua rodándole por el cuerpo.
Me ofreció su mano para ponerme de pie.
—Eres una sosa —dijo sin más.
Coloqué mi mano a modo de visera para verle la cara desde el suelo, pero aún así un halo de luz le rodeaba la cabeza y apenas podía verle los ojos.
—¿Estás loco? —dijo y sin hacer caso a mi rechazo, agarró mi mano y tiró de mí haciéndome levantarme.
—¡Me estáis tapando el sol! —se quejó Ellen.
Ambos la ignoramos mientras me arrastraba con él hacia la orilla. Antes de poder siquiera quejarme, me sujetó de las piernas y me colocó encima de su hombro como un maldito saco de patatas.
—¡Bájame!
Dios mío, en esos momentos sólo pude pensar en lo mucho que tenía que pesar encima suya, pero él pareció no darse cuenta. Me sujetaba de las piernas y los demás chicos ya estaban riéndose a carcajada limpia. Intentaba con toda mi alma no pensar en que sólo llevaba puesta la braga del bikini y no sentirme completamente incómoda ante la situación.
—¿Quieres que te suelte?
Puse los ojos en blanco y le pellizqué la espalda, aunque lo único que conseguí fue que diera pequeños manotazos al aire intentando hacer que parara.
—No —suspiré dándome por vencida, sabiendo que si decía que sí podría meterme en problemas.
Escuché las carcajadas de Ellen en el fondo, y apoyé mi codo en su espalda para poder apoyar mi cabeza en la mano, aunque no era tan cómodo como Fiona en Shrek lo hacía parecer.
—Vamos, Harry, por favor, ¿puedes bajarme? —intenté ser educada para ver si así conseguía algo.
Vi la cabeza de Liam asomarse para ver mi estado, y se marchó en seguida para continuar riéndose.
—Está roja.
—¡Pues claro que estoy roja, idiota! —respondí.
Harry me puso en el inestable suelo del agua y tuve que agarrarme a Zayn para no caerme al notar las cuchillas del agua fría clavándose en mi piel una a una con muy poco cuidado.
—Mierda, está helada. Hacen veintitrés grados, por dios —dije, andando con cuidado de nuevo hacia la orilla con una sonría torcida, agarrándome de la persona más cerca a mí para no caerme de bruces al agua, sintiéndome completamente inexperta en aquel territorio y en mis chanclas muy poco adecuadas para aquellos terrenos.
—Oye, me aburro, vámonos a casa, que entre que nos duchamos todos, no salimos de casa hasta las once de la noche —dijo Ellen levantándose y sacudiéndose la arena de su sudadera.
Increíblemente los chicos hicieron caso a la primera, dándose cuenta de la hora y de que Ellen probablemente tuviera razón.
Louis se tuvo que ir y yo me puse muy triste, ya que en los dos días que habíamos compartido había tenido una conexión con él, y me hubiese gustado poder compartir también la noche con su presencia. De todas formas no me do tiempo a pensar en eso durante mucho más tiempo. La casa estaba muy animada, la gente entraba y salía de la ducha, algunos cocinaban mientras otros se vestían y preparaban. Estaba contenta, ya que todo aquello había sido gracias a mí, y se estaban moviendo para prepararme una noche divertida, y aunque probablemente para ellos simplemente fuera una excusa para pasarlo bien y beber, a mí no me importaba en absoluto.
Los dos últimos cumpleaños no habían sido demasiado divertidos. Cuando cumplí catorce decidí por una estúpida razón que era una buena día pasar el día entero con Dan, por mucho que mis padres no me dejaran. Me escapé de las clases particulares y cuando volví a casa a las tantas de la noche, mi madre tenía literalmente el teléfono en la mano, lista para llamar la policía. En mi mente toda aquella discusión que tuve con mi familia había valido la pena porque había pasado el día con mi novio, y había perdido la maldita virginidad con él. Y me sentía super mayor y super madura y todo eso. Eso es lo que él estaba venga repetirme; eso es lo que hacen las chicas maduras. Aunque, dos noches más tarde, lloré durante horas y horas pensando en que había cometido el mayor error de mi vida, para al día siguiente continuar como si siguiera estando super orgullosa de aquello. Como si tuviera algo que demostrar a alguien. O a mí misma. Todavía no estoy segura. El del año pasado simplemente pasamos el día en una bajera en Brixton rodeados de drogas y sin aprender mi lección para nada, con gente que no era nadie en mi vida. Ninguno de mis cumpleaños recientes los había pasado con más de dos personas. Aquello me ponía los pelos de punta de felicidad, y era tan extraño que todavía no podía creer que aquellas personas completamente sanas y buenas fueran a pasar conmigo mi decimosexto cumpleaños.
Ahí estaba yo, en mitad de aquel caos, como si todo a mi alrededor estuviera emborronado y con un filtro cálido, unos cuantos segundos más rápido de lo que iba mi mente, como una película mala de navidad, donde el protagonista se da cuenta de que tiene la mejor familia del mundo. Así me sentía.
Ellen me había escogido la ropa para esa noche cuando salí de la ducha. Me gustaba que hiciera eso, ya que ella conocía mi estilo a la perfección, pero cada vez que hacía algo así, colocaba algo sutilmente suyo, como un colgante dorado o un cinturón que yo no me pondría, pero que queda perfecto con el conjunto, y que sólo a Ellen se le ocurría.
Me había preparado un crop top suyo negro ajustado, con escote en pico y con tirantes gruesos, y una falda también negra, y aquello le añadí yo mis medias de rejilla y mis botas de plataforma.
—Me voy a morir de frío —dije mientras me maquillaba los ojos.
—Pues le pides la chaqueta a Harry, que para eso está.
Me reí y ella me echó la bronca por moverme.
Cuando bajé las escaleras fui directa a la cocina para ayudar a quien fuera que estuviera cocinando, y me encontré a, sorpresa, Harry con un delantal puesto. Intenté no reírme y me coloqué a su lado.
—¿Tienes otra de estas? —dije haciéndole girar la cabeza muy rápido y tratando de no asustarse.
Intentó con todas sus fuerzas no repasarme con la mirada siete veces, ya que pude ver en su semblante que con una vez no le había sido suficiente. Sutilmente me mordí el labio satisfecha con su reacción. Tratando de ocultarlo, se rió y bajó la mirada a la sartén.
—Sí, en ese armario, no queremos que te manches.
Era gracioso porque con aquellos zapatos era casi de su misma altura y podía verse que aquello le incomodaba un poco, ya que no tenía el mismo control sobre mí como de normal. Y eso me encantaba.
Tras seguir sus indicaciones, me puse el delantal alrededor de mi cintura. Traté de ayudarle en lo que me pedía y cocinamos durante unos minutos en completo silencio, con el barullo del fondo como banda sonora. No era incómodo para nada, pero había una pregunta en especial que me preocupaba y que necesitaba conocer la respuesta si no quería llevarme una sorpresa.
Me aclaré la garganta para hacerle saber que allá iba, y él en seguida me dedicó su atención con la mirada.
—Hm… —comencé mi frase vacilante, con mi mirada puesta en la cebolla que estaba cortando—, así que… ¿va a estar Yina? —dije finalmente.
Esbozó una pequeña sonrisa tierna sin separar la mirada de lo que estaba haciendo, y no pudo evitar reírse en bajo.
—Bueno, no lo sé. Probablemente sí, yo no le he dicho nada, pero posiblemente nuestros amigos de clase y todo eso irán. Y ella también.
Tuve que poner mi peor cara de horror, ya que volvió a reírse.
—No te preocupes, en serio. Estaba colocada el otro día y… se le fue un poquito de las manos.
Abrí mucho los ojos.
—¿Colocada? ¿Y no compartió con el resto? —bromeé, y de nuevo le hice reír.
Justo cuando el chico fue a contestar, Ellen entró en la cocina y puso los brazos en jarras inmediatamente.
—No, no, no, no jovencita. No me he pasado media hora maquillándote esos ojos para que ahora te pongas a cortar cebollas, maleducada —espetó, me agarró del brazo y prácticamente me arrastró fuera de la cocina.
Jess me sonrió y entró en la cocina nada más salir yo.
—No te preocupes, ya me encargo yo.
Ellen me sentó en la silla y colocó una lata de cerveza delante mío. Ya se había apoderado de los altavoces de la sala enganchando su iPod en ellos, y pudimos escuchar todos su obsesión por Britney Spears, que sonaba de fondo con su Toxic. Piensas que una chica de los barrios menos favorecidos va a tener en su lista canciones más barriobajeras, pero ella estaba obsesionada con el pop y todo lo que tuviera que ver con él. Aún así, los chicos parecían no darse cuenta o simplemente disfrutaban de la música igualmente, ya que hablaban entre ellos animadamente sin hacer ningún comentario al respecto.
La noche avanzaba poco a poco y hasta después de unas cuantas cervezas no me di cuenta de que Niall estaban bebiendo, aunque no hice ningún comentario al respecto. Éramos todavía muy jóvenes para hacerlo, y aunque yo y Ellen habíamos comenzado a una edad muy temprana, eso no significaba que el resto lo veía como algo correcto.
—Bueno, vamos a jugar a un juego —dijo Ellen, la experta de juegos de beber, después de recoger la cena.
Puse los ojos instintivamente en blanco, aunque sonriendo divertida.
Niall y Zayn estaban hablando entre ellos, y Ellen con paciencia esperó escasos segundos para que dejaran de hablar, pero viendo que seguían a lo suyo, Ellen chasqueó los dedos y los interrumpió con un grito, después de servirse un vaso de vino.
—Vale —continuó una vez tuvo su atención y Niall dejaba de reírse—. El juego se llama “Quién es más probable que”, y cada uno tiene que decir una frase, por ejemplo, yo digo: “quién es más probable que acabe matando a alguien”, y como yo pienso que Jane es bastante probable que mate a alguien, la señalo a ella, y vosotros señaláis a quien vosotros pensáis que lo haría. ¿Entendéis?
Las miradas se giraron hacia mí y siguieron unas cuantas risas, yo lo único que hice fue encogerme de hombros.
—Se pueden señalar a dos personas a la vez. Además que si no nos conocemos es más divertido porque nos basamos sólo en prejuicios, podemos estar súper equivocados.
—Me gusta —comentó Liam.
—Ah, sí, tenemos que beber por cada dedo que nos señale, y el que más señalado sea tiene que beber una más. Jane, empiezas.
Me erguí en mi silla y me acomodé el pelo preparándome la pregunta, que tuve que pensar por unos segundos.
—Quién es más probable que acabe por los suelos esta noche.
Los dedos volaron por encima de la mesa, muchos de ellos señalaban directamente a Ellen, que señalaba al mismo tiempo a Zayn. Yo también señalaba a Ellen, y vi que Harry me señalaba a mí con una sonrisa en la cara.
Puse los ojos en blanco y sonreí, y le guiñé un ojo mientras bebía un trago de mi cerveza.
—No me puedo creer que me veáis como la borracha, pero bueno —dijo Ellen sujetando su vaso y bebiendo unos cuantos tragos.
Liam se aclaró la garganta y apoyó los brazos encima de la mesa.
—Quién es más probable que acabe robando un banco.
Prácticamente cuando terminó la frase, levanté la mano y me señalé a mí misma sin ninguna duda, seguido de los dedos de Ellen y de Jess.
Los chicos señalaron a Zayn, aunque Niall cambió de opinión y me señaló a mí también, aunque vacilaba su dedo entre yo y Ellen.
—Yo gano —dije, levanté la lata brindando en el aire y bebí.
—Hace unos años trazó un plan para robar un banco y es brillante —comentó Ellen.
No era para tanto, pero sí, lo hice.
—Atentos a las noticias.
—Niall, te toca.
—Bueno, hm… —se colocó los dedos en la barbilla pensando, cosa que me pareció super tierna—. Quién es más probable que sea rico en el futuro.
Señalé sin pensármelo a Harry, por alguna razón, aunque fácilmente podría haber señalado a cualquiera de los chicos que estaban sentados en aquella mesa, que graciosamente se señalaron entre ellos. Ellen me señaló a mí y la miré con el ceño fruncido. Jess también señalaba a Harry, pero se la veía distraída.
—¿Por qué yo? —le pregunté a Ellen.
—Vas a robar un banco, ¿no? —dijo.
La mesa estalló en una carcajada y los dedos en seguida volaron de nuevo hacia mí, y tuve que apoyarme en el respaldo de la silla para reírme.
Me terminé la cerveza y me levanté para servirme yo también un vasito de vino.
—Yo soy malísimo para inventarme cosas de estas —dijo Zayn, tan bajo que casi no le pude escuchar.
Jess se rió de su comentario también bajito, sintiéndose identificada con sus palabras.
—Cualquier cosa, si es una chorrada.
—Hm… Quién es más probable que… pegue a alguien esta noche.
De nuevo, los dedos volaron a una velocidad determinante, cada uno de los dedos se posaron en Ellen menos el suyo, que me señalaba a mí tímidamente.
—¿Dónde está Yina cuando una la necesita? —dijo mirando todo aquello sonriente.
De nuevo las carcajadas llenaron la sala, y aunque lo hubiese dicho en broma, yo podía ver en su mirada que estaba contenta que la hubiesen tachado de la violenta. Ese tipo de reputaciones la volvían loca. Satisfecha, se apartó un mechón de pelo de encima del hombro y bebió orgullosa.
Harry se frotó las manos y se preparó para lo que llevaba ya un tiempo pensando en decir.
—Quién es más probable de enrollarse con un desconocido esta noche.
Di un traguito a mi vaso, aunque no tuve que pensarme la respuesta demasiado, ya que era bastante sencillo. Mi dedo apuntó a Ellen en seguida, y de nuevo, los dedos de la mesa vacilaron entre Ellen y yo, como el de Harry, que me apuntaba despreocupadamente. Le devolví la mirada hasta el otro lado de la mesa donde estaba sentado y fruncí el ceño con una sonrisa ladeada, bebiendo sin separar la mirada de la suya. Por suerte, Ellen había conseguido la mayoría de votos, por lo que pude prescindir nuevamente de la fama de putón que cierta persona que no mencionaré me había inculcado con tan mala intención.
—Me vais a emborrachar al final, y no quiero que se cumplan vuestros pronósticos —dijo sujetando su vaso y bebiendo el número de tragos como dedos.
Ellen puso su vaso encima de la mesa, chocó las manos y paseó la mirada por la mesa.
—Que sepáis chicos que vuestras preguntas han sido una putísima mierda, sin ofender —dijo con las manos todavía unidas—. Pero no os preocupéis, ya hago yo el trabajo sucio por vosotros. No me deis las gracias.
Me puse una mano en la frente mientras apoyaba mi cabeza en mis dedos, sabiendo perfectamente que, de nuevo, iba a venir a por mí con cualquier comentario estúpido.
—Quién es más probable que acabe la noche con alguien —dijo, mirándome sutilmente, dejando caer las palabras como bombas que hizo estallar en carcajadas de nuevo la sala—. De nada.
Yo, por seguirle el juego y tratando de no parecer demasiado cohibida, señalé con una sonrisa a Harry, quien ya me señalaba a mí juguetón y mirándome directamente a los ojos. Los dedos de los demás se posaron única y exclusivamente en mí, y yo tuve que poner los brazos en jarras y quejarme.
—Perdona, ¿con quién se supone que voy a “acabar la noche”, eh? ¿Con la maldita pared?
Ante mi comentario señalaron un segundo dedo a Harry, quien se tuvo que reír, y yo hice un esfuerzo enorme por no ponerme como un maldito tomate. Estaba empezando a tener calor, y comencé a abanicarme con la mano sin darme cuenta.
Ellen soltó una carcajada al ver lo que había creado, el dedo de Jess seguía apuntándome mientras bebía de su vaso.
Yo agarré mi vaso y me levanté de la silla, y pareció que Harry me leyó la mente, ya que segundos más tarde se levantó él también, y ambos con los vasos en la mano hicimos ademán de brindar, aunque Ellen nos interrumpió con sus gritos.
—¡Esperad! —se levantó ella también de la silla—. Tenéis que miraros a los ojos, si no son siete años de sexo malo —dijo, de nuevo provocando las risas de la sala.
Fruncí el ceño.
—Hell no. Ya he tenido suficiente de eso —bromeé.
Veía a Harry reírse de nuevo, con el vaso en alto.
Jess aplaudía mientras se reía. Yo me reí también.
—Salud —dijo él, y mirándome a los ojos, chocamos nuestros vasos y bebimos.
Me volví a sentar en la silla sintiendo los ojos de Ellen clavados en mi con las cejas alzadas y haciendo todo lo posible por no comentar nada, bebiendo de su vaso.
—Yo soy igual de mala que Zayn así que… voy a basarme en clichés, no me juzguéis —se aclaró la garganta Jess—. Quién es más probable que sea el último en perder la virginidad —dijo con rapidez.
Ellen puso los brazos en alto como si estuviera parando algo en el aire y tragó lo que tenía en la boca antes de hablar.
—Espera, tenemos que saber quién es virgen y quién no —lo dijo como una palabra sucia que le sabía mal en la boca.
Miró a los chicos esperando una respuesta, pero los cuatro se quedaron callados y nadie dijo nada ni hizo ningún movimiento.
—¿Nadie? —insistió Ellen—, ¿en serio? Espera, ¿cuántos años tenéis?
—Diecisiete —dijeron los tres a la vez.
Parecía sorprendida.
—Oh, entonces estáis bien.
—¿Cuántos años tenías tú, Jane? —preguntó Harry de la nada.
Me quedé callada unos segundos, asimilando la pregunta, ya que no me la esperaba en absoluto.
—Eh, catorce.
—Wow, super pronto —comentó Liam, mirándome con cara de póker.
Me encogí de hombros.
—Y que lo digas —respondí en un murmullo.
Sí que maduré un poco gracias a eso, pero realmente, si ese error no lo hubiese cometido, justos cumplidos los dieciséis años, todavía no me hubiese sentido lista. Aunque, nunca lo sabremos.
Carraspeé y traté de disipar la fina cortina de tensión que se había instalado en el aire.
—¿Y tú?
Me sonrió.
—Quince.
—Te gano —le respondí.
—Liam, ¿te puedo hacer una pregunta? —dijo Jess interrumpiéndonos.
Él le devolvió la mirada y no contuvo la sonrisa.
—Claro.
—¿Por qué no bebes alcohol? Si no te importa la pregunta, eh —dijo asegurándose el terreno.
Se encogió de hombros.
—No me apetece.
Ellen resopló.
—No te ofendas, pero —se interrumpió a sí misma y se giró hacia Jess con rapidez chasqueando la lengua—, perdona, ¿Jess? ¿me puedes traer unos hielos?
Ella asintió y se levantó de la silla.
En cuanto Jess entró en la cocina, Ellen se inclinó hacia delante y le miró a Liam a la cara.
—Piénsalo, igual ésta es vuestra última noche en la que vais a poder beber y hacer el ridículo sin tener una cámara en la cara. ¿Cuándo empieza el programa?
—Veintiuno de agosto —respondí.
Ella alzó las cejas a modo de respuesta y dejó ver las palmas de las manos.
—¿Ves lo que te quiero decir? En el peor de los casos podrás volver a hacer el gilipollas el año que viene cuando empiece un programa nuevo, pero me imagino que no es eso lo que quieres, ¿no?
Liam se quedó callado unos segundos asimilando lo que acababa de decir, pero así parecían hacerlo el resto de los chicos, que miraban la mesa con miradas perdidas y con los pensamientos dando vueltas alrededor de sus cabezas como dibujos animados.
—Joder, tienes razón —dijo Niall asintiendo.
Jess entró de nuevo en la estancia con los hielos resbalándole en la mano y los dejó caer en el vaso de Ellen. Miró su reloj de pulsera.
—¡Nos vamos! —dijo y se levantó de la silla.
Los demás chicos también se levantaron y Jess, que aún no le había dado tiempo de sentarse, se quedó mirando la situación perpleja, posiblemente preguntándose por qué le había hecho ir a por putos hielos si planeaba marcharse ya.
Ellen le besó la frente.
—Lo siento cielo, no sabía que era tan tarde —dijo y le sonrió con sinceridad.
Ella frunció los labios sin decir nada mientras se ponía una rebeca.
Yo metí mi móvil dentro del bolso negro que me había dejado Ellen y esperé en la puerta con paciencia, sintiendo mis piernas temblar del alcohol que había consumido.
Harry se apoyó en la pared de enfrente mía y me sonrió con ternura y yo se la devolví sin saber qué decirle. Metió la mano en su bolsillo y sacó mi entrada. Me la tendió y se lo agradecí sin borrar mi sonrisa. Miré el pequeño trocito de cartulina morada con el número de serie que me correspondía. La estuve mirando un rato, sin saber qué decirle o cómo romper ese silencio que sí era más incómodo que todos los demás que habíamos compartido. Aunque, no me hizo falta, ya que el silencio lo rompió él.
—Estás muy guapa —dijo, con las manos detrás de la pared en la que estaba apoyado, con el rostro en el mínimo reflejo de la luz del salón, ya que el hall en el que estábamos estaba a oscuras. Pero le vi sonreír perfectamente.
Me sonrojé en seguida y agradecí la oscuridad, ya que me podía morir de vergüenza si se enteraba que estaba luchando por mantenerme en pie y no ponerme a sudar como una condenada de la emoción. No hacía especialmente calor, pero definitivamente podía sentir la temperatura de mi cuerpo subir escandalosamente deprisa.
—Gracias —respondí, intentando que sonara despreocupada y juguetona. No estoy muy segura de que así hubiese sido, pero yo hice mis esfuerzos.
Caminé hasta la casa a la que nos habían invitado como la última vez, con los brazos pegados a mi cuerpo y pretendiendo que no tenía nada de frío. Definitivamente no hacía ni la mitad que la última vez que estuve ahí, pero la diferencia estaba en que no llevaba nada puesto a parte de ese maldito crop top. Ellen me estaba contando cualquier cosa sobre cualquier persona sin parar, mientras a unos pasos delante nuestra se encontraba Jess hablando animadamente con Zayn, y a nuestra espalda el resto. A Jess se le soltaba la lengua con el alcohol, la podíamos oír desde nuestra posición ya que estaba casi gritando, aunque a Zayn pareció que le dio igual, ya que se reía con frecuencia.
Mientras Ellen hablaba y yo hacía como que la escuchaba, tuve que hacer un esfuerzo por no sobresaltarme cuando noté un peso en los hombros. Giré la mirada y vi cómo Harry colocaba su chaqueta sobre mis hombros con la mirada baja, teniendo una excusa para repasarme el cuerpo una vez más. Le sonreí.
—No hace falta —le dije.
—No digas bobadas. Se te ve temblar desde un kilómetro. Además, quería hacerlo.
Tuve que apartar la mirada para sonrojarme.
Entrelazó sus dedos en los míos mientras caminábamos.
—Me alegro que estés aquí.
Le sonreí de nuevo, aunque sin saber bien qué responderle a aquello.
—Yo me alegro que me hayas invitado.
Una pequeña sensación de decepción me cruzó el pecho cuando soltó mi mano para entrar al espacio al que nos había invitado, ya casi lleno de gente que había sido más rápida que nosotros. Nos dirigimos a uno de los sofás que estaba vacío y yo me senté en el suelo, asegurándome de que estaba limpio de antemano. Me acuerdo perfectamente que la canción de estaba sonando yo ya estaba bailando con los hombros al ritmo de ella. Ellen y Liam se iban a acercar a la barra para pedir sus consumiciones gratis que venían con la entrada y antes de que se marcharan, le tendí mi entrada y le pedí que me trajera una cerveza grande.
Harry, Niall, Zayn y Jess se habían sentado en el sofá dejándome completamente sola en el suelo. Sorprendentemente, Jess se sentó encima del regazo de Zayn para “continuar mejor su conversación” y yo aparté la mirada para soltar una carcajada al aire, dando gracias a la alta música de que no me escucharan.
Ellen se sentó a mi lado y Liam al suyo, y me tendió el vaso de cerveza más grande que había visto nunca. Me puse una mano en la frente mirándola con preocupación, sabiendo que si me bebía todo eso podrían pasar cosas. Ella respondió con una carcajada.
Jess se levantó del regazo de Zayn hacia la barra y volvió ella también con vasos de plástico algo más pequeño que el mío, y se sentó de nuevo en el regazo del chico, que la recibió con una sonrisa. Ellen me dio un codazo en las costillas y se acercó a mi oído.
—Qué calladita estaba la zorrona —comentó y me reí.
Le lancé una mirada a Harry, que estaba hablando con Niall. Me miró extrañado y señalé a los dos, hablando muy cerca de sus respectivas caras sonrientes. Él soltó una carcajada, Niall se tuvo que girar para mirar qué era aquello tan gracioso y abrió los ojos en sorpresa al ver a la pareja, que se comían con la mirada. Miré a mi lado y también Liam se estaba riendo, aunque los dos parecían no darse cuenta de nuestras burlas hacia ellos, ya que continuaron con su íntima conversación como si nada.
Comenzó a sonar Kesha y prácticamente obligué a Ellen a levantarse y venir a bailar conmigo. Detrás nuestra nos siguieron todos, ya que nadie quería interrumpir a nuestros empalagosos acompañantes. Fuimos a la zona donde la gente estaba bailando, dejando nuestras pertenencias con ellos.
Ellen y yo cantábamos a pleno pulmón sabiendo que nadie nos oiría gracias a la música. Ver a los chicos bailar mientras bebían fue una de las cosas más divertidas que he visto. Cantaban con nosotras mientras hacían sus movimientos de brazos más cómicos que otra cosa.
Un chico rubio de unas cabezas más alto que yo se acercó al grupo mirando al suelo como si estuviera buscando algo. Se giró para mirarme mientras bebía un trago de mi cerveza enorme y se acercó a mi oreja para hablarme.
—Perdona, he perdido la lentilla, ¿me ayudas a buscarla?
Me aparté unos centímetros de él para soltar una carcajada.
—¿Tu lentilla? ¿Cómo demonios quieres encontrar una maldita lentilla? —le respondí entre risas.
Los chicos cada vez eran más ingeniosos para ligar.
Él se rió también sutilmente y me tendió la mano para presentarse.
—¿Cómo te llamas?
—Jane.
—¿Jane? —preguntó, volviendo a pegar su rostro al mío.
Asentí.
—Encantado, Jane. Soy Damon.
Me volví a reír.
—¿Damon? ¿Ese es tu nombre verdadero?
Se rió y asintió.
—¿Quieres que te invite a algo? —me preguntó, señalando con el dedo pulgar la barra detrás suya.
Alcé mi vaso enseñándole que me quedaba más de la mitad de la noche con la misma bebida, si antes no se me ponía caliente.
Hizo una mueca de desaprobación y se encogió de hombros.
—Vaya, qué pena. Me hubiese gustado —dijo, y acarició un mechón de mi pelo entre sus dedos.
En ese momento me puse nerviosa y sin pensarlo, agarré del brazo de Niall, que estaba a mi lado y puse cara de decepción.
—Lo siento, tengo novio —dije.
Niall me miró y sonrió, y actuó con normalidad. Se presentó ante el chaval, que dio un paso como de dos kilómetros atrás y se protegió con las palmas de las manos.
—Perdona, perdona.
Y se marchó.
Volví a respirar de nuevo.
Ellen me miraba con la boca abierta, sin creerse lo que acababa de hacer.
—¿Por qué has hecho eso? —me preguntó.
—No me gusta.
—Ya, ya.
Ignoré sus insinuaciones y le di las gracias a Niall que me había salvado la vida.
Comenzó a sonar una canción que odiaba a rabiar y Ellen lo sabía muy bien. Comenzó a cantarla a todo pulmón y yo dejé que se me notara la gran desaprobación que le tenía. Harry se reía de mi cara mientras se acercaba a mí para bailarla a mi lado. Me tuve que reír y sujetarme muy fuerte para no caerme de lo muchísimo que me estaba excitando. Me sujetó de las caderas y prácticamente me obligó a bailar con él, aunque en ningún momento me quejé o hice ademán de moverme de mi sitio, disfrutando de sus manos en mi espalda y sus rizos acariciándome las mejillas. De pronto su cercanía se me fue arrebatada cuando una chica corrió hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que lo empujó hasta unos pasos más alejados que nosotros. Pretendiendo que estaba bien y no acalorada como estaba, bailé con Ellen ignorando a la chica.
Miré por el rabillo del ojo y allí estaba ella, Yina, con unas sandalias de tacón casi más altos que ella y un vestido ceñido blanco, con un vaso de tubo en la mano y hablando animadamente con Harry, sonriendo de oreja a oreja. El chico no se veía rehúso ante ella, es más, hablaba con ella animadamente y sonriente también, como si todo aquel incidente del día anterior no hubiese sucedido. Sentí una pequeña patada en el estómago al verme decepcionada, aunque traté de seguir bailando y riendo junto con la compañía que se me brindaba.
—Voy a ir a mear —le dije a Ellen.
Pasé por el lado de la pareja y “accidentalmente” dejé caer un poco de líquido de mi vaso encima de Yina.
—Dios mío, lo siento muchísimo, ha sido sin querer, ¿estás bien? —dije tratando de secarle con los dedos el vestido, sintiendo los ojos en Harry en mi perfil y satisfecha de haberle llamado la atención.
—Oh, Jane. Sí, tranquila. Eh, quería pedirte perdón por lo del otro día —respondió intentando ser amable.
Podía ver perfectamente sus intenciones. Esbocé una sonrisa intentando que fuera sincera.
—No pasa nada, no soy rencorosa. Oye, voy a ir al baño, ¿me acompañas? —no le dejé contestar a la pregunta, simplemente le agarré de la mano y la arrastré conmigo al servicio.
Me estaba comportando como una verdadera adolescente y me encantaba.
Cuando estábamos en la cola ya estaba arrepintiéndome de haberla llevado conmigo.
—Va en serio, Jane. Lo siento de veras, no lo he dicho para quedar bien delante de Harry, ni nada —insistió.
—Relájate, en serio. Que no pasa nada, yo también soy una cría a veces. Hay que aprender de los errores.
Lo dije para ofenderla, pero ella parece que se mordió la lengua y trató de ser madura y no empeorar las cosas. Quise decirle un par de cosas más, tal como que no me apetecía una mierda ser amiga suya y que cosas así no las iba a permitir, pero decidí dejar la fiesta en paz, y con un poco de suerte no tendría que volver que lidiar con ella.
Suspiré. Eso no iba a pasar, pero era bonito soñar.
Cuando volvimos nos dimos cuenta de que habían vuelto al área de sofás, y que Jess ya había bajado del regazo de Zayn. Harry estaba sentado en el sofá riendo por algún comentario de los chicos, y con mi vaso todavía en la mano. Me senté en el brazo del sofá, apoyando mis piernas en su regazo.
—¿Qué hace ella aquí? —dijo Ellen gritándome, para que ella también se enterase de que estaban hablando de ella.
Me encogí de hombros y Harry respondió por mí.
—Se iba ahora, ¿verdad?
Yina asintió y fingió una sonrisa.
—Ha sido un placer volver a veros, chicos. Nos vemos por ahí —y desapareció entre la gente.
Ellen bajó las comisuras de los labios en sentido de confusión mientras encogía los hombros. Bebió un trago de su vaso de cerveza y miró su reloj de pulsera.
—¡Jane! ¡Es tu cumpleaños! —dijo y se levantó tan rápido del suelo que no me di cuenta de que estaba abrazándome y casi tirándome del sofá. Harry tuvo que sujetarme de las piernas para que no me cayera al suelo.
—Felicidades —me felicitó el resto del grupo, mientras poco a poco se levantaban para felicitarme.
Jess y Zayn seguían hablando animadamente, pero no estaban tan pegados como antes. Ellen, que seguía a mi lado, dijo:
—¿Qué habrá pasado? ¿Se habrán dado el lote y no les habrá gustado?
Me reí y así lo hizo Harry, que también lo había oído. Seguía acariciándome las piernas.
Ellen volvió a su sitio en el suelo.
Me acabé el vaso de cerveza mucho antes de lo que había previsto, y cuando me levanté para obligar a todo el mundo a ir a bailar, tuve que agarrarme de la mano de Harry -que se reía de mí-, para no caerme.
—Oye, vamos a bailar.
En la pista de baile me volví a encontrar a Damon, que me sonreía desde la barra del bar y yo sentí que se me ponía la piel de gallina, pero no en el sentido bueno. Era guapo, pero no me transmitía ninguna confianza.
Harry en un determinado momento me sacó a bailar y de nuevo me demostró que era capaz de hacerme derretir tan sólo usando sus manos acariciando mi espalda mientras bailábamos. Sujetaba mi cadera y me miraba a los ojos al bailar, centrado en moverse con naturalidad y al mismo tiempo ser divertido con su sonrisa juguetona mientras hablaba conmigo, o cantábamos con la canción que estaba sonando en el momento.
—¿Te está molestando el chico ese de antes? —me preguntó.
Traté de no estremecerme cuando sentí su aliento chocar contra mi cuello, y reuní mis piezas esparcidas por el suelo para responderle con naturalidad. Hice un gesto con la mano restándole importancia.
—No te preocupes —respondí simplemente.
Me insistió un poco más con la mirada, pero al cabo de un tiempo se dio por vencido y volvió a centrarse en bailar conmigo.
¿Eran mis hormonas revolucionadas o estaba celoso?
Decidí que era buena idea preguntárselo.
—¿Estás celoso?
Echó la cabeza hacia atrás riéndose después de terminarse su vaso de alcohol y tirarlo al suelo. Se acercó a mí y volvió a poner su mejilla contra la mía.
—Tal vez —respondió.
Al separarse tan sólo unos milímetros de mí me miró a los ojos, y después de dedicarme una sonrisa, presionó sus labios contra los míos y enrolló su brazo en mi cintura, sujetándome las costillas con una mano, acariciándome la mejilla con la otra.
Le devolví el beso sin evitar sonreír en su boca, saboreando el momento y dejando que la música de fondo nos transportara con delicadeza. Mi cabeza daba vueltas, sentí su mano agarrándome la falda, acercando mi cuerpo al suyo todavía más, permitiéndome abrazar sus hombros con mis brazos. Hundí mis dedos en sus rizos y continuamos el beso como si estuviéramos solos en la sala, sin importarnos la gente que nos pudiera mirar, ignorando el hecho de que no habíamos venido solos. Yo, en el fondo, deseando que realmente estuviéramos solos, para así poder dejarle subir por mi falda con sus dedos, despacio y recorriendo mi piel milímetro a milímetro. Dibujar mapas con sus dedos en mis muslos, y buscar el tesoro juntos entre risas y besos. Nuestro alrededor se volvió borroso, pude sentir su aliento contra mi cuello segundos antes de presionar sus labios contra mi piel, y tuve que luchar con mucha fuerza por no soltar el gemido que se transformó en un jadeo. Se me puso la piel de gallina conforme subía sus dedos por mis brazos y me sujetaba el mentón para volver a besarme. Sentí el control de la situación deslizárseme entre mis dedos sin que pudiera hacer nada al respecto, mientras me miraba a los ojos y se hacía con ella con tentación en la mirada. Me sentí vulnerable, pero me encantaba la situación, constantemente expuesta a la duda y sorprendiéndome con cada movimiento que hacía. Me encantaba cómo bajaba sus manos por mi espalda y enredaba sus manos en mi pelo, yo poco acostumbrada a que alguien respetara mi espacio personal, pero eternamente agradecida por su respeto, por mucho que mi piel le chillara a gritos que se pasara de la raya.
Después de que mi móvil ya hubiese sonado como unas cuatro veces en mi bolso, tuve que separarme de él con un gruñido. Saqué exasperada el teléfono y miré la pantalla.
—Lo siento, tengo que cogerlo —le dije a Harry, que me seguía dedicando esa mirada que me ponía los pelos de punta.
Ciertamente no tenía que cogerlo, lo que tenía que hacer era tirar el móvil dentro de algún vaso y dejar que se ahogara con él, pero salí a la calle haciéndome paso entre la gente.
—Dan ¿qué coño quieres?
—Felicidades, enana —dijo, ignorando por completo lo que le había dicho.
Sacudí la cabeza incrédula.
—Vete a la mierda de una vez, ¿quieres?
—Jane— comenzó a decir, aunque colgué el teléfono antes de que pudiera acabar la frase.
Me puse las manos en la cabeza tratando de tranquilizarme y que las ganas de asesinarlo se rebajaran antes de volver a entrar, donde encontré a Ellen en un esquina enganchada de los labios de algún tío.
—Ellen, ¿me guardas esto? —dije tendiéndole el bolso.
Se despegó del chaval para mirarme a los ojos con dudas en su mirada.
—Me acaba de llamar Dan —respondí sin que ella pudiera decir nada.
Se puso una mano en el pecho ofendida y me sujetó del bolso sin pensarlo.
—El gilipollas ese, cuando por fin te habías lanzado… —dijo acariciando un mechón de mi pelo.
Puse los ojos en blanco.
—Bueno, no me tiene que costar mucho hacerlo de nuevo.
Ellen me sujetó de la mano y me arrastró de nuevo hacia donde estábamos antes. Traté de cambiar de humor, lo cual no me resultó difícil después de ver a Niall y a Harry bailando juntos una canción de Rihanna. Con la efusividad del momento no sabía qué había hecho con mi bebida, por lo que le robé el vaso a Harry que había dejado en la barra. El chico se acercó a mí nada más llegar y me sujetó del codo para hablarme en el oído:
—¿Va todo bien?
Asentí mirándole, esbozando una sonrisa.
—No te preocupes.
Me pellizcó la cintura sin separar la mirada de la mía. No era la primera vez que pasaba entre nosotros, así que no entendía por qué estaba tan nerviosa.
Sentí el codo de Ellen clavarse en mis costillas.
Giré la cabeza con la pajita en la boca para encontrarme a Jess y a Zayn, que se habían alejado de nosotros unos pocos metros, no disimular nada al darse el lote como si no hubiese un mañana. Ellen estaba riéndose y dando saltos exageradamente, por lo que tuve que reírme yo también, mientras Harry le señalaba a Liam con el dedo.
—Me debes un chupito —dijo después de desplazar la mirada hacia la pareja.
Liam se rió y los tres chicos se acercaron a la barra.
—¿Han apostado, en serio? —pregunté después de beber un trago.
Ellen se encogió de hombros y asintió.
—Liam ha tenido que invitarme a mí uno antes, porque no ha pasado ni media hora y ya os habéis enrollado.
Hice una mueca con los labios tratando de ocultar mi sonrisa y volví a meterme la pajita en la boca. Niall, cuando volvió, se colgó de mi hombro con un brazo y bailamos juntos un rato, hasta que me entraron ganas de ir al baño. Con tanto que estaba bailando ni me había dado cuenta de que Harry no había llegado todavía. De lo borracha que iba me dio bastante igual, por lo que me marché por entre la gente hacia donde estaba el baño.
Por suerte, la zona de sofás por la que tenía que pasar para ir estaba completamente despejada. Me acerqué hasta la puerta del pequeño descansillo entre los dos baños que había y tuve que quedarme parada antes de entrar. Yina había posado sus ojos en mí, con esa mirada característica suya, como si me estuviera advirtiendo de algo pero con una sonrisa en sus labios y una ceja alzada. Con las manos en su cintura, Harry besaba el cuello de su amiga.
Me puse una mano en la boca, no porque estuviera indignada ni enfadada, sino porque estaba borracha y realmente no quería que la carcajada que subía por mi garganta con rapidez saliera. Aunque, por la misma razón, simplemente tiré el vaso y me reí a carcajada limpia.
Avancé hacia ellos todavía con pequeñas risas saliendo por mi boca para entrar al baño, con la mirada de ambos encima mía, una diferente a la otra, pero sinceramente ni me atreví a mirarle.
—Perdona, tengo que mear, lo siento —dije, pasando por medio de ambos y encerrándome cuanto antes en el baño tan chiquitito que había.
Se me habían quitado hasta las ganas de mear. Ni siquiera sabía por qué, simplemente cerré la puerta y dejé de reírme de golpe. Me apoyé en la pared y me puse una mano en la frente intentando entender qué estaba sucediendo y cómo me estaba sentando aquella situación. Mi pecho no estaba distinto de otras veces, mi corazón estaba normal. ¿No se suponía que tendría que estar decepcionada? ¿Un poco enfadada aunque sea? Me encogí de hombros y me tambaleé hacia la cadena. Abrí la puerta bajándome un poco la falda y tratando de no tropezarme con las botas, para encontrarme a un Harry apoyado en la pared de enfrente con los brazos cruzados, esperando a que yo saliera.
Me erguí en seguida.
—Oh, hola —dije, me acerqué hasta el lavabo para lavarme las manos—. Llevo meándome media hora y ha sido llegar aquí y no echo gota —añadí por alguna razón, mirándome el maquillaje en el espejo y comprobando que estaba todo bien.
Sentí sus manos en mi cintura y me di la vuelta con rapidez, donde me encontré con su rostro muy pegado al mío. Quise dar un paso atrás, pero me vi atrapada contra la pared. Se alejó unos milímetros al verme incómoda y bajó la mirada.
—Jane —pronunció mi nombre con cuidado.
Alcé las cejas, esperando a que continuara.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
Otra carcajada.
—Sí, claro. Bien.
Para mi mala suerte, él también hizo un poco de experimentación por su parte.
Todavía con una mano en mi cintura y después de analizarme con la mirada, esbozó una pequeña sonrisa y se inclinó hacia mí. Mi sonrisa se borró y tuve que apartarme de sus intenciones. Me mordí el labio. No estaba enfadada, tal vez me molestara un poquito. Mi humor cambió de repente, haciéndole ver ahora a él lo incómoda que estaba con la situación, dejando de un lado mi humor juguetón, y mi corazón ahora martilleando con fuerza. Lo escuché suspirar, aunque todavía no me atrevía a mirarle a los ojos después de verme tan expuesta con mis sentimientos, dejándole ver que tal vez mis dudas eran serias y que no era tan sólo un amigo que besaba muy bien para mí. Sentí su mano deslizarse de mi cintura hasta que acabó en sus rizos, para luego meterse las manos en los bolsillos.
—Así que estás enfadada.
Alcé la mirada para mirarle, agarrando a la señora Fuerza de la mano.
Negué con la cabeza suave, aunque no me salían las palabras. Él se quedó callado, dejando que los pensamientos fluyeran por mi cabeza. El alcohol no me ayudaba en absoluto. Menos mal que no había acabado en llorera.
—Mira, no te preocupes, no me lo veía venir y ya está —dije, un poco más seca de lo que quise, cruzándome de brazos.
—Jane, en serio—
—Harry, no te preocupes por mí, ¿de acuerdo? Sólo somos amigos, por dios —dije, realmente con tono de enfadada, mirando al suelo y casi gritando. Puse las manos en puños y me marché de ahí antes de que el chico pudiera replicar nada ante mi comportamiento.
Maldito alcohol, estaba segura de que si no hubiese estado de por medio, todo aquello me hubiese causado risa, y no de la sarcástica. Pensaba en eso mientras me acercaba al grupo de gente con la que había venido.
Se me habían quitado las ganas de bailar. En el fondo de la sala pude ver a Yina, bebiendo de su copa mientras me miraba con una sonrisa de satisfacción en el rostro, con las cejas alzadas, de nuevo mirándome por encima del hombro. Me bebí lo que quedaba del vaso que tenía en la mano y le sujeté la mirada durante un tiempo, sin sonreír. Ellen siguió a su rollo, y yo no dejé de mirarla hasta que ella apartó la mirada.
Más que nunca sentí los ojos del chico del principio todavía en mi nuca. Se me estaba poniendo la piel de gallina, me puse extremadamente nerviosa cuando apareció el moreno de nuevo, con una sonrisa en la cara como si no hubiese pasado nada, en seguida bailando con Ellen o con quien fuese. Yo intentaba ocultarlo, de verdad, y todavía no sé qué era aquello que me estaba pasando y por qué.
¿Eran celos? ¿De qué? ¿De que hubiese besado a la chica que me miraba como a una amenaza después de besarme a mí? Ya no lo etiquetaba como celos, sino directamente como enfado y decepción, aquellos sentimientos que anteriormente me había planteado en el baño, estaban apareciendo como setas en el otoño. Y no sabía qué hacer respecto a ellos, ni cómo analizarlos.
Pasé olímpicamente de mis pensamientos y debates internos, y los callé acercándome a la barra, donde los ojos que segundos antes me agujereaban la nuca me recorrían de arriba a abajo mientras me acercaba a él, dejándome guiar por mi lado juguetón que había sido despertado por el alcohol.
—Hola —dije, apoyándome en la barra con los codos y dejaba que me mirase a los ojos con una sonrisa juguetona.
—Jane, ¿qué tal estás?
—Sedienta, ¿sigue estando en pie eso de la bebida? —dije sin apartar la mirada de la suya.
Si algo sabía hacer era ligar.
Bajó la mirada hacia su vaso para soltar una risita y le hizo un gesto con la mano al camarero, quien en seguida colocó un vaso encima de la barra y sirvió un líquido azul en él. No dudé en agarrarlo y darle las gracias al camarero, para girarme y volver a poner ojos en el chico que ya no me parecía tan poco atractivo como antes, no sin antes asegurarme de que no echaba nada raro a mi vaso, aunque francamente, no había necesidad de ello. Sujeté el vaso entre las manos y le miré antes de pegarle un trago.
—¿Y tu novio? —preguntó el chico, mirando a Niall de reojo.
Volteé la mirada y me tropecé con los ojos de Harry, que vacilaba su mirada entre yo y el chico rubio que me miraba de arriba a abajo. Traté como pude esquivarla y de no brindarle ni un sólo segundo de mi tiempo. Niall bailaba con su característica sonrisa en los labios, ajeno a todo aquello que estaba ocurriendo en mi mente y en mi pecho, que seguía dedicándome miradas llenas de prejuicios y advertencias, de las que pasaba olímpicamente.
Volví mi mirada con una sonrisa al chico. Hice un gesto con la mano restándole importancia.
—Estoy enfadada con él, ni te ralles —dije sonriendo, mirando mi vaso mientras daba otro trago.
Sabía amargo y demasiado a alcohol, pero no me importaba demasiado. Sabía que me arriesgaba a otro coma etílico, o por lo menos a pasar el día siguiente preguntándome qué es lo que había pasado, pero, de nuevo, me daba todo igual. Por lo menos tendría una excusa.
Lo siguiente que recuerdo es acercarme al chico y juntar mis labios con los suyos, demasiado grandes para mi gusto. Me besé con él por lo menos durante unos cuantos segundos, y sentía sus manos bajar por mi espalda y agarrarme el culo sin ninguna vergüenza.
Cosas de adolescente que no tiene ni pies ni cabeza, pero que hice igualmente, porque parecía una buena idea intentar poner celoso a alguien del que ya contaba con su atención. No hacía falta. Errores y errores. Siempre era igual.
Me separé de él con una sonrisa, ahora no tan segura y algo incómoda. Le acaricié la cara intentando parecer que todo iba bien y que no tenía ganas de tirarme por el puente más cercano. Ni siquiera me despedí, me alejé de él. La mirada de Harry estaba clavada en la mía. La apartó en seguida, recibiendo el mensaje.
Sujeté la mano de Ellen y la arrastré hasta fuera del local.
Conmigo no se juega.
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